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16 | El reflejo roto

last update Fecha de publicación: 2026-01-10 07:04:35

El eco de las palabras de Alexander en el ático aún vibraba en las paredes cuando Lauren fue escoltada de regreso a su habitación. Pero no era la misma estancia de antes; ahora se sentía como una celda de cristal donde cada movimiento era registrado por las cámaras que acababa de descubrir. El arma que Alexander le había entregado pesaba en el cajón de la mesilla como un reproche de hierro. Fuera, la tormenta arreciaba, y con ella, la llegada inminente de la verdadera Rebecca.

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  • La esposa reemplazada    70 | La herida abierta

    El almacén de Ginebra se había transformado en un mausoleo de verdades calcinadas. El silencio que siguió a la reproducción del video era más denso que el humo que alguna vez llenó los pasillos de Santa María. Lauren permanecía de pie, con la tableta digital —el símbolo de su nuevo poder financiero— pesando en su mano como una piedra de molino. Frente a ella, Alexander Rosewood ya no era el titán invulnerable, ni el estratega frío, ni el héroe que ella había idolatrado durante una década. Era un hombre encadenado a una silla, con la cabeza gacha, cuyo mayor secreto acababa de ser proyectado en una pantalla de alta definición.Malcom Burke, observando la escena con una satisfacción casi religiosa, dio un paso hacia Lauren, saboreando el colapso del ídolo. Pero Lauren no lo miró. Su vista estaba fija en el hombre que, según el video, la había soltado para salvarse a sí mismo.—Suéltenlo —ordenó Lauren. Su voz no tembló, pero carecía de calor.Los hombres de Aegis, ahora bajo su mando di

  • La esposa reemplazada    69 | La jugada de la pianista

    El frío de Ginebra se filtraba por las paredes blindadas del Banque de Crète, pero el hielo que recorría las venas de Lauren Moore era de una naturaleza distinta. Miró la pantalla donde Alexander —el verdadero, el hombre que le había entregado su vida y sus secretos— sangraba bajo la luz de una lámpara industrial, custodiado por la sombra obsesiva de Malcom Burke.Malcom creía que la conocía. Creía que tras años de observar sus manos sobre el piano y sus lágrimas en la celda de Blackwood, ella era una criatura de porcelana que se rompería bajo el peso de una amenaza directa. Pero Malcom había cometido un error de cálculo fatal: Lauren ya no era la pianista que esperaba ser rescatada; era la mujer que había aprendido a leer las partituras del poder en el silencio de la traición.Lauren no llamó a la policía. No contactó a las unidades de "Vanguardia" que Alexander solía dirigir. En lugar de eso, se sentó frente a la terminal financiera de la bóveda suiza, usando la llave de titanio de

  • La esposa reemplazada    68 | El testamento de la gemela

    El amanecer sobre la ciudad tenía el color de la ceniza y el hierro. Tras el estruendo y el silencio mortal del hotel Grand Imperial, el mundo parecía haberse detenido en un suspiro de horror. El cuerpo de Rebecca Moore yacía sobre la alfombra de la suite, rodeado de fragmentos de cristal que reflejaban la luz de las sirenas de policía que ascendían por la fachada de cristal del edificio. Lauren, sentada en el suelo con el bebé apretado contra su pecho, no podía apartar la vista de los ojos abiertos de su hermana, que ahora, en la quietud de la muerte, habían perdido la chispa de la locura para recuperar una paz que no conocieron en vida.Alexander se acercó a Lauren, cojeando pesadamente. Sus pies, destrozados por la caminata sobre el vidrio, dejaban huellas de sangre que marcaban el final de una era. Los forenses y los agentes de la unidad de élite ya estaban asegurando el perímetro, pero Alexander levantó una mano para detenerlos.—Nadie la toca —ordenó, su voz era un susurro ronco

  • La esposa reemplazada    67 | El silencio es vida

    El aire en el piso 40 del Grand Imperial se había vuelto una sustancia sólida, una masa de presión invisible que amenazaba con aplastar los pulmones de Lauren. El silencio ya no era la ausencia de ruido; era un arma cargada. A través de la mirilla de la suite, podía ver la silueta de Alexander, una sombra de dolor y determinación que avanzaba pulgada a pulgada sobre una alfombra de cristales de Bohemia. Cada paso de su marido dejaba un rastro de sangre escarlata, pero su rostro permanecía como una máscara de piedra, negándose a emitir el gemido que volaría el edificio en pedazos.Dentro de sus brazos, el bebé se puso rígido. Lauren sintió el espasmo en el pequeño pecho, la toma de aire profunda que precedía al llanto que lo sentenciaría todo. El rostro del niño se tornó púrpura. El sensor de sonido en el techo pasó de un ámbar parpadeante a un rojo sólido y frenético.Lauren, en un estado de hiperlucidez inducido por el terror, recordó las lecciones de acústica de su juventud en el co

  • La esposa reemplazada    66 | El heredero Pierce

    La suite 402 del Grand Imperial se había transformado en un escaparate de cristal suspendido sobre un abismo de depravación digital. Lauren, con el corazón martilleando contra sus costillas, observaba el monitor de su tableta mientras el contador de espectadores en la Dark Web ascendía con la frialdad de un cronómetro de ejecución. Los pasos en el pasillo, rítmicos y pesados, no eran los de un equipo de rescate, sino los de un equipo de limpieza que no buscaba el anonimato, sino la gloria sangrienta de un espectáculo transmitido para los sádicos más ricos del mundo.En el centro de control improvisado, a solo tres pisos de distancia, un hombre observaba las pantallas con una copa de vino de Burdeos en la mano. No vestía el traje blindado de los mercenarios, sino un conjunto de cachemira gris y una bufanda de seda. Era Julian Pierce, el hijo menor de Silas, el que la familia había mantenido oculto en las academias más elitistas de Europa.A diferencia de su padre, que codiciaba el pode

  • La esposa reemplazada    65 | El juicio de la alcoba

    La noche se cerró sobre la mansión Rosewood con la pesadez de una mortaja. El documento oculto bajo el colchón parecía emitir un calor radiactivo, una prueba física de que el hombre que dormía a escasos centímetros de ella, respirando con la cadencia rítmica de un santo, era el ejecutor legal de su propio padre. Lauren no cerró los ojos. Cada vez que lo intentaba, veía la firma de Alexander —elegante, afilada, definitiva— al pie de la orden de desconexión de Silas Moore.Cuando los primeros rayos de un sol gris se filtraron por las pesadas cortinas de seda, Lauren ya no era la mujer que había entrado en esa cama. Se levantó con una calma que nacía de la devastación absoluta.Alexander despertó cuando Lauren encendió la luz principal de la alcoba. Él parpadeó, confundido por la brusquedad, pero su instinto de alerta se activó al ver el papel que ella sostenía entre sus dedos temblorosos. El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito.—¿Cuándo pensabas decírmelo? —pregunt

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