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Capítulo 2

Autor: Alexyta
last update Fecha de publicación: 2026-02-21 05:34:54

—Tu padre está aquí, no quiero que te lastime. ¡Por favor, mi vida, huye, escapa lejos!

—Mamá, no me pidas que te deje. Hace años escapaste de él; ahora escapemos juntas.

—No hay tiempo para escapar las dos. Vete primero tú, ya luego escapo yo —abrió la puerta y le dio el último beso a Kristhel—. Hazlo ahora. Cuando llegues a la capital, busca a esta mujer; ella te ayudará. —Entregó un papel con una dirección—. Luego buscas a Marlín y Arvid.

—Mamá… no quiero irme sin ti. —Las gruesas lágrimas caían sin cesar; ambas lloraban, pero el tiempo se hacía más corto—. Promete que irás a buscarme cuando te liberes de él.

Magda asintió y besó a su hija en la frente. No respondió con un “sí” ni con un “lo prometo”, porque no sabía qué iba a pasar con ella. Lo único que hizo fue darle un beso en la frente y pedirle a Kris que se marchara. Con el corazón roto en mil pedazos, Kris bajó rápidamente la loma que se encontraba tras su casa y se lanzó al río. Mientras rodaba, escuchaba los gritos desgarradores de su madre pidiendo que no la golpeara más. Quiso detenerse y volver por ella, no obstante, escuchó un disparo detonar; al minuto siguiente fueron más de diez. El corazón de Kris se derrumbó, pues dedujo que aquel canalla la había asesinado. Quiso gritar, pero ahogó el grito en la garganta.

Jacinto Stephens terminó por matar las esperanzas de algún día volver a ver a su madre. Kris ahogó el grito mordiendo la manga de su uniforme para que su padre no la escuchara. Nadó hasta llegar al puente que quedaba a varios kilómetros del pueblo. Cuando escuchó la chiva acercarse, lavó su rostro y subió hasta la vía; hizo detener la chiva y, al no ver a ningún conocido, subió y se marchó de Valleral.

Fueron seis horas de camino. Kris no paró de llorar en ningún momento; solo de recordar que aquel maldito hombre había asesinado a su madre le desgarraba el alma. Al bajar de la chiva, Kris se sintió temerosa, pues la noche ya había caído y era la primera vez que salía del pueblo; no conocía absolutamente nada.

—Señora, ¿podría ayudarme?

La mujer tomó el papel y le señaló los autos amarillos estacionados afuera de la terminal.

—Acércate a ellos, diles que te lleven a esa dirección.

La joven agradeció y se dirigió a aquel lugar. Todos aquellos hombres le causaban desconfianza porque la observaban de arriba abajo; su falda de uniforme corta les provocaba deseo. Cuando vio a una mujer taxista estacionarse, se acercó a ella.

—¿Puede llevarme a esta dirección?

—No te toca a ti —rugió el que estaba en primer lugar.

—Ya escuchaste, cariño. Ve con el que está primero.

—Es que no confío en ellos.

La mujer miró sobre el hombro a los pervertidos de sus compañeros.

—Hagamos algo: esperemos a que toque mi turno y ahí salimos, ¿te parece?

—Sí —Kris subió al auto de la mujer taxista. Al cabo de media hora salieron de la terminal. Al llegar a la dirección, Kris agradeció y pagó. La mujer taxista esperó a que la joven ingresara a la casa, pues no podía dejarla ahí; ella tenía una hija de la misma edad. Pensó que, si cuidaba de una niña, a su hija le iría bien en la vida.

—¿Quién eres? —inquirió la mujer que abrió la puerta.

Los ojos azules de Kristhel se iluminaron.

—Soy… soy Kristhel Randall —solo necesitó decir su apellido para que la mujer abriera sus brazos y la llevara a su pecho. Kristhel lloró con fuerza en el hombro de esa desconocida.

—¿Y Magda? ¿Dónde está ella? —Kristhel bajó la mirada y dejó caer un torrencial de lágrimas.

—Papá… papá la mató —confesó mientras se dejaba caer al suelo.

Un nudo se atravesó en la garganta de Camelia.

—¡Maldito! —farfulló Camelia, limpiando sus lágrimas.

Aquella mujer era la mejor amiga de Magdalena antes de casarse con Jacinto; a la vez era su prima. Cuando escapó, no la buscó porque temía que aquel demonio llegara hasta la casa de su prima; de hacerlo, pondría en peligro la vida de ellas y de su hija. Por tal razón, prefirió marcharse a un lugar desconocido sin contarle nada.

Esa misma noche, Camelia preparó una maleta y salieron de aquel lugar. No podía seguir quedándose ahí y esperar que Jacinto le hiciera una visita. La llegada de Kristhel le dejaba claro que Magdalena confiaba en que ella podía cuidar de su hija; por eso, desde esa noche, ella se encargaría de proteger a la hija de su prima. Se mudaron a otro barrio, a casa de un primo, y ahí se quedaron.

—¡Buenos días, familia! —Palmó un beso en la frente de Kristhel y saludó a su prima.

—Son las tres de la tarde.

—¿Qué pasa con la hora? Esta es mi casa y puedo despertar a la hora que quiera.

—Pues ahora es nuestra, de los tres.

—Sabes qué, primita, no quiero discutir; mejor sírveme el desayuno.

—Pues prepáratelo tú mismo. No puedo creer que sigas en las apuestas.

—Oye, ayer gané —agregó sonriendo y guiñando el ojo a su sobrina.

—¿De qué sirve que hayas ganado si esta noche volverás a apostarlo y seguro perderás?

—¡Gracias por tus buenos deseos, primita! —farfulló al levantarse.

Fercho Menda era un hombre de aproximadamente treinta y cinco años; se dedicaba a trabajar de día como taxista y por las noches se adentraba en los casinos a derrochar todo lo que con tanto esfuerzo conseguía. No era un mal hombre: mujeres le llovían por doquier, era apuesto, de buen corazón, tras eso inteligente y muy caballeroso. Pero su vicio por los casinos lo dejaba siempre con los bolsillos vacíos.

—¿Ya terminaste la escuela, preciosa? —indagó para cambiar de tema y no terminar peleando con su prima.

—No, me falta un año para graduarme.

—Eso me alegra, hermosa. Estudia mucho para un día ir por esa herencia que nos arrebató el miserable de tu padre —murmuró dando el último sorbo a su té.

—No quiero nada de ese hombre —aclaró Kristhel y se levantó.

Camelia miró a Fercho y rodó los ojos.

—¿Qué dije?

—Te parece poco haber nombrado al malnacido ese —gruñó molesta mientras lanzaba la servilleta sobre la mesa y recogía los platos.

—Oye, es la verdad. Si no hubiera sido por ese miserable, los tíos aún estarían vivos, y ni tú bailarías en ese bar ni yo sería taxista. Debemos recuperar todo lo que ese miserable nos arrebató.

—¿Cómo? ¿Cómo piensas recuperar la fortuna de nuestros padres? ¿Entregando a nuestra sobrina a ese demonio?

—Obvio que no; jamás haría algo así. Puedo ser un mujeriego y apostador, pero nunca lastimaría a Kristhel.

—No sé, Fer. Hay veces que me da miedo que por tu vicio nos entregues en manos de ese monstruo.

—Prima, ¿qué tipo de persona me crees? —farfulló molesto y salió de casa.

Mientras Kristhel veía la televisión, su corazón se detuvo y dejó rodar un torrencial de lágrimas. Frente a la pantalla estaba su amado Arvid, y la noticia de chisme era que tenía un amorío con una famosa modelo.

**CEO DE KEMPER AMANECIÓ EN LA CAMA DE CAMILA BRUCE.** Ese era el título de la noticia que le desgarró el corazón.

Entonces su madre tenía razón: Arvid olvidó su promesa, se olvidó de ella, olvidó todos sus planes de estar juntos y vivir en Valleral por siempre.

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Último capítulo

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