MasukUn año después. El sol de la tarde se reflejaba con un brillo dorado sobre las aguas del Bósforo, iluminando los imponentes ventanales de lo que será el nuevo e imponente hotel de cinco estrellas. El megaproyecto de Kateryn comenzaba a brillar con luz propia ante los ojos del mundo, prometiendo ser el próximo gran ganador en arquitectura y diseño moderno a nivel internacional. Para sorpresa de todo el universo corporativo, la obligatoria relación laboral entre Sebastián y Erick Sandoval había mutado con los meses en una complicidad absoluta. El magnate y el hotelero terminaron por convertirse en grandes e inesperados amigos, combinando los negocios de ambos; pronto, el magnate ya contaba con más sedes por construir y formalizaba una nueva y sólida asociación comercial. Pero las sorpresas en la empresa no terminaban ahí: Sara y Miller habían comenzado a salir formalmente. El asistente de confianza de Sebastián había encontrado en la socia de Kat el balance perfecto. Marcos y Ele
Un mes después. El traslado de Sebastián a Estambul no fue un proceso sencillo, pero para él nada era imposible. El magnate había trasladado la base de sus operaciones a Turquía, dirigiendo el imperio Black Global desde una computadora y dejando a Miller su más fiel servidor al mando de la imponente torre de cristal en el centro de la ciudad. El control posesivo y la frialdad corporativa seguían intactos desde un amplio despacho improvisado en su residencia, pero en cuanto cruzaba la puerta, el implacable CEO se transformaba por completo ante su verdadera familia. Durante esas primeras semanas, la adaptación del pequeño Leo fue su mayor prioridad. Fiel a su promesa, Sebastián no se apartó de su lado. Pasaba las tardes enteras sentado en la alfombra, enseñándole estrategias de ajedrez o armando la gigantesca pista de carreras a escala que le había regalado. Ver a su león sonreírle con total confianza y escucharlo llamarlo "papá" con esa astucia natural le sanaba a Sebastián los año
Sin embargo, una debilidad imperiosa se apoderó de ella sorpresivamente. —Sandy… —susurró Kat, dando un paso atrás, en busca de Sandy para pedirle sus medicamentos que olvidó tomar esa mañana. Sin embargo, antes de que pudiera completar la frase, unas luces negras le nublaron la vista. El piso pareció girar bajo sus pies y Kat palideció drásticamente, tambaleándose y llevándose una mano a la cabeza. Sebastián reaccionó con la rapidez de un felino. Soltó el tablero y la tomó entre sus brazos antes de que colapsara contra el suelo, estrechándola contra su pecho con un pánico atroz. —¡Kiki! ¡Kiki, mírame! ¿Qué tienes? ¿Qué pasa? —exclamó el magnate, con el corazón golpeándole las costillas al sentir el temblor de su cuerpo. Desde el pasillo de la cocina, Sandy apareció corriendo al escuchar el alboroto, con el rostro lleno de preocupación. —Señorita Kateryn, oh Dios mío… —mencionó la niñera mientras salía con urgencia—. ¡Sus medicinas no las tomó esta mañana! El pequeño Leo
En medio del la escena que acababa de pasar, Sebastián entró a la casa conteniendo su temperamento. Si de verdad quería recuperar a su Kiki y a su hijo, sabía que debía mantener la calma en todo momento y comenzar a confiar plenamente en la mujer de la que siempre dudó. Se adentró en la sala de estar con paso lento, sosteniendo la gran caja satinada, y notó a su pequeño Leo sentado en la alfombra, jugando una partida de ajedrez con Sandy. Sebastián captó de inmediato la hostilidad pura en la mirada de su pequeño león; odiaba profundamente que su propio hijo lo mirara con ese rechazo. —Hola, soy Sandy, la niñera de Leo —saludó la mujer, levantándose con una reverencia respetuosa al reconocer al imponente magnate de Black Global. —Hola, Sandy… —Sebastián desvió de inmediato sus ojos oscuros hacia el niño—. Pensé que estarías en el colegio a esta hora, campeón. El pequeño no respondió. Sus ojos negros, idénticos a los suyos, perforaban a Sebastián con esa profundidad analítica qu
Estambul amaneció con una fina capa de niebla que se disipaba lentamente sobre las aguas del Bósforo. Sebastián Blackwood apenas había pegado el ojo en toda la noche; el eco de los reclamos de Kat y el descubrimiento de su hijo Leo le habían desmantelado la conciencia. Decidido a reparar el daño, a bajar la cabeza por primera vez en su vida y a recuperar a su verdadera familia, el magnate condujo de regreso hacia la propiedad. Solo que esta vez hizo una pequeña parada en una tienda exclusiva de la ciudad: el magnate entró a una juguetería, pensando en qué le podría gustar a su pequeño. Horas más tarde, después de una larga y exhaustiva búsqueda, en el asiento del copiloto descansaba una inmensa caja envuelta en papel satinado: una pista de carreras a escala y un set de autos modificados, el regalo con el que planeaba ganarse la confianza de su pequeño león. Sin embargo, al detenerse a unos metros de la verja principal, Sebastián sintió que la sangre le daba un vuelco de pura hostili
El silencio que siguió a la partida de Leo y Sandy se volvió denso, casi asfixiante. Sebastián permanecía estático en mitad de la estancia, con los puños cerrados y la respiración errática. El shock de ver a su vivo retrato en ese niño seguía enviándole descargas de adrenalina por las venas, pero la furia posesiva de su temperamento Alfa no tardó en recuperar el control. Se giró hacia Kat, acortando la distancia con pasos intimidantes, exigiendo respuestas con una voz ronca que vibraba con resentimiento. —¿Por qué me ocultaste su existencia? —cuestionó Sebastián, sus ojos oscuros inyectados en una tormenta de rabia y desconcierto—. ¡Me has robado años de su vida! Me has quitado un tiempo valioso a su lado que jamás voy a recuperar. ¡Esta no era una decisión que te correspondía tomar solo a ti! Tenía todo el maldito derecho del mundo a saber que teníamos un hijo. Kat escuchó cada uno de sus violentos reclamos sin inmutarse, manteniendo la espalda recta como una coraza, aunque por d







