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123 Inolvidable

last update Fecha de publicación: 2022-06-28 20:46:18

Dos horas después despertó en una clínica, Ignacio estaba sentado a su lado, ella abrió sus ojos y lo observó.

—¿Dónde estamos? —Él se puso de pie y se acercó.

—En la clínica, estuviste desmayada dos horas. No sé si recuerdas que estabas en la casa. —Amelia se sentó, te tocó la frente, le dolía la cabeza.

—Si, recuerdo.

—¿Qué te sucedió? ¿Por qué te desmayaste?

De pronto recordó.

—Creo que recordé algo. —Ignacio algo asombrado le dijo:

—¡Si! ¿Qué recordaste?

—No lo sé, cosas que no entendí. Era como si deseara huir, no quería ser Silvia. Había un hombre que me decía cosas, se llamaba Marino. —Igancio se mordió sus labios con nerviosismo.

—¿Qué recordaste de Marino?

—Me estaba dando consejos, me dijo que me mirara al espejo y dijera mi nombre… me dijo Amelia.

Ignacio no sabía cómo asumir que ella hubiera recordado una charla que tuvo con Marino y que había registrado en su diario. Aquello era una fuerte señal que ella podía recordar, pero no podía explicarle que la conversación que sostuvo con ese hombre se trataba de la usurpación. 

—¿Sabes quién es Marino? —Ignacio negó con la cabeza.

—No, pero tal vez sea un amigo que tenías.

—No, le tenía miedo a ese hombre, sentía que era alguien muy peligroso, y me dijo Amelia. —Ignacio le agarró la mano.

—Es un recuerdo confuso, pero lo que importa es que existe la posibilidad de que comiences a recobrar la memoria. Deseo que recuerdes todo. 

—No sabes cuánto deseo hacerlo.

Ignacio se acercó más a ella y mirándola a los ojos le dijo:

—Perdoname… por lo que hice, sé que lo que te está pasando es difícil para ti… no debí actuar así. —Ella apretó su mano y puso una tenue sonrisa.

—Te amo, te amo a ti y a mis hijos, es lo único de lo que no tengo dudas.

—Lo sé.

—Pero después de eso, no hay nada, siento que todo es oscuridad y vacío. Siento que si te pierdo a ti o a mis hijos iré al infierno —Estalló en llanto—. No me quedaría nada si los pierdo.

A Ignacio se le aguaron los ojos.

—Estamos justos —Besó su mano—. No voy a dejarte, sabes que estaré a tu lado hasta que superes todo esto y recobres la memoria. 

—Si, debo intentar dejar este miedo que me atormenta.

—Hagamos algo, adelantáremos el viaje a Houston, hablaré más tarde con tío Ignacio y le voy a pedir que hable con un doctor que es amigo suyo, para que le pida que te consiga una cita con ese neurólogo cuanto antes, ¿te parece?

Amelia asentó con la cabeza, tenía las mejillas llenas de lágrimas y un talante medroso.

Regresaron a la casa, se quedaron un rato con los niños en el cuarto de juegos, ello ayudó a Amelia a calmarse y a olvidar sus congojas.

Por la noche Amelia se cambió y se puso la bata de dormir. Se paró frente a la cómoda y se quitó el collar y  los pendientes. Ignacio llegó cargando la chaqueta de su traje sobre el brazo y la dejó en el perchero; luego se acercó a ella por atrás y la sujetó de la cintura, le dio un beso a un lado del cuello.

—Me encanta tu perfume, dulce y sensual, tu piel de melocotón me seduce, me llama. —Amelia se dio vuelta y lo abrazó.

—Amo todo de ti —Olió su camisa—. Me encanta el perfume que usas, se parece a ti, y tu mirada me envuelve, tú voz hace que mi corazón palpite más rápido de la emoción que siento al tenerte cerca. —Ignacio se quedó mirándola a los ojos, olvidó por un momento que ella no recordaba el pasado y le dijo:

—¿En qué momento te enamoraste tanto de mí? —Ella sin desprenderse de su mirada respondió:

—No lo recuerdo, solo sé que te amo. —Ignacio la envolvió en sus brazos y comenzó a besarla apasionadamente. Mientras lo hacía, jaló las tiras de su bata y las deslizó hasta sus codos, besó sus brazos, y de nuevo sus labios. 

Amelia se dejó envolver por la pasión y el deseo de amar y ser amada. Le desabrochó la camisa y besó su pecho mientras bajó sus manos y le soltó el cinturón.

Ignacio continuó acariciándola y terminó de deslizar las tiras de su bata, la dejó caer al suelo dejando al descubierto su cuerpo, una vez más la haría suya. Ella lo desnudó, excitada respiraba con agitación. 

Miró su miembro erecto y lo tocó, en su rostro se veía el morbo que tenía por dentro. Ignacio la deseaba cada vez más, su deseo por ella era insaciable.

La llevó a la cama y la acostó boca arriba, con delicadeza besó su vientre, acarició su ombligo suavemente con su lengua. Muy despacio bajó un poco más, se detuvo en la línea del bikini y besó su piel; después bajó otro poco hasta llegar a su intimidad; aún no había explorado esa área de su cuerpo, allí comenzó a darle un nuevo tipo de placer.

Amelia no podía con esa deliciosa sensación, su interior se estremecía, sus piernas intentaban cerrarse pero Ignacio se lo impedía. Sus pies se contorsionaban y con sus uñas rasgaba la sabanas mientras que de su garganta salían gemidos incontenibles de placer.

Esa noche Amelia descubrió otra forma de alcanzar un orgasmo, sintió que esa había sido la primera vez que recibía ese tipo de caricias; si ya lo habían hecho en el pasado, no lo podía recordar.

Esa noche vivieron más con intensidad el momento de la intimidad, Amelia entre los brazos de Ignacio olvidó por completo los pensamientos tormentosos acerca de su pasado, pareció recobrar la paz, y dejó de lado la idea de hurgar y de buscar esos diarios que registraban su vida.

Cuando se fueron a dormir,se acostó de medio lado dándole la espalda a Ignacio. En medio de la luz tenue que ingresaba por la ventana, y acompañada por el silencio de la noche, meditó en todo lo que le preocupaba y le causaba temor; a solas llegó a la conclusión que lo mejor era confiar en su esposo, entonces recordó lo que Ignacio le dijo días atrás cuando Jimena le insinuó cosas de su pasado:

«—Debes tranquilizarte  Nada malo te va a pasar mientras permanezcas en esta casa… si hay cosas que no he querido contarte.

—¿Qué cosas? —Preguntó Amelia.

—No quiero decírtelas todavía; por favor ten paciencia, te las diré cuando sea en momento apropiado, cuando estés más fuerte y segura de tus decisiones.

—¿Por qué?

—Porque te vas a confundir, antes de decirte esas cosas quiero que recuerdes aunque sea algo de nosotros dos, quiero que recuerdes que me amabas a mi y no a otro hombre.»

Después de recordar esa charla, Amelia concluyó que lo mejor era primero trabajar en su memoria tal y como Ignacio se lo dijo, si había algo que debía enfrentar, lo haría, así como él ya lo estaba haciendo; dejó de lado sus miedos y decidió vivir en paz su amor.

Días después viajaron a Houston y se hospedaron en un hotel. El viaje solo sería por una semana mientras le realizaban algunos estudios a Amelia.

Ignacio aprovechó la ocasión para llevarla a conocer muchos lugares; fueron al teatro, al ballet, al cine, visitaron museos, plazas. 

Una noche regresaron muy alegres al hotel, Ignacio le dijo:

—Siento como si estuviéramos de luna de miel. —Ella sonrió.

—Ha sido lindo estos días a solas contigo, ahora siento que te conozco más.

—Y yo a ti. —Ella le dio un beso.

—Voy a ducharme, necesito hacerlo antes de irme a descansar.

—Voy a hacer una llamada y luego iré  a ducharme contigo.

—Está bien, te espero.

Más tarde cuando estaban relajados en la cama Ignacio le dijo:

—¿Recuerdas la llamada que iba a hacer hace rato?

—Si.

—Era a un amigo de Andrés que está vendiendo su apartamento aquí en Houston, le dije que nos apartara un chance para mañana ir a verlo, si te gusta lo compramos, vale la pena tener un lugar a donde llegar cada vez que vengas a ver al doctor.

—Sería nuestra casa aquí en Houston.

—Si. —Amelia entristeció.

—Quisiera  que pudieras venir aquí siempre que me toque viajar.

—Yo también lo deseo, pero mis tías van a acompañarte cuando no me sea posible viajar. Además me parece estupendo que no tengamos que mudarnos a vivir aquí, así no hay necesidad de renunciar a la presidencia del grupo.

—Tienes razón; después que has luchado tanto por la empresa no sería justo dejarlo todo.

***

Al otro dia fueron a ver el apartamento, este se ubicaba en un complejo de edificios de lujo. Amelia quedó encantada desde que entró, era amplio, decorado con buen gusto y parecía muy acogedor.

—Los niños se sentirán muy bien aquí, las habitaciones son hermosas.

—Si te gusta llamo al dueño para hacer la compra.

—¡Me encanta!

—Nos podemos mudar aquí hoy mismo para disfrutar nuestra nueva casa los días que nos quedan en la ciudad. —Se dieron un beso.

—¿Entonces si lo quieres? —Ella se paró frente a él y tocó su pecho, con una sonrisa llena de picardía respondió:

—Si, quiero que hoy mismo estrenemos esa cama matrimonial. 

—¿Esta noche? Yo creí que ahora mismo deberíamos hacerlo.

—No, mejor en la noche; quiero organizar una velada especial, deseo que sea un momento inolvidable para los dos, y que cada vez que vengamos a este apartamento recordemos la primera noche juntos en esa habitación.

Por la tarde llevaron las maletas del hotel al apartamento, Amelia sin que Ignacio se enterara ordenó una cena para dos y puso la mesa con velas y una botella de vino. 

Ignacio había salido a reunirse con el dueño del apartamento y los abogados. Cuando regresó ya eran las siete de la noche. Vio la mesa dispuesta para dos, de pronto Amelia salió de la habitación, se había puesto un elegante vestido color negro, con un escote en forma de V muy pronunciado, este colgaba de sus hombros con tiras de perlas.

Ignacio escaneó su atuendo de arriba abajo, ella usaba un par de zapatillas muy altas y tan escotadas como el vestido, sus preciosos y sensuales pies estaban  descubiertos. Además se había maquillado y arreglado el cabello para la ocasión.

—¡Qué hermosa estás! —Contemplándola con admiración se acercó a ella y la agarró de la mano.

—¿De dónde saliste? ¡Jamás te había visto! —Amelia se rió.

—¿De qué te ríes? ¿Acaso mi asombro te causa gracia? —Ella sonriendo asentó. Ignacio dejó de exagerar con sus comentarios y en serio le dijo:

—Estás cada día más y más hermosa. —Amelia agregó.

—Cada día me siento más enamorada de ti, quiero impresionarte y hacerte sentir como un rey. Esta noche deseo que sea perfecta e inolvidable, quiero que todo este apartamento  sea testigo de nuestro amor y nuestra pasión. 

Se besaron por un momento, luego Amelia se acercó al comedor y destapó la botella de vino, mientras servía las copas Ignacio se sentó en el sofá sin quitarle los ojos de encima.

Ella agarró el par de copas y caminando con elegancia se acercó a él, Ignacio agarró la copa que ella le ofreció. Amelia se sentó.

—Brindemos por esta noche —Pegó su copa contra la de Ignacio— Será una noche inolvidable para los dos. 

Bebieron un sorbo, Ignacio no podía dejar de mirarla, nunca la había visto vestida tan elegante; esa noche descubrió que Amelia era una mujer deslumbrante, se percató que era mucho más hermosa que Silvia, pensó en sus adentros que Amelia habría sido una buena caza fortunas si hubiera querido serlo.

"Una mujer así puede tener rendido a sus pies a cualquier hombre con dinero, cualquiera de los que conozco caería con su belleza"

Rápidamente sacudió sus pensamientos, ni siquiera supo de dónde le salió pensar en ello, no se dio cuenta que fue producto de un absurdo miedo de que llegara el momento en que ya tendría que mostrársela a todos; en alguna fiesta o en cualquier evento obligatorio tendría que llevarla. Todos los hombres millonarios de los que vivía rodeado podrían sus envidiosos ojos sobre Amelia. Los celos lo invadieron por dentro solo de pensarlo. 

Bebió otro sorbo de vino y dejó la copa sobre la mesa de centro, luego le quitó la de ella y la dejó al lado de la suya. Se acercó a Amelia, mirándola con deseo le agarró un mechón de su cabello y lo besó.

Con una voz seductora le dijo

—Eres más hermosa de lo que puedo soportar, no quiero que nadie más que yo te vea. 

Comenzó a besarla, metió los dedos de una mano entre su cabello, con la otra le acarició el muslo, subiendo apenas un poco. Amelia cerró sus ojos y tiró su cabeza hacia atrás, Ignacio olfateó su cuello, luego pasó su lengua, saboreando su piel, despacio se acercó hasta  donde comienza la redondez de sus pechos, allí se quedó, acariciándolos con  besos insinuantes que tentaban a bajarle el vestido y dejarlos al descubierto. De pronto subió su mano por su muslo casi hasta su intimidad, un pequeño gemido escapó de la garganta de Amelia que estaba deseando recibir placer de su hombre. 

Ella abrió sus ojos, estaba ruborizada por la excitación, Ignacio estaba que le arrancaba la ropa, pero conocía la regla del buen amante, debía mantener la expectativa de Amelia por un buen rato, la espera formaba parte de una noche de placer, y si ella deseaba que fuera una noche inolvidable, él no lo echaría a perder todo en cinco minutos. 

De pronto dejó de tocarla, Amelia no sabía que estaba haciendo. Ignacio se inclinó hacia la mesa, tomó las copas y le acercó a Amelia la suya.

—Yo también quiero brindar por esta noche inolvidable. 

Amelia estaba ardiendo por dentro, sentía la humedad en medio de sus piernas, estaba deseando arrancarle la ropa a Ignacio, acostarse en el sofá y tenerlo encima de su cuerpo; pensaba en enroscar sus piernas alrededor de su cintura y arañar su espalda mientras él la estuviera invistiendo con su miembro erecto dentro de ella.

Amelia estaba comenzando a sentir y a experimentar cosas nuevas con su cuerpo y su mente. Todas parecían nuevas y recién descubiertas, no sabía si antes ya las habría vívido. Por su parte Ignacio estaba consciente que Amelia era joven, con la fuerza que una mujer de su edad solía tener, con ganas de vivir y experimentar; en sus adentros pensaba que debía seguirle el ritmo y llevarla a vivir todas aquellas cosas que él ya había experimentado cuando aún era un hombre soltero.

Amelia tenía un huracán de pasión por dentro, no sabía de dónde le salían tantas ganas, desde que llegaron a Houston hacían el amor casi todas las noches, pero ella parecía no saciarse de Ignacio, cada vez lo deseaba más.

Con la botella de vino y charlas él dilató el momento esperado; luego bailaron una melodía romántica, los besos, las palabras románticas y seductoras no podían faltar; hasta que el deseo se hizo incontrolable.

Ignacio recostó a Amelia bruscamente contra la pared, se paró detrás de ella y la sujetó de la cintura, comenzó a decirle cosas obscenas al oído seguido de caricias con la lengua; Amelia gemía de placer, su piel estaba estremecida, tenía duros sus pezones que pedían a gritos las caricias de Ignacio. Él subió sus manos y agarró sus pechos por encima de su vestido, sintió su dureza y comenzó a acariciarlos con movimientos sensuales. 

Despacio le bajó el cierre del vestido, luego jaló las mangas  de los hombros y continuó hasta que este cayó por completo, Amelia quedó casi desnuda, solo con las bragas y el par de zapatillas que la hacían ver muy sensual. 

La dejó lista para la acción, entonces se quitó la chaqueta, Amelia volteó y tomó el control, ella misma lo desnudó y fueron al sofá, se sentó sobre él y comenzó a besar su pecho y tocar su miembro, provocandolo con movimientos suaves a lo largo de su falo. 

Ignacio cerró los ojos y jadeó por el placer, con esas caricias sucumbió al deseo; bruscamente la acostó sobre el sofá y le arrancó las bragas, dejándola solo con el par de zapatillas escotadas que dejaban ver la sensualidad de sus pies. Luego se puso de pie y agarró a Amelia de la mano. 

Ambos de pie comenzaron a besarse, él con sus ardientes manos acarició su espalda y su cintura, Amelia sentía la atracción de su cuerpo masculino sosteniendo delicadamente entre sus brazos.

Para lo que Ignacio tenía pensado hacerle era mejor ir a la cama. Sin soltarse y dándose besos fueron a la habitación, envueltos en un mar de pasión unieron sus cuerpos, se amaron como nunca; esa noche sería inolvidable para los dos.

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Comentarios (3)
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Rosa Martinez
ahora si Amelia se esta entregando a Ignacio pero por amor y no por deseo aunque ella siga sin memoria
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Daniela Lourdes Amador Ortega
Me encanta todo tu libro que lindo que amelia ame a Ignacio por favor has que si recuerda y recupere su memoria que se quede con Ignacio
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Gio Kennedy
Me encantó el cap. Un poco de paz y amor para el pobre de Ignacio
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