FAZER LOGINElena
Entré a la casa en un silencio sepulcral, con los tacones en la mano para no hacer ruido. Agradecí al cielo que las luces estuvieran apagadas; el auto de mi esposo no estaba en el garage. Tenía la vía libre.
Subí las escaleras a toda prisa, esquivando las sombras de la mansión. Cerré la puerta de mi habitación con seguro y me fui directo al baño principal.
Necesitaba arrancarme la noche de encima.
Encendí la luz blanca del tocador. El reflejo en el espejo me devolvió la imagen de una desconocida: el cabello deshecho, la mirada extraviada y las mejillas encendidas de una vergüenza que me quemaba por dentro.
Me quité el vestido de seda a tirones, sin importarme que la tela se desgarrara aún más. Lo eché hecho un bulto al fondo del bote de basura, junto con la lencería de encaje. No quería volver a ver esas prendas en mi vida.
Quedé desnuda frente al espejo. Fue entonces cuando las vi.
En mis muñecas pálidas se marcaban dos aros rojos y violetas, la huella exacta del cuero apretado de su cinturón prensándome contra el sillón. Y en la base del cuello, justo donde la piel se une al hombro, un mordisco violento empezaba a amoratarse.
Puse los dedos sobre la marca, y el dolor punzante me trajo el recuerdo de golpe.
Sentí de nuevo la voz rasposa de Adán retumbando en mi oído, su mano firme apretándome la garganta mientras me exigía saber quién mandaba. Recordé el peso de su cuerpo, la humillación de mis propios ruegos y el calor de su semen derramado sobre mi pecho.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Se me cortó la respiración. Intenté sentir asco, rabia, indignación por la forma en que me había reducido a nada. Pero mi propio cuerpo traicionó mi mente: un latido caliente y sordo me volvió a recorrer entre las piernas.
Apretó los puños contra el borde del lavabo, sintiendo las lágrimas de frustración agolparse en mis ojos. El tipo me había destrozado el orgullo, me había robado el aire y me había dejado tirada como si no fuera más que una cualquiera.
Abrí la llave de la ducha, ajustando el agua lo más caliente que pude soportar, desesperada por borrar la huella de sus dedos de mi piel.
Pero mientras me metía bajo el chorro hirviendo, una sola certeza me golpeó el pecho con la fuerza de una condena: no iba a ser nada fácil sacarme a ese hombre de la cabeza.
Un gemido de pura frustración se me escapó entre las gotas del agua.
Era una locura. Debería estar asqueada, traumatizada, planeando cómo destruirlo. Pero el vacío entre mis piernas era una agonía hirviendo que me estaba volviendo loca. Me había dejado al límite, hambrienta, ardiendo.
Salí del baño y me dejé caer en la orilla de la cama, completamente desnuda, con la piel ardiente y la respiración rota.
Abrí el cajón de la mesa de noche y saqué el vibrador. Lo encendí a la máxima potencia. La vibración pesada resonó en el silencio de la habitación, pero cuando lo llevé a mi centro, la sensación me pareció ridícula. Plastificada. Vacía.
El aparato no tenía el calor implacable de sus manos. No tenía la furia. No tenía nada.
Un gruñido de rabia me rasgó la garganta. Apagué el juguete y lo tiré con violencia contra la pared. El golpe seco retumbó en la penumbra.
Estaba loca de frustración. El vacío entre mis piernas era una agonía hirviendo que el plástico jamás iba a apagar.
Me llevé las manos al pecho. Apreté mis propios senos con brusquedad, enterrando las uñas en la piel hasta hacerme daño. Con los dedos temblorosos, me pellizqué los pezones con una fuerza salvaje, buscando desesperadamente el dolor que me devolviera a ese privado.
Cerré los ojos y el recuerdo me golpeó como un impacto.
Adán. Su imponente silueta en traje de diseñador, el contraste de su frialdad y esos ojos claros y helados fijados en mí como los de un depredador. La forma en que me dobló la voluntad con una facilidad aterradora.
Recordé la correa de cuero atrapándome las muñecas. El peso de su cuerpo aplastándome contra el sillón de piel. La garra firme rodeándome el cuello, cortándome el aire mientras me exigía sometimiento.
Llevé dos dedos a mi centro empapado. Froté y penetré con un ritmo violento, desesperado, haciéndome daño en el proceso.
—Adán... —el nombre se me escapó en un gemido sucio, ahogado contra la almohada.
Me imaginé a ese hombre mirándome desde arriba, disfrutando de mi ruina. Imaginé su voz rasposa ordenándome no cerrar los ojos mientras me deshacía en su mano.
El clímax me cayó encima como una descarga eléctrica.
Mi cuerpo se convulsionó salvajemente sobre la cama. Me arqueé, apretando las sábanas con rabia mientras un orgasmo sucio, amargo y violento me sacudía el vientre, sacándome un gemido sordo.
Justo en ese milisegundo de éxtasis, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
La luz del pasillo atravesó la penumbra del cuarto. Me quedé helada, totalmente desnuda, con las piernas abiertas, los dedos aún sobre mi centro y el pecho subiendo y bajando descontrolado.
Mi esposo estaba de pie en el umbral.
Julian recorrió mi cuerpo sudoroso y agitado con la mirada, y una chispa oscura y morbosa se encendió en sus ojos. Dando un paso al frente, se desabrochó el saco y caminó hacia la cama con una sonrisa turbia, estirando la mano para tocarme el muslo empapado.
—Vaya... no sabía que venías así de caliente —mordisqueó las palabras, acercándose a mí intentando tocarme.
El asco me atravesó como un rayo. Con un movimiento torpe y desesperado, me tiré hacia atrás, jalando el edredón para cubrirme hasta el cuello y golpeándole la mano de un manotazo.
—¡No me toques! —chillé con la voz rasgada, encogiéndome contra la cabecera.
El rostro de Julian cambió de inmediato. La excitación se transformó en una furia ciega. La vena de su frente se hinchó mientras me arrebataba un pedazo de la cobija.
—¡Eres una inútil de m****a! —me gritó en la cara, con la saliva salpicándome la piel—. ¡Mírate, cubierta de miseria y no sirves para absolutamente nada! ¡Ni para darme un maldito heredero ni para complacerme como hombre!
Apretó los puños, temblando de rabia mientras me miraba con un desprecio absoluto.
—Púdrete en esta cama. No voy a pasar la noche en esta casa porque sencillamente no te soporto.
Dio media vuelta y salió de la habitación, azotando la puerta con una fuerza que hizo retumbar los cristales de las ventanas.
Escuché sus pasos pesados bajando las escaleras y, poco después, el rugido del motor de su auto alejándose en la madrugada.
Me quedé hecha un ovillo bajo la cobija, temblando en la oscuridad, con las marcas rojas en mis muñecas ardiendo y las palabras de mi esposo retumbando en mi cabeza.
La frialdad de mi vida me aplastaba, haciéndome desear, con un miedo aterrador, volver a estar bajo las manos brutales de Adán.
Al día siguiente, el llanto se me secó en la garganta. La casa quedó sumida en un silencio helado, roto solo por el tic-tac monótono del reloj de pared.
Me puse de pie con las piernas temblando. Caminé hacia el vestidor sin mirarme al espejo.
Elegí una blusa de seda azul oscuro, de manga larga y cuello alto. Deslicé la tela sobre mi piel sensible, asegurándome de abotonar los puños apretados sobre las marcas moradas de mis muñecas y subir el cuello hasta cubrir por completo la huella del mordisco en mi garganta. Mi armadura aristócrata estaba lista. Impecable por fuera; hecha pedazos por dentro.
Bajé los escalones de mármol con el cuello erguido y paso firme, fingiendo una dignidad que no tenía.
Entré al comedor principal, donde la luz matutina se filtraba por los grandes ventanales. La mesa estaba servida. Serví un poco de café negro, contemplando el vapor subir en el silencio de la mansión vacía.
Sostuve la taza con ambas manos, sintiendo la tela cubrir mis marcas. En el fondo de mi mente, entre el sabor amargo del café y las paredes frías de mi jaula de oro, la voz de Adán volvió a resonar con una claridad aterradora.
Ese hombre me había arruinado la vida en una sola noche... y yo solo podía pensar en cuándo volvería a verlo.
POV AdánEl alta médica llegó como un golpe de realidad que tardé unos segundos en procesar.Richard cerró la carpeta clínica al pie de la cama con una sonrisa de satisfacción, anunciando lo que llevábamos esperando desde el primer segundo.—Bueno, familia. Si los niveles siguen así y la recuperación de la mamá va sobre ruedas... creo que hoy se van a casa.Sentí que el aire por fin volvía a mis pulmones con total libertad.Miré de inmediato hacia la cama. Victoria tenía a la niña en brazos, ya vestida con la ropita limpia que habíamos preparado, y sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y el mismo vértigo que yo sentía en las costillas.Durante los últimos dos días, mi mundo se había reducido exclusivamente a las paredes de esa habitación. Había aprendido a cambiar pañales con la precisión de una maquinaria militar, a sostener a la bebé contra mi pecho hasta que se quedaba dormida, y a ayudar a Victoria a levantarse al baño, ignorando el dolor punzante en su abdomen mientras sos
(POV Victoria)La oscuridad se desvaneció lentamente, reemplazada por un dolor sordo en el vientre y una sequedad atroz en la garganta.Abrí los ojos con muchísima pesadez, parpadeando contra la luz blanca de la habitación mientras el pitido de un monitor marcaba mi ritmo.—Agua... —logré raspar en un susurro apenas audible, con la boca completamente pegada.Una enfermera se acercó de inmediato al escucharme, ajustando la cama y acercando un vaso con un sorbete a mis labios resecos.—Despacio, toma con calma —me indicó con voz amable—. Llevas cuarenta y ocho horas inconsciente.Bebí con desesperación, sintiendo que el agua fresca me devolvía un poco la vida. Pero en cuanto el líquido calmó la garganta, la realidad me golpeó como un latigazo. Instintivamente, llevé una mano temblorosa hacia el vientre.Estaba plano. Suave. Vacío.El terror me heló la sangre. El corazón se me disparó en el pecho y las lágrimas brotaron de golpe, quemándome los ojos.—Mi bebé... —balbuceé, con la voz rot
POV AdánLo dejé tirado en el suelo del estacionamiento y regresé a zancadas hacia la entrada de urgencias. La rabia seguía quemándome las entrañas, pero en cuanto crucé las puertas automáticas y el olor a hospital me golpeó de nuevo, la furia se transformó en un nudo asfixiante en la garganta.Entré al área de maternidad como un alma en pena. Ninguna enfermera se atrevió a detenerme al ver mi expresión descompuesta. Me detuve frente a las puertas dobles de cristal esmerilado que conducían al quirófano, con la luz roja de "Cirugía en curso" encendida de forma permanente, clavándose en mis retinas como una sentencia.Resiste, Victoria. Por favor, resiste.Las horas pasaron como una eternidad líquida.Cada segundo que el reloj avanzaba era una apuesta con la muerte. Recordé su rostro pálido la última vez que la vi, la forma en que me miró antes de marcharse, y el peso de haberla dejado sola.Unos pasos apresurados resonaron en el pasillo. Levanté la vista de golpe.Richard salió del áre
POV: AdánDos meses.Dos malditos meses habían pasado desde la última vez que vi a Victoria. Sesenta días de forzarme a no buscarla, de tragarme el orgullo y convaciarme la cabeza con trabajo para no ir a buscarla a su departamento y arrastrarla de vuelta a mi vida.Durante ese tiempo, Rashell se había encargado de llenar los espacios públicos. Tengo que admitir que era eficiente: entendía el juego, sabía posar ante las cámaras y manejaba a los medios como la figura perfecta para potenciar mi marca. La prensa compraba la historia y los inversores sonreían.Pero entre nosotros no había nada.No me había acostado con ella ni una sola vez; la idea de tocarla me producía un desgano absoluto.Aun así, la mantenía cerca, a la distancia justa. Rashell era una pieza en mi tablero y sabía que, tarde o temprano, su presencia me serviría como el escudo o la carnada perfecta para mover mis siguientes cartas.Me encontraba en medio de la junta directiva más importante del trimestre. Los números de
VictoriaEl golpe de sus palabras me dejó sin aire, pero en lugar de quebrarme o rogarle, sentí que algo dentro de mí se apagaba de golpe. La furia ciega y el dolor se desvanecieron, dejando paso a una frialdad absoluta.Lo miré fijamente a los ojos, conteniendo el temblor de mis labios, y levanté la barbilla.—Qué bajo has caído, Adán —le susurré, con una calma que lo descolocó por completo.Apoyé las manos firmemente en su pecho desnudo y lo empujé hacia atrás, obligándolo a romper el espacio entre nosotros. Salí del baño con pasos decididos, atravesé la habitación y, sin dignarme a mirar atrás, me cambié la ropa con rapidez, quitándome de encima cualquier rastro de él.Cuando salí al pasillo del penthouse, Rashel seguía sentada en el sofá con una sonrisa triunfante pintada en el rostro. Me detuve frente a ella un segundo, la miré de arriba abajo con profunda lástima y solté el veneno con total claridad:—Todo tuyo. Se merecen el uno al otro.Sin esperar respuesta, caminé hacia la e
POV VictoriaEl portazo resonó en las paredes de la sala como un disparo, dejándome suspendida en el aire, con el eco de sus palabras golpeándome el pecho. El sonido de sus pasos desapareciendo por el pasillo fue la única respuesta que obtuve antes de que el silencio absoluto del penthouse se me cayera encima como una losa de plomo.Me quedé allí, de pie en medio de la sala, con la camisa de lino de Adán colgándome grande y los ojos ardiéndome por las lágrimas que seguían resbalando por mis mejillas. Mis manos temblaban.Las piernas me fallaron y me dejé caer pesadamente en el sofá, abrazando mi vientre abultadode manera instintiva, como si con ese gesto pudiera protegerme del desastre que acabábamos de provocar.Miré a mi alrededor: el espacio impersonal, lujoso, impecable, que no me pertenecía. El desayno servido en un plato con cariño para el, la ropa suya que llevaba puesta, el rastro de su olor impregnado en la tela y en mi piel.¿Qué diablos estaba haciendo?¿En qué momento habí







