El primer aullido llegó cuando mamá terminó de servir la cena. El trozo de pan quedó suspendido a medio camino entre mi plato y mi boca. Otro aullido respondió desde algún lugar cercano. Mi padre fue el primero en reaccionar. Se levantó de golpe, haciendo rechinar la silla contra el suelo de madera, y cruzó la pequeña habitación en dos zancadas para descolgar su arco y el carcaj de flechas que siempre colgaban junto a la puerta. Mi madre también se puso de pie. —¿Qué ocurre? Los lobos nunca bajan hasta aquí. Él no respondió enseguida. Permaneció inmóvil, escuchando. Su mandíbula se tensó. —Eso se escuchó demasiado cerca. Un tercer aullido respondió. Después un cuarto. Un escalofrío me recorrió la espalda. —Iré a revisar. Mi madre negó con la cabeza. —Quizá solo salieron a buscar comida. El invierno está cerca. Tal vez, igual que nosotros, se quedaron sin presas... Entonces llegaron los gritos. Un grito desgarrador. Después otro. Y otro más. No eran voces pidiendo a
Última atualização : 2026-07-14 Ler mais