เข้าสู่ระบบMe quedé sola en aquella habitación durante quién sabía cuánto tiempo. Acostada sobre la cama, observé el techo de piedra sin verlo realmente.
No tenía idea de lo que había ocurrido en el castillo después de que sacaran a las candidatas a amantes del gran salón.
¿Habrían acabado con todos los nobles?
¿Habría escapado alguien?
¿Kaelen pensaba conservar el trono?
Suspiré.
Tampoco sabía si tendría intención de continuar con la absurda tradición de las amantes reales. Si decidía abolirla...
Mis posibilidades de acercarme a él desaparecerían.
Giré la cabeza hacia la puerta. Quizá todavía había una opción.
Podía solicitar una audiencia y pedir que comprara mi libertad al Alfa Daniel.
A cambio, me ofrecería para trabajar dentro del castillo.
Si seguía creyendo que yo era una espía, mejor aún. Tendría un motivo para mantenerme cerca mientras intentaba descubrir la verdad.
No era un buen plan, pero era el único que tenía.
Cerré los ojos.
Erik no era precisamente famoso por su paciencia.
Seis meses. Eso era todo el tiempo que me había concedido.
Conociéndolo, ni siquiera estaba segura de que pensara cumplir su palabra.
Bufé para mis adentros.
En el peor de los casos... Siempre podía presentarme frente al nuevo rey con la menor cantidad de ropa posible y ofrecerme como amante antes de que otra humana o loba ocupara mi lugar.
Y solo en caso de que ya estuviera emparejado, me ofrecería incluso a ayudar a que ambos pudieran encontrar más... placer.
La idea me revolvió el estómago.
Pero ya había aceptado hacía mucho tiempo que mi orgullo valía menos que mi venganza.
El chirrido del cerrojo interrumpió mis pensamientos.
La puerta se abrió y Zero apareció al otro lado.
Las ojeras bajo sus ojos eran más marcadas que la noche anterior. Parecía llevar despierto desde que habían tomado el castillo.
Me incorporé lentamente.
Él bajó la vista hacia el pergamino que sostenía entre las manos.
—Yelena... ¿cierto?
Asentí.
—Sí, su señoría.
—Sígueme.
Y eso hice. El lobo me llevó por el castillo y en minutos estuvimos ante una enorme puerta.
—Entra al salón del trono y espera indicaciones.
Las enormes puertas se abrieron frente a nosotros.
Entré. No era la única allí.
Habían reunido a muchas personas. Estaba casi segura de que los únicos lobos en el lugar eran aquellos que vigilaban las salidas y que los que temblaban en el centro eran humanos.
Caminé hacia el grupo.
Podía diferenciarlos por el uniforme: Sirvientes, cocineros, costureras...
Incluso varias de las mujeres que había visto desaparecer la noche anterior durante los interrogatorios. Seguían, al igual que yo, vistiendo los mismos vestidos escandalosamente reveladores de la noche anterior.
También estaban las amantes del rey. Ellas eran fáciles de identificar por las joyas alrededor de sus cuellos, muñecas, orejas... y las únicas que se mostraban más preocupadas que el resto.
Algunas lloraban. Otras se abrazaban entre sí.
Nadie entendía qué estaba ocurriendo.
Algunos lobos se cansaron de sus lloriqueos y gruñeron en nuestra dirección para que se callaran. Luego nos hicieron formar una larga fila frente al trono.
Esperamos varios minutos.
Entonces las puertas volvieron a abrirse. Todo el salón cayó en silencio.
Kaelen entró acompañado por varios lobos armados.
Su paso era tranquilo. Seguro. Como si aquel castillo siempre le hubiera pertenecido.
Subió los escalones del trono sin apresurarse y tomó asiento.
Recorrió el salón con la mirada. No parecía cansado. Parecía molesto.
—Durante demasiado tiempo —comenzó— el rey permitió que los humanos vivieran entre nosotros.
Nadie respondió.
—Y también aprovecharon cada oportunidad para vender información, robar y traicionar a esta corona. Desde hoy eso termina.
Kaelen levantó una mano.
No necesitó decir una sola palabra. Los lobos que habían entrado con él se movieron al mismo tiempo.
Durante un instante nadie entendió qué estaba ocurriendo.
Después comenzaron los gritos. Uno de los guardias sujetó del brazo a un anciano en una de las primeras filas. Por su ropa, yo diría que limpiaba los establos.
Otro arrastró a una cocinera que no dejaba de llorar. Un tercero levantó a un muchacho casi de mi edad como si no pesara nada.
Los separaron del resto.
Los hicieron arrodillarse frente al trono.
El pánico se propagó como un incendio.
—¡No! ¡Yo no hice nada!
—¡Por favor!
Una mujer intentó correr hacia el muchacho.
Un lobo la sujetó antes de que pudiera dar tres pasos.
Kaelen permaneció sentado.
Ni siquiera los miró.
—Ejecuten a los traidores.
Las garras descendieron casi al mismo tiempo. Los gritos cesaron de golpe. La sangre se extendió sobre el suelo de piedra.
Varias humanas comenzaron a llorar.
Otras vomitaron.
Yo permanecí inmóvil.
Había visto suficiente sangre como para saber que apartar la mirada no hacía desaparecer los cadáveres de tus pesadillas.
Solo entonces Kaelen volvió a hablar.
Como si nada hubiera ocurrido.
—Las candidatas a amantes...
Su mirada recorrió nuestro grupo.
—Las he comprado para que trabajen en este castillo.
Algunas dejaron escapar un suspiro de alivio. Otras incluso sonrieron.
Duró poco.
El murmullo comenzó de inmediato.
Kaelen gruñó.
El silencio regresó.
—Pero todos los humanos que no desempeñen una función realmente útil abandonarán este castillo antes del anochecer.
Su vista terminó deteniéndose en el pequeño grupo de amantes del anterior rey. Después habló.
—Y no —hizo una pausa—. Calentar la cama de nadie no cuenta como una habilidad.
Algunas ahogaron una exclamación.
Una rubia abrió la boca, ofendida.
Kaelen continuó como si no existiera.
Recorrió la fila con los ojos.
—Quien quiera quedarse en este castillo demostrará que sabe hacer algo más que sonreír.
Sentí cómo varias mujeres contenían el llanto.
Yo, en cambio... Sonreí por dentro.
Aquel hombre acababa de destruir mi plan.
Y, al mismo tiempo, de darme una oportunidad mucho mejor.
Sus manos no fueron delicadas, ni sus movimientos lentos. No se tomó el tiempo de preguntarme si estaba cómoda o de comprobar si necesitaba un momento para acostumbrarme a lo que estaba ocurriendo. Simplemente hizo lo que había anunciado, con una rapidez y una eficiencia que me dejaron claro que no esperaba que yo participara.Cuando finalmente me quedé desnuda frente a él, sentí una punzada de rechazo al encontrarme con su mirada.Hasta ese momento había creído que lo que buscaba era deseo. No me gustaba la manera en que me observaba, había algo más que deseo en sus ojos.Posesión.Y algo todavía más profundo, algo para lo que entonces no encontré un nombre. No era una simple atracción ni la satisfacción de haber conseguido lo que quería. Era una intensidad que me resultó difícil de comprender y que, aunque no sabía explicarlo, me pareció peligrosa.No tuve demasiado tiempo para pensar en ello.El hombre tomó uno de mis pechos y lo apretó con tanta fuerza que hice una mueca de dolor.
No me levanté de la cama ni intenté apartarme. Simplemente, observé cómo la figura humana desaparecía para dar lugar a un enorme lobo negro.El animal era imponente, aunque su comportamiento no me pareció especialmente amenazador. A diferencia de Isaac, que había observado mi reacción con una curiosidad casi ansiosa la primera vez que se transformó delante de mí, aquel lobo parecía estar más interesado en examinarme que en comprobar si yo le temía.Me sostuvo la mirada durante unos segundos. Después volvió a transformarse.El hombre que apareció bajo la capa se quitó la capucha, revelando por fin sus rasgos.Era ligeramente atractivo, aunque no poseía una belleza espectacular. Tenía facciones agradables, una expresión segura y una apariencia que probablemente habría llamado la atención de muchas mujeres en otras circunstancias. Su cabello y sus ojos no contrastaban con la ropa oscura que llevaba, confeccionada con telas de buena calidad. No necesitaba adornos ostentosos para dejar cla
Durante los dos días siguientes, Isaac me permitió pasear por el lugar a mi antojo.Fue así como descubrí que el edificio no estaba tan vacío como había creído al principio. Simplemente, sus habitantes se mantenían en áreas específicas y no tenían demasiados motivos para recorrer los pasillos. Encontré personas trabajando en una habitación que servía de cocina, otras que entraban y salían de los establos, y algunas más que parecían ocuparse del mantenimiento del edificio. Casi todos estaban demasiado concentrados en sus tareas para prestarme atención, y yo tampoco hice ningún esfuerzo por entablar conversación con ellos.Me gustaba caminar sin que nadie me dijera adónde debía ir o qué tenía que hacer. Podía recorrer un pasillo, asomarme a una puerta y continuar mi camino si lo que encontraba al otro lado no despertaba mi interés. Después de tantos años viviendo en el mismo lugar, rodeada de las mismas personas y repitiendo las mismas actividades, aquella libertad me resultaba extraña,
Miré a mi alrededor. Los árboles se alzaban a nuestro alrededor y el aire olía a tierra húmeda. No había edificios ni caminos transitados a la vista. Por un instante, me pregunté si habíamos regresado al lugar del que partimos, pero no reconocí nada que me permitiera asegurarlo.Isaac no pareció interesado en explicármelo. Me ayudó a bajar de la carreta y comenzó a preparar nuestro campamento como si aquella parada formara parte de un viaje perfectamente normal.Así que hice lo mismo que había hecho durante los días anteriores: acepté la situación y esperé.Pasamos la noche en el bosque. A la mañana siguiente, Isaac me despertó y señaló un río cercano para que pudiera asearme. Esta vez, cuando regresé, me esperaba con ropa nueva.Nunca había tocado unas telas tan suaves.Era un vestido sencillo, sin bordados extravagantes ni adornos que llamaran demasiado la atención, pero el material se deslizaba entre mis dedos con una delicadeza que me hizo pensar que estaba hecho con hilos sacados
El primer día, Isaac me condujo hacia el bosque sin decir demasiado. Caminamos durante un buen rato, siguiendo un sendero que se estrechaba a medida que nos alejábamos de los caminos que conocía. No parecía preocupado por nuestra dirección ni por el tiempo que tardaríamos en llegar a nuestro destino. De vez en cuando, apartaba alguna rama para dejarme pasar o me ofrecía la mano cuando el terreno se volvía irregular, pero, fuera de eso, guardaba silencio.Yo tampoco tenía muchas preguntas que hacerle.En algún momento, cuando los árboles se volvieron más densos y la luz del sol apenas lograba filtrarse entre las copas, Isaac se detuvo. Me soltó la mano, dio unos pasos hacia un claro y, sin previo aviso, se transformó delante de mí.Su cuerpo cambió ante mis ojos. En cuestión de segundos, donde antes había un hombre se alzaba un enorme lobo.Lo observé sin moverme.Parpadeé una vez. Después, otra.Eso fue todo.No grité, no retrocedí ni busqué desesperadamente un árbol detrás del cual e
Su plan era tan simple como arriesgado: Ofrecer esclavas humanas para "arreglar" el problema de las hembras.Porque si, el reino de los lobos estaba cada vez más cerca del desastre debido a que menos hembras nacían con cada año que pasaba.Y para este plan, primero tenía que tener a un aliado mucho más poderoso de los que ya tenía.No fui la primera mujer humana que consiguió introducir en el reino, ni sería la última. Para entonces, él ya había comprendido que existían lobos dispuestos a pagar grandes cantidades de oro por una mujer sin importar su origen o especie. Pero yo fui la primera que presentó ante el príncipe. Lo que probablemente ignoraba era que la prohibición que pretendía burlar no había surgido de un simple desprecio hacia los humanos. La familia real tenía motivos mucho más graves para mantenerlos fuera de sus fronteras. Motivos que se remontaban a un rey de hacía un par de siglos, a una decisión que había alterado el destino de innumerables generaciones cuyas consec







