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Capítulo 2

Penulis: Fuego Flamengo
Estaba sonriendo, fantaseando con el brillante futuro que me esperaba, cuando la puerta se abrió con una patada.

Me quedé helada al darme la vuelta y ver a un enorme mastín que cargaba hacia mí.

Cuando el perro me tumbó al suelo, noté a un joven recargado con desgano contra el marco de la puerta. Tenía un aire algo infantil, pero ya reflejaba rudeza. Sus brazos musculosos estaban cubiertos con el tatuaje de dos pistolas cruzadas.

En ese momento, me miraba con desprecio.

Era Pardo Vicino, el único hijo de Alano.

Si todo salía bien, en unos años sería el próximo Don de la familia Vicino.

La expresión de Pardo cambió. Lo noté sorprendido.

—¿Por qué no te atacó? —preguntó.

El mastín era conocido por su ferocidad. En el mundo de la mafia, solían criarlos como perros de pelea. En mi vida pasada, ese mismo perro mató a muchos traidores dentro de la Familia y se ganó la reputación de asesino letal.

Pero ahora, mientras Pardo hacía su pregunta, yo me incorporaba con el perro en el regazo.

—Qué lindo. ¿Cómo se llama? —pregunté.

—Shado —dijo sin pensar, y se pasó la mano por los mechones que le caían sobre la frente con cara de arrepentimiento.

Shado se sentó en mi regazo y restregó la cabezota contra mi hombro. Saqué un poco de cecina del bolsillo y se la di; se quedó quieto, concentrado en masticar su premio.

En mi vida pasada, para garantizar mi seguridad, conviví y dormí con un mastín durante años. Sabía manejarlo mejor que Dario.

Levanté la mirada hacia Pardo.

—Ciao, Pardo. Soy Livia.

La condescendencia inicial se transformó en curiosidad.

—¿Eres esa huérfana? Eres valiente, eso lo reconozco. Hasta lograste domar a Shado. ¿Cómo lo hiciste?

Pardo, el consentido hijo único de Alano, tenía una personalidad franca pero implacable.

En mi vida pasada, cedió ante la presión de sus compañeros y aceptó una carrera en la montaña; terminó en un accidente automovilístico que le costó ambas piernas. Confinado a una silla de ruedas el resto de su vida, se volvió aún más despiadado y se ganó el apodo de “la Muerte” dentro de la mafia.

Al no recibir respuesta de mi parte, chasqueó la lengua.

—Shado, vamos.

A los pocos días empezarían las clases. Antes de eso, Sabele me llevó a recorrer la mansión para que me familiarizara con cada rincón.

Durante esos días no vi a Pardo ni a Shado. Tampoco me crucé con Alano ni con Imelda. Parecían ocupados con sus propios asuntos.

Poco después de regresar a mi habitación, alguien tocó la puerta. Sabele entró y me entregó una tablet con varios horarios.

—Señorita Vicino, estos son los planes de entrenamiento que organizó Donna Vicino para usted. Espera que crezca rápido durante este tiempo. Por favor, revíselos y dígame si le son viables.

—Puedo hacerlo —respondí sin dudar.

Al ver la apretada agenda en la tablet, me emocioné. En mi vida pasada, aunque logré escalar hasta el rango de los nuevos ricos, el entrenamiento de la familia mafiosa era un mundo cerrado para cualquier persona ajena.

Ahora tenía acceso directo sin haber tenido que trabajar para conseguirlo. ¿Cómo no iba a estar entusiasmada?

Sabele me lanzó una mirada y continuó con algunas instrucciones adicionales.

Los días siguientes fueron frenéticos. Era como una artista de circo haciendo malabares con un sinfín de tareas. Absorbía el conocimiento como una esponja.

Me despertaba cada mañana a hacer ejercicios de entrenamiento y pasaba el día en el colegio. Después de clases, el chofer, Gildo Labate, me llevaba al campo de tiro y al ring de boxeo. Incluso al volver a casa, había tutores que me enseñaban historia familiar y cómo asistir mejor a Pardo.

Mientras aprendía, también retomé mis actividades en línea. En mi vida pasada fui conocida como una estrella de la industria de la IA, pero en secreto era la mejor hacker del mundo.

Volví a ver a Alano y a Imelda un mes después, cuando llegaron los resultados de mis exámenes.

Imelda sonrió y me hizo señas con la mano al verme.

—Livia, ven, siéntate.

Me acerqué y me senté en el sofá cercano.

—¿Cómo te va con los estudios? —preguntó con suavidad.

Le entregué los resultados de exámenes que tenía en mi bolso.

Imelda revisó las calificaciones perfectas y me miró con satisfacción.

—Muy bien. Sabía que tomé la decisión correcta contigo. Pardo ha sido demasiado consentido por su papá y por mí. Es bastante ingenuo, así que voy a necesitar que lo guíes cuando sea necesario.

Imelda conocía de sobra lo despistado que era Pardo y esperaba que yo pudiera encauzarlo.

—Cuando se convierta en el Don, tú serás la subjefe. ¿Qué opinas?

Con una sonrisa serena, Imelda puso sus condiciones y su oferta sobre la mesa.

Sin vacilar ni un segundo, respondí:

—Claro, mamá.

Volvió a sonreír y asintió con aprobación.
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