INICIAR SESIÓNDurante años, Elena Hart creyó que el amor era suficiente para sostener un matrimonio. Renunció a su carrera como la modelo más brillante del país, arriesgó su vida para darle una hija a Sebastian King y despertó de una cirugía con la noticia de que jamás volvería a ser madre. Los tratamientos la convirtieron en una mujer obesa y, desde entonces, dejó de ser la esposa que todos admiraban para convertirse en la vergüenza de la poderosa familia King. Su suegra la desprecia por no poder dar un heredero varón, su hija prefiere a otra mujer y su esposo ya no la mira como antes. Cuando la antigua novia de Sebastian regresa para ocupar su lugar, Elena comprende que permanecer solo significa seguir perdiéndose a sí misma. Decidida a divorciarse y recuperar su vida, descubrirá que marcharse será mucho más difícil de lo que imaginó, porque el hombre que dejó de desearla no piensa dejarla ir
Ver másElena apenas había dormido aquella noche. Cada vez que cerraba los ojos volvía a aparecer aquella escena que parecía haber salido de un rincón olvidado de su memoria: una caja pequeña llena de bombones de chocolate blanco, una sonrisa juvenil, una voz que le resultaba demasiado familiar y aquel nombre que se repetía dentro de su cabeza con una insistencia que no conseguía detener. Damian. No sabía si se trataba simplemente de un sueño construido por los recuerdos recientes o si, por el contrario, su mente estaba intentando mostrarle algo que ella había olvidado durante demasiados años. Aquella duda consiguió acompañarla hasta el amanecer.Cuando llegó a la agencia, Elena tenía una expresión diferente. No estaba distraída ni había perdido su habitual seguridad, pero había una tensión sutil en sus ojos que Richard alcanzó a notar cuando ella entró en su oficina. Dejó el bolso sobre el escritorio, encendió su computadora y comenzó a revisar algunos documentos, aunque llevaba varios minut
El amanecer llegó lentamente sobre la ciudad, tiñendo de tonos dorados los edificios que durante la noche habían permanecido cubiertos por el resplandor artificial de miles de ventanas. Desde el balcón de su departamento, Elena Hart contempló durante algunos segundos cómo la luz comenzaba a apoderarse del horizonte antes de regresar al interior. Aquella mañana había decidido levantarse más temprano de lo habitual. Necesitaba despejar la mente, ordenar sus pensamientos y, sobre todo, recuperar el control de una rutina que durante los últimos días había cambiado demasiado.Se colocó ropa deportiva y comenzó a ejercitarse,, cada movimiento era preciso. No había prisas, pero tampoco pausas innecesarias. Elena había aprendido a exigirse a sí misma mucho más de lo que los demás esperaban de ella, y aquella disciplina se había convertido en una de las herramientas que utilizaba para mantenerse firme cuando las emociones amenazaban con desbordarla. Después de varios minutos, su respiración se
La caravana atravesó las puertas de la base cuando la noche ya había cubierto por completo la ciudad. Los enormes portones metálicos se abrieron después de que las cámaras identificaran los vehículos autorizados y, apenas estuvieron dentro del perímetro, volvieron a cerrarse con un estruendo que parecía separar aquel lugar del resto del mundo. Los hombres que custodiaban la entrada se cuadraron inmediatamente al reconocer el automóvil de Damian Müller, pero ninguno de ellos mostró sorpresa al ver la sangre sobre la manga de su jefe; dentro de aquella organización todos sabían que el Heredero tenía una peligrosa costumbre: considerar su propia seguridad como algo secundario cuando alguien necesitaba ayuda.Damian bajó del vehículo con el bebé entre los brazos, el pequeño permanecía envuelto en aquella manta oscura y, aunque había dejado de llorar durante el trayecto, sus ojos todavía se movían inquietos mientras buscaban algo que no podía comprender. Damian lo sostuvo con una seguridad
La noche había cubierto la ciudad con una oscuridad espesa cuando Damian Müller conducía por una de las avenidas menos transitadas. El vehículo avanzaba con una suavidad casi silenciosa, escoltado a distancia por varios automóviles que se mantenían estratégicamente separados para no llamar demasiado la atención. Damian llevaba una mano sobre el volante y la otra descansaba cerca de la consola central, mientras sus ojos recorrían constantemente los espejos, las intersecciones y las calles laterales con la costumbre de un hombre que había aprendido desde muy joven que la tranquilidad absoluta no existía.Su rostro permanecía sereno, aunque todavía podía sentirse el cansancio acumulado de los últimos días. La herida que había recibido en Tokio comenzaba a cicatrizar, pero algunas molestias persistían cuando realizaba determinados movimientos. Aun así, no había permitido que nadie volviera a mencionarle la necesidad de permanecer en reposo. Damian detestaba sentirse limitado y, mucho más,


















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