LOGINGala de Valcárcel no se imaginaba que la visita a la Empresa de su esposo cambiaría absolutamente todo y haría que ella se cuestione si nunca fue suficiente para aquel hombre con quien estaba casada, después de descubrir que Alexis Alarcón, el hombre por el que ella ha renunciado a su propia vida, la engaña con su propia prima. Gala decidida a divorciarse, se encuentra con cláusulas que la condenan, Alexis hará uso de su poder para aplastar a Gala por la fortuna de ella, pero la llegada de Herodes Blackford cambiará las reglas del juego.
View MoreEn la mañana que parecia agradable Gala de Valcárcel llega a la Empresa de su esposo Alexis Alarcon, para sorpresa de ella la recepción de la oficina de su marido estaba vacía.
—Qué extraño —murmuró Gala mientras dirigía una mirada alrededor, esperando encontrar a la secretaria en algún rincón cercano.
Esperó unos segundos, pero al no encontrar a nadie decidió entrar directamente. Después de todo, era su esposa y jamás había necesitado un permiso para cruzar aquella puerta. Sujetó con más fuerza el recipiente donde llevaba el almuerzo y abrió la oficina convencida de que encontraría a Alexis trabajando como siempre. Sin embargo, el amplio despacho estaba completamente vacío. Frunció ligeramente el ceño mientras recorría el lugar con la mirada, buscando alguna señal de su presencia. El ordenador permanecía encendido, varios documentos descansaban sobre el escritorio y una taza de café aún desprendía un tenue hilo de vapor, como si hubiera sido servida apenas unos minutos antes. Aquello significaba que Alexis no podía estar muy lejos.
—¿Alexis, estas aquí? —llamó con suavidad, esperando escuchar su voz desde algún rincón de la oficina.
El silencio fue la única respuesta. Justo cuando pensaba marcharse, un ruido llegó hasta sus oídos. Provenía de la habitación privada conectada al despacho, aquella estancia donde Alexis descansaba cuando las jornadas eran demasiado largas o donde guardaba ropa para cambiarse antes de asistir a algún evento importante. Al principio pensó que quizá se había quedado dormido, exhausto después de tantos días de trabajo. Sin embargo, conforme se acercaba, aquellas voces apagadas y aquellos murmullos comenzaron a adquirir un significado imposible de ignorar. Cada paso parecía pesar una tonelada, como si el suelo intentara impedirle avanzar. Cuando llegó frente a la puerta, volvió a escuchar aquellas respiraciones entrecortadas y un murmullo imposible de confundir. Su mano tembló apenas un instante antes de empujar lentamente la puerta. No necesitó abrirla por completo. La pequeña abertura bastó para destruir toda una vida.
Su respiración desapareció de golpe y el mundo dejó de emitir sonidos. Allí estaba Alexis. Y la mujer que se encontraba con él no era una desconocida, ni una amante cualquiera, ni una empleada de la empresa. Era Jimena de Alarcón, su propia prima. Durante unos interminables segundos, Gala fue incapaz de comprender lo que estaba viendo. Sus ojos grises permanecieron abiertos de par en par mientras una sensación helada recorría cada centímetro de su cuerpo. Sus manos comenzaron a sudar y el recipiente con la comida casi resbaló de entre sus dedos. Sintió que el estómago se retorcía con violencia y que las náuseas ascendían hasta su garganta con una fuerza insoportable. Quería vomitar, quería gritar, quería romper cada cristal de aquella habitación y preguntar por qué, exigir una explicación, obligarlos a mirarla a los ojos mientras destruían todos los sueños que ella había construido desde la niñez. Sin embargo, no hizo ninguna de esas cosas. Respiró profundamente una, dos, tres veces. La niña que había sido entrenada durante años para controlar cada emoción apareció justo cuando la mujer enamorada estaba muriendo por dentro. No iba a regalarles un espectáculo, no permitiría que la vieran destrozada ni les concedería el privilegio de contemplar cómo hacían añicos su dignidad. Retrocedió lentamente, sin hacer el menor ruido, sin cerrar la puerta de golpe y sin derramar una sola lágrima frente a ellos. La puerta volvió a quedar exactamente como estaba y Gala caminó hacia la salida con una serenidad tan impecable que cualquiera habría pensado que simplemente había entrado a dejar unos documentos. Solo ella sabía que cada paso era como caminar descalza sobre un suelo cubierto de cristales.
Al salir del edificio, el aire golpeó su rostro y la máscara que había sostenido con tanto esfuerzo terminó por romperse. Las lágrimas comenzaron a caer sin pedir permiso, una detrás de otra, silenciosas, dolorosas e interminables. Las personas caminaban a su alrededor sin imaginar que una mujer acababa de perder toda la vida que había construido con ilusiones. Gala bajó lentamente la mirada hacia el recipiente que aún sostenía entre las manos. Había pasado horas preparando aquella comida. Había elegido cada ingrediente pensando en Alexis, recordando cuáles eran sus sabores favoritos e imaginando la sonrisa que él le dedicaría al verla aparecer de improviso. Todo aquel amor, toda aquella dedicación y toda aquella esperanza ya no tenían sentido. Con manos temblorosas caminó hasta un contenedor de basura y permaneció varios segundos observándolo, como si necesitara reunir fuerzas para aceptar la realidad. Finalmente dejó caer el recipiente. El sonido metálico al chocar contra el fondo del contenedor pareció simbolizar el derrumbe definitivo de todos sus sueños.
En ese mismo instante comenzó a llover. Las primeras gotas acariciaron su cabello rubio, descendieron por su rostro y empaparon lentamente su ropa, pero Gala ya no era capaz de distinguir la lluvia de sus propias lágrimas. Se abrazó a sí misma mientras el frío se mezclaba con un dolor tan intenso que apenas podía respirar. Cada latido parecía desgarrarle el pecho y cada recuerdo feliz se transformaba en un cuchillo que volvía a clavarse una y otra vez en su corazón.
—¿Qué hice mal? —susurró entre sollozos, cerrando los ojos con fuerza—. ¿En qué momento dejé de ser suficiente.?
Las preguntas comenzaron a perseguirla sin descanso, golpeando su mente con una crueldad insoportable. ¿Nunca me amó? ¿Todo este matrimonio fue una mentira? ¿Por qué casarse conmigo si deseaba a otra persona? ¿Era yo el problema? ¿Mi amor le resultaba una carga? ¿Cuántas veces ocurrió mientras yo lo esperaba en casa creyendo que estaba trabajando? ¿Desde cuándo me engañaba? ¿Cuántas personas conocían la verdad menos yo? La última pregunta fue la más cruel de todas: ¿Se reían de mí? Sintió que el corazón volvía a partirse al imaginar que quizá todos conocían aquella humillación mientras ella vivía convencida de que tenía un matrimonio digno y un esposo honorable. Lentamente llevó la mano hasta su dedo anular. El diamante brillaba bajo la lluvia como una cruel burla. Aquel anillo que un día simbolizó promesas eternas ahora no era más que una cadena que la unía a una mentira.
—Ya no significa nada — Con un movimiento lento retiró el anillo, no hubo dudas ni arrepentimientos.
Lo lanzó al mismo contenedor donde descansaba el almuerzo que había preparado con tanto amor, como si junto a aquella joya también enterrara todos los años de ilusiones que había depositado en Alexis. Después subió a su automóvil sin saber exactamente hacia dónde conducir. Solo existía un lugar donde aún podía sentirse protegida: la antigua villa de los Valcárcel, la casa donde había crecido y donde seguía viviendo la mujer que prácticamente la había criado desde niña.
Durante todo el trayecto las lágrimas no dejaron de caer. Cuando llegó, apenas consiguió bajar del vehículo porque las piernas le temblaban con una intensidad que nunca antes había sentido. Antes siquiera de tocar el timbre, la puerta principal se abrió y la anciana apareció en el umbral. Bastó con verla para comprender que algo terrible había sucedido.
—¡Niña! —exclamó alarmada al verla completamente empapada—. ¡Dios mío! ¿Qué ocurrió?
Aquellas palabras llenas de cariño derribaron el último muro que Gala intentaba sostener. Corrió hacia su nana y se abrazó a ella con todas las fuerzas que le quedaban. Lloró como no lo hacía desde que era una niña, escondiendo el rostro contra su hombro mientras la anciana acariciaba lentamente su cabello con infinita ternura.
—Llora, mi pequeña aquí estás a salvo.
Pasaron varios minutos antes de que Gala pudiera recuperar un poco el aliento. Tenía la garganta cerrada y el pecho oprimido por un dolor que parecía no tener fin.
—Acabo de verlo —susurró finalmente con la voz completamente rota.
—¿A quien viste?
—A Alexis —Su voz volvió a quebrarse antes de completar la frase.—Con otra mujer nana.
La anciana palideció de inmediato y sintió cómo el corazón le daba un vuelco.
—¿Quién era? —Gala cerró los ojos con fuerza antes de responder.
—Jimena.
La nana tardó unos segundos en comprender el verdadero significado de aquel nombre.
—¿Jimena, la prima del señor Alexis?
Gala únicamente asintió con la cabeza mientras nuevas lágrimas resbalaban por sus mejillas.
—Sí nana.
El silencio que siguió fue devastador. La anciana sintió un nudo en la garganta y negó varias veces con la cabeza, incapaz de aceptar semejante traición.
—No, no puede ser — Su nana no daba credito a aquello.
—Yo también pensé eso, pero lo vi con mis propios ojos nana.
La nana la condujo hasta el sofá y la cubrió con una manta seca. Gala permanecía inmóvil, como si toda la fuerza hubiera abandonado su cuerpo. Sus ojos estaban perdidos en algún punto del suelo mientras intentaba comprender cómo toda una vida podía derrumbarse en cuestión de segundos.
—Hay algo que ahora entiendo o quizá ya no entiendo nada.
—¿A qué te refieres, mi niña?
—Alexis nunca quiso tocarme desde que nos casamos.
La mujer abrió los ojos con absoluta sorpresa.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Y qué explicación te dio?
Gala soltó una risa amarga que sonó mucho más dolorosa que cualquier llanto.
—Me dijo que tenía un problema que sufría una disfunción y que le daba vergüenza decepcionarme. Me pidió paciencia, me aseguró que estaba buscando tratamiento y yo le creí porque lo amaba. Nunca quise presionarlo. Pensé que un matrimonio era mucho más que eso, que el amor también consistía en esperar, comprender y acompañar.
La nana sintió una mezcla de tristeza, rabia e impotencia.
—Entonces...
—Todo era mentira. No tenía ningún problema. Simplemente nunca me deseó a mí.
Las lágrimas volvieron a brotar con la misma intensidad del principio.
—¿Por qué se casó conmigo? ¿Por qué aceptar un matrimonio si ya estaba con otra persona? ¿Por qué hacerme vivir una mentira? ¿Era tan difícil decirme que no me amaba? ¿Qué clase de hombre permite que una mujer construya toda su vida alrededor de él mientras comparte su corazón con alguien más?
La nana sostuvo con firmeza sus manos y la obligó a mirarla a los ojos.
—Porque el problema nunca fuiste tú, mi niña.
Gala negó lentamente con la cabeza mientras una sonrisa rota, llena de tristeza, aparecía en sus labios.
—Ahora mismo no sé quién soy. Pasé toda mi vida preparándome para ser la esposa perfecta y resulta que ni siquiera fui una esposa de verdad. Todo aquello por lo que luché, todo lo que aprendí, todo lo que sacrifiqué... ¿para qué sirvió?
Su voz descendió hasta convertirse en un simple susurro, uno tan frágil que parecía capaz de romperse con el silencio.
—Dime, nana ¿cómo se vuelve a vivir cuando descubres que el amor al que entregaste toda tu vida jamás existió?
— Cariño, lo único que tienes que hacer es irte a tu habitación y esclarecer tus pensamientos, tu corazón te dirá hacia donde dirigirte.
La residencia era amplia, elegante y acogedora. La madera oscura, las grandes ventanas y la luz cálida que iluminaba los pasillos creaban una atmósfera distinta de la solemnidad que Gala había asociado inicialmente con las propiedades de Herodes. Había libros en varias estanterías, fotografías discretamente colocadas y algunos objetos que sugerían que aquel lugar no era solamente una inversión ni una dirección más en su agenda empresarial.Era un hogar.Y mientras caminaba junto a él, Gala se descubrió imaginando cómo sería compartir más días allí. No una visita apresurada ni una escapada motivada por el agotamiento, sino mañanas tranquilas, desayunos sin llamadas urgentes y noches en las que pudieran conversar sin que una nueva crisis interrumpiera sus palabras.La idea la tomó por sorpresa. Apartó el pensamiento antes de que pudiera crecer demasiado, aunque no consiguió evitar que una sonrisa tenue apareciera en sus labios.Herodes la observó de reojo.—¿Qué estás pensando?—Nada im
Canadá los recibió con un aire fresco que parecía anunciar el comienzo de una vida distinta, aunque solo fuera durante unos días. Después de las horas de vuelo, Gala agradeció la sensación del viento sobre el rostro cuando descendió del avión privado y se detuvo un instante en lo alto de la escalerilla. El cielo comenzaba a teñirse con los colores del atardecer, y el paisaje que se extendía a su alrededor tenía esa serenidad que tanto había necesitado: árboles altos, caminos cuidados y una distancia considerable respecto al ruido que había dejado atrás en España.Herodes descendió detrás de ella, impecable como siempre, con el abrigo oscuro sobre los hombros y una mano extendida para ayudarla a bajar el último tramo. Gala aceptó el gesto, aunque no pudo evitar sonreír al notar que él mantenía los ojos puestos en ella incluso después de asegurarse de que había llegado al suelo sin dificultad.—¿Siempre vigilas a todo el mundo de esa manera? —preguntó, acomodándose el abrigo.—No.—Qué
Ella lo miró, indignada, pero la pregunta se le quedó atrapada en la garganta. Herodes no parecía dispuesto a rescatarla de aquella situación. Al contrario, tenía la expresión de alguien que había descubierto una nueva afición y no pensaba renunciar a ella demasiado pronto.—Estás aprovechándote de que estamos solos —consiguió decir.—No. Estoy aprovechando que mi esposa es una mujer extraordinariamente hermosa y que, por una vez, no tengo una reunión esperando al otro lado de una puerta.El rubor de Gala se intensificó. Herodes sintió una ternura inesperada ante aquella reacción. Le gustaba la mujer que discutía con él sin temor, la que defendía sus decisiones y no aceptaba que nadie la tratara como si necesitara permiso para vivir su propia vida. Pero aquella versión de Gala, que intentaba conservar su dignidad mientras el color de sus mejillas la delataba, despertaba en él un deseo diferente, más juguetón y sorprendentemente dulce.—Eres un descarado —susurró ella.—Solo contigo, s
Gala fue la primera en apartar la mirada, aunque necesitó reunir más voluntad de la que habría admitido para conseguirlo. Durante unos segundos, había permanecido atrapada en los ojos oscuros de Herodes, preguntándose qué estaría pensando aquel hombre que parecía capaz de guardar un secreto incluso cuando su silencio revelaba demasiado. Después de todo, no era la primera vez que lo sorprendía observándola, pero había algo diferente en aquella mirada. No tenía la distancia calculadora que utilizaba en las reuniones ni aquella expresión fría con la que acostumbraba a evaluar a sus interlocutores. Había una intensidad serena, casi íntima, que le provocó una sensación cálida en el pecho y la obligó a fingir que necesitaba acomodar la revista que tenía sobre las piernas.Se incorporó y alisó distraídamente la tela de su vestido. Necesitaba hacer algo con las manos, porque la idea de permanecer sentada mientras Herodes continuaba mirándola comenzaba a parecerle una prueba injusta. Por suert


















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