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Capítulo 5

last update Fecha de publicación: 2026-04-20 07:10:24

Tras informarle, todos se retiraron de la habitación.

Sin embargo, Amelia no se fue de inmediato.

Quería quedarse un poco más… en el fondo, deseaba recordarle a Celeste que Caleb no era más que un miserable traidor.

—¡Un hombre así no merece a un hada tan hermosa! —pensó Amelia, conteniendo la rabia.

Entonces, con paciencia, le contó en detalle a Celeste todo lo que había sucedido después de que ella se desmayara.

—Ya veo… Señorita Amelia, muchas gracias —respondió Celeste con una leve sonrisa.

Pero, apenas terminó de hablar, una frialdad intensa apareció en sus ojos.

—Y no es necesario que nadie sepa que he despertado.

Amelia asintió enseguida, encantada de ser de ayuda.

—Muy bien, señorita Darrow. ¿Le gustaría que la acompañe a dar un paseo?

—Claro —aceptó Celeste. También pensaba que debía acostumbrarse pronto a su nuevo cuerpo.

Amelia le ofreció la mano para ayudarla a levantarse, pero en el momento en que Celeste tomó su muñeca, su expresión cambió ligeramente.

Las habilidades médicas adquiridas en el Reino DL le permitieron detectar de inmediato algo anormal.

—Señorita Amelia —dijo con calma—, por favor, hágase un chequeo médico lo antes posible. Creo que hay algo que no está bien en sus pulmones.

Celeste pensó que Amelia era una persona sencilla y directa, por lo que decidió advertirle sin rodeos.

Amelia se quedó un instante sorprendida.

—¿Qué quiere decir, señorita Darrow? —preguntó, algo confundida.

—He aprendido medicina —explicó Celeste con voz tranquila—, y puedo sentir que hay algo en su cuerpo que no está funcionando correctamente.

Amelia sonrió dulcemente; los hoyuelos en sus mejillas se hicieron visibles.

—Gracias, señorita Darrow. Iré a revisarme cuando tenga tiempo —respondió con amabilidad.

Sin embargo, no se tomó las palabras demasiado en serio.

Después de todo, la semana anterior le habían hecho un chequeo completo y los resultados habían salido perfectos.

———

A la tarde siguiente, en el edificio de la Compañía Farmacéutica Darrow, la tensión estalló en la sala de juntas.

—Señor Moore, ¿qué se supone que significa esto? —exclamó un hombre de unos cincuenta años, mirando fijamente a Caleb Moore con furia en los ojos. Era Henry Blackwell, el veterano director del departamento de ventas.

—¿No lo he dejado claro, señor Blackwell? —respondió con sarcasmo la directora financiera, Nadia Lorens, cruzándose de brazos—. ¡Está despedido!

—Señorita Lorens, yo estaba hablando con el señor Moore. Le agradecería que no interviniera —replicó Henry con tono firme y cortante.

En apariencia, Nadia se presentaba como la mejor amiga de Celeste, pero dentro de la empresa era bien sabido que coqueteaba con Caleb a espaldas de su esposa.

Por eso Henry nunca la había soportado.

El rostro de Nadia se tornó rojo de ira.

Casi todos en la compañía le mostraban respeto, pero Henry era la excepción.

Amparado en sus años de experiencia, nunca dudaba en confrontarla.

Ver a Nadia siendo reprendida delante de todos solo hizo que Caleb se enfureciera más.

—¡Henry Blackwell! —rugió—. El rendimiento del equipo de ventas que diriges ha sido pésimo durante los últimos seis meses. No necesitamos a un inútil como tú en nuestra empresa. ¡Estás despedido!

Henry se levantó de golpe, con los puños apretados.

—Señor Moore, primero, usted se negó a ampliar nuestro equipo. Segundo, no nos permitió desarrollar nuevos canales de venta. Tercero, bloqueó todo presupuesto para la promoción de productos. Y cuarto, prohibió que lanzáramos el nuevo medicamento al mercado.

Respiró hondo, la voz cargada de indignación.

—Y, aun así, ¡exige que tripliquemos las cifras originales! Dígame, ¿hay alguien capaz de cumplir con un requisito así?

—¡Eso es porque eres incompetente! —replicó Caleb con frialdad—. Te lo advertí hace mucho: si no mejorabas, te echaría.

—¡Quiero ver a la señorita Darrow! —gritó Henry, golpeando la mesa—. ¡Esta es su compañía, no la suya! ¡Usted no tiene derecho a despedirme!

Las palabras resonaron con fuerza en la sala, y todos los presentes contuvieron el aliento.

Era evidente para todos que Caleb Moore buscaba deshacerse de Henry solo para poder controlar completamente la empresa que alguna vez perteneció a Celeste.

Caleb golpeó la mesa con fuerza y se levantó de su asiento.

—¡Henry Blackwell! Soy el director general de esta compañía, y estoy a cargo de todas las decisiones. ¡Por supuesto que tengo autoridad para despedirte! —rugió con arrogancia.

La empresa había sido trasladada de Augeonille a Serenille, y con ella llegaron muchos de los antiguos empleados leales a Celeste Darrow.

Pero Caleb no soportaba que esas personas siguieran hablando de ella; cada vez que escuchaba su nombre, sentía que lo trataban como a un hombre que había vivido a expensas de su esposa.

No le importaba cuánto se había esforzado Celeste por construir esa compañía, ni el hecho de que ella fuera la verdadera fundadora y presidenta.

Así que, bajo distintos pretextos, comenzó a despedir uno a uno a todos los veteranos que le eran fieles a Celeste.

—¡Si tú no quieres llamar a la señorita Darrow, iré a buscarla yo mismo! —respondió Henry, furioso.

Las venas se marcaron en las sienes de Caleb.

—¡Guardias! —gritó, perdiendo la paciencia—. ¡Este hombre está despedido! ¡Sáquenlo de aquí ahora mismo!

Dos guardias de seguridad se acercaron enseguida, sujetaron los brazos de Henry y comenzaron a arrastrarlo fuera de la sala sin piedad.

Los dos únicos altos ejecutivos antiguos que aún permanecían en la empresa no pudieron contenerse más.

Uno de ellos habló con tono de súplica:

—Señor Moore, el director Blackwell ha trabajado incansablemente por esta compañía. Si lo despide, temo que muchos empleados no lo aceptarán bien.

El otro añadió con firmeza:

—Señor Moore, le ruego que muestre algo de respeto por quienes ayudaron a construir esta empresa.

Caleb los fulminó con la mirada.

—¿Tienen algún problema con mi decisión? —gruñó—. ¡Entonces ustedes dos también están despedidos!

En realidad, Caleb deseaba deshacerse de todos los empleados leales a Celeste. Así se libraría de la molestia de tener que buscar excusas una y otra vez.

Uno de los hombres golpeó la mesa, furioso.

—¡Señor Moore, ha ido demasiado lejos!

Nadia, que observaba la escena desde un rincón, no podía ocultar su satisfacción.

—Si tanto aprecian al señor Blackwell —dijo con tono burlón—, pueden marcharse con él—. ¡Guardias! —ordenó con una sonrisa venenosa—. ¡Ellos también están despedidos! ¡Sáquenlos a todos!

Los dos veteranos la miraron con desprecio.

—¡Nadia Lorens! Tú solo estás a cargo del departamento de finanzas. ¿Qué derecho tienes a despedirnos?

Antes de que Nadia pudiera responder, Caleb dio un paso adelante y la defendió con voz autoritaria:

—¡Ella tiene todo el derecho! Sus palabras son mis palabras.

Su mirada se volvió más dura.

—Están todos despedidos. Y si no quieren que los eche a la fuerza, ¡salgan por su propio pie ahora mismo!

Uno de los empleados dio un paso adelante, indignado.

—¡Caleb! ¡Tú y esa mujer son una pareja despreciable! ¡Le contaré todo a la señorita Celeste!

—¡Guardias! —vociferó Caleb —. ¡Échenlos a patadas!

—¡No nos iremos! —gritó otro—. ¡No tienes derecho a despedirnos!

Los guardias comenzaron a usar la fuerza para sacarlos, y pronto la sala de reuniones se convirtió en un caos.

Los gritos, los golpes y los sonidos de las sillas cayendo llenaron el aire.

De repente, la puerta se abrió de golpe.

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