INICIAR SESIÓN—Señorita Carter.
Él se levanta de la silla detrás de su escritorio; lo sigo con la mirada hasta que está completamente erguido. Es muy alto. Su camisa de vestir parece desordenada, llevando las mangas recogidas y la corbata floja.
Aun así, no deja de verse increíblemente atractivo. Rodea el escritorio y se acerca a mí. Es ahí cuando lo veo de cerca y casi me desmayo. Trago saliva; el hombre es tan perfecto que casi me resulta irreal.
Tiene el cabello oscuro y húmedo, como si acabara de salir de la ducha y hubiera desistido de arreglárselo.
Sus ojos son otro claro encanto en él; brillantes a pesar de tener un color oscuro e intenso. El tenue vello en su mandíbula cuadrada no logra ocultar los hermosos rasgos que hay debajo.
Su piel está ligeramente bronceada y tiene un pequeño lunar justo debajo de…
¡Ay, Dios mío!
—¿Señorita Carter? —Vuelve a decir, levantando su mano.
Debo parecer una tonta. Mi cuerpo no consigue moverse y responder su saludo. Sigo sumergida en su belleza. Cuando no ofrezco mi mano, él pone las suyas en mis hombros, se acerca más a mí y besa ligeramente mi mejilla ardiente.
Su acción hace que me tense por completo. Escucho los latidos de mi corazón en mis oídos, y aunque nunca he sido de las que tienen contacto físico con un desconocido, y menos de esta manera, no hago nada para detenerlo.
—Mucho gusto en conocerla. —Susurra en mi oído.
Su voz casi hace que suelte un gemido, y él está totalmente consciente de mi estado. Baja su cara hasta mi altura y me observa satisfecho y engreído.
¿Satisfecho por qué?
¿Acaso sabe lo que provoca?
Oh sí, claro que lo sabe.
—¿Se encuentra bien? —Me pregunta con una de las comisuras de sus labios levantada, como si escondiera una sonrisa.
Quisiera darle una patada, directo en el rostro y borrarle esa sonrisa, pero él no tiene la culpa de ser tan guapo y solo por eso ya lo detesto.
Salgo de mi ridículo estado y miro a mi alrededor, notando que el grandulón ya no se encuentra ahí. ¿En qué momento se fue?
Doy un paso hacia atrás, alejándome del señor White y de su potente cercanía que no me deja pensar con normalidad.
—Hola, señor White. Me llamo Addison. —Aclaro mi garganta.
Él baja la mirada observando sus zapatos mientras esconde una sonrisa más amplia.
—Llámame Nick, Addison. —Sus labios susurran tan bien mi nombre que al instante deseo que lo vuelva a decir. Pero sé que es mejor que no lo haga.
—Mucho gusto, Nick. —Extiendo mi mano y él duda en tomarla, pero cuando lo hace, puedo notar que tiembla un poco al apretarla.
Ahora es él quien parece haberse ido de este universo, mientras yo soy cada vez más consciente del calor que hace en ese lugar.
De pronto, regresa y recobra el sentido. No deja de mirarme y luego mueve ligeramente la cabeza y se retira hacia atrás.
Estoy a solas con este hombre que me ha dejado inmóvil, sin habla, y prácticamente en un estado de vegetación vergonzosa. Ni siquiera le he preguntado por qué estoy ahí.
Señala un sofá detrás de mí para que tome asiento, y él hace lo mismo con el que está enfrente. Lo único que nos divide es la mesita café del centro, la cual está llena de varias botellas de alcohol.
—¿Gustas algo de beber? —me ofrece, pero espero que no se refiera al alcohol. Es mediodía.
—No, gracias —digo, pero también muevo la cabeza por si acaso no soy consciente de que las palabras no me salen.
—Oh, ¿prefieres agua? —me sigue mirando mientras sus dientes juegan con sus labios.
¡Santísimo Dios, no me mires así!
—Sí —le digo—. Por favor.
Se levanta de su lugar y camina hacia la pequeña nevera en una esquina. Cuando se aleja, mi conciencia vuelve a tomar control de mí, y entonces soy capaz de preguntar por qué estoy ahí.
—Paolo Richi. —El nombre de mi jefe sale de su boca. Cuando creo que me dará el agua y regresará a su lugar, me sorprende tomando asiento a mi lado.
¡Jesús!
Huele a gloria bendita, agua fresca y mentolada. Pero al mismo tiempo creo reconocer su fragancia de algún otro lugar.
Toma un vaso de la mesita del centro y abre la botella de agua, vertiendo el líquido en él. Me extiende el vaso y de nuevo su mirada me abruma.
Me acomodo en el sofá y llevo el vaso a mis labios tratando de parecer lo más tranquila posible, pero fallo en el proceso al temblar un poco.
—¿Mi jefe sabe que estoy aquí? —pregunto por qué todo esto me parece muy extraño.
No quiero verlo, pero es imposible no hacerlo. Él me sonríe y yo me derrito. Lleva la botella hasta sus labios adorables, la misma botella de la que me sirvió, y me observa por encima.
Rompo el contacto visual y tomo de nuevo de mi vaso para distraerme. Me está costando trabajo dominar mis nervios.
No tiene sentido. Jamás un hombre me había llegado a afectar de esta manera.
—Fue idea de él, que estuvieras aquí.
—¡¿Por qué ha tenido que salir a ti tu hija?! —me grita.Estoy a punto de escupir la cerveza.—¿A mí?—¡Sí, a ti! ¡Desafiante!Suelto una risotada. Debe de estar de broma.—Me temo que mi pequeña señorita es una copia exacta de tu querida hija. ¡Igual de rebelde!Ella resopla y empieza a farfullar, se alisa la blusa y se marcha hacia la cocina para ayudar a Addison. ¿Desafiante? Esa mujer no tiene ni idea de qué está hablando.Dejo a mi madre con Amalie y David y me acerco a nuestros amigos, que, como era de esperar, se han instalado cerca del bar.—¡Eh, Nick! —Lucas me da unos golpecitos en la espalda y Mark asiente mientras me agacho para que Samanta pueda darme un beso en la mejilla.—¿Qué tal están? —pregunto, y me dejo caer sobre una de las sillas—. ¿Dónde está Derek?Lucas se echa a reír y señala el castillo hinchable, donde Derek se ha colado entre todos los niños para buscar a su hija.—Se está asegurando de que Georgia regresa con su madre sin cortes ni moratones.—Y hablando
—No, papá.—Papi. ¿Y éste? —Le enseño una especie de prenda de tela de brocado hasta los tobillos de color limón, pero ella niega desafiante—. Maddie —suspiro—, no vas a ponerte eso.«Señor, dame fuerzas antes de que le retuerza su testaruda cabecita.»—Me pondré unos leotardos. —Salta de la cama y abre su cajonera rosa—. Éstos —diceSosteniendo una prenda de rayas horizontales.Inclino la cabeza y asiento ligeramente. Me parece aceptable.—¿Y qué hay de la camiseta?Ella mira hacia abajo y se acaricia la barriguita.—Me gusta ésta.—¿Y si compramos una de una talla más grande? —Estoy dialogando con ella. Saco una camiseta verde menta de manga repleta de corazones y se la muestro, todo sonriente—. Ésta me encanta. Venga, haz feliz a papi. —Le pongo morritos como un idiota desesperado y sé que su mente de cinco años también piensa que soy idiota.—Está bien —suspira pesadamente. Esto es ridículo. Ahora es ella la que me está dando el gusto a mí.—Buena chica. —La dejo sobre la cama—. A
—Te gustan todos los vestidos de mamá —suelta Jacob, cansado de oír siempre lo mismo y obligándome a apartar la vista de ese cuerpo que me gira loco de deseo.—Es verdad —admito, y le sacudo un poco la mata desaliñada de pelo rubio—. Hablando de vestidos, voy a buscar a tu hermana.—Vale —responde, y vuelve a centrar la atención en mi móvil y a hundir el dedo en el tarro.Me levanto y voy en busca de Maddie. Subo los escalones de dos en dos e irrumpo en la habitación infestada de rosa.—¿Dónde está mi cumpleañera?—¡Aquí! —chilla saliendo de su casita de juegos.Casi me quedo sin respiración.—¡No vas a llevar eso puesto, señorita!—¡Sí que lo voy a llevar! —Sale corriendo por la habitación al ver que empiezo a andar hacia ella.—¡Maddie!Pero ¿qué cojones? ¡Tiene cinco años! ¡Tan sólo cinco años y ya tengo que preocuparme de que no lleve pantalones sexys y camisetas extracortas! ¿Qué coño ha sido de ese vestido de volantes?—¡Mamá! —grita cuando la agarro del tobillo sobre la cama. P
—¡Papi!Me giro y mis fuertes músculos se derriten al ver a mi pequeño bajar la escalera corriendo, con el pelo oscuro enmarañado alrededor de su preciosa carita.—Hombre, cumpleañero. —Sus ojos oscuros brillan mientras se abalanza contra mí y repta por mi cuerpo.—Adivina qué —me dice con los ojos abiertos de emoción.—¿Qué? —No estoy fingiendo interés. Tengo auténtica curiosidad.—La abu Glory ha dicho que podemos dormir en su casa esta noche. ¡Nos va a llevar al zoo mañana!Intento ocultar el enfado e igualar su estado de emoción.—La abu Glory vive demasiado lejos, y a papá le gusta llevarte él mismo al zoo —digo, colocándomelo sobre los hombros y girándome hacia el espejo de nuevo—. ¿Has visto qué guapos somos?—Lo sé —responde como si nada, y me hace sonreír—. La abu y el abu viven a diez minutos. Lo he contado con el teléfono de mamá.Me recuerda rápidamente que mi querida suegra vive, efectivamente, a diez minutos de distancia. La belleza de Newquay no fue capaz de mantener a
Se apartan para dejarnos pasar. Los miro a todos, pero sólo veo caras alegres. Mi hermano es el que más sonríe de todos. No puedo hacer nada más que encogerme de hombros y mostrar mi sorpresa. Ahora me doy cuenta de que los shorts de Nick son blancos, y mi vestido también. ¿Vamos a casarnos otra vez?Me coloca sobre la arena húmeda, donde las suaves olas me acarician los pies, y nos recibe un hombre vestido de manera tan desenfadada como yo, como Nick y como todos nuestros invitados. Le devuelvo el saludo mientras une nuestras manos en el escaso espacio que separa nuestros cuerpos.Todo esto me ha pillado desprevenida, pero lo acepto y respondo a las preguntas que se me formulan mientras miro los adictivos ojos de Nick y sonrío con cada palabra. Lo reafirmo todo, renuevo mi promesa de amarlo, honrarlo y obedecerlo, y lo agarro del cuello para besar suavemente sus exquisitos labios al terminar.He puesto el piloto automático y me dedico a hacer lo que se me pide, no porque no sepa qué
—Ya he hablado con ellos. Lily aceptará una oportunidad que le ha surgido en Estados Unidos, y Mark y Tomás están más que listos para retirarse.—Vaya —digo asintiendo, aunque sospecho que ambos habrán recibido un pequeño pellizco por sus servicios en el Hotel, independientemente del puesto que ocupasen—. ¿Y renovarán los socios su suscripción con los nuevos propietarios?Se echa a reír.—Sí, si les gusta jugar al golf.—¿Al golf?—Van a transformar el terreno en un campo de golf de dieciocho agujeros.—Vaya, ¿y qué hay de las instalaciones deportivas? —pregunto.—Las conservarán. Será bastante impresionante. Se quedará todo más o menos como está, excepto por las suites privadas, que pasarán a ser auténticas habitaciones de hotel, y la sala comunitaria se transformará en una sala de conferencias.Imagino que será algo extraordinario.—Entonces ¿ya está?—Sí, ya está. Ahora necesito que vayas a prepararte para el resto del día.Hace ademán de incorporarse, pero lo empujo de nuevo contr







