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Orgullo herido

Author: Isha
last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-06 22:45:27

La noticia llegó a la oficina de Alexis pocos minutos después de que terminara una reunión con sus abogados. El asistente entró con una carpeta electrónica en la mano y una expresión demasiado seria para tratarse de un asunto empresarial ordinario.

—Señor Alarcón, acaba de confirmarse que Herodes Blackford está nuevamente en España —informó el asistente, colocando la tableta sobre el escritorio mientras esperaba la reacción de su jefe—. Llegó esta mañana en su avión privado.

Alexis levantó lent
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    —Puedes cobrar ahora, señor Blackford.La sonrisa de Gala apenas alcanzó a dibujarse antes de que Herodes acortara la distancia entre ambos. No hubo una respuesta ingeniosa ni una de aquellas frases calculadas con las que solía desarmarla. Por una vez, el hombre que siempre parecía tener una estrategia preparada se quedó mirándola como si acabara de ofrecerle algo mucho más peligroso que un simple beso.—No tienes idea de lo que estás autorizando, señora Blackford —murmuró, con la voz más grave de lo habitual.Gala alzó la barbilla, decidida a no permitir que él fuera el único capaz de jugar con aquella tensión.—Entonces será mejor que me lo demuestres.Los ojos de Herodes descendieron hasta sus labios. Durante un instante, ninguno se movió. La distancia entre ellos era mínima, pero aquel silencio pareció prolongarse hasta volver insoportable la espera. Gala sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas y, aun así, sostuvo su mirada. No quería que él adivinara cuánto la afec

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    La residencia era amplia, elegante y acogedora. La madera oscura, las grandes ventanas y la luz cálida que iluminaba los pasillos creaban una atmósfera distinta de la solemnidad que Gala había asociado inicialmente con las propiedades de Herodes. Había libros en varias estanterías, fotografías discretamente colocadas y algunos objetos que sugerían que aquel lugar no era solamente una inversión ni una dirección más en su agenda empresarial.Era un hogar.Y mientras caminaba junto a él, Gala se descubrió imaginando cómo sería compartir más días allí. No una visita apresurada ni una escapada motivada por el agotamiento, sino mañanas tranquilas, desayunos sin llamadas urgentes y noches en las que pudieran conversar sin que una nueva crisis interrumpiera sus palabras.La idea la tomó por sorpresa. Apartó el pensamiento antes de que pudiera crecer demasiado, aunque no consiguió evitar que una sonrisa tenue apareciera en sus labios.Herodes la observó de reojo.—¿Qué estás pensando?—Nada im

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    Canadá los recibió con un aire fresco que parecía anunciar el comienzo de una vida distinta, aunque solo fuera durante unos días. Después de las horas de vuelo, Gala agradeció la sensación del viento sobre el rostro cuando descendió del avión privado y se detuvo un instante en lo alto de la escalerilla. El cielo comenzaba a teñirse con los colores del atardecer, y el paisaje que se extendía a su alrededor tenía esa serenidad que tanto había necesitado: árboles altos, caminos cuidados y una distancia considerable respecto al ruido que había dejado atrás en España.Herodes descendió detrás de ella, impecable como siempre, con el abrigo oscuro sobre los hombros y una mano extendida para ayudarla a bajar el último tramo. Gala aceptó el gesto, aunque no pudo evitar sonreír al notar que él mantenía los ojos puestos en ella incluso después de asegurarse de que había llegado al suelo sin dificultad.—¿Siempre vigilas a todo el mundo de esa manera? —preguntó, acomodándose el abrigo.—No.—Qué

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    Ella lo miró, indignada, pero la pregunta se le quedó atrapada en la garganta. Herodes no parecía dispuesto a rescatarla de aquella situación. Al contrario, tenía la expresión de alguien que había descubierto una nueva afición y no pensaba renunciar a ella demasiado pronto.—Estás aprovechándote de que estamos solos —consiguió decir.—No. Estoy aprovechando que mi esposa es una mujer extraordinariamente hermosa y que, por una vez, no tengo una reunión esperando al otro lado de una puerta.El rubor de Gala se intensificó. Herodes sintió una ternura inesperada ante aquella reacción. Le gustaba la mujer que discutía con él sin temor, la que defendía sus decisiones y no aceptaba que nadie la tratara como si necesitara permiso para vivir su propia vida. Pero aquella versión de Gala, que intentaba conservar su dignidad mientras el color de sus mejillas la delataba, despertaba en él un deseo diferente, más juguetón y sorprendentemente dulce.—Eres un descarado —susurró ella.—Solo contigo, s

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    Gala fue la primera en apartar la mirada, aunque necesitó reunir más voluntad de la que habría admitido para conseguirlo. Durante unos segundos, había permanecido atrapada en los ojos oscuros de Herodes, preguntándose qué estaría pensando aquel hombre que parecía capaz de guardar un secreto incluso cuando su silencio revelaba demasiado. Después de todo, no era la primera vez que lo sorprendía observándola, pero había algo diferente en aquella mirada. No tenía la distancia calculadora que utilizaba en las reuniones ni aquella expresión fría con la que acostumbraba a evaluar a sus interlocutores. Había una intensidad serena, casi íntima, que le provocó una sensación cálida en el pecho y la obligó a fingir que necesitaba acomodar la revista que tenía sobre las piernas.Se incorporó y alisó distraídamente la tela de su vestido. Necesitaba hacer algo con las manos, porque la idea de permanecer sentada mientras Herodes continuaba mirándola comenzaba a parecerle una prueba injusta. Por suert

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