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Capítulo 2 — La deuda

Autor: Francis Wil
last update Fecha de publicación: 2025-12-29 03:23:58

Capítulo 2 —La deuda

Narrador:

Camila no recordaba en qué momento se había levantado del suelo ni cómo había salido de la sastrería. Solo sabía que el mundo olía a polvo, tela rota y miedo. El ataque había dejado el lugar irreconocible. Lo que antes era un refugio ahora parecía una escena de guerra.

Y ahí estaba él, Antonio Montalbán, parado en medio del desastre, como si no estuviera alterado por nada, como si los destrozos no fueran otra cosa que parte del día. Ordenaba con la mirada. Controlaba sin tocar. Dominaba sin gritar.

Camila tragó saliva. Su corazón no se calmaba.

Todavía escuchaba resonando en su cabeza las mismas palabras. “Prometida del mafioso”

Se obligó a hablar aunque la voz no le obedecía del todo.

—Quiero que me diga qué fue lo que pasó —dijo, sosteniendo como pudo la dignidad —No voy a moverme de aquí hasta que alguien me explique de qué están hablando.

Él la miró entonces de verdad. No como a una víctima. No como a un problema. La miró como si estuviera evaluando hasta dónde podía decirle. Hasta dónde debía.

Y eso la enfureció.

—Es mi vida —añadió —Y si el tema incluye a mi padre… también es mi asunto.

Antonio exhaló lento. Dio un vistazo al desastre, luego a los hombres que acababan de llegar, los suyos, y finalmente volvió la atención a ella.

—No puedes quedarte aquí —respondió —No es seguro.

—No me cambie de tema —replicó ella —¿Porque vinieron esos hombres y destrozaron mi negocio? ¿Qué carajos buscaban? ¿Qué tiene que ver mi padre en todo esto? —hizo un apausa para tomar aire y continuó el interrogatorio —¿Qué fue eso de “prometida”? ¿Por qué dijeron que se iba a casar conmigo?

Silencio.

Uno de los hombres de Antonio habló por radio. Otro cerró lo que quedaba de puerta. Camila comprendió que estaba dentro de una escena que no manejaba.

Y la sensación de no controlar nada la partía.

—Camila —dijo Antonio, con esa calma que más que tranquilizar, asustaba —esta gente no vino a robarte. No vino a intimidarte al azar. Vinieron porque creen que tu padre dejó algo escondido. Y creen que tu lo tienes o al menos sabes donde está.

Ella negó, desesperada.

—Mi padre no… mi padre cosía trajes.

—Tu padre hacía algo más que trajes —contestó Antonio.

Las palabras le dolieron como si fueran un golpe.

Porque siempre había sospechado algo. Porque desde su “accidente”, nada encajaba. Porque la policía había cerrado el caso demasiado rápido. Porque nadie la había escuchado cuando dijo que algo no estaba bien.

La voz le salió más rota de lo que quería.

—Mi padre no era un criminal.

—No lo conocías —respondió él, firme pero sin dureza —Y, si no fuera por esto que buscan, se quedaría así, pero las cosas han cambiado, y tarde o temprano te enterarás quien era él realmente.

Un peso frío le cayó sobre el estómago.

—¿Qué es lo que buscan?

—Todavía no lo sé —admitió Antonio.

Eso la desconcertó.

Y al mismo tiempo le dio una chispa de alivio. Al menos no estaba mintiendo. Al menos no fingía saberlo todo.

—Entonces explíqueme otra cosa —insistió —¿Desde cuándo estoy “comprometida” con usted? Porque, por si no se dio cuenta, nadie me avisó.

Un brillo de molestia cruzó por sus ojos, pero la molestia no era por ella. Era por la situación.

—Tu padre y yo teníamos un acuerdo —dijo —No fue algo sentimental, fue un trato. Él me pidió algo, yo acepté. Y ahora estoy cumpliendo.

Camila sintió algo parecido a una bofetada invisible.

—¿Mi padre lo comprometió conmigo sin decirme nada?

—No exactamente.

Sus manos se apretaron.

—Hable claro de una vez.

Antonio bajó la mirada un segundo, como si pesara palabras. Pero cuando volvió a levantarla, lo hizo sin rodeos.

—Tu padre me salvó la vida.

No esperaba eso. No estaba preparada para eso.

—Hace unos años —continuó —Yo ya estaba en este mundo, pero todavía no tenía poder. Me habían puesto precio. Me iban a matar. Y el hombre que me escondió, el que arriesgó su vida, su tranquilidad para que yo pudiera respirar un día más… fue él.

La imagen era absurda. Un sastre salvando a un mafioso. Pero no lo era.

Antonio siguió hablando.

—Lo ayudé después. Lo protegí cuando pude. Era una deuda que nunca se terminaba de pagar. Pero él siempre dijo que algún día iba a necesitar algo más grande. Y tenía razón.

Camila sintió un nudo en la garganta.

—¿Qué pidió?

Antonio la miró fijo.

—Que te protegiera.

Las palabras no calmaron. No tranquilizaron. No fueron dulces.

Sonaron como condena.

—Y lo estoy cumpliendo —añadió —Con todas las consecuencias.

Camila no sabía qué sentir.

Su padre la había protegido incluso después de muerto. Pero lo había hecho a costa de algo que nunca le preguntó si quería. A costa de decidir por ella. A costa de entregarla a un hombre como Antonio Montalbán.

—¿Y lo del compromiso? —preguntó en voz baja —¿También fue idea suya?

—Fue una forma de convertirte en intocable —explicó —En este mundo, las esposas no se tocan. Las mujeres “de alguien” no se usan como piezas. Tu padre sabía eso. Yo sabía eso. Por eso la versión que corre es que eres mi prometida.

No romantizó nada, no lo endulzó, no lo disfrazó. Fue crudo, pero fue honesto.

Camila apretó los dientes.

—Así que soy una especie de elemento que hay que proteger. Un objeto incómodo, pero necesario.

—No —respondió él, sin pestañear —Eres la hija de Vittorio Romano. Y eso ya te había puesto en medio, incluso antes que yo.

Él la miró un segundo más. Y entonces ese hombre que no mostraba nada, dejó escapar una frase que pesaba más que cualquier amenaza.

—No pienso perder lo único que él me pidió que cuidara.

Camila sintió los ojos humedecerse, pero no lloró.

No frente a él. Se obligó a recuperar el aire.

—No voy a quedarme quieta —dijo —No voy a ser solo “gorda la protegida”. No voy a esperar a que otros resuelvan la historia de mi vida. Si mi padre murió por algo, si ustedes creen que dejó algo… yo voy a averiguar qué es.

Por primera vez desde que empezó la noche, Antonio dejó de verla como una variable y la vio como una decisión.

Y eso lo sorprendió.

—Entonces tendrás que hacerlo conmigo —respondió —Porque de ahora en adelante no estarás sola. Ni un segundo.

No fue oferta. Fue sentencia. De pronto Camila se dio cuenta de algo más simple, más inmediato, más duro.

—¿Y ahora qué va a pasar conmigo? Dejaron todo destrozado.

La respuesta fue tan directa que no dejó espacio a interpretaciones.

—Te vienes conmigo.

Ella abrió los ojos.

—No.

—Sí.

—Yo no voy…

—Camila...

Su nombre en su voz sonó a cerradura.

—Si te quedas aquí, te van a secuestrar. Si te vas a otro lado sola, te van a seguir. Y si pretendes fingir que nada pasa, te van a obligar a entenderlo de la peor manera. No voy a permitir ninguna de esas opciones.

—¿No se supone que a las mujeres de los mafiosos no se las toca?

—Es el código, pero los códigos también se rompen.

Camila miró su sastrería devastada.

Todo lo que era suyo estaba roto.

Todo lo que la definía se había quedado sin forma.

Tal vez no tenía elección. Tal vez sí la tenía… pero no era segura.

Respiró.

—No confío en usted —advirtió.

—No te estoy pidiendo confianza —respondió él —Te estoy diciendo que hasta que sepamos quién hizo esto, qué buscan y qué tiene que ver contigo… te vienes a mi casa.

Eso sonó peor de lo que debería. Su casa. El mundo de él.

Afuera se escucharon motores. Sus hombres ya estaban asegurando el perímetro. La policía no iba a aparecer. Nadie iba a reportar nada. En ese mundo, las cosas se resolvían lejos de uniformes.

Camila comprendió que seguir discutiendo era desgastarse.

Pero se prometió algo. No iba a ser arrastrada. Iba a entrar caminando. Por decisión, para descubrir, para entender, para defender a su padre, para defenderse a sí misma.

Antonio se acercó un poco.

—Te prometo algo —dijo —No voy a mentirte. No voy a usar tu ignorancia contra ti. Pero necesitas saber que desde ahora, lo que hagas… importa.

Ella sostuvo su mirada.

—Desde ahora, yo también importo —respondió.

Eso, por alguna razón, lo hizo inclinar apenas la cabeza, reconociendo algo que no dijo.

Minutos después, cuando salió de la sastrería acompañada por los hombres de Antonio, Camila sintió que dejaba atrás más que telas. Dejaba la antigua versión de sí misma. La que vivía escondida en trabajo, la que fingía que el dolor no dolía, la que aceptaba lo que otros decidían.

Subió al coche.

La ciudad parecía más grande, más peligrosa, más real.

Antonio entró detrás de ella.

Ni siquiera habían arrancado cuando él añadió algo que no pidió, pero que dejó claro el tamaño de la tormenta en la que estaba entrando.

—Esta gente no se detiene —dijo —Y no eres solo un nombre en su lista. Eres el centro.

Camila cerró los ojos un segundo. No porque tuviera miedo. Porque estaba procesando. Y cuando volvió a abrirlos, ya no era solo la hija del sastre. Era la mujer que iba a averiguar en qué la habían convertido.

El coche arrancó. La ciudad quedó atrás. Y el caos… recién comenzaba.

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