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Capítulo 2

Author: Jojo
POV: Elara

Regresé a casa sola. El silencio y la soledad me tragaron viva.

Sobre la mesa de la cocina, la taza de leche que Nikolai había preparado antes de nuestra discusión aún conservaba un rastro de calor. Le di un trago y me quemé la lengua. Un siseo de dolor se escapó entre mis dientes.

El viejo instinto de cachorra mimada me invadió de repente: voltearme, hacer un puchero, esperar a que alguien me jalara contra su pecho, me besara el cabello y me calmara el ardor.

Cassian...

Orion...

Nikolai...

Quien fuera... Pero estaba sola. Nadie entró por esa puerta.

Clavé las uñas en las palmas de mis manos hasta sentir el dolor. Y entonces, perdí la cordura por completo. Me levanté de un salto y salí corriendo. Atravesé la puerta de un golpe y me lancé por el sendero directo hacia los aposentos de Dana. El anochecer ya devoraba el bosque. Corrí sobre el lodo, contra un viento de Mooncrest capaz de cortar la carne como cuchillos de hielo. Me tropecé. Caí de rodillas una y otra vez contra las rocas.

Pero no me detuve.

Cuando llegué a la cabaña de la intrusa, estaba hecha un desastre. Golpeé la puerta con los puños. Pero Nikolai no me abrió. Fue Cassian.

Sus ojos bajaron de inmediato hacia mis rodillas desolladas, la tela rota de mi falda y el hilo de sangre que escurría por mi pantorrilla. Pude ver la angustia en su mirada, pero la ocultó en un segundo.

—¿Qué carajos haces aquí? —exigió saber.

Cassian fue el primer lobo en jurarme lealtad. Un lobo con labia, imposible de impresionar y protector como ninguno. En el pasado, cuando yo aún era su prioridad, me habría gritado hasta quedarse sin voz por salir a correr sola en la oscuridad: «¡Eres una imprudente, Elara! ¡Te lanzas al vacío sin pensar!».

Cada uno de sus regaños era un látigo que dejaba marca. Pero sin importar su enojo, siempre cubría mis espaldas. Antes de que yo notara la magnitud de mis desastres, Cassian ya estaba ahí, limpiando mi desorden.

A veces, tras soportar sus gritos, yo corría a casa para llorar bajo las sábanas. Él siempre se colaba por mi ventana sin hacer ruido, y secaba mis lágrimas con esos dedos ásperos de guerrero. Luego, me daba el beso más torpe del mundo en la frente, como si se odiara a sí mismo por haberme lastimado con sus palabras.

Intenté mirar por encima de su hombro hacia el interior de la cabaña. En el segundo en que Cassian entendió que yo no venía a buscarlo a él, apretó la mandíbula con furia. Su mano se aferró al marco de la puerta hasta astillar la madera.

Y entonces, se echó a reír. Fue una risa fría y cruel.

—Nikolai —llamó, sin molestarse en voltear hacia adentro—, ¿olvidaste lavarte el olor a Elara? Tu loca te rastreó y vino corriendo hasta acá. —Su tono se afiló sin piedad—. ¿Qué va a pasar cuando Dana se entere de esto?

El viento de la montaña me congeló hasta los huesos. En mi ataque de pánico, ni siquiera agarré un abrigo antes de salir.

Cuando Nikolai por fin dio la cara en la puerta, mis dientes castañeaban por los temblores violentos de mi cuerpo. Traía la camisa a medio abotonar. El cabello revuelto. Y justo en el cuello, una mancha de labial fresco le marcaba la piel.

Quise vomitar en ese momento.

Nikolai fulminó a Cassian con una mirada de fastidio y, por fin, volteó a verme. De verdad creí que, por un instante, vi la impaciencia en sus ojos. Pero el frío me paralizó el pecho y di un paso atrás por instinto.

Entonces, un peso cálido cayó sobre mis hombros. Levanté la mirada. Cassian me acababa de cubrir con su propia capa de piel, sin decir una sola palabra.

Nikolai bajó los escalones hacia mí. Su cara se relajó y su expresión cambió a esa dulzura hipnótica de siempre. Esa misma mirada en la que yo solía perderme. Un gesto tan dulce que casi me hizo dudar del labial asqueroso en su cuello.

—Elara —susurró con voz ronca—, ¿qué pasa?

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Nikolai, yo... te juro que no me vuelvo a quejar. Lo prometo. Ya no voy a exigirte bayas exóticas del bosque. No voy a armar berrinches por el colchón duro. Cuando llegues cansado, voy a cerrar la boca y dejarte en paz. Yo...

Las palabras salían a tropezones de mis labios. Una verborrea llena de desesperación. Ni siquiera me di cuenta de cómo Cassian se tensó a mi lado al escucharme suplicar.

—Solo te quiero a ti. A nadie más. Por favor, Nikolai. No me dejes sola. No me sueltes.

Nikolai se quedó callado. Su mirada bajó hacia la carne viva y ensangrentada de mis rodillas. La desesperación me asfixió y estiré la mano para aferrarme a su camisa, con la voz rota.

—Me juraste que siempre te ibas a quedar a mi lado. No puedes romper esa promesa...

Mis dedos atraparon el aire... Él esquivó mi tacto dando un paso atrás. Fue un movimiento fluido, suave y jodidamente cruel.

—Hace demasiado frío aquí afuera —murmuró, manteniendo su distancia—. Entra primero. Vamos a hablar adentro, frente a la chimenea. ¿Bien?

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