LOGINCAPÍTULO 5
Él viene Me detuve, con mi curiosidad luchando contra la ira. —¿Qué otras? Lina miró por encima del hombro antes de continuar. —Las amantes antes que tú, chicas hermosas. Algunas duraron semanas, otras meses. Una intentó huir y la trajeron de vuelta en cuestión de horas. Otra contestaba demasiado… la echó sin nada más que la ropa que llevaba puesta y una advertencia de no volver a pronunciar su nombre jamás. La última, una modelo, pensó que podría manipularlo con lágrimas y seducción. Él se aburrió. Ella se fue con el orgullo herido y una liquidación muy generosa, pero todavía tiene pesadillas con él. Lina abrió un par de puertas dobles, revelando un dormitorio que me quitó el aliento. Era enorme. Estaba dominado por una cama tamaño *king* gigantesca con sábanas de seda negra y un dosel bordado en oro. Una luz suave resplandecía desde luminarias empotradas, bañándolo todo en tonos cálidos y seductores. Una pared entera era de cristal, con vistas al océano embravecido y a la ciudad. Una chimenea moderna ardía lentamente en otra pared. Rosas blancas frescas reposaban sobre la mesa de noche, con su aroma impregnando el aire. Al lado había un vestidor parcialmente lleno de ropa de diseñador de mi talla. —¿Esta es su habitación? —pregunté, apenas reconociendo mi propia voz. —No —respondió Lina—. Esta es tu habitación. Conectada a la de él por esa puerta. —Señaló un elegante panel negro—. Te quiere cerca. Tragué saliva con dificultad. Lina me guio hacia el baño adjunto, un santuario estilo *spa* de mármol blanco, accesorios dorados y una tina profunda ya llena de agua humeante infusionada con aceites de rosa y lavanda. Una música suave sonaba desde altavoces ocultos. Toallas gruesas y productos costosos alineaban los mostradores. —Puedo bañarme sola —insistí, cruzándome de brazos. —Por favor, Srta. Kiara —dijo Lina con gentileza pero firmeza—. Las órdenes del Sr. Sinclair son muy específicas esta noche. Si fallo, recaerá sobre mí. Quería luchar. Cada instinto me gritaba que me rebelara. Pero el agotamiento de la pesadilla emocional de la noche finalmente venció. Permití que Lina y una asistente silenciosa me ayudaran a quitarme la ropa arruinada. Despegaron la tela mojada y me guiaron hacia la lujosa tina. El agua caliente abrazó mi cuerpo como el tacto de un amante. Me sumergí con un suspiro a regañadientes, con el calor reconfortando músculos que no me había dado cuenta de que estaban tensos. Lina me lavó el cabello con dedos suaves, usando un champú que olía delicioso y costoso. Limpiaron la lluvia y la humillación de mi piel, masajearon aceites aromáticos en mis hombros y me envolvieron en la bata más suave que jamás había sentido. Después del baño, me llevaron de vuelta al dormitorio. Lina abrió el enorme vestidor. —El Sr. Sinclair preparó esto —explicó. Fila tras fila de prendas impresionantes colgaban en el interior: vestidos de noche de seda en verde esmeralda profundo, carmesí y negro; vestidos de día de diseñador; lencería lujosa que hizo que me ardiera el rostro. Todo era elegante, costoso y claramente elegido para acentuar el cuerpo de una mujer. En la isla del centro reposaban varias joyeras. Lina tomó un vestido camisero de seda color borgoña intenso. —Para esta noche. A él le gustan sus mujeres… presentables. Le arrebaté el vestido de las manos. —No soy su mujer. Soy su prisionera. Los ojos de Lina se suavizaron con compasión. —Las demás dijeron lo mismo al principio. Tenga cuidado, Srta. Kiara. Él no es un hombre normal. Rompe espíritus de la misma forma que otras personas rompen promesas. Pero la forma en que la miró esta noche fue diferente. Más intensa. Nunca lo había visto cargar a una mujer él mismo. Su advertencia debería haberme aterrorizado. Debería haberme hecho temblar. En cambio, solo avivó el fuego en mi pecho. Me deslicé en la seda borgoña. La tela me susurraba contra la piel, fría y sensual, ciñéndose a mis curvas. Era hermoso. Lina me cepilló el largo cabello oscuro hasta que cayó en ondas suaves, y luego me aplicó un maquillaje ligero que realzaba mis ojos avellana y hacía que mis labios se vieran más carnosos. Cuando finalmente dieron un paso atrás, me quedé mirando mi reflejo en el espejo de cuerpo entero. Parecía una reina lista para ser devorada y todavía me sentía como una luchadora. Lina dudó en la puerta. —Él vendrá por usted pronto. Por favor no luche con él esta noche. No en la primera noche. Me giré hacia ella, con la barbilla en alto y los ojos ardiendo de desafío. —Gracias por la advertencia, Lina. Pero Javier Sinclair puede amenazarme, bañarme, vestirme como a su muñequita, nada de eso cambiará nada. —Mi voz era firme, fuerte—. No soy como las demás. No me voy a romper. Compró mi firma, no mi alma, y si piensa que puede poseerme, va a aprender exactamente cuánto fuego tengo. Lina me dedicó una pequeña y triste sonrisa y se fue, cerrando la puerta suavemente tras de sí. Me quedé sola en el opulento dormitorio que ahora era mi jaula de oro, con el vestido de seda frío contra mi piel acalorada. Mi corazón latía desbocado al escuchar pasos pesados acercándose desde la puerta conectada. Javier venía y, a pesar de todo —las advertencias, el lujo, el poder que ya ejercía sobre mi vida—, no sentía ningún miedo.Capítulo 40Nuevas reglasKIARAEl dormitorio se sentía como una hermosa prisión aquella mañana. La luz del sol se filtraba a través de las pesadas cortinas color crema, proyectando suaves patrones dorados sobre las sábanas de seda y los elegantes muebles. Estos últimos días habían pasado muy rápido. La torre se sentía más silenciosa que el hospital donde me habían internado. Nunca pensé que regresaría de aquel lugar después del accidente tan drástico. Pero, gracias a Dios, me estaba recuperando más rápido. El enrojecimiento ya se desvanecía, aunque los recuerdos de aquel día seguían frescos en mi mente.Me paré frente al espejo de cuerpo entero, ajustándome el sencillo pero elegante vestido de verano que Lina había elegido para mí: una tela azul suave que caía con gracia hasta las rodillas, con tirantes delicados y un escote modesto. Era cómodo, femenino y un pequeño recordatorio de la libertad que solía tener. Hacía lo que me parecía una eternidad que no veía a Bella. Su invitació
Capítulo 39Decisiones difícilesJAVIERCaminaba por los pasillos con la frustración instalándose en mí. Las cosas se desarrollaban día a día y, cuanto más me callaba, más pensaban que era un idiota. Las últimas palabras de mi padre resonaban otra vez en mi mente: «Debes proteger primero a la familia». Después de todo, me sentía un hombre débil, pero el mundo no debía saberlo. La presión de todo me golpeó; mientras caminaba despacio, la cabeza me dio vueltas de dolor. Me apoyé en la pared y sentí cómo me temblaban las manos. Intenté controlarlo con la otra, pero fallé por completo. Aceleré el paso hacia mi suite privada.Entré de golpe en mi suite privada. La pesada puerta se cerró de un portazo detrás de mí, con una fuerza que resonó por los silenciosos pasillos de la Torre Santiago.La ira me quemaba las venas como un incendio, caliente e implacable. La reunión del consejo con Marcus había sido la gota que colmó el vaso: su cara de suficiencia, la forma en que torcía cada decisión p
Capítulo 38MiedoJAVIERLa idea de hacer lo correcto por el trono nunca se me había pasado por la cabeza. Pero ahora había decidido hacer cualquier cosa para protegerlo. Justo entonces, tres golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos. Me giré y ordené que entrara quien estuviera fuera.Victor entró e inclinó la cabeza de inmediato.—Todo está listo, jefe.—Bien. ¿Y mi tío?—Envió un mensaje. Está en camino.—De acuerdo. Asegúrate de vigilarlo de cerca —esta vez mi voz salió más baja.—Sí, jefe —respondió, y se retiró de inmediato.Respiré hondo varias veces. Ya estaba preparado para afrontar lo que pudiera ocurrir ese día.Avancé hacia el salón destinado a la cena. Lo habían transformado en una obra maestra de elegancia calculada para la comida familiar. Arañas de cristal colgaban bajas, proyectando una cálida luz dorada sobre la larga mesa de ébano, dispuesta con fina porcelana, cubiertos de plata y arreglos florales frescos. Las paredes estaban adornadas con sutiles escudos
Capítulo 37Celdas ocultasJAVIERLa torre nunca dormía del todo. Incluso a esa hora tan avanzada, los pasillos vibraban con el suave zumbido de los sistemas de seguridad y el eco lejano de los pasos del personal nocturno. Salí de la habitación de Kiara con el corazón pesado, la imagen de su rostro sereno pero agotado todavía presente en mi mente.Bajé hasta los aposentos privados del abuelo, en la planta familiar inferior. El viaje en el ascensor fue silencioso; las paredes de mármol reflejaban mi expresión tensa. Cuando las puertas se abrieron, entré en la sala de estar, cálidamente iluminada. La habitación era un reflejo del poder perdurable del anciano: paneles de madera oscura, sillones de cuero dispuestos alrededor de una mesa baja y estantes llenos de antiguos libros de contabilidad y objetos familiares. Un fuego crepitaba en la chimenea, proyectando sombras danzantes por todo el espacio.El abuelo ya estaba allí, sentado en su sillón favorito, con el bastón apoyado a un lado.
Kapitel 36DruckKIARALina führte mich zum angrenzenden Badezimmer, ihren Arm fest um meine Taille gelegt. Die große Marmorwanne war bereits mit warmem Wasser gefüllt, duftend nach Lavendel, und Rosenblätter trieben auf der Oberfläche. Dampf stieg in trägen Wirbeln auf und erfüllte den Raum mit einem beruhigenden, blumigen Nebel. Sie half mir, vorsichtig hineinzusteigen, und das Wasser umhüllte meinen Körper wie eine warme Umarmung. Ich seufzte tief und sank tiefer, bis nur noch meine Schultern über der Oberfläche blieben. Die Hitze linderte die zurückgebliebenen Schmerzen, doch mein Geist wollte sich nicht beruhigen. Einen langen Moment herrschte nur Stille – das sanfte Plätschern des Wassers, wenn ich mich bewegte, das ferne Summen der Systeme des Turms, das leise Rascheln, als Lina frische Handtücher und Nachtwäsche vorbereitete. Ich schloss die Augen und ließ die Wärme in meine Knochen sickern. Doch die Fragen ließen mich nicht in Ruhe.Ich drehte den Kopf langsam und sah Lina
Kapitel 35HeimwärtsKIARAIch stand langsam auf, gestützt von Javiers festem Arm um meine Taille. Meine Beine fühlten sich immer noch wackelig an nach Tagen der Bettruhe und der emotionalen Erschöpfung. Das Krankenhaushemd war durch ein weiches, bequemes Kleid ersetzt worden, das Lina mitgebracht hatte – locker genug, um meine heilende Haut nicht zu reizen, aber elegant genug, um das Gefühl zu geben, dass ich in die Welt zurückkehrte. Die Röte an meinen Armen und am Hals war zu einem schwachen Rosa verblasst, die Haut noch empfindlich, aber nicht mehr bei jeder Bewegung brennend. Die Ärzte hatten mich versichert, dass ich bei fortgesetzter Medikamenteneinnahme schnell genesen würde. Javier stützte den Großteil meines Gewichts, während wir uns zum Gehen bereitmachten. Seine Berührung war sanft, aber fest – ein stilles Versprechen, dass er mich nicht fallen lassen würde.Bevor wir die Tür erreichten, blieb ich stehen und drehte mich zu ihm um. „Ich muss zuerst meinen Vater sehen“,







