Mag-log inVíctoria
Entré a la casa en un silencio sepulcral, con los tacones en la mano para no hacer ruido. Agradecí al cielo que las luces estuvieran apagadas; el auto de mi esposo no estaba en el garage. Tenía la vía libre. Subí las escaleras a toda prisa, esquivando las sombras de la mansión. Cerré la puerta de mi habitación con seguro y me fui directo al baño principal. Necesitaba arrancarme la noche de encima. Encendí la luz blanca del tocador. El reflejo en el espejo me devolvió la imagen de una desconocida: el cabello deshecho, la mirada extraviada y las mejillas encendidas de una vergüenza que me quemaba por dentro. Me quité el vestido de seda a tirones, sin importarme que la tela se desgarrara aún más. Lo eché hecho un bulto al fondo del bote de basura, junto con la lencería de encaje. No quería volver a ver esas prendas en mi vida. Quedé desnuda frente al espejo. Fue entonces cuando las vi. En mis muñecas pálidas se marcaban dos aros rojos y violetas, la huella exacta del cuero apretado de su cinturón prensándome contra el sillón. Y en la base del cuello, justo donde la piel se une al hombro, un mordisco violento empezaba a amoratarse. Puse los dedos sobre la marca, y el dolor punzante me trajo el recuerdo de golpe. Sentí de nuevo la voz rasposa de Adán retumbando en mi oído, su mano firme apretándome la garganta mientras me exigía saber quién mandaba. Recordé el peso de su cuerpo, la humillación de mis propios ruegos y el calor de su semen derramado sobre mi pecho. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Se me cortó la respiración. Intenté sentir asco, rabia, indignación por la forma en que me había reducido a nada. Pero mi propio cuerpo traicionó mi mente: un latido caliente y sordo me volvió a recorrer entre las piernas. Apretó los puños contra el borde del lavabo, sintiendo las lágrimas de frustración agolparse en mis ojos. El tipo me había destrozado el orgullo, me había robado el aire y me había dejado tirada como si no fuera más que una cualquiera. Abrí la llave de la ducha, ajustando el agua lo más caliente que pude soportar, desesperada por borrar la huella de sus dedos de mi piel. Pero mientras me metía bajo el chorro hirviendo, una sola certeza me golpeó el pecho con la fuerza de una condena: no iba a ser nada fácil sacarme a ese hombre de la cabeza. Un gemido de pura frustración se me escapó entre las gotas del agua. Era una locura. Debería estar asqueada, traumatizada, planeando cómo destruirlo. Pero el vacío entre mis piernas era una agonía hirviendo que me estaba volviendo loca. Me había dejado al límite, hambrienta, ardiendo. Salí del baño y me dejé caer en la orilla de la cama, completamente desnuda, con la piel ardiente y la respiración rota. Abrí el cajón de la mesa de noche y saqué el vibrador. Lo encendí a la máxima potencia. La vibración pesada resonó en el silencio de la habitación, pero cuando lo llevé a mi centro, la sensación me pareció ridícula. Plastificada. Vacía. El aparato no tenía el calor implacable de sus manos. No tenía la furia. No tenía nada. Un gruñido de rabia me rasgó la garganta. Apagué el juguete y lo tiré con violencia contra la pared. El golpe seco retumbó en la penumbra. Estaba loca de frustración. El vacío entre mis piernas era una agonía hirviendo que el plástico jamás iba a apagar. Me llevé las manos al pecho. Apreté mis propios senos con brusquedad, enterrando las uñas en la piel hasta hacerme daño. Con los dedos temblorosos, me pellizqué los pezones con una fuerza salvaje, buscando desesperadamente el dolor que me devolviera a ese privado. Cerré los ojos y el recuerdo me golpeó como un impacto. Adán. Su imponente silueta en traje de diseñador, el contraste de su frialdad y esos ojos claros y helados fijados en mí como los de un depredador. La forma en que me dobló la voluntad con una facilidad aterradora. Recordé la correa de cuero atrapándome las muñecas. El peso de su cuerpo aplastándome contra el sillón de piel. La garra firme rodeándome el cuello, cortándome el aire mientras me exigía sometimiento. Llevé dos dedos a mi centro empapado. Froté y penetré con un ritmo violento, desesperado, haciéndome daño en el proceso. —Adán... —el nombre se me escapó en un gemido sucio, ahogado contra la almohada. Me imaginé a ese hombre mirándome desde arriba, disfrutando de mi ruina. Imaginé su voz rasposa ordenándome no cerrar los ojos mientras me deshacía en su mano. El clímax me cayó encima como una descarga eléctrica. Mi cuerpo se convulsionó salvajemente sobre la cama. Me arqueé, apretando las sábanas con rabia mientras un orgasmo sucio, amargo y violento me sacudía el vientre, sacándome un gemido sordo. Justo en ese milisegundo de éxtasis, la puerta de la habitación se abrió de golpe. La luz del pasillo atravesó la penumbra del cuarto. Me quedé helada, totalmente desnuda, con las piernas abiertas, los dedos aún sobre mi centro y el pecho subiendo y bajando descontrolado. Mi esposo estaba de pie en el umbral. Julian recorrió mi cuerpo sudoroso y agitado con la mirada, y una chispa oscura y morbosa se encendió en sus ojos. Dando un paso al frente, se desabrochó el saco y caminó hacia la cama con una sonrisa turbia, estirando la mano para tocarme el muslo empapado. —Vaya... no sabía que venías así de caliente —mordisqueó las palabras, acercándose a mí intentando tocarme. El asco me atravesó como un rayo. Con un movimiento torpe y desesperado, me tiré hacia atrás, jalando el edredón para cubrirme hasta el cuello y golpeándole la mano de un manotazo. —¡No me toques! —chillé con la voz rasgada, encogiéndome contra la cabecera. El rostro de Julian cambió de inmediato. La excitación se transformó en una furia ciega. La vena de su frente se hinchó mientras me arrebataba un pedazo de la cobija. —¡Eres una inútil de m****a! —me gritó en la cara, con la saliva salpicándome la piel—. ¡Mírate, cubierta de miseria y no sirves para absolutamente nada! ¡Ni para darme un maldito heredero ni para complacerme como hombre! Apretó los puños, temblando de rabia mientras me miraba con un desprecio absoluto. —Púdrete en esta cama. No voy a pasar la noche en esta casa porque sencillamente no te soporto. Dio media vuelta y salió de la habitación, azotando la puerta con una fuerza que hizo retumbar los cristales de las ventanas. Escuché sus pasos pesados bajando las escaleras y, poco después, el rugido del motor de su auto alejándose en la madrugada. Me quedé hecha un ovillo bajo la cobija, temblando en la oscuridad, con las marcas rojas en mis muñecas ardiendo y las palabras de mi esposo retumbando en mi cabeza. La frialdad de mi vida me aplastaba, haciéndome desear, con un miedo aterrador, volver a estar bajo las manos brutales de Adán. Al día siguiente, el llanto se me secó en la garganta. La casa quedó sumida en un silencio helado, roto solo por el tic-tac monótono del reloj de pared. Me puse de pie con las piernas temblando. Caminé hacia el vestidor sin mirarme al espejo. Elegí una blusa de seda azul oscuro, de manga larga y cuello alto. Deslicé la tela sobre mi piel sensible, asegurándome de abotonar los puños apretados sobre las marcas moradas de mis muñecas y subir el cuello hasta cubrir por completo la huella del mordisco en mi garganta. Mi armadura aristócrata estaba lista. Impecable por fuera; hecha pedazos por dentro. Bajé los escalones de mármol con el cuello erguido y paso firme, fingiendo una dignidad que no tenía. Entré al comedor principal, donde la luz matutina se filtraba por los grandes ventanales. La mesa estaba servida. Serví un poco de café negro, contemplando el vapor subir en el silencio de la mansión vacía. Sostuve la taza con ambas manos, sintiendo la tela cubrir mis marcas. En el fondo de mi mente, entre el sabor amargo del café y las paredes frías de mi jaula de oro, la voz de Adán volvió a resonar con una claridad aterradora. Ese hombre me había arruinado la vida en una sola noche... y yo solo podía pensar en cuándo volvería a verlo.VictoriaTres meses después, la única ley en la cama era la de Adán.Estaba completamente desnuda bajo él, con el cuerpo arqueándose y temblando mientras sus labios y su lengua devoraban mi centro sin piedad. Sus manos grandes me sujetaban las caderas con una fuerza brutal, inmovilizándome contra el colchón para que no pudiera huir de la ola febril que me calcinaba por dentro.—Adán... —jadeé, ahogando un grito contra la almohada mientras me arrastraba directo hacia el borde del abismo, poseída por el fuego de saber que ya no quedaba rastro de ninguna sombra.Adán subió por mi cuerpo con una lentitud desesperada, con los ojos oscuros y febriles, hasta quedar suspendido sobre mí. Me agarró del mentón con fuerza y, rozando sus labios contra los míos con un hambre voraz, siseó contra mi boca:—Nunca me cansaré de tu sabor, maldita sea...Antes de que pudiera responder, se alzó y entró en mí de un solo golpe, con una fuerza salvaje y posesiva que me arrancó un grito ahogado.Su cuerpo se
AdanSalí de la habitación de Victoria con los puños cerrados con tanta fuerza que las uñas se me clavaban en las palmas, sintiendo que la piel me quemaba.Cada paso por el pasillo del hospital era una estocada de pura rabia contenida. Rashell había estado ahí, riéndose en la cara de Victoria, vendiéndola como si fuera basura, mientras fingía demencia en las altas esferas corporales.Llegué al vehículo, saqué el teléfono y marqué directamente al jefe de seguridad de la compañía con los dedos temblando de furia. Contestaron al primer tono.—Habla Adán.—Señor, estamos revisando los reportes perimetrales y los accesos a... —comenzó a decir al otro lado de la línea.—Cierra la boca y escúchame —lo interrumpió con un tono de voz gélido, letal, que hizo que el silencio se apoderara de la llamada—. Quiero que vayas a la oficina de Rashell ahora mismo. Averigua todo sobre sus movimientos de los últimos días.—Señor, de hecho... justo íbamos a reportar eso —respondió el jefe de seguridad con
(POV Adán)El piso de baldosas blancas del hospital me quemaba los pies, aunque apenas lo sentía.Estaba recostado contra la pared del pasillo frente a la Unidad de Cuidados Intensivos, con las manos apoyadas en las rodillas y la mirada perdida en la puerta doble de cristal tras la cual Victoria peleaba por mantenerse entera.Mi propia sangre manchaba la camisa, y tenía los nudillos destrozados, la mandíbula hinchada y el costado ardiendo con cada respiración profunda, pero nada de eso importaba.Una enfermera de urgencias se acercó con una bandeja llena de gasas, yodo y un analgésico, deteniéndose a mi lado con cautela.—Señor, por favor, déjeme limpiar esas heridas y revisar si tiene costillas fisuradas. Usted también está perdiendo sangre —dijo, intentando acercar el algodón a mi frente.La aparté de un manotazo seco, con un gruñido sordo que la hizo retroceder un paso.—No me toque. Estoy bien —escupí con la voz áspera, volviendo a clavar los ojos en el ventanal de la UCI.La enfe
AdanEl eco de mis pasos resonó como un trueno dentro de la bodega abandonada.Apenas crucé el umbral de la nave principal, dos de los hombres de Julián emergieron de las sombras y se me fueron encima antes de que pudiera parpadear. Me derribaron contra el suelo de concreto con un golpe seco que me sacó el aire de los pulmones, pero no me detuve.—¡Sujétenlo, imbéciles! —la voz de Julián retumbó desde el fondo, cargada de una victoria enfermiza.Me agarraron a patadas y puñetazos, intentando inmovilizarme mientras la rabia me quemaba las entrañas.Con un rugido sordo, me sacudí con fuerza, me aferré de la chaqueta del tipo que intentaba retorcerme el brazo y le metí un cabezazo brutal en el tabique que lo hizo desplomarse. Me puse de pie de un salto, con los nudillos ensangrentados y la respiración hirviendo, listo para destrozar al segundo, pero la voz de Julián me congeló en seco.—Ya bájale a la fiereza, CEO —escupió Julián, saliendo de la penumbra con una sonrisa cínica, oliendo a
POV VictoriaEl frío del suelo de concreto se me metía hasta los huesos, calándome la piel de gallina.Tenía las manos atadas a la espalda con bridas de plástico que ya me habían abierto la carne en las muñecas, y el cuerpo entero temblaba, no solo por la baja temperatura de esa bodega maldita, sino por el shock de la violencia.Me habían arrancado el vestido de novia a tirones, dejándome apenas en ropa interior, expuesta y vulnerable.La seda blanca y los encajes que horas antes representaban la cúspide de mi vida ahora yacían hechos jirones en algun lugar, pisoteados y manchados de barro y sangre.Sangre que, en su mayor parte, era el saldo de haberme negado a obedecer en silencio, de haberles mordido la mano a los hombres de Julián cuando intentaron tocarme por primera vez.Unas botas pesadas resonaron en el pasillo exterior. El cerrojo metálico crujió y la puerta se abrió de golpe.La luz tenue del exterior se filtró, revelando la figura de Julián. Entró despacio, con las manos en
POV AdánEmma se había quedado dormida en mi pecho, con sus manecitas aferradas a la solapa de mi camisa, mientras la abuela de Victoria leía en el sillón contiguo. Todo en el hogar respiraba esa calma artificial que precede a la tormenta..El teléfono sobre la mesita auxiliar vibró con tanta fuerza que casi tiró la taza de café.Lo tomé de inmediato, esperando la voz de Victoria avisando que el vestido ya estaba listo o que se demoraría diez minutos más en el tráfico.—Habla Adán —solté con tono seco.—Señor, tenemos un problema grave en el atelier —la voz del jefe de seguridad sonaba áspera, teñida de una urgencia que me hizo ponerme de pie de inmediato, acomodando con cuidado a Emma en los brazos de la abuela, que levantó la vista alarmada—. La señora Victoria entró al probador privado hace más de cuarenta minutos. Carmen nos llamó desde la recepción porque la puerta seguía cerrada y nadie respondía.El aire se congeló en mis pulmones.—¿Qué demonios quieres decir con que no respond







