INICIAR SESIÓNEn el mes siguientes al compromiso se cumplió con las tradiciones faltantes, se informó primero de forma verbal del casamiento de Farid Khattab con Leila Assad, luego se envió las invitaciones junto con una toalla y cubiertos, otra costumbre que regía. Al fin la noche de Henna llego, esa donde las mujeres despedían a la joven próxima a desposarse, todas sus vecinas y amigas se encontraban en el gran patio del hogar de Leila, donde ella era el centro de atención, vestida completamente de rojo, mostrando así lo feliz que estaba, su vestido no era ostentoso, pero era lo más hermoso que por aquel lugar se hubiera visto, la henna estaba por todos lados, para que tuviera un matrimonio lleno de felicidad, y las canciones que relataban el dejar la casa de sus padre para comenzar su vida de casada, la hicieron llorar como se esperaba, aunque Leila solo extrañaría a su madre, al final de la noche Farid llego, como debía ser, para limpiar las lágrimas de su futura esposa y dar por terminada la celebración, llamando la atención de todo el mundo, montando su caballo pura sangre de color negro, que realzaba su vestimenta tradicional, más de una de las amigas de Leila quedo con la boca abierta, el jefe Farid era un hombre muy hermoso, nadie lo podía negar.
Farid descendió de su caballo y camino con firmeza, sus hombros rectos y cabeza en alto, hasta quedar en frente de Leila, la joven apenas y le llegaba abajo del hombro, por lo que Farid bajo su mirada, llevo sus manos al velo rojo con hilos dorados que cubría el rostro de Leila y lo retiro con calma, se miraron a los ojos por un momento, para todos los presentes, se veían con amor genuino, pero ellos sabían que se veían con gratitud, uno le debía la vida al otro, Farid limpio con delicadeza sus lágrimas, acuno su pequeño rostro en sus manos y dejo un beso en su frente.
— Ve a descansar Leila, porque mañana, a penas salga el sol, vendré a robarte, y tú te iras conmigo. — Lo único que obtuvo como respuesta fue una sonrisa de la joven y un asentamiento de cabeza.
Farid cumplió su palabra, el sol apenas estaba saliendo, cuando fue por la novia, Leila casi no había dormido, luego de que su madre la bañara como era la costumbre, fue vestida con su vestido de novia, uno tan hermoso que Leila no lo podía creer, su color blanco puro le hacía doler los ojos cuando el sol se reflejaba en él, y el lazo rojo, que también por costumbre debía llevar, le hacía lucir una cintura aún más pequeña de la que tenía.
— Hija, Farid vino por ti. — dijo su madre conteniendo las lágrimas.
Leila camino hasta estar en frente del espejo, por lo que le dijo su madre, la tradición dictaba verse en el antes de salir de la casa de sus padres, así demostraría estar preparada para su nuevo camino y daría fortuna a todos los presentes, Leila no comprendía como podía hacer todo eso con solo mirarse al espejo, pero cuando al fin se vio, noto lo diferente que lucía, sus ojos brillaban con la esperanza que nuca tuvo, estaba feliz, tanto que estaba segura que su alegría acompañaría a todos los que allí se encontraban, pero en un momento vio el rostro de su madre reflejado en el espejo, y como está la observaba, por lo que sus ojos color caramelo se llenaron de lágrimas que amenazaban con salir.
— No llores, demuestra que estas lista para tu nuevo camino. — dijo Misha con amor en cada palabra.
Ahora Leila lo comprendía, ya había llorado en la noche de henna, ahora era tiempo de reír, con la voluntad que la caracterizaba, respiro profundo una vez más y cambio su vista a donde estaba su padre y hermano, viéndolos a través del espejo, las lágrimas de sus ojos se secaron de inmediato, y la alegría por salir de la casa de su padre regresó, si, Leila estaba lista para emprender su nuevo camino.
La fiesta duraría cuatro días, donde todo el pueblo comería y bebería en la gran finca del Jeque, demostrando de esta forma la felicidad que sentía por Farid y Leila, aunque los recién casados se retiraron cuando el sol del primer día se ocultó.
Ya era muy entrada la noche cuando la camioneta de Farid detuvo la marcha frente al que sería el hogar de los recién casados, ayudo como todo un caballero a que la delgada mujer descendiera del vehículo.
— Esto… es la mansión del jeque. — Leila jamás soñó con que ella pisaría aquel lugar alguna vez.
— Este es tu hogar de hoy en adelante Leila, mañana te presentare a los empleados, hoy nos han dejado solos. — dijo Farid, mientras la guiaba a su habitación.
Desde ese momento Leila debía permanecer en aquella mansión, era la costumbre que las novias dejaran sus hogares para partir al de sus suegros, donde ellas los respetarían y obedecería como si fueran sus padres y los suegros la deberían querer como una hija.
— ¿Por qué? ¿Por qué estamos solos? — Farid la vio con dulzura, era solo una niña, su madre no la había preparado para ser una mujer, quizás Misha creyó que aún tenía tiempo.
— Se supone que deberíamos consumar nuestro matrimonio, por eso la primera noche solo debemos estar nosotros en la casa. — Farid se rasco lo cabeza, aun no se le ocurría como justificaría la falta de sangre en la sabana la mañana siguiente.
— Ya entendí, mi madre me dijo que el matrimonio se consuma cuando tengamos sexo y así demostrar que soy pura y que tú has cumplido como esposo. — Farid podía ver un leve sonrojo en sus mejillas, a pesar de que la piel de Leila era de un color oliva, un poco más clara que la de él.
— Sí, bueno, aún estoy pensando como haremos eso. — la preocupación era evidente en la voz de Farid, mientras al fin ingresaban en la gran habitación que a partir de esa noche compartirían.
— ¿Esta es nuestra habitación Farid? ¿O vive alguien más contigo? — Farid comenzó a reír por las ocurrencias de la joven.
— ¿Cómo podría vivir alguien más aquí? ¿Tus ojos no ven que solo hay una cama? — explico con una gran paciencia.
— Lo siento Farid, soy un poco tonta.
— No lo eres Leila, todo esto fue tu idea, nos salvamos, gracias a esa gran mente tuya, aunque ahora… — Farid dejo salir un suspiro cansado antes de sentarse en la cama.
— ¿Ahora?
— ¿Qué se supone que haremos? Mañana debo colgar la sabana en la ventana, para que todos vean que tú eres pura y que nuestro matrimonio fue consumado.
— Ya lo tengo pensado. — la sonrisa en el rostro de Leila era rara, la mezcla justa de la astucia y la inocencia.
— Bien señora Leila Khattab, ¿Qué es lo que pensó esa mente astuta suya? — por un segundo Leila se congelo.
— ¿Khattab?
— Eres mi esposa, para todos lo serás Leila, desde este momento perteneces a la familia Khattab, quien desee vivir, deberá respetarte. — ambos se miraron y rompieron a reír, Farid había sonado demasiado a su padre el Jeque Marwan.
Leila fue al baño y se quitó el vestido de novia, para colocarse uno de los tantos pijamas que su madre le había comprado junto con las cosas de la boda, la joven vio varios de ellos y se preguntó qué era lo que su madre pensaba de ella, eligió el más sencillo y menos revelador, pero también tomo uno de seda blanco con encaje, que más que un pijama parecía ropa interior.
— Arrójame a la cama Farid, pero no seas bruto. — Leila quito el edredón y la sabana superior, luego se paró en frente a Farid quien la miraba con duda, pero hizo lo que ella le pidió, cayó casi en el medio de la gran cama.
— ¿Y ahora? — pregunto curioso el hombre.
— Date vuelta y no me mires. — le advirtió con seriedad, provocando que Farid riera, aun así, hizo lo que la joven le ordeno, escucho un pequeño gemido y se alteró.
— ¿Leila, que estás haciendo? — dijo con voz tensa.
— No me veas. — repitió y unos segundos después le volvió a hablar.
— Listo. — Farid dio la vuelta y encontró una mancha de sangre donde ella estaba sentada, también observo que el pijama que llevaba en su mano estaba un poco manchado y el pantaloncillo roto.
— ¿Qué hiciste Leila? — pregunto con la angustia creciendo en su interior.
— Hice un corte pequeño en mi muslo, nada grave, pero tendrás que dormir sobre mi sangre, ¿no te molesta verdad? — la joven sentía su cara arder de vergüenza.
— No pequeña Leila, no me molesta, gracias a ti no me están comiendo los gusanos en este momento. — Farid descubrió que Leila era muy inteligente.
La primer noche fue muy incómoda para ambos, cada uno se mantenía de un lado de la espaciosa cama, hasta que el sueño los venció, el primero en despertar fue Farid, descubriendo que estaba abrazado a Leila, levanto un poco su cabeza y observo a la joven a su lado, se veía tranquila, Leila siempre se veía tranquila, menos el día que le dio el café con sal, Farid recordó su cara completamente roja y sonrió, quizás si a él no le gustaran los hombre, Leila hubiera sido la esposa ideal, pero ahora la tendría a su lado por toda la vida, él la cuidaría, como un hermano mayor, como un amigo, como familia.
— Pequeña Leila, ya es hora de despertar. — el cuerpo de Leila se tensó al verse en los brazos de Farid, y poco a poco se alejó de él. — Tranquila Leila, jamás te haría algo indebido, tu virtud está más que segura a mi lado. — dijo Farid mostrándole una blanca sonrisa.
— No es que desconfíe de ti Farid, es que te estaba importunando, lo siento. — dijo mientras salía poco a poco de la cama, haciendo una pequeña mueca de dolor.
— Nada de eso, recuerda que eres mi esposa, no debes pedir permiso para estar a mi lado, ¿Qué es lo que te sucede? —no pudo evitar preguntar al verla caminar con cuidado, era obvio que algo le molestaba.
— Es el corte. — respondió y como siempre mostro su sonrisa.
— No debiste cortarte el muslo, podrías haberme dicho y yo…
— Farid, es mejor así, por lo que mi madre me dijo, se supone que luego del matrimonio, la esposa queda con un poco de dolor. — y allí estaba nuevamente el color rosáceo en sus mejillas.
— Lo dije antes y lo repito, tú tienes una mente brillante esposa. — aquel nombre provocó que ambos rompieran a reír, tan fuerte que los empleados los escucharon.
La sabana fue colgada y la tribu siguió festejando que al fin Farid Khattab tenía esposa, con el correr de los días Farid y Leila se convirtieron en los mejores amigos, pasaban muchas horas charlando, en el jardín, la terraza y el dormitorio, las risas de los jóvenes llenaba todo el lugar, la semana que pasaron solos con los empleados, les sirvió para conocerse mejor, Leila comenzó a admirar a Farid, y alentar sus ideas de cambiar ciertas leyes como su padre hacía, y Farid se encariño con la joven, la veía como la hermana que nunca tuvo. Se comprometió con ella a enseñarle a sumar y restar en su tiempo libre, además de ser como un profesor para la joven, Farid se encargaría de que tuviera todo aquello que su padre le había negado, comenzando por sus estudios.
— Leila, sé que algo te preocupa, ¿me dirás que es? — pregunto mientras disfrutaba del maravilloso té que su esposa preparo.
— No, no voy a molestarte, te prometí que no sería una carga para ti y lo cumpliré. — Farid acaricio el cabello lacio de la joven, era sincera, Farid sabía que Leila era honesta, un ser sin maldad.
— Soy tu esposo Leila, para todos, y para todo, menos para eso que tú sabes, debes decirme si algo te preocupa o te molesta, yo te ayudare, no eres una carga, eres mi igual, nos salvamos mutuamente, tú y yo, juntos Leila, siempre juntos. — la joven no podía evitar suspirara cada vez que su marido decía esas cosas.
Fue así que Leila le conto que su madre estaba enferma, pero que aún si él quería ayudarla, ya no había nada que hacer, el cáncer había avanzado demasiado, Farid apretó sus puños, no podía creer que Said no pagara el tratamiento, cuando su padre Marwan le había dado el dinero, ya que hacía un año el hombre fue a pedir ayuda por la enfermedad de su mujer, prefirió no decirle aquello a Leila, él le había jurado a Misha que su hija no lloraría nunca más por tristeza y haría todo lo que estuviera a su alcance para cumplirlo.
— Pensaba expulsar a tu padre y hermano de la tribu por lo que te hicieron. — dijo Farid al recordar las heridas en la espalada de la joven, que ya habían cerrado, pero que habían dejado cicatrices, cinco líneas que cruzaban su espalda, dejando en evidencia que esos cinco latigazos fueron más profundos que el resto.
— Gracias, pero si lo haces mi madre también deberá irse.
— No los expulsare, pero traeré a tu madre aquí, así podrás estar con ella y cuidarla. — el rostro de Leila brillaba y no pudo evitar saltar a los brazos de Farid para agradecerle, el joven jeque, simplemente la recibió, así los encontraron los padres del Farid, quienes luego de una semana de ausencia al fin regresaban a su hogar.
— Lo siento. — dijo Leila soltando de inmediato el cuello de Farid y agachando su cabeza.
Vivir en un lugar donde la cultura no ve bien las muestras de cariño en público era difícil, aunque para esta pareja eso era perfecto, ya que los libraba de tener que besarse delante de los demás, aun así, Leila sabía que estaba en falta al estar colgada del cuello de Farid, solo ellos sabían que no hacían nada.
— No debes de disculparte hija, son jóvenes, los comprendemos. — las palabras del jeque Marwan provocaron que los ojos de Leila se cubrieran de humedad, con rapidez camino hasta estar frente al hombre, que vio con asombro la cantidad de emociones contenidas que tenía la joven en sus grandes ojos color caramelo, volvió a bajar su cabeza y extendió sus manos, pidiendo en silencio el permiso de besar las manos de Jeque Marwan, quien gustoso se las entrego.
— Gracias… padre. — tanto Marwan como Farid, sintieron el cariño que había depositado en la palabra “padre” y con gusto el Jeque dejo que su nueva hija besara sus manos.
La vida de Leila había cambiado, parecía que al fin la fortuna le sonreía, o eso creía, en pocos días Farid estaba organizando todo para que su suegra se fuera con ellos, pero a la segunda semana de casados, Leila sufrió el golpe más fuerte que pudo recibir en toda su vida, su madre había muerto, Farid no pudo cumplir con su palabra de que Leila jamás lloraría de tristeza, pero se juró borrar la tristeza de sus ojos.
Leila corría por el árido y cálido desierto, sentía el sol en su cara y la arena calienta bajo sus pies se filtraba en sus sandalias de diseñador, su corazón bombeaba desbocado, a un compás errático que provocaba que el aire se le atascara en la garganta y no llegara a sus pulmones, ocasionando que viera puntos de colores en su campo periférico, no quería morir, no podía morir, no dejaría a sus hijos y tampoco a Hafid, ella no podría lastimarlos de esa forma, y sabía que si Rafid llegaba a ella todo estaría perdido. Un disparo hizo eco en el cañadón a donde la joven había llegado, dispersando un par de aves que descansaban en la copa del único árbol del lugar, el sonido en vez de congelarla en su lugar, provoco que corriera con más fuerzas, obligando a sus músculos a seguir avanzando, llevándola un poco más lejos de Rafid, Leila Khattab no se daría por vencida, se lo debía a Farid, se lo prometió a Hafid, pero sobre todo, se lo juro a ella misma, no moriría ese día, no a manos de un
Muchos se sorprendieron con la noticia de que el hijo mayor de Misha Assad estaba vivo, más aún al saber que era un gran empresario en Italia y que había sido adoptado por la familia Santoro Zabet, ahora un integrante de la tribu tenía casi el mismo poder y fortuna que el jeque, aun así, Amir se presentó como un integrante más, hermano de la jequesa Leila y leal a la tribu Khattab. Pero la sorpresa fue aún más grande en el bajo mundo, al fin la verdad de todo salía a la luz, ahora entendían como nunca descubrieron el embarazo de Estefanía Santoro, mejor conocida como la gran sombra italiana, por fin comprendían porque Saimon había denegado su lugar como sucesor de la sombra de Italia y se abría camino junto a Amir su primo, uno nació de la santa sin tener su genética, el otro era un niño adoptado, ninguno de los dos eran un Zabet y uno de ellos ni siquiera era un Santoro, pero aun así la familia los apoyaba y reconocía como propios, ahora tenían que sumar que el diablo de Italia apoya
Marwan estaba en la terraza del segundo piso cuando el alboroto de voces y movimientos de armas le indico que algo sucedía, vio a su hijo salir con dirección a la entrada principal y entonces decidió bajar y ver que era lo que sucedida, jamás creyó que vería ingresar una vez más a su mansión al hombre que mató a sus padre, sus manos temblaban, ante los recuerdos, el ruso se movía por su jardín como si fuera un viejo conocido, como lo hizo aquel día hace casi 30 años atrás, pero el jeque no dejaría que Neizan le arrebatara una vez más a su familia. — Jeque Marwan, muchos años que no nos vemos. — Lukyan Neizan. — dijo llegando al último escalón. — El mismo. — confirmo el ruso que aún no tendría 50 años. — ¡Todos, protejan a sus jequesas! La orden del viejo jeque provoco una revuelta, en menos de dos segundos todos y cada uno de los empleados llegaron con sus armas cargadas y listas para disparar, mientras Hafid colocaba a Leila tras él y también sacaba su arma, listo para defender
Para alegría de toda la tribu Khattab, no solo Leila regreso a sus tierras, todos los hombres también regresaron a sus hogares, con apenas una decena de heridos, pero ninguno de gravedad, las calles se vestían con adornos y colores alegres, para que la joven supiera que tan importarte era para ellos, Leila vio por la ventanilla de la camioneta todo con suma atención, como bailaban y cantaban mientras ella avanzaba, incluso se hicieron sacrificios de animales, los cuales el jeque ordeno que su carne fuera repartida entre los menos pudientes de sus tierras, para que el festejo llegara a cada rincón. Mientras que el Diablo tuvo que dar sepultura al menos a cinco de sus custodios y asegurar la recuperación de unos veinte heridos, la tribu no solo había entrado en sus tierras, también se había impuesto a ellos, debían tomar medidas, por más que ahora fueran familia, ser débil era algo que los Santoro no se podían permitir. — Parece que la tribu no tiene piedad cuando ataca. — dijo Saimon
La familia Santoro tomo sus armas sin perder tiempo, todos menos, la santa, Alejandra no lucharía en algo que ella sabía estaba mal, cargada de preocupación, barrio con sus exóticos ojos la negrura de la noche, viendo pequeños y grandes fogonazos que las armas dejaban salir con cada disparo, estaban siendo atacados en sus tierras, en su hogar, pero todo era culpa de Amir, Leila lo había dicho ciento de veces, la tribu iría por ella y ahora lo estaban viendo, sin embargo trato de llevar a la joven turca a un lugar seguro, pero Leila no se movió de su lugar. — Por favor, Leila, hazlo por tu bebé, no te expongas al peligro. — Lo hago por mi hijo señora Santoro, mi Hafid está arriesgando su vida, mi tribu está dejando su sangre allí afuera, todo para recuperarme, me iré con ellos, de una u otra forma. Para Alejandra no hubo dudas en la promesa que la joven hizo en esas palabras, ella partiría con su esposo, viva o muerta, el corazón de Alejandra se aceleró, deseaba salvar a su hijo, q
Amir cuido el sueño de su hermana, una vez más, como lo hizo en el cementerio, como lo hizo en el avión, acaricio su mejilla y su cabello con suavidad y tranquilidad, lleno de paz gracias a tenerla a ella a su lado, su pequeña hermana, se notaba que su vida no había sido fácil, mucho menos buena, la impotencia lo embargaba una vez más, se preguntaba qué tan diferente hubiera sido si él la hubiera encontrado antes. Sonrió al recordar que fue a Turquía con la idea de secuestrar a Jamil, tomar un poco de su medula y seguir con su vida, no estando dispuesto a relacionarse con ellos, los que lo vendieron, los que lo rechazaron solo por nacer débil, y nuevamente sonrió a ese pensamiento, débil, si lo era, cuando era un bebé, pero luego creció, fuerte, inteligente, buscando su propio lugar en la mafia, se hizo de un nombre temible, el diablo, quien lo nombrara era amigo o enemigo, pero causaba miedo en ambos, aun así, comenzó a sentirse cansado, débil, y entonces lo descubrió, estaba enfermo







