Una Aventura Secreta Con El Tío De Mi Mejor Amiga

Una Aventura Secreta Con El Tío De Mi Mejor Amiga

last updateZuletzt aktualisiert : 03.11.2026
Von:  SavageinkGerade aktualisiert
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18+

Contemporánea

POV en primera persona

Arrogante

CEO

Diferencia de Edad

Amor Prohibido

Erótico

Cassandra juró que nunca cruzaría la línea. Pero esa línea se difuminó en el momento en que el tío de su mejor amiga entró en su vida… mayor, prohibido y con un magnetismo arrollador. Una chispa peligrosa que podía sofocar con la distancia. Pero el destino tenía otros planes. El trabajo los unió, y cada mirada furtiva, cada contacto accidental, no hacían más que sumirla aún más en un deseo que no podía controlar. Dante Blackwell no era ajeno a las mujeres. Un playboy de mala fama, las había conquistado a todas. Pero Cassandra era diferente, salvaje, indómita, una tentación que ponía a prueba su autocontrol. Se suponía que ella no debía importarle. Se suponía que no debía ser su punto débil. Pero la encontraba irresistible. ¿Resistirán la tentación o dejarán que la pasión los consuma a ambos sin importar el precio?

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Kapitel 1

Capítulo 1

Punto de vista de Cassandra

«¡Mierda, llego tarde!», solté de golpe, mirando la hora en mi móvil. Se me encogió el corazón. Llegaba unos minutos tarde a mi cita para cenar, y esta noche no era una cita cualquiera… era especial. Me había pasado una eternidad rizándome el pelo, perfilándome los labios y asegurándome de que el vestido rojo me quedara perfecto en todas las partes adecuadas. ¿Y ahora? Llegaba tarde.

«Pero merece la pena», me dije a mí misma, esbozando una sonrisa forzada a mi reflejo en el espejo. «Estoy estupenda».

Y así era. El vestido rojo sin mangas me llegaba justo por encima de las rodillas, y mis tacones de aguja negros le daban un toque atrevido. Llevaba un bolso diminuto colgado de la mano, y mi maquillaje era lo justo para resplandecer sin parecer que me había esforzado demasiado. Mi pelo castaño rojizo caía en suaves ondas por mi espalda. Por una vez, me sentía perfecta.

Esta noche se suponía que iba a ser lo más importante. Nicholas, mi novio, me había invitado a salir, y yo ya sabía lo que se avecinaba. Llevábamos juntos desde la universidad: seis años de altibajos, sesiones de estudio nocturnas, citas con pizza barata y besos robados en los rincones de la biblioteca. Hoy era nuestro aniversario. Seis años. Toda una vida para algunos. Y sabía que me iba a pedir matrimonio.

Un anillo. Matrimonio. Felices para siempre. Ese era el guion.

Al menos, eso creía yo.

Mi móvil vibró con fuerza, devolviéndome a la realidad. El nombre de Nicholas apareció en la pantalla y el pánico me azotó como un latigazo.

«¡Mierda… m****a… m****a!», siseé, buscando a tientas cómo deslizar el dedo para contestar. «Hola, cariño, lo siento mucho. El tráfico es una locura, pero llegaré en unos minutos, te lo prometo».

Podía notar la tensión en su respiración, ese toque de irritación que siempre le asaltaba cuando las cosas no salían como él quería. Pero esta noche, me dije a mí misma, no se quedaría enfadado. Esta noche era demasiado importante.

El taxi frenó en seco frente al hotel. Le metí unos billetes al conductor… me costó un ojo de la cara, pero ¿a quién le importaba? Esta noche merecería la pena. Esta noche lo cambiaría todo.

Mientras atravesaba las puertas giratorias, le envié rápidamente un mensaje a mi mejor amiga: «Creo que me va a pedir matrimonio». El corazón me latía con emoción. Su respuesta llegó justo cuando cruzaba el vestíbulo del hotel, y bajé la mirada hacia la pantalla iluminada.

Gran error.

«¿Qué…?» La palabra se me quedó en la boca al chocar contra algo sólido.

No era algo. Era alguien.

Mi cuerpo dio un respingo hacia atrás y un dolor agudo me recorrió el hombro. «¡Ay… lo siento, lo siento!», jadeé. Por un segundo, pensé que me había estrellado contra una pared. Pero las paredes no irradian calor. Las paredes no huelen a colonia cara.

Levanté la mirada y me quedé paralizada.

Aquello no era una pared. Era un pecho. Un pecho ancho, esculpido y perfectamente tonificado. Tenía la camisa abrochada solo hasta la mitad, dejando entrever unos abdominales firmes que brillaban bajo la luz de la lámpara de araña. Se me secó la garganta. Mi mente se quedó en blanco. ¿Quién demonios tenía unos abdominales así, a la vista de todos, en medio del vestíbulo de un hotel?

—Joder —susurré entre dientes, antes de que un discreto carraspeo por su parte me devolviera a la realidad.

Avergonzada, balbuceé: «¡Lo siento muchísimo!». Bajé la cabeza, sintiendo cómo el calor me inundaba las mejillas. Luego me arriesgué a levantar la vista, y al instante me arrepentí de haberlo hecho.

Era impresionante. De ese tipo de impresionante que te deja sin aliento y te marea. Pómulos marcados. Una mandíbula firme. Cabello revuelto con mechas grises que parecía a la vez desordenado y arreglado a propósito, como si acabara de salir de la cama de alguien o de una sesión de fotos. Sus labios… Dios, esos labios eran carnosos, ligeramente entreabiertos, pintados del color del pecado. Y sus ojos… me clavaban la mirada como a una presa.

¿Cómo podía Dios haber vertido tanta belleza en un solo hombre? ¿Cómo podía ser eso justo?

—¿Estás bien, señorita? —Su voz era suave, grave y con un matiz que no lograba identificar. ¿Preocupación? ¿Diversión? ¿Curiosidad peligrosa?

Asentí demasiado rápido, como un muñeco con cabeza oscilante. —¡Sí! ¡Perfectamente bien! —Mi voz se quebró, traicionándome. Mi mente me gritaba que me alejara, que dejara de mirarlo fijamente, que dejara de imaginar cosas que no debía.

Porque con solo mirarlo supe que era mayor. Mucho mayor. Al menos veinte años mayor que yo. Y, sin embargo… ¿Por qué se me hacía un nudo en el estómago? ¿Por qué apretaba los muslos?

Patético. Era patética. Tenía novio, Nicholas, el hombre que probablemente sería mi prometido al final de la noche, y ahí estaba yo, prácticamente babeando por un desconocido.

Me di la vuelta de un salto, a punto de tropezar con mis tacones, y entré furiosa en el ascensor. Mi reflejo en la pared espejada se burlaba de mí.

«Buen intento, Cassandra», me susurré entre dientes. «No estás tan desesperada. No estás tan aburrida. Solo es un hombre mayor. Un hombre mayor muy, muy atractivo».

El ascensor pitó, salvándome de mi espiral de pensamientos, y las puertas se abrieron. Me obligué a calmar los nervios y salí, echando un vistazo al pasillo. Sentí un gran alivio al ver a Nicholas apoyado con naturalidad contra la pared.

—¡Cariño! —le saludé con la mano, esbozando una sonrisa forzada. Tenía buen aspecto: pulcro, con una camisa blanca impecable, pantalones negros y ese encanto juvenil tan familiar. Seguro. Previsible. Todo lo que había deseado durante años.

Pero su expresión no era cálida. Tenía el ceño fruncido y la mandíbula apretada.

—Llegas tarde —espetó Nicholas—. Te dije que no podíamos llegar tarde.

Me encogí, sintiéndome culpable. —Lo siento, es el tráfico, ya sabes cómo es. Por favor, no te enfades.

¿Arruinaría mi retraso la propuesta de matrimonio? ¿Me lo echaría en cara? Me mordí el labio mientras me guiaba por el pasillo.

La puerta de la suite se abrió de par en par y me preparé para el romanticismo, los pétalos de rosa, el champán, quizá incluso una caja de terciopelo.

Pero, en cambio, se me cortó la respiración.

Sentado con naturalidad en el sofá de cuero, con las piernas cruzadas y una copa de whisky en la mano, estaba él.

El desconocido. El hombre del vestíbulo.

Parecía demasiado a gusto, demasiado entretenido. Su sonrisa burlona se extendió lenta y deliberadamente, mientras sus ojos se clavaban en los míos.

«Cariño, creo que nos hemos equivocado de habitación…», susurré, retrocediendo ya un paso.

Pero Nicholas negó con la cabeza y esbozó una sonrisa. «Buenas noches, señor Blackwell. Espero que no haya esperado mucho».

Se me hizo un nudo en el estómago. ¿Sr. Blackwell? ¿Nicholas lo conocía?

El hombre ignoró por completo a Nicholas, y su sonrisa burlona se agudizó aún más al decir: «Nos volvemos a encontrar, señorita…». Dejó que las palabras flotaran en el aire como humo.

Un calor me invadió la piel. El pulso me retumbaba en los oídos. Problemas. Podía sentir cómo irradiaban de él.

No se trataba de un hombre cualquiera. Era alguien peligroso. Alguien a quien nunca debería haber conocido.

Y, sin embargo, el destino ya lo había puesto en mi camino dos veces.

¿Qué demonios quería Nicholas de un hombre que parecía tan peligroso?

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