INICIAR SESIÓNValentina permaneció inmóvil frente a Dante.
Había escuchado las palabras.
Las había entendido.
Pero su mente se negaba a aceptarlas.
Valentina De Luca.
Ese apellido no significaba nada para ella.
Y, al mismo tiempo, sentía que acababa de cambiarlo todo.
—Quiero ver los documentos —dijo finalmente.
Dante no se movió.
—Valentina...
—Los documentos, Dante.
Su voz temblaba, pero no retrocedió.
Él caminó hasta el escritorio y sacó una carpeta de uno de los cajones.
La dejó frente a ella.
Valentina la abrió.
Había certificados.
Fotografías.
Recortes de periódicos.
Informes policiales.
Y una lista de nombres.
Todos tachados.
Todos pertenecientes a personas que, según aquellos documentos, habían muerto la misma noche.
Valentina pasó una página.
Entonces encontró algo que la hizo detenerse.
Nombre: Valentina Isabella De Luca.
Fecha de nacimiento: 12 de agosto de 2003.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Yo nací el doce de agosto.
—Lo sé.
—¿Quién más sabe esto?
Dante tardó unos segundos en responder.
—Muy pocas personas.
—¿Mi padre?
—Sí.
Valentina levantó la mirada.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
Una lágrima cayó sobre el documento.
—Me mintió durante veintitrés años.
Dante no intentó consolarla.
Quizá sabía que en aquel momento cualquier palabra sería inútil.
Valentina siguió leyendo.
Hasta encontrar una fotografía.
La tomó.
Era Isabella.
Su supuesta madre.
Joven.
Sonriendo.
Y junto a ella había un hombre.
Valentina lo reconoció inmediatamente.
—No...
Dante observó la fotografía.
—¿Lo conoces?
Ella asintió lentamente.
—Es la única fotografía que tengo de mi padre biológico.
Dante se quedó en silencio.
—Me dijeron que era un amigo de mi madre.
—Te mintieron otra vez.
Valentina miró la imagen.
—¿Quién era?
Dante respiró profundamente.
—Alessandro De Luca.
—¿Mi padre?
—Sí.
Valentina cerró los ojos.
Durante toda su vida había creído que su padre era el hombre que la había criado.
Ahora descubría que existía otro.
Un hombre cuyo apellido había desaparecido de los periódicos.
Un hombre al que todos daban por muerto.
—¿Qué pasó aquella noche?
Dante tomó la fotografía.
—La familia De Luca fue atacada.
—¿Por quién?
—No lo sabemos con certeza.
Valentina lo miró.
—Pero tú sí sabes algo.
—Sé que alguien quería eliminar a toda tu familia.
—¿Y mi madre?
Dante guardó silencio.
Valentina comprendió.
—Murió.
—Sí.
Ella bajó la cabeza.
Aunque nunca había conocido a Isabella, la noticia le dolió de una forma inesperada.
—¿Y mi padre?
Dante sostuvo su mirada.
—Su cuerpo nunca fue encontrado.
Valentina levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué?
—Nunca encontraron el cuerpo de Alessandro.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
—Entonces podría estar vivo.
Dante no respondió.
Y esa falta de respuesta fue suficiente.
—¿Está vivo?
—No lo sé.
Valentina dejó escapar una respiración temblorosa.
Por primera vez desde que había entrado en aquella mansión, una pequeña esperanza apareció entre todo aquel dolor.
Quizá no había perdido a toda su familia.
Quizá...
Pero entonces Dante tomó otra hoja.
—Hay algo más.
Valentina lo miró.
Él le entregó un documento.
Era reciente.
Muy reciente.
Había sido emitido apenas tres semanas atrás.
En él aparecía una sola frase:
“La heredera ha sido localizada.”
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Quién hizo esto?
—No lo sabemos.
—Entonces alguien sabe que estoy viva.
—Sí.
—¿Y me está buscando?
Dante asintió.
Valentina se quedó mirando el documento.
—¿Para matarme?
Dante se acercó.
—Eso todavía no lo sabemos.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Qué tranquilizador.
Dante no sonrió.
—Por eso quiero que el matrimonio se celebre cuanto antes.
Valentina levantó la mirada.
—¿El matrimonio?
—Mientras seas mi esposa, nadie podrá acercarse a ti fácilmente.
—¿Y qué ganas tú con esto?
Dante se quedó callado.
Valentina entrecerró los ojos.
—Exactamente. Eso es lo que no me has contado.
Dante sostuvo su mirada.
—Tu familia y la mía tienen una historia que todavía no conoces.
—¿Qué historia?
—Una que podría cambiar completamente lo que piensas de mí.
Valentina dio un paso hacia él.
—Entonces cuéntamela.
Dante negó lentamente.
—Todavía no.
Ella soltó una risa amarga.
—Claro.
Se dirigió hacia la puerta.
—Valentina.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
Dante la observó durante unos segundos.
—No confíes en nadie.
—¿Ni siquiera en ti?
Él tardó en contestar.
—Especialmente en mí.
Valentina salió del despacho.
Dante permaneció solo.
Esperó unos segundos antes de sacar su teléfono.
Marcó un número.
—Habla.
La voz al otro lado respondió inmediatamente.
—¿La encontró?
Dante miró hacia la puerta por donde Valentina acababa de desaparecer.
—Sí.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
Hubo silencio.
Después llegó una respuesta que hizo que Dante endureciera la mandíbula.
—Alguien acaba de enviar una fotografía de la chica.
Dante se quedó completamente quieto.
—¿A quién?
—A todos los miembros de las familias que participaron en la caída de los De Luca.
Dante apretó el teléfono.
—¿Qué decía?
La respuesta llegó en voz baja.
—Solo una frase.
Dante cerró los ojos.
—Dímela.
—“La heredera está viva. Y esta vez nadie podrá esconderla.”
Dante miró hacia el pasillo.
Valentina estaba a pocos metros de distancia.
Y acababa de comenzar una cuenta regresiva que ninguno de los dos podía detener.
Valentina llevaba más de una hora sentada en el borde de la cama. La fotografía seguía sobre sus piernas. La mujer del aeropuerto. La pulsera. La frase. Dile a Dante que su padre no fue el único que traicionó a los De Luca. No podía dejar de leerla. Una y otra vez. Como si las palabras fueran a cambiar. Pero no cambiaban. Dante estaba de pie junto a la ventana. —No voy a obligarte a creerme —dijo finalmente—. Pero necesito que entiendas algo. Valentina no levantó la mirada. —¿Qué? —No sabemos si esa mujer es Isabella. —Pero tú lo dijiste. —Dije que podría ser ella. —Para mí no es lo mismo. Dante se acercó lentamente. —Lo sé. Valentina dejó la fotografía sobre la cama. —¿Sabes qué es lo peor? —Dímelo. —Que ya no sé quién soy. Dante permaneció en silencio. —Toda mi vida tuve respuestas para las cosas más simples —continuó ella—. Mi nombre era Valentina Russo. Mi padre era Gabriel. Mi madre había muerto cuando yo era pequeña. Tenía una vida normal. Soltó una peq
Valentina permaneció inmóvil.Valentina no podía apartar la mirada de Alessandro. —No. La palabra salió apenas como un susurro. —No puede ser él. Alessandro no respondió. Dante permanecía a unos pasos, observándola. —¿Cómo se llama? —preguntó Valentina. Alessandro bajó la mirada. —Gabriel Russo. El nombre cayó sobre ella como un golpe. Gabriel. Su padre. El hombre que la había llevado al colegio durante años. El que le preparaba el desayuno cuando era niña. El que se quedaba despierto cuando tenía fiebre. El hombre al que había abrazado cada cumpleaños. —Él no... Valentina negó varias veces. —Él no pudo hacerle eso a mi familia. —Valentina —dijo Alessandro—, hay cosas que todavía no sabemos. Ella levantó la mirada. —Pero acabas de decir que su nombre está en la lista. —Sí. —Entonces dime qué hizo. Alessandro tomó aire. —No sabemos si participó voluntariamente. —¿Cómo que no? Dante intervino. —Hay una diferencia entre estar en una lista y haber ejecutado una
Valentina no podía apartar la mirada de Alessandro. —No. La palabra salió apenas como un susurro. —No puede ser él. Alessandro no respondió. Dante permanecía a unos pasos, observándola. —¿Cómo se llama? —preguntó Valentina. Alessandro bajó la mirada. —Gabriel Russo. El nombre cayó sobre ella como un golpe. Gabriel. Su padre. El hombre que la había llevado al colegio durante años. El que le preparaba el desayuno cuando era niña. El que se quedaba despierto cuando tenía fiebre. El hombre al que había abrazado cada cumpleaños. —Él no... Valentina negó varias veces. —Él no pudo hacerle eso a mi familia. —Valentina —dijo Alessandro—, hay cosas que todavía no sabemos. Ella levantó la mirada. —Pero acabas de decir que su nombre está en la lista. —Sí. —Entonces dime qué hizo. Alessandro tomó aire. —No sabemos si participó voluntariamente. —¿Cómo que no? Dante intervino. —Hay una diferencia entre estar en una lista y haber ejecutado una orden. Valentina lo miró. —
Valentina volvió a leer la carta. Una vez. Dos veces. Tres. Las palabras seguían allí. “Tu padre fue quien ordenó matarnos.” Levantó lentamente la mirada. Dante no apartó los ojos de ella. Por primera vez desde que lo conocía, no parecía el hombre frío y seguro que siempre tenía una respuesta. Parecía un hombre que acababa de perder algo. —¿Es verdad? —preguntó Valentina. Dante no respondió. —Dante. Alessandro permaneció en silencio. Valentina apretó la carta entre sus dedos. —Te estoy preguntando a ti. Dante cerró los ojos durante unos segundos. —Sí. Una sola palabra. Y fue suficiente. Valentina sintió que las piernas le temblaban. —Entonces tu padre... —Sí. —Él ordenó matar a mi familia. —Sí. —¿Y tú lo sabías? Dante negó. —No en aquel momento. —Pero después lo descubriste. —Sí. Valentina dio un paso atrás. —¿Cuándo? —Hace cuatro años. Ella lo miró con incredulidad. —¿Y desde entonces me has estado vigilando? —Sí. —¿Por qué? Dante respiró profunda
Valentina dejó de respirar. Durante unos segundos, todo lo que existía en aquella habitación fue aquella voz. Hija. Una palabra. Solo una. Pero había sido suficiente para destruir todo lo que creía saber sobre su vida. Dante permanecía frente a ella, completamente inmóvil. —Quédate detrás de mí —susurró. Valentina negó. —Es mi padre. —Precisamente por eso. —No sabes si es él. Dante la miró. —Sí lo sé. Ella frunció el ceño. —¿Cómo? —Porque yo también conozco esa voz. Valentina sintió un escalofrío. Los pasos se acercaron. —Valentina —repitió el hombre—. No quiero hacerte daño. Ella dio un paso hacia la puerta. Dante la sujetó suavemente del brazo. —Espera. —Llevo veintitrés años esperando. Él la soltó. Valentina salió del despacho. El hombre estaba al final del pasillo. Era mayor de lo que aparecía en la fotografía. Cabello oscuro con algunas canas. Barba corta. Una cicatriz atravesaba parte de su ceja. Pero sus ojos... Valentina los reconoció. Eran los
Valentina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —¿Alguien que conozco? Dante no respondió inmediatamente. Ella dio un paso hacia él. —Acabas de decir que la persona que ordenó matar a mi familia es alguien que conozco. —Sí. —¿Quién? Dante dejó el teléfono sobre la mesa. —No quiero decírtelo aquí. Valentina soltó una risa incrédula. —¿Aquí? Miró a su alrededor. —Estamos en una habitación secreta dentro de tu casa, después de que un desconocido intentara entrar en mi habitación. Creo que ya superamos el punto en el que importa el lugar. Dante la observó. —Es tu padre. El silencio fue inmediato. Valentina parpadeó. —¿Qué? —Tu padre sabe más de lo que te ha contado. Ella negó con la cabeza. —No. —Valentina... —No. La respuesta salió más fuerte. —Él me crió. —Lo sé. —Estuvo conmigo cuando era niña. —Lo sé. —Me cuidó. —Y también te ocultó tu identidad. Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. —Eso no significa que haya matado a mi fam







