FAZER LOGIN[Narrado por Mia Blackwood]
—¡Suéltame, animal! ¡Te juro que mi padre te va a colgar de los pulgares en el sótano! —grité, golpeando con mis puños cerrados la espalda de acero de aquel hombre.
No me servía de nada. Liam Donovan subía las escaleras imperiales de la mansión conmigo al hombro como si yo fuera un saco de papas y no la heredera de los Blackwood. El eco de mis gritos rebotaba en las paredes de mármol, atrayendo las miradas de los invitados que aún quedaban en el vestíbulo.
Cuando llegamos al rellano del segundo piso, me soltó. No fue una caída suave; me dejó caer de pie con una brusquedad que me obligó a tambalearme sobre mis pies descalzos.
—¿Tienes algo de educación en ese cuerpo de matón? —le siseé, acomodándome el vestido verde con manos temblorosas de pura rabia. Tenía el cabello rojo despeinado y la cara encendida—. ¡Largo de aquí! ¡Estás despedido! ¡Fuera de mi vista antes de que llame a mis hermanos!
Liam ni siquiera parpadeó. Se ajustó los puños de la camisa negra con una calma que me pareció el insulto más grande del mundo. Su mirada recorrió el pasillo y luego se clavó en mí, fría, analítica, como si estuviera evaluando una falla en un sistema de seguridad y no a una mujer furiosa.
—Tus hermanos están ocupados, Princesa —respondió con esa voz profunda que vibraba en el aire—. Y lamento informarte que tus gritos no figuran en mi lista de prioridades. Mi prioridad es que no vuelvas a saltar por una ventana como una adolescente desesperada.
—¡Yo no salto por ventanas, escapo de cárceles! —le grité, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal—. Y tú eres el carcelero más arrogante y prepotente que mi padre ha contratado. No durarás ni veinticuatro horas. ¡Largo!
—¿Algún problema, Mia?
La voz gélida de mi padre, Elias Blackwood, resonó desde el final del pasillo. Venía caminando con paso firme, seguido por Dominic, que tenía una expresión de pocos amigos. Me giré hacia él, sintiendo una chispa de triunfo.
—Papá, este... este bruto me ha cargado como a un animal frente a los invitados. Me ha faltado al respeto y me ha dado órdenes —señalé a Liam con el dedo índice—. Despídelo ahora mismo. Es un incompetente arrogante.
Esperaba que mi padre estallara. Esperaba ver a Liam humillado y escoltado hacia la salida. Pero el silencio que siguió fue sepulcral. Mi padre se detuvo frente a nosotros, miró a Liam y luego me miró a mí con una decepción que me dolió más que cualquier golpe.
—Liam Donovan no va a ninguna parte, Mia —sentenció mi padre.
—¿Qué? ¡Papá, me ha puesto las manos encima!
—Porque intentaste escapar de nuevo —intervino Dominic, cruzándose de brazos con una mueca de suficiencia—. Donovan solo ha cumplido con su deber. Es el mejor en lo que hace, y francamente, es el único con la paciencia suficiente para soportar tus berrinches, Pulga.
Me quedé boquiabierta. Miré a Liam, esperando ver algún rastro de arrepentimiento, pero lo que encontré fue una sonrisa apenas perceptible, una sombra de prepotencia que me hizo querer abofetearlo.
—Señor Blackwood —habló Liam, dirigiéndose a mi padre con una seguridad absoluta, ignorándome por completo como si yo fuera un mueble—. La seguridad perimetral de la habitación de su hija es deficiente. Si ella pudo salir por la enredadera, cualquier profesional puede entrar. He tomado la libertad de confiscar sus llaves y he instalado un sensor de movimiento en su balcón. A partir de ahora, nadie entra o sale sin que yo lo autorice.
—¡Es mi habitación, no una celda de máxima seguridad! —exclamé, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí—. ¡No puedes quitarme las llaves!
—Puedo y lo hice —replicó Liam, sacando un manojo de llaves de su bolsillo y haciéndolas tintinear frente a mis ojos con una insolencia insoportable—. Es por tu propia seguridad, Nena. Aunque dudo que sepas lo que esa palabra significa.
Mi padre asintió, dándole su aprobación silenciosa. —Liam tiene autoridad total, Mia. Si él dice que te quedas en tu cuarto, te quedas. Si él dice que vas escoltada, vas escoltada. No quiero más escándalos.
Se dieron la vuelta y me dejaron allí, sola con mi nuevo verdugo. La prepotencia de Liam emanaba de él en oleadas. Se apoyó contra el marco de mi puerta, bloqueando la entrada con su cuerpo imponente.
—Parece que nos vamos a llevar muy bien, Princesa —se burló, recorriéndome con la mirada de arriba abajo—. Ahora, entra. Y no intentes nada creativo con las sábanas para bajar por el balcón. El sensor detecta hasta el vuelo de una mosca.
—Te odio —le siseé, acercándome tanto que podía sentir el calor de su cuerpo—. Te juro por mi vida que te voy a destruir. Voy a hacer que ruegues por irte de esta casa.
Liam se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio hasta que nuestras narices casi se rozaron. Sus ojos oscuros brillaron con un desafío peligroso.
—Muchos hombres lo han intentado en campos de batalla reales, Nena. Y aquí sigo —susurró, y por un momento, la tensión entre nosotros fue tan espesa que casi podía tocarse—. Entra en la habitación. Ahora. Es una orden.
Entré de un empujón, dándole un hombro al pasar, y cerré la puerta con toda la fuerza que pude. Escuché su risa seca desde el otro lado y el sonido metálico de la llave girando en la cerradura.
Me tiré sobre la cama, gritando contra la almohada. No sabía quién se creía ese Liam Donovan, pero se había metido con la Blackwood equivocada. Lo que él llamaba "orden", yo lo llamaba un reto. Y en esta mansión, nadie ganaba un reto contra mí.
[Narrado por Liam Donovan]El motor V8 del Maserati rugía con un ronquido sordo y elegante mientras devorábamos la carretera secundaria que serpenteaba entre las colinas de Chianti. La noche toscana era cerrada, estrellada y fresca, iluminada únicamente por los faros del coche que cortaban la penumbra del follaje.Habían pasado diez meses desde la mañana en que Mia salió gritando del baño con aquella prueba de embarazo en la mano.Nuestra tercera hija, la pequeña Elena, descansaba en ese preciso instante en la villa principal bajo la supervisión de la niñera y de los tíos Dominic y Spencer, quienes habían prometido no dejar que los mellizos, Leo y Sofia, destruyeran el salón mientras nosotros asistíamos a la cena de gala benéfica de la fundación en Florencia.Elena tenía apenas tres meses de nacida. Era una muñeca diminuta, tranquila y de ojos oscuros que había venido a completar el caos perfecto de nuestra casa.A mi lado, en el asiento del copiloto, Mia miraba por la ventanilla. Lle
[Narrado por Liam Donovan]El sol de las siete de la mañana se filtraba por las cortinas de lino de la habitación principal, proyectando finas líneas doradas sobre las sábanas de seda blanca desordenadas.El silencio en la casa era absoluto. Era ese margen milagroso de noventa minutos en el que los mellizos, Leo y Sofia, todavía dormían en el ala oeste de la villa bajo la supervisión atenta de la niñera, dejando la casa en una calma casi irreal.Una calma que habíamos aprovechado sin piedad durante las últimas dos horas.Estaba tumbado boca arriba en el centro de la cama king size, con la respiración aún recuperando su ritmo natural y el pecho desnudo cubierto por un fino manto de sudor. A mi lado, el colchón mantenía la huella cálida de Mia, quien acababa de levantarse hacia el baño privado para ducharse antes de que los niños se despertaran.Me pasé una mano por el cabello revuelto, sonriendo para mis adentros. A pesar de los dos años transcurridos, de la cojera que aún me recordaba
[Narrado por Liam Donovan]El sonido de las olas rompiendo suavemente contra los acantilados de la costa toscana siempre había sido un recordatorio de la fragilidad de la vida. Pero hoy, bajo el sol dorado de finales de verano, el mar no traía el olor a pólvora ni el sabor metálico del salitre del puerto de Livorno. Traía la brisa tibia de la paz que nos había costado tanta sangre conquistar.Habían pasado dos años.Dos años desde la tarde en que el tiempo se congeló en un temporizador digital marcando dos segundos. Dos años desde que la fría rejilla de hierro del astillero se convirtió en la última frontera entre la vida y la muerte.Aún conservaba las marcas. Una cicatriz gruesa y nacarada me atravesaba el cuadriceps izquierdo, obligándome a caminar con una ligera cojera en los días más fríos de invierno. Otra línea de carne abultada en el costado derecho me recordaba cada mañana, al mirarme al espejo, el precio exacto de seguir respirando. Pasé tres semanas en coma inducido en la u
[Narrado por Liam Donovan]El óxido del puerto de Livorno olía a salitre, a hierro viejo y a sangre.La lluvia de la tarde caía torrencialmente sobre los muelles abandonados del astillero naval, golpeando los contenedores de carga corroídos con un sonido sordo, metálico y constante. El viento del Tirreno soplaba con furia, colándose por los ventanales rotos de la gran nave industrial donde las grúas de desembarco colgaban como esqueletos de acero en la penumbra.Había pasado una hora y cuarenta minutos desde que salí de la capilla.Me quité la chaqueta del esmoquin de bodas en el coche. Ahora vestía únicamente la camisa blanca —ya manchada de barro y agua—, los pantalones oscuros y mi antiguo chaleco táctico de la Unidad 4 que conservaba en el maletero. En mi cintura descansaba la Beretta 92FS, la misma arma que había dejado sobre la mesa de Dominic meses atrás y que hoy había vuelto a empuñar con una sola certeza: no saldría de este lugar sin Mia y nuestros hijos, aunque eso signific
[Narrado por Liam Donovan]El sol de la primavera toscana se filtraba entre los arcos de piedra de la pequeña capilla privada de los Blackwood, iluminando las hileras de bancos de nogal pulido y el camino de pétalos blancos que conducía hacia el altar.Habían pasado siete meses. Siete meses desde la tarde en que rompimos todas las reglas en el dormitorio de nuestra casa, siete meses de reconstruirnos paso a paso, de ecografías, de noches interminables sintiendo las patadas dobles bajo mis palmas contra su vientre hinchado.Dos. No era un solo bebé. A las doce semanas, la ginecóloga de la clínica San Miniato nos había dado la noticia que nos dejó sin aliento a ambos: un nene y una nena. Dos mellizos que crecían fuertes, sanos y ajenos al pasado violento que sus padres intentaban dejar atrás.En ese tiempo, cumplí cada palabra de mi promesa. No volví a tocar un arma de la organización. Me dediqué por completo a ser su pareja, a acompañarla en su embarazo de alto riesgo y a preparar la l
[Narrado por Liam Donovan]Catorce días. Catorce noches exactas guardando una distancia que me estaba devorando los sesos.Cumplir las reglas de Mia no era una prueba de paciencia; era una lección de supervivencia táctica dentro de mi propia casa. Durante dos semanas, me convertí en una sombra eficiente, atenta y ridículamente disciplinada. Me despertaba a las seis de la mañana, preparaba desayunos livianos con jengibre para controlar sus náuseas matutinas, ventilaba la casa, limpiaba cada superficie y me aseguraba de que sus carpetas de la universidad estuvieran organizadas sobre la mesa del salón.La cuidaba como el hombre que le había prometido a Dominic que sería: sin presiones, sin invasiones, sin reclamos. Si ella quería leer en la terraza, yo me retiraba al despacho a revisar presupuestos o a leer informes sobre la situación de la Unidad 4. Si ella subía a ducharse, yo bajaba a la cocina. Apuntaba cada una de sus citas médicas en mi libreta personal y apenas roza la yema de sus







