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Capítulo 3

Autor: Jojo
POV: Elara

El interior de la cabaña era cálido. Me senté con la espalda rígida sobre una silla de madera tallada.

Los troncos de las paredes debían ser ásperos y estar llenos de astillas, pero alguien se había tomado el tiempo de lijarlos hasta dejarlos perfectos al tacto. Había leña apilada hasta el techo en una esquina. Una reserva capaz de durar todo el invierno sin problemas. Grupos de hierbas frescas colgaban sobre la chimenea, secándose al calor del fuego.

Cada rincón del lugar parecía cuidado con mucho esmero. Se sentía como un verdadero hogar.

Una punzada de dolor me partió el pecho en dos.

En mi cabaña, el techo seguía filtrando agua con cada tormenta. Después de que se alejaran Orion y Cassian, Nikolai intentó arreglarlo unas cuantas veces, pero siempre terminaba haciendo un trabajo mediocre. La leña se esfumaba en un parpadeo porque ese tonto esperaba hasta el último momento para cortar más. Por las noches, incluso bajo un mar de mantas pesadas, los dedos se me entumecían por las ventiscas.

Llevaba semanas tragándome las quejas. Ya no decía nada. Solo me acurrucaba contra el pecho de Nikolai para tener un poco de calor, rogándole a la Diosa Luna que él no siguiera los mismos pasos de los otros dos.

El eco de unas voces graves me sacó de mis pensamientos desde la habitación de al lado. Sonaban ahogadas, difíciles de descifrar.

—¿Qué te pasa? —le reclamó Cassian con burla—. ¿Te sientes culpable ahora? Te lo advierto de una vez: si vas a echarte para atrás, entonces ve y trata bien a Elara. Pero ni se te ocurra volver por aquí.

Todo mi cuerpo se puso en alerta. Ladeé la cabeza y aguanté la respiración para no perderme ni una palabra.

La respuesta de Nikolai llegó un segundo después. Fría. Plana y desprovista de amor.

—No siento culpa y ni pienses que voy a retroceder. Solo me quiero ahorrar la escenita de verla correr hacia el Alfa a lloriquear. Eso le traerá más problemas a Dana.

Sus palabras fueron garras invisibles triturándome el corazón.

Nikolai soltó un suspiro de fastidio.

—Relájate. Es muy fácil manipular a Elara para calmarla. Lo sabes de sobra —dijo con desdén.

Cassian le respondió con una risa ronca y perversa.

El ruido de unas botas pesadas se acercó. Alguien se agachó a la altura de mis piernas. Parpadeé un par de veces para aclarar mi visión y vi a Nikolai arrodillado frente a mí, limpiando la sangre seca de mis rodillas con un trapo húmedo.

Su voz volvió a adoptar ese tono dulce y compasivo de siempre.

—Elara, voy a reclamar a Dana como mi compañera —anunció.

La frase me perforó el alma.

—Eres la hermana del Alfa de Mooncrest. En este territorio, puedes chasquear los dedos y tener al mejor macho soltero que te dé la gana —continuó él sin importarle mis lágrimas—. ¿Acaso no eras tú la que decía que algún día nos ibas a botar a los tres para buscar un compañero que estuviera a tu nivel?

Hizo una pausa y una sonrisa pequeña se dibujó en la comisura de sus labios.

—Pero Dana es diferente —continuó—. Ella está sola en el mundo. Tiene un cachorro que alimentar. No tiene a un hermano Alfa para cubrirle la espalda. Ella necesita mi protección de verdad.

Me quedé mirándolo. Tenía el cerebro en blanco.

Esas fueron amenazas vacías en medio de mis rabietas infantiles. Palabras estúpidas que yo les escupía a la cara cuando perdía el control por la ira. En el pasado, jamás tomaron esos berrinches en serio. Como mucho, ponían los ojos en blanco, me jalaban hacia sus pechos y me pedían a besos dejar de comportarme como una cachorra caprichosa.

¿Entonces por qué las usaba en mi contra ese día? ¿Por qué en ese momento?

Negué con la cabeza y las lágrimas corrieron por mis mejillas sin control.

—No... Eso no es verdad... Yo nunca quise decir eso... —confesé.

Nikolai clavó su mirada en las lágrimas acumuladas bajo mis pestañas. Y por primera vez en años, no levantó un solo dedo para secarlas. En su lugar, me dio la espalda y caminó hacia la cocina en busca de más agua y ungüento.

Y entonces se desató el caos.

Un estruendo estalló a mis espaldas. Un chorro de agua hirviendo me empapó la ropa. Giré la cabeza de golpe por el susto y el ardor.

Un cachorro estaba parado en el marco de la puerta, con la cara infantil desfigurada por una ira irracional. Sus manos apretaban el asa de una tetera de metal humeante.

—¡Loba mala! —me gritó con odio—. ¡Deja en paz a mi mamá!

Mi instinto de supervivencia tomó el control. Levanté el brazo para proteger mi cara del siguiente ataque. Me lanzó la tetera y la bloqueé. El agua hirviendo salió volando por el aire. Unas gotas salpicaron la piel desnuda de las piernas y las manos del cachorro. Acto seguido, él soltó un alarido agudo, desgarrador y exagerado.

La puerta principal de la cabaña se abrió con un estruendo violento. No tuve ni medio segundo para reaccionar antes de que una mano de acero se cerrara alrededor de mi garganta, levantándome del suelo.

Orion.

El guerrero más salvaje y temido de las fronteras de Mooncrest. El mismo lobo que solía cargarme sobre sus hombros para cruzar los ríos congelados en invierno y evitar que mis pies tocaran la nieve... Ahora, sus ojos inyectados en sangre me advertían sobre sus intenciones asesinas desde su imponente altura.

—¡¿Herir a Dana no fue suficiente para tu maldito ego?! —me gritó con la voz rota por la ira—. ¡¿Ahora vienes a desquitarte con su cachorro?!

Sus dedos apretaron mi tráquea con más fuerza, asfixiándome. Mis pies patearon el aire en un intento inútil por encontrar el suelo mientras los bordes de mi visión se oscurecían.

—Lo nuestro se acabó, Elara. Para siempre —dijo entre dientes.

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