INICIAR SESIÓN—¿Viste qué guapo es? —mencionó la menor de los Morrison, mientras seguía con la mirada el imponente caminar de Mason Campbell por el salón—. Es un sueño de hombre y más con ese título. Quiero casarme con él.
Kristen suspiró con los ojos cerrados, perdiéndose por un instante en la fantasía de un cuento de hadas que apenas comenzaba para ella. Su entusiasmo era el de una niña que acababa de descubrir el fuego, sin saber que podía quemarse.
—¿Sería muy impetuoso si le pido que me conceda una pieza? —preguntó en voz alta, sin percatarse de que su hermana mayor la escuchaba con una mezcla de ternura y marcado sarcasmo.
—Temo que eso sería una vergüenza para la familia, mi querida Kristen —respondió Clarisse, esbozando una sonrisa cómplice ante el arrebato de su hermana menor—. Sin embargo, si te atreves, yo misma te cubriría ante nuestros padres.
Le hizo un guiño pícaro, mordiéndose el labio inferior para contener la risa. Ver la ilusión en los ojos de Kristen le recordaba que, aunque ella misma despreciaba las reglas de la sociedad, sus hermanas aún creían en la magia de los bailes de debutantes.
—¡Clarisse! —reclamó Viviane, la mediana de las hermanas, completamente ruborizada por la sugerencia—. ¿En serio serías capaz de encubrir semejante locura?
Las tres rieron por la travesura imaginaria, formando un pequeño círculo de calidez en medio de la fría etiqueta del salón. Clarisse se encogió de hombros, sintiendo el peso de su elaborado vestido, pero sobre todo el peso de la responsabilidad que sentía hacia ellas.
—Haría cualquier cosa para que fueran felices, mi amada Viviane —dijo con sinceridad, y sus ojos se suavizaron por un breve segundo—. Menos permitir que se casen con un hombre que no les agrade por el simple hecho de cumplir con una norma social.
Mientras las hermanas continuaban en un cuchicheo animado junto a sus amigas, Clarisse sintió una punzada de incomodidad. Ella sabía perfectamente que no encajaba en el molde de mujer sumisa que Londres exigía. La idea de servir a un hombre, de someterse a sus caprichos o a su autoridad, le producía un rechazo físico casi insoportable. Ella era un alma libre; cualquier hombre que la deseara para el matrimonio tendría que entender que ella no sería un trofeo de caza, sino una igual.
Desde el otro extremo del salón, unos profundos ojos cobalto observaron la escena con un hambre que nada tenía que ver con la cortesía aristocrática. El Duque de Cambridge detalló a cada una de las damas presentes, pero sus ojos regresaron, como si estuvieran magnetizados, a la mayor de las Morrison. Le pareció la mujer más bella e imponente del baile, precisamente porque era la única que parecía encontrar todo el evento profundamente ridículo.
Mason apuró el último trago de su whisky, sintiendo cómo el líquido le quemaba la garganta. El alcohol no era suficiente para calmar la inquietud que le provocaba esa mujer. Agradeció a su tía con una sonrisa ensayada que no llegaba a sus ojos y se puso en pie. Sus movimientos fueron los de un felino: elegantes, calculados y cargados de una amenaza latente. Hizo una reverencia mínima a la Duquesa y comenzó a cruzar el salón, abriéndose paso entre la multitud que se apartaba a su paso como si fuera el mismo mar Rojo.
A medida que se acercaba al grupo de las Morrison, Mason notó algo que lo desconcertó: sus manos sudaban ligeramente. Una angustia desconocida golpeó su pecho con la fuerza de un tambor de guerra. Él, que se jactaba de haber tenido a las mujeres más deseadas de Europa a sus pies, se sintió de repente como un principiante bajo la mirada avellanada de Clarisse.
—Miladys… —Su voz, profunda y cargada de una sensualidad que parecía fuera de lugar en un evento tan formal, interrumpió la charla de las jóvenes.
Todas giraron el rostro hacia él. Mason les dedicó una mirada predestinada a causar desmayos, acompañada de una sonrisa de puro descaro.
—Me disculpo por importunarlas en tan interesante reunión —continuó, mientras aspiraba el aire con discreción. El perfume de Clarisse, una mezcla de flores silvestres y algo mucho más intenso y terrenal, lo embriagó al instante—. Pero me gustaría que cada una de ustedes, bellas damas, me concediera una pieza de baile.
Aunque sus palabras se dirigieron al grupo, su mirada se clavó en Clarisse con una intensidad que hizo que las otras hermanas contuvieran el aliento. Sus ojos azules no dejaron lugar a dudas: su verdadero interés no estaba en las debutantes, sino en el desafío que tenía enfrente. Las hermanas menores soltaron risitas nerviosas, sintiéndose halagadas por la presencia del Duque.
Clarisse, en cambio, no mostró el más mínimo rastro de impresión. Mantuvo su atención puesta en su abanico, recorriendo con el dedo los intrincados bordados de oro. El silencio se prolongó un segundo más de lo socialmente aceptable, creando una burbuja de tensión que todos a su alrededor pudieron sentir. Mason se aclaró la garganta, experimentando por primera vez el aguijón de la indiferencia femenina.
—Y podría decirnos, Excelencia, ¿con quién desea bailar primero? —preguntó Kristen. La ansiedad en su voz era evidente, lo que provocó que Clarisse levantara una ceja en señal de reproche.
—Podríamos comenzar con usted —respondió Mason, aunque sus ojos no se desviaron de la primogénita ni un milímetro—, si su hermana no se opone, por supuesto. No deseo ser malinterpretado… me refiero a una cuestión de jerarquías.
Clarisse cuadró los hombros, sintiendo que la sangre le hervía. Ese comentario sobre la jerarquía fue el detonante que necesitaba para atacar directamente al orgullo del hombre que consideraba un soberbio insoportable.
—Siéntase libre de bailar con mis hermanas, Excelencia —dijo ella con una voz clara y fría que atrajo las miradas de varios curiosos—. Porque yo, particularmente, tengo dos pies izquierdos. De ninguna manera haría pasar a Su Excelencia por el calvario de aguantar mis pisotones.
Se escucharon varios jadeos contenidos entre los invitados que alcanzaron a oír la respuesta. Ella sonrió con satisfacción ante la mirada del Duque, que se estrechó como si estuviera evaluando a un adversario en un duelo a muerte.
—Además —continuó Clarisse, con una naturalidad que rayaba en la insolencia más pura—, las agasajadas hoy son mis hermanas. No me parece apropiado que yo, una casi solterona, se permita el primer baile mientras ellas esperan. ¿Si me permiten?
Sin esperar una respuesta formal, Clarisse hizo un ademán de despedida que cortó el aire. Mason, picado en su amor propio pero fascinado por el desplante, hizo una reverencia instantánea. No tuvo más remedio que tomar la mano de la hermana menor y salir a la pista, aunque se sentía como si lo hubieran derrotado en su propio juego.
Mientras guiaba a Kristen en un baile cortés, la mente de Mason no estuvo en los pasos de la danza ni en la joven que lo miraba con adoración ciega. Sus ojos siguieron a Clarisse, quien ahora se alejaba con una altivez que le resultaba tan irritante como excitante. Se sintió maravillosamente insultado. Al fin había encontrado a una mujer cuyos cimientos no se tambaleaban ante su presencia.
La diferencia entre cualquier otro hombre y el Duque de Cambridge era que Mason amaba la conquista difícil. No se daría por vencido hasta obtener una disculpa de esos labios altaneros. Ella no era solo una mujer; era un desafío personal, una fortaleza que pensaba asediar hasta que las puertas cedieran.
«Ella es un desafío para mí», pensó mientras sonreía de forma mecánica a la pequeña Kristen, «y la providencia sabe que amo fervientemente los retos que otros consideran imposibles».
Mason supo en ese momento que la velada acababa de volverse interesante. Ella creía que había ganado este asalto, pero él acababa de descubrir que la cacería sería mucho más emocionante de lo que jamás se había atrevido a soñar.
— ¡Oh, Dios mío! ¡te ves preciosa, querida Ann! —Los ojos de Clarisse se inundaron de lágrimas al contemplar a su mejor amiga vestida de novia en aquella distinguida casa de modas en Londres.Mason Campbell había contratado a Anston como su asesor legal principal, convirtiéndolo en un abogado de gran prestigio y en el proveedor económico de la familia Morrison. Por ello, las manos de Clarisse temblaban ante la certeza de que coincidiría con el Duque en la boda, que se efectuaría el mes siguiente. Respiró profundo, intentando apaciguar los latidos desbocados de su pecho. Viviane se acercó a ella; aunque su relación aún se estaba reconstruyendo, los ojos de la rubia traslucían una genuina preocupación por su hermana. Clarisse le devolvió una leve sonrisa de agradecimiento.— Necesitas calmarte, Clarisse, podrías enfermar —le advirtió en voz baja—. Te haría bien salir a tomar un poco de aire…— ¡No, descuida, cariño, estoy bien! —Intentó sonreír, pero un sollozo ahogado la traicionó.— Cl
Soledad y sufrimiento…Eso era lo que acompañaba a Clarisse desde el momento en el que dejó al Duque en la terraza de la mansión Morrison, tras sentir el dolor punzante de arrancarse la sortija del dedo para romper el compromiso. Ese había sido el ultimátum que le había lanzado Charles Bennett para dejar a su hermana en paz: debía romper con Mason o, de lo contrario, se llevaría a Viviane. Ella prefirió el bienestar de su hermana por sobre su propia felicidad, porque eso hace una hermana mayor; cuida de los suyos, aunque deba inmolarse en el proceso.Sin embargo, debía mantenerlo en secreto por el bien de todos, ya que la amenaza se había extendido también hacia su propia madre. El chantajista no había regresado, y una gran cantidad de dinero había sido donada a la familia de manera anónima desde entonces; así habían transcurrido seis largos meses.— Creo que deberíamos ir de compras, Clarisse —dijo la pequeña Kristen mientras desayunaban en la terraza de la mansión.— ¿Deberíamos? —S
El ingreso a Cambridge House se hizo en silencio, seguidos de cerca por los fieles criados que dejaron al cuidado, aunque se extrañó de no ver a sus amigos y a su primo. No obstante, escuchó unas voces conocidas en una cháchara que parecía más una pelea y, dejando a la Duquesa al pie de la escalera principal, decidió buscar el bullicio para enterarse de lo que sucedía.— ¡Eso no es tu asunto, Williams, no te metas! —logró escuchar a Melina Taylor.— ¡Y sabes que no me importa tu vida! Pero esto puede causar mucho daño —respondió a su hermana, y el Duque entendió menos.— Pues que lo haga, así dejan de pensar en las honorables Morrison como vírgenes puras y castas —Mason se paró en seco, sintiendo ya un nudo en la garganta y la piel erizada a causa de las palabras de la mujer—, y sobre todo Clarisse, que es la peor, besándose con todo el que la corteja y cazando duques.Las piernas del hombre amenazaron con dejar de sostenerlo. Se recostó contra la pared, tomando una fuerte bocanada de
La mañana del lunes parecía mucho más clara y fresca a pesar de encontrarse en pleno verano. Para Mason era como si comenzara la primavera, disipando el desasosiego que había oprimido su pecho más de una semana atrás por la decisión de la corte, tras rechazar por segunda vez la solicitud de su boda con Clarisse.¡Pero ahora todo se había arreglado!La Reina —quien era su familia— no solo le había otorgado la libertad, sino que también le había dado su bendición para hacer su vida al lado de la mujer que amaba, sin que su título sufriera ninguna fractura.La sonrisa de triunfo no se borraba de su hermoso rostro; solo pensaba en abrazar, disfrutar de la compañía y dedicarse a colmar de mimos al objeto de su deseo y locura, porque ella debía de estar imaginando un montón de cosas negativas, y aquello… no le convenía para nada.— Te veo contento, querido —expresó la Duquesa con una sonrisa—. Tal parece que hubieses ganado un premio —le hizo un guiño.— Es que lo he ganado, tía. Mi liberta
— ¿Enloqueciste, Mason Campbell? —El suspiro que exhaló el Duque fue de verdadero fastidio frente a la negativa de su tía—. ¡De ninguna manera me prestaré para tal infamia! —Mason la miró consternado.— Lo que digo es cierto. No puedes culparme por sentirme incómodo ante la situación, y menos cuando quieren casarme con esa… —la mujer mayor achicó los ojos hacia él, esperando que terminara la frase— joven, no tan virginal. —La Duquesa resopló, enfadada con él.— Tendrás que buscar otra forma de hacerlo, Mason. Eso es demasiado peligroso y ni siquiera sabes si es real. —Jadeó ofendida.— Claro que es real, tía, yo la vi…— No puedes basar tu cuestionamiento en las palabras de un sirviente. Además, estaba oscuro, o esas fueron tus palabras hace un momento. —La mujer caminaba de un lado a otro con desasosiego.— Pero te repito que yo la vi —se detuvo él y giró hacia ella—. Anoche, bajo la escalera. —Le ofreció una sonrisa engreída.— ¿Y por qué no la desenmascaraste en ese momento? —Mason
Salió en busca de su tía luego de la interesante plática que sostuvo con el joven Albert. Pensó también en la noche anterior, en su necesidad de ver a Clarisse, pero sobre todo en el anhelo de que fuera su esposa. Negó, sintiendo el deseo correr de nuevo por todo su cuerpo, y tuvo que detenerse por un momento para obligarse a sosegar lo que sentía cuando vio pasar la misma silueta que había quedado grabada en su mente junto al lascivo acto que presenció la noche anterior. Los rizos dorados y el perfil que se denotaba a través de ellos lo hicieron levantar las cejas y sonreír como si se hubiese ganado un premio.«¿Quién lo diría de nuestra damita con rostro angelical?», pensó, abanicándose con la mano derecha.— ¡Excelencia, qué placer! —hizo una reverencia tan delicada y perfecta que parecía una verdadera ninfa de los bosques. Mason resopló mentalmente por la ridiculez—. Espero que me acompañe al desayuno con Su Majestad y Lady Sophía. —Le sonrió con dulzura.— ¡Milady! —hizo una reve







