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La Jaula de Oro

Penulis: J.R. Rocha
last update Tanggal publikasi: 2026-01-09 13:45:38

El nombre "Zoé" flotó en el aire, pesado y definitivo.

En ese instante, mi mente dejó de pensar y mi cuerpo reaccionó. El entrenamiento de mi padre tomó el control. No hubo vacilación, no hubo miedo. Mi mano derecha bajó como un rayo hacia el encaje de mi liga. Mis dedos se cerraron alrededor de la empuñadura fría de la daga y, en un movimiento fluido, la desenfundé y lancé una estocada ascendente directa a su garganta.

Era un movimiento perfecto. Letal. Imparable.

Pero Lucien no era humano.

Ni siquiera vi su mano moverse. Solo sentí el impacto. Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca en el aire, deteniendo la hoja a milímetros de su piel bronceada. El metal bañado en acónito vibraba cerca de su arteria, pero él ni se inmutó.

—Plata y acónito —murmuró, mirando el arma con una curiosidad casi insultante, sin soltarme—. Juguetes desagradables, ma chérie.

—¡Suéltame, maldito animal! —grité, lanzando una patada hacia su rodilla.

Él ni se movió. Era como patear una columna de granito. Con un gruñido bajo, me giró el brazo, obligándome a soltar la daga, que cayó al suelo con un tintineo metálico inútil. Luego, me empujó contra la estantería de libros, inmovilizando mis manos sobre mi cabeza con una sola de las suyas. Su cuerpo me aplastó contra la madera, atrapándome en una prisión de calor y músculo.

—Tienes fuego —dijo, sus ojos verdes brillando con una mezcla de furia y excitación—. Me gusta.

—¡Te odio! —le escupí en la cara, retorciéndose inútilmente bajo su peso—. ¡Eres un monstruo! ¡Te mataré! ¡Juro por la tumba de mi padre que te arrancaré el corazón!

La sonrisa de Lucien se desvaneció al mencionar a mi padre. Su expresión se volvió de piedra.

—Tu padre —repitió lentamente, como si estuviera resolviendo un acertijo—. Así que de eso se trata. No es solo el deber de la Cazadora. Es venganza.

—¡No finjas que no sabes lo que hiciste! —mi voz se rompió por la rabia y las lágrimas que me negaba a derramar—. ¡Lo cazaste! ¡Lo desmembraste como si fuera basura! ¡Ni siquiera dejaste suficiente cuerpo para enterrar!

El rostro de Lucien cambió. Por una fracción de segundo, vi sorpresa genuina en sus ojos. Su ceño se frunció, calculando, procesando.

—¿Desmembrado? —murmuró para sí mismo. Aflojó ligeramente el agarre, lo suficiente para mirarme a los ojos con una intensidad aterradora—. Escúchame bien, Zoé Dupont. Yo he matado a muchos hombres. He arrancado gargantas y he roto huesos. Pero cuando mato, lo hago de frente. No dejo rompecabezas.

—¡Mientes!

—Un Alfa no miente sobre sus muertes —rugió, y el sonido hizo vibrar los libros en los estantes—. Pero tú estás demasiado ciega por el odio para ver la verdad. Y lo que es peor, eres peligrosa. Para mí y para ti misma.

—Entonces mátame —le reté, alzando la barbilla—. Acaba con esto. Porque si me dejas ir, volveré. Y la próxima vez no fallaré.

Lucien me miró en silencio durante un largo momento. Su mirada bajó a mis labios, luego a mi pecho agitado, y finalmente volvió a mis ojos.

—¿Dejarte ir? —soltó una risa oscura y ronca—. Oh, tesoro. No has entendido nada. Tú eres mi Mate. Mi alma está atada a la tuya. Podrías clavarme ese cuchillo cien veces y aun así te querría.

Antes de que pudiera procesar sus palabras, me levantó en vilo, cargándome sobre su hombro como si fuera un saco de plumas.

—¡Bájame! —Grité, golpeando su espalda ancha con mis puños. Era inútil.

Lucien abrió una puerta oculta detrás de una estantería que revelaba un ascensor privado.

—Te ofrecí una copa, ahora te ofrezco una jaula —dijo mientras las puertas se cerraban, aislándonos de la fiesta—. Hasta que sepas comportarte.

El ascensor subió a una velocidad vertiginosa hacia el ático, la residencia privada del Alfa, la verdadera "mansión" sobre el hotel. Cuando las puertas se abrieron, me llevó a través de un pasillo de cristal suspendido sobre el abismo nevado y entró en una habitación inmensa.

Me arrojó sobre una cama gigantesca cubierta de pieles. Reboté en el colchón y me incorporé de inmediato, lista para saltar sobre él, pero él ya estaba en la puerta.

—Esta es tu habitación —dijo, señalando el lujo a su alrededor con indiferencia—. Tienes ropa en el armario. Comida si la pides. Pero no intentes salir. Las ventanas son de vidrio blindado y hay una caída de trescientos metros al vacío. Y la puerta... solo se abre con mi huella.

—¡No puedes encerrarme aquí! —grité, corriendo hacia él.

Lucien me detuvo con una mano en el pecho, empujándome suavemente hacia atrás. Su contacto quemaba.

—Puedo y lo haré. Porque eres mía, Zoé. Y nadie toca lo que es mío. Ni siquiera la muerte.

—Te odio —susurré, temblando de impotencia.

Él se inclinó, su rostro a centímetros del mío.

—La línea entre el odio y el deseo es muy fina, cazadora. Y vamos a cruzarla juntos.

Salió y la puerta se cerró con un sellado hermético. Escuché los cerrojos electrónicos activarse.

Me dejé caer al suelo, furiosa. Pero al otro lado de la puerta, Lucien Blanc no se fue. Se quedó allí, apoyando la frente contra el metal frío.

Sacó su teléfono y marcó un número. Su voz, ahora, era hielo puro.

—Quiero el informe de la autopsia del líder de los Cazadores. Y quiero saber dónde estaba mi hermano la noche del asesinato. Alguien está jugando conmigo y con mi mujer. Y voy a matar a quien sea responsable.

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