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Capítulo 3

Autor: Alexyta
last update Fecha de publicación: 2026-02-21 05:38:00

Fueron cuatro años en los cuales no supo nada de él, y ahora que tenía noticias, no eran precisamente las que ella esperaba. Saber que amaneció en brazos de otra mujer le desgarró el alma; aquella noticia fue como dagas lanzadas a su pecho.

Arvid Mehmet, su Arvid, había olvidado su promesa, la había sacado de su corazón y tal vez de sus planes. A ella, que esperó cuatro largos años por él porque en verdad lo amaba. Kris lloró con fuerza; para no ser escuchada por su tía o su tío, ahogó el llanto en la almohada. Su corazón se rompió en mil pedazos al darse cuenta de que las palabras de su madre eran ciertas: Arvid se olvidó de ella el mismo día que salió de Valleral.

Sobre el ancho mueble de la mansión Mehmet se encontraba Marlín Brenes. Al ver a su hijo ingresar, lo detuvo.

—¿Puedes acercarte?

Arvid caminó hacia su madre, se acomodó a su lado, abrió los brazos y, posando una pierna sobre la otra, inquirió:

—¿Qué sucede, mamá?

—¿Piensas casarte con esa mujer? ¿Olvidaste la promesa que le hiciste a Kristhel?

—Era un adolescente, mamá. Creía que esa niña era el amor de mi vida, pero al llegar aquí y empezar a frecuentar más chicas, me he dado cuenta de que no era amor, solo fue una ilusión de niños.

Marlín negó con la cabeza y sintió un dolor en el pecho. Cuando salieron de aquel lugar, vio a su hijo llorar; a ella se le desgarró el corazón al verlo en ese estado. Pero no pasó mucho tiempo para que su esposo lo endulzara con lujos que, poco a poco, fueron cambiando a su hijo.

—Entonces ve a Valleral y dale la cara. Dile que no irás por ella porque te diste cuenta de que no la amabas como creías.

—Mamá, no viajaré hasta allá. Al igual que yo, ella ya se habrá enamorado de alguien más; quizás hasta ya esté casada. Recuerda que en ese pueblo las niñas de quince años se iban con marido. Muchas de mis compañeras abandonaron el colegio por irse con sus novios.

—Kristhel no es así. Ella es una niña decente; Magda no haría algo malo para que su hija se metiera con un marido tan joven. Tú le hiciste una promesa a esa niña; nadie te obligó a hacerlo. Y debes saber que cuando una promesa no se puede cumplir, hay que pararse como hombre y dar la cara. Me da tanta pena, Arvid. En serio me duele saber que mi hijo, ese niño que crié con tanto amor y valor, hoy sea un canalla que hace de cuenta que nada sucede. Yo vi a esa niña muy enamorada de ti, y no dudo que aún siga esperando.

—Solo era un adolescente.

—Eras consciente de lo que hacías. Vas a ir a Valleral, vas a darle la cara a Kris y, de paso, saludas a mi amiga. ¿Entendido?

Arvid entrecerró los ojos, se levantó y subió a su habitación. Empezó a preparar una maleta porque en la noche viajaría con Camila fuera del país. Mientras guardaba la ropa, encontró la pulsera que Kristhel tejió para él. Se quedó observándola por un instante; al segundo siguiente, la guardó en el bolsillo de su pantalón. Al llegar a Valleral, la entregaría de vuelta a su dueña.

No iba a negar que vivió un amor bonito junto a ella; ese amor sería recordado como el de su juventud. Pero las cosas ahora habían cambiado: él era un hombre de veinte años, sus gustos habían mejorado. Ya no le gustaban las niñas; ahora le encantaban las mujeres hermosas como Camila Bruce. Era esa mujer la que lo traía loco, era con ella con quien quería estar y hasta soñaba con casarse. De todas las chicas que había conocido, Camila era la única que le había robado el corazón.

Arvid dejó preparada su maleta. Luego de un rato salió y abordó un helicóptero que lo llevó directo a Valleral. Al llegar ahí, miró con descontento aquel pueblo; el dinero lo había hecho presumido y aquel lugar ya le parecía insignificante.

Llegó hasta la antigua casa donde vivió con su madre y la encontró cerrada. Dio vuelta alrededor y, al ver la loma, los recuerdos de su niñez aparecieron como una avalancha. Sonrió al recordar que por ese lugar solían rodar con Kristhel y llegaban hasta el río, donde nadaban hasta sentir frío. La risa de ellos le zumbó en el oído como un eco.

Al no encontrar a nadie, se dirigió a casa de la viuda Aleana. La mujer lo recibió con emoción. Sin embargo, el joven no expresó la misma emoción al verla. Mirándola fijamente, se dio cuenta de que Arvid ya no era el mismo adolescente que se marchó.

—Has cambiado mucho. ¿Acaso el dinero te deslumbró?

—Señora Aleana, no he venido a hablar de mí. Solo vine porque necesito saber de Kristhel y la señora Magda. Fui a la casa donde vivíamos, pero no las encontré.

La anciana sintió decepción por aquel muchacho. Soltando un suspiro, se acomodó en su sillón tejido de paja y refutó:

—Kristhel no está aquí; se marchó hace dos días del pueblo.

—¿Por qué se fue?

—Su madre murió.

—¡Qué! —La noticia impactó a Arvid, pues esa mujer había sido como su tía, y enterarse de su muerte sí le golpeó el corazón.

—¿Cómo murió?

—Su esposo la encontró y la mató porque se rehusó a volver. Por esa razón, Kristhel tuvo que marcharse del pueblo. Ya conoces la historia.

Ambos conocían la historia de sus padres, pues sus madres nunca se la ocultaron.

—¿Entonces Kris no está en el pueblo? ¿Usted sabe dónde puede estar? ¿Cree que ese señor se la haya llevado?

—No lo creo. De ser así, no seguiría rondando estos lugares; no habría dejado a sus matones vigilando el pueblo. Se rumora que la vieron subir a la chiva y partir del pueblo —suspiró y lo miró—. Tal vez fue a buscarte, ya que no cumpliste con lo que le prometiste.

—¿Usted cómo sabe de mi promesa?

—Era la confidente de ustedes dos, Arvid. ¿O es que ya lo olvidaste? ¿No recuerdas que fui yo la que te insistió para que confesaras tus sentimientos, esos que ocultabas ante tu madre y Magda, pero que yo podía notar? Sabes, Arvid, Kristhel contaba los días para que fueras mayor de edad y volvieras por ella. Cuando el día de tus dieciocho años llegó, pasó todo el día esperando en el estacionamiento de chivas, y tú nunca llegaste. Ese día pasó por mi casa, se sentó justo ahí. Estaba segura de que por algún imprevisto no pudiste llegar, pero supuso que al día siguiente ya te harías presente. Y así pasaron los cuatro años, llenándose de esas ilusiones. Y no se equivocó: viniste, pero llegaste muy tarde, porque ella ya no está en el pueblo.

Arvid suspiró. Después de varios minutos, salió de aquella casa, subió al helicóptero con los pensamientos ocupados por Kristhel. Sintió remordimiento porque aquella joven estaba sola en el mundo y no tenía idea de dónde podía estar.

Al caer la noche llegó a casa, y cuando le dio la noticia a su madre, esta se sintió morir. Marlín le suplicó, imploró a su hijo que la llevara de vuelta al pueblo; necesitaba ver con sus propios ojos la tumba de su amiga. Al ser muy tarde, Arvid se negó, y al día siguiente no podría llevarla ya que saldría de viaje con su novia. Pero al ver a su madre en ese estado de desolación, se compadeció y prometió llevarla apenas rayara el día.

Así sucedió: llevó a su madre con el permiso de Sergio, pues este le tenía prohibido a Marlín que saliera de la ciudad. Arvid se negó a que su madre viviera encerrada, pero aquel hombre siempre buscaba la forma de amedrentarlos.

—Prometo encontrar a tu hija y cuidar de ella hasta mis últimos días. Te lo juro, Magdalena.

Al escuchar a su madre hacer una promesa, Arvid recordó la promesa que le hizo a Kristhel y se sintió un cobarde. Junto a su madre haría todo por encontrarla y protegerla, aunque no fuera como se lo prometió.

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Último capítulo

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