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Capítulo 3

last update publish date: 2026-06-03 03:41:55

Kristen Morrison resultó ser no solo una excelente bailarina, sino también una compañía sumamente entretenida. Mason reconoció que, en cualquier otra circunstancia, habría disfrutado de su ligereza, sin embargo, en ese momento no lograba sentir aquel calor abrasador que envolvía su cuerpo cada vez que Clarisse le dedicaba una mirada, aunque esta fuera de absoluta aversión.

Viviane, por su parte, se mostró más tímida y voluble cuando le tocó su turno. El Duque comprendió rápidamente que ambas jovencitas habían sido moldeadas bajo el rígido y a veces hiriente estatus de la alta sociedad londinense. Ambas poseían una belleza clásica, esa clase de perfección que cualquier hombre en su sano juicio apreciaría, pero Mason Campbell no buscaba un adorno. Él quería el premio mayor. La primogénita de los Morrison se había convertido en su único objetivo, el desafío que necesitaba tomar ante la urgencia que crecía en su pecho de doblegarla, de verla perder la compostura y tenerla entre sus brazos mientras ella se viera obligada a reconocer su nombre.

Mason continuó bailando con otras damas para acatar las órdenes directas de su tía, pero su atención jamás abandonó a Clarisse. La buscó con la mirada entre la multitud, encontrándola finalmente en una plática animada con un sujeto que no logró reconocer. En ese instante, Mason sintió que perdía el equilibrio; una rabia desconocida invadió su cuerpo al verla sonreírle a aquel extraño. La sangre le hirvió en las venas al notar que ella aceptaba con gusto una nueva pieza de baile con el caballero. Aunque Mason sabía que ningún hombre allí era un obstáculo real para él —después de todo, se jactaba de su apostura y de su título de Duque—, el simple hecho de verla disfrutar con otro lo sacaba de quicio.

—¡Oh, por Dios, Excelencia! ¡Cuánto lo siento! —exclamó la mujer con la que bailaba en ese momento.

Mason salió de su trance al percatarse de que, distraído por los celos, había pisado a su pareja. La dama se deshizo en disculpas innecesarias, temerosa de haber ofendido al gran Duque.

—Descuide, Milady, fue mi culpa. Es usted una excelente bailarina —respondió él con una sonrisa ensayada que hizo que la mujer se derritiera entre sus brazos. Mentalmente, Mason rodó los ojos, hastiado de tanta sumisión.

Mientras tanto, Clarisse reía con las ocurrencias de su primo. A pesar de su aparente alegría, sentía una mirada intensa clavada en su espalda; una presencia que reconoció de inmediato sin necesidad de girarse. Cuadró los hombros, sabiendo que el Duque no se acercaría mientras ella estuviera acompañada. Este le susurró algo al oído y ella soltó una carcajada, recordando las travesuras de su infancia.

La pieza terminó y la orquesta anunció una nueva danza que requería el intercambio constante de parejas en una coreografía compleja.

—Me siento cansada, creo que estoy oxidada por pasar tanto tiempo sin bailar —le mintió Clarisse a su primo mientras se abanicaba con energía—. ¿Nos sentamos?

Anston, sin embargo, tenía otros planes. Sus ojos estaban fijos en una joven que había captado su interés.

—Ayúdame por favor, querida prima. AnnMarie me tiene embobado con su belleza y me gustaría bailar con ella en la siguiente pieza —confesó el joven con una sinceridad que hizo que Clarisse alzara las cejas. Al ver que se trataba de su mejor amiga, no pudo negarse.

—Está bien —respondió ella, cerrando los ojos por un segundo al percibir un aroma picante y dulce que se filtraba en el aire—. Me sacrificaré entonces.

Clarisse sabía que la próxima pieza implicaba un carrusel de parejas. El joven Anston frunció el ceño, sin llegar a entender el comentario de su prima, pero ella lo comprendía perfectamente: el destino —o la mala suerte— la estaba empujando directamente hacia el Duque.

Comenzó el baile y la música se desplegó con elegancia. El cambio de parejas fue inmediato, formando una columna que luego se separaba en un giro constante. Los bailarines estiraban la mano derecha hacia arriba, tocando los dedos de los demás en un desfile coordinado. De repente, los ojos azules de Mason engulleron los de Clarisse. Ella tomó una furiosa bocanada de aire al percatarse de que, por las reglas de la danza, debía aceptarlo como pareja.

—Mentir no es nada elegante, Milady —le susurró él al oído mientras tomaba su mano.

Clarisse lo miró de forma altanera, pero Mason solo saboreó el momento. Al rozar su piel, sintió una descarga eléctrica que pareció viajar por el brazo de ambos —Y menos con un hombre respetable y con un título como el mío —añadió él con voz sedosa.

Ella rodó los ojos con fastidio, recuperando el habla.

—Pensé que entendería la referencia —titubeó ella por un breve instante al sentir el calor del torso del Duque demasiado cerca—. Jamás fue mi intención faltarle al respeto, solo buscaba evitar este momento.

Mason la apretó contra su cuerpo más de lo que dictaba la decencia, provocando que la respiración de Clarisse se acelerara a causa de un estremecimiento involuntario. Sin embargo, la coreografía los obligó a separarse en una vuelta rápida. El Duque maldijo por lo bajo y se vio forzado a tomar la mano de una mujer entrada en años que lo miraba con ojos esperanzados.

—Excelencia, qué placer —se insinuó la mujer.

—El placer es mío, bella dama —respondió Mason con los dientes apretados, tratando de recuperar el control de sus pensamientos, aturdidos por el aroma de Clarisse.

En la siguiente vuelta del carrusel, Mason se movió con la agilidad de un cazador. Cuando el primo de Clarisse intentó retomar a su pareja, el Duque se interpuso con una sonrisa deslumbrante, reclamando a la joven Morrison antes de que nadie pudiera protestar. La giró con fuerza, pegándola a su cuerpo de manera insinuante. Clarisse soltó un jadeo ante tal atrevimiento.

—No debería ser tan descarado, Excelencia. No todas las mujeres desean caer a sus pies como usted piensa —le recriminó ella.

En un movimiento que pretendía ser arbitrario, Clarisse dejó caer todo su peso sobre el pie derecho del Duque, intentando hacerlo perder el equilibrio. Sin embargo, la agilidad de Mason fue superior; ni siquiera se inmutó.

—Y usted no debería ser tan insolente —le devolvió él con voz ronca—, porque corre el riesgo de despertar pasiones que estaban dormidas.

Clarisse se detuvo abruptamente, impactada por la brutalidad de aquel comentario. El choque de sus intenciones era tan fuerte que el mundo alrededor pareció desvanecerse. Pero el movimiento del baile no se detuvo. Mason, que no previó que ella se quedaría estática, tropezó al intentar seguir la música. Trató de recobrar la estabilidad, pero en su esfuerzo por no caer, terminó arrastrando a Clarisse con él.

La presteza de ambos jugó en su contra. Al intentar estabilizarse, Clarisse perdió el equilibrio por completo y cayó directamente en los brazos de Mason. Terminaron en una posición comprometedora, con los rostros a escasos centímetros y los cuerpos entrelazados en medio de la pista.

La música se detuvo de golpe. Un silencio ensordecedor cubrió el salón mientras los presentes contenían el aliento. Mason la levantó con rapidez, pero en el preciso momento en que abrió la boca para disculparse, el sonido de un impacto seco resonó en toda la mansión.

Clarisse le había propinado una bofetada que dejó la huella de sus dedos marcada en la mejilla del Duque. Ella lo fulminó con una mirada cargada de odio y vergüenza antes de dar media vuelta y salir del salón a paso veloz, seguida de cerca por su padre. Las exclamaciones de horror no se hicieron esperar; los murmullos estallaron como pólvora mientras Mason Campbell permanecía allí, de pie, con el rostro ardiendo y una sonrisa oscura comenzando a dibujarse en sus labios. El juego acababa de volverse peligroso.

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Comments (2)
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Yudith Romero
y para cuando actualización escritora usted tiene un compromiso con los lectora así que por favor a escribir siiiiii suba capitulo
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Isabel Millanel
ya está celoso , esto se pone muy interesante
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