INICIAR SESIÓNCapítulo 186: Donde el horizonte es infinitoLaura MonteiroEl tiempo, que antes parecía mi enemigo, ahora parecía haber firmado por fin la paz conmigo. Desde que intercambiamos alianzas en aquel despacho, cada segundo junto a Rafael poseía una textura diferente. El aire se sentía más ligero, el café más dulce e incluso el roce de nuestras manos portaba una electricidad que no se desgastaba. Ser la señora Monteiro no representaba solo un título; era la confirmación de que había sobrevivido a la tormenta y hallado mi puerto seguro.Hoy era uno de los días preferidos de mi niño. Sábado. El día de «los hermanos», como él lo bautizó. Era una de esas jornadas en que el sol de Nueva York parecía empeñado en disculparse por todos los días grises. Acababa de regresar de un paseo por Central Park con los pequeños y Elena. Enzo entró a la carrera, todavía emocionado por los patos que había visto en el estanque, mientras la pequeña Maria Fernanda descansaba el sueño de los justos en su cochecito
Capítulo 185: El sello de la eternidadRafael MonteiroCuando las puertas de mi despacho se abrieron y vi a Laura plantada allí, envuelta en ese vestido champán que parecía haber sido tejido con destellos de luz, mi corazón hizo algo que no consideraba viable: se detuvo y se desbocó al mismo tiempo.Al tenderle la mano, sentí aquella sacudida. No fue una simple corriente; fue una comunión de almas. Fue el idéntico voltaje que me caló el día de aquella entrevista, en el momento en que nuestros dedos rozaron los expedientes. En aquella época, no era más que un cascarón hueco, insensible y amargado. Hoy, me reconozco como un ser pleno.—Ven, mi amor. Nos casamos. Ahora mismo —le dije, brotándome la voz con una premura que ni siquiera intenté camuflar.La conduje hacia el punto donde el juez de paz aguardaba entre las velas encendidas. Bien sabía que Laura era merecedora de la catedral más imponente del planeta, de un tapiz escarlata que atravesara Manhattan entera y de miles de testigos,
Capítulo 184: Donde todo comenzóLaura MendesEl tiempo es una entidad curiosa y profundamente relativa. Si cierro los ojos ahora mismo, soy capaz de percibir el aroma del café de aquella mañana lluviosa en que caminé apresurada hacia mi entrevista de trabajo, con el corazón en un puño y la incertidumbre del porvenir pesándome sobre los hombros. Parece que fue en otra vida, en otro siglo. En tan poco tiempo, viví décadas enteras; morí y renací entre los brazos de un hombre que transformó mi caos en una constelación.La añoranza de las chicas es una punzada constante en mi pecho. Echo de menos las risas de Alice, la seguridad que me infundía Laís y, por encima de todo, el cobijo maternal de Evie. No se lo confieso a Rafa para no parecer desagradecida ante la vida maravillosa que compartimos aquí, pero mi mayor anhelo era poder cruzar la puerta y reunirme con ellas en Houston.Últimamente, Rafael se ha mostrado muy reservado. Entra y sale de los despachos, habla en susurros por teléfono
Capítulo 183: El cordón umbilical del almaLaís MendesEl silencio de la habitación de invitados del ático nunca se sintió tan atronador. A lo largo de los últimos días, el tiempo se aceleró de un modo despiadado, como si pretendiera condensar una vida entera en apenas unas horas.El juicio de Álvaro acarreó el rigor de la justicia, mas no la sensación de desahogo; el alta médica de Maria Fernanda fue el milagro que nos sostuvo en pie; el enlace de Ethan y Alice, una bocanada de esperanza. Vi partir rumbo a Londres a Mabel, a Marcos y al pequeño Samuel, a quien aprendí a querer como si compartiéramos la misma sangre. Pero nada, absolutamente nada, me preparó para la losa que representan las maletas ahora dispuestas al pie de la cama.Hoy, mi senda se bifurca de la senda de Laura. Hoy, me despido de Nueva York. Hoy, abandono mi refugio para erigir mi propio puerto en Houston.Nate salió del vestidor cargando la última bolsa de mano. Se detuvo, contemplándome con esa mirada que desborda
Capítulo 182: El peso de una vida, la ligereza de un adiósEthan HarrisSi alguien me hubiera dicho, hace dos años, que estaría ante un juez, intercambiando votos con la mujer más valiente que he conocido, probablemente me habría reído con desdén. Pero la vida tiene formas peculiares de colocarnos exactamente donde necesitamos estar.Alice es mi redención, mi presente y, sin duda alguna, la mujer de mi vida. Y ahora, tenemos a Mary. Juré que el nombre no era un homenaje, pero en el fondo, deseaba que mi hija tuviera una décima parte de la inteligencia y del carisma de la piccola Maria Mancini. Pero si es la mitad de lo que su madre es, ya seré el hombre más orgulloso del mundo.La ceremonia fue algo que grabé en cada célula de mi cerebro. Ver a Alice caminar hacia mí, del brazo de Rafael, fue como ver salir el sol por primera vez. Estaba perfecta; el vestido fluía sobre la curva de nuestra hija, y la paz en su rostro era mi mayor trofeo. Rafael me la entregó con una mirada que lo decí
Capítulo 181: Donde florece el porvenirAliceSuelen decir que el pasado es un rincón para visitar, no para habitar en él. Sin embargo, durante una eternidad, permanecí encadenada a sus sombras, hostigada por las decisiones ajenas y por la estela de un individuo que estuvo a punto de arrebatarme hasta la propia identidad. Hoy, al contemplar mi silueta ante el cristal del tocador, comprendo que por fin lo conseguí: me desprendí de todo. Pero de verdad. Sepulté cada tormento, cada zozobra y cada vestigio de lo que representaba Victor en el único sitio que les correspondía: el olvido.Mi existencia gira ahora en torno a un nuevo eje, a un renovado centro de gravedad. Posee nombre, apellido y un par de pupilas que me infunden un amparo como jamás antes experimenté: Ethan. Y, en mis entrañas, latiendo con un compás acelerado, se halla mi pequeña Mary. Ethan juró y perjuró que la elección del nombre no guardaba relación alguna con la piccola Maria Mancini; me limité a fingir que le creía y







