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C-81

작가: Charles
last update 게시일: 2026-08-09 23:20:21

Valeria permanecía sentada frente al enorme ventanal de su departamento, con una copa entre los dedos y el teléfono descansando sobre sus piernas mientras contemplaba con absoluta satisfacción el caos que había comenzado a formarse alrededor de Elena Hart. Desde aquella mañana, las redes sociales se habían convertido en un campo de batalla y cada minuto aparecían nuevas publicaciones, comentarios y titulares que cuestionaban la reputación de la exmodelo. Valeria deslizaba lentamente el dedo por
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  • La esposa gorda quiere un divorcio.   C-136

    Damian condujo en silencio por las calles de la ciudad, con ambas manos firmes sobre el volante y la mirada fija en el camino mientras las luces de los edificios se reflejaban sobre el parabrisas. Había salido de la agencia sin mirar atrás, no porque Elena dejara de importarle, sino precisamente porque le importaba demasiado como para convertir sus sentimientos en una carga para ella. Durante varios minutos no encendió la música ni respondió las llamadas que comenzaron a llegar a su teléfono; necesitaba escuchar únicamente el sonido del motor y ordenar pensamientos que, por primera vez en mucho tiempo, no estaban siendo dominados por el deseo de recuperar algo perdido.Elena.Su nombre apareció nuevamente en su mente, acompañado por aquella imagen de una muchacha de trece años que sonreía al recibir una pequeña caja de bombones de chocolate blanco. Damian cerró los ojos durante apenas un segundo antes de volver a concentrarse en la carretera. Recordaba aquella época con una claridad q

  • La esposa gorda quiere un divorcio.   C-135

    Elena apenas había dormido aquella noche. Cada vez que cerraba los ojos volvía a aparecer aquella escena que parecía haber salido de un rincón olvidado de su memoria: una caja pequeña llena de bombones de chocolate blanco, una sonrisa juvenil, una voz que le resultaba demasiado familiar y aquel nombre que se repetía dentro de su cabeza con una insistencia que no conseguía detener. Damian. No sabía si se trataba simplemente de un sueño construido por los recuerdos recientes o si, por el contrario, su mente estaba intentando mostrarle algo que ella había olvidado durante demasiados años. Aquella duda consiguió acompañarla hasta el amanecer.Cuando llegó a la agencia, Elena tenía una expresión diferente. No estaba distraída ni había perdido su habitual seguridad, pero había una tensión sutil en sus ojos que Richard alcanzó a notar cuando ella entró en su oficina. Dejó el bolso sobre el escritorio, encendió su computadora y comenzó a revisar algunos documentos, aunque llevaba varios minut

  • La esposa gorda quiere un divorcio.   C-134

    El amanecer llegó lentamente sobre la ciudad, tiñendo de tonos dorados los edificios que durante la noche habían permanecido cubiertos por el resplandor artificial de miles de ventanas. Desde el balcón de su departamento, Elena Hart contempló durante algunos segundos cómo la luz comenzaba a apoderarse del horizonte antes de regresar al interior. Aquella mañana había decidido levantarse más temprano de lo habitual. Necesitaba despejar la mente, ordenar sus pensamientos y, sobre todo, recuperar el control de una rutina que durante los últimos días había cambiado demasiado.Se colocó ropa deportiva y comenzó a ejercitarse,, cada movimiento era preciso. No había prisas, pero tampoco pausas innecesarias. Elena había aprendido a exigirse a sí misma mucho más de lo que los demás esperaban de ella, y aquella disciplina se había convertido en una de las herramientas que utilizaba para mantenerse firme cuando las emociones amenazaban con desbordarla. Después de varios minutos, su respiración se

  • La esposa gorda quiere un divorcio.   C-133

    La caravana atravesó las puertas de la base cuando la noche ya había cubierto por completo la ciudad. Los enormes portones metálicos se abrieron después de que las cámaras identificaran los vehículos autorizados y, apenas estuvieron dentro del perímetro, volvieron a cerrarse con un estruendo que parecía separar aquel lugar del resto del mundo. Los hombres que custodiaban la entrada se cuadraron inmediatamente al reconocer el automóvil de Damian Müller, pero ninguno de ellos mostró sorpresa al ver la sangre sobre la manga de su jefe; dentro de aquella organización todos sabían que el Heredero tenía una peligrosa costumbre: considerar su propia seguridad como algo secundario cuando alguien necesitaba ayuda.Damian bajó del vehículo con el bebé entre los brazos, el pequeño permanecía envuelto en aquella manta oscura y, aunque había dejado de llorar durante el trayecto, sus ojos todavía se movían inquietos mientras buscaban algo que no podía comprender. Damian lo sostuvo con una seguridad

  • La esposa gorda quiere un divorcio.   C-132

    La noche había cubierto la ciudad con una oscuridad espesa cuando Damian Müller conducía por una de las avenidas menos transitadas. El vehículo avanzaba con una suavidad casi silenciosa, escoltado a distancia por varios automóviles que se mantenían estratégicamente separados para no llamar demasiado la atención. Damian llevaba una mano sobre el volante y la otra descansaba cerca de la consola central, mientras sus ojos recorrían constantemente los espejos, las intersecciones y las calles laterales con la costumbre de un hombre que había aprendido desde muy joven que la tranquilidad absoluta no existía.Su rostro permanecía sereno, aunque todavía podía sentirse el cansancio acumulado de los últimos días. La herida que había recibido en Tokio comenzaba a cicatrizar, pero algunas molestias persistían cuando realizaba determinados movimientos. Aun así, no había permitido que nadie volviera a mencionarle la necesidad de permanecer en reposo. Damian detestaba sentirse limitado y, mucho más,

  • La esposa gorda quiere un divorcio.   C-131

    La ciudad parecía distinta desde aquella altura. Las luces de los edificios se extendían hasta perderse en el horizonte, formando un océano interminable de destellos que se reflejaban sobre los ventanales del restaurante, mientras el cielo oscuro envolvía las calles y hacía que cada automóvil pareciera una diminuta línea de luz avanzando entre las avenidas. Elena permaneció unos segundos contemplando aquella vista antes de sentarse frente a Sebastian, todavía con la sensación extraña de que aquella noche no parecía pertenecer a la misma historia que habían vivido durante los últimos meses. Sebastian había elegido cuidadosamente el lugar. No había demasiadas personas alrededor, la música era discreta y la mesa estaba situada junto a una enorme ventana desde donde podían contemplar prácticamente toda la ciudad. Elena recorrió el lugar con la mirada y después volvió sus ojos hacia él. —Es hermoso —admitió. Sebastian sonrió. —Quería que tuviéramos un lugar tranquilo. —¿Para hablar?

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