INICIAR SESIÓN***
El lunes en la tarde Ignacio estaba inquieto, y habló con Diego a solas en su oficina.
—Siento que ya no aguanto más, quiero confrontar a Silvia, decirle que ya sé todo lo que dice en esos diarios.
—Me parece bien, pero me preocupa que se asuste e intenté escapar.
—Ya tengo cuatro hombres que la van a tener vigilada de día y de noche.
—Bueno, es lo ideal.
Amelia bajó con Mari Ángel al jardín a pasar tranquilamente la tarde, estaban jugando al gato y al ratón cuando Ignacio regresó de la oficina.
Él salió al jardín y vio a Silvia jugando con la niña, ella parecía la madre más feliz y sencilla del planeta, nadie podría imaginar que esa mujer que parecía tan dulce y abnegada con su hija fuera una mujer capaz de hacer tantas cosas malvadas, y de acostarse con hombres como Marino Calavera.
Sintió indignación por dentro, no podía seguir disimulando que ignoraba lo que decía en esos diarios.
Con impulsividad se acercó a ellas de repente, agarró a Mari Ángel la apartó de su madre, la sonrisa que Amelia tenía en su rostro de inmediato ensombreció, Ignacio la juzgó con la mirada y sin decirle nada se marchó del jardín con la niña llevándola dentro de la casa.
—Quiero jugar con mamá al gato y al ratón.
—Ya no, vamos al cuarto de juegos a dibujar.
—No quiero. —La niña salió corriendo porque quería estar con Silvia, Ignacio la siguió y la cargó.
—Vamos al cuarto de juegos. —Subió las escaleras con la niña alzada, Amelia sintió rabia por lo que hizo y subió furiosa dispuesta a enfrentarse a él.
En el cuarto de juegos en un un tono de voz poco amigable le dijo:
—Ignacio.
—¿Qué?
—Hablemos afuera.
El salió al pasillo y cerró la puerta para que la niña no los escuchara. Luego miró a Silvia con el ceño fruncido.
—¿Dígame qué quiere hablar?
—¿Por qué fastidias a la niña? no estábamos haciendo nada malo en el jardín.
—No se me da la gana de dejarla jugar contigo. —Él se dio vuelta para estirarse, Amelia enardecida lo siguió.
—¿Por qué te comportas tan infantil?
—Tengo mis razones.
—No creo que existan razones que justifiquen ese tipo de comportamiento, parece que odias verme feliz con la niña.
—Por supuesto que odio verte feliz, no lo mereces, ni siquiera mereces ser la madre de mi hija.
Amelia se dio cuenta que Ignacio quería guerra, comprendió que no valía la pena discutir más por eso, entonces lo dejó y se fue a su habitación, cerró la puerta y comenzó a respirar profundo para calmarse y se dijo:
—No debo discutir más con Ignacio, debo controlarme.
Se se acercó a la cómoda y se sirvió un vaso de agua, bebió un poco, luego pensó:
"Este infierno no va a acabar hasta que yo desaparezca de esta casa."
De pronto Ignacio entró sin antes tocar la puerta.
—¿Ahora qué quieres Ignacio? Recuerda que debo estar tranquila, no pienso continuar discutiendo contigo.
—¡Leí tus diarios! —Gritó Ignacio.
Amelia lo escuchó y abrió grande sus ojos , el rostro le empalideció y se quedó muda.
Consternada se acercó a la cómoda y le dio la espalda a Ignacio, luego con una voz medrosa le dijo:
—¡Entonces ya sabes todo!
—Si, ya sé todo eso que no sé cómo demonios llamar.
—Supongo que ahora comprendes por qué no puedo quedarme contigo.
—Por supuesto que no puedes quedarte conmigo; tampoco debiste llegar a mi vida jamás; solo apareciste para mentirme, para utilizarme y para hacerle daño a toda mi familia. Jamás se me cruzó por la mente que fuiste amante de Alejandro… esa ha sido la más inmensa de tus ofensas contra mi persona, y lo de Marino, tal vez no tenías la culpa, pero cometiste muchos crímenes, y no sé si aún lo sigues haciendo.
Amelia se veía impresionada y no dijo una palabra, solo dejó que él continuará.
A Ignacio se le enrojecieron los ojos de la ira que sentía, y movía sus manos como si deseara agarrar a Silvia y matarla.
—No puedo creer la clase de fichita que eres… y lo peor de todo es que es la madre de mi hija, ¡qué error tan grande cometí casándome contigo.
—¿Me dejarás ir ahora que sabes todo?
—¿A dónde piensas ir?
—A mi apartamento. —Ignacio le miró el vientre.
—En seis o siete semanas nacerá, solo debo soportarte ese tiempo aquí en mi casa. No dejaré que te vayas ahora que sé que eres la amante de ese mafioso —Alzó la voz —. seguramente saldrás de aquí a revolcarte con él.
—No grites.
—¿Qué? ¿Te da vergüenza que todos en el complejo oigan que la flamante esposa de Ignacio Alcázar es amante de un narco?
—¡Basta!
—Hablas cómo si te estuviera ofendiendo, y no lo comprendo, si eres una zorra de poca monta, no debería sentirte tan agraviada, las putas jamás se ofenden.
Amelia le dio una cachetada con todo el peso de su brazo.
—Eres un patán que no sabe como tratar a las mujeres, un caballero jamás insultaría a una mujer, menos si está embarazada.
—Tu no eres una mujer, eres un demonio, ahora que sé quién eres en verdad te aborrezco, me da asco solo de pensar que dormí contigo en la misma cama.
Amelia de pronto sintió que sus ojos se llenaron de lágrimas, se esforzó contenerlas, Ignacio se percató y se acercó a ella, le tocó el rostro con agresividad.
—¿Por qué lloras? Por qué no solo actúas como antes que te reías cuando me veías enojado.
Ella no respondió, intentó alejarse de Ignacio, pero él se acercó de nuevo.
—No logro comprender nada de lo que haces, cada día me desconcierta más. Ahora lloras, pasas rabietas, atacas a mi prima, me alzas la voz y me pegas, hasta me matas con la mirada; a parte de eso me dejaste descubrir cosas de ti y te pusiste en riesgo, porque con esos diarios tengo pruebas suficientes y puedo entregarte a la policía.
—No lo hagas.
—Aún no sé si deba o no hacerlo, solo me detiene Mari Ángel, pero aun lo estoy decidiendo.
—Solo necesito irme lejos, te dejé los diarios para que supieras que no merezco estar en esta casa.
—Tenías razón cuando me dijiste que esta verdad no me dejaría amarte, de verdad no puedo estar en paz sabiendo que tengo a una criminal durmiendo al lado de mis hijos.
—Por eso debería marcharme ahora mismo a mi apartamento, para que estés tranquilo.
—Solo me preocupa ese hijo.
—No eres su padre, ya te lo he dicho.
—No podré estar en paz hasta comprobarlo.
—No es tuyo.
—¿Entonces de quién? ¿De ese mafioso? La miró con desdén.
—Sentiré lástima de ese niño si no es mío. —Meneó la cabeza, Amelía se ruborizó sintiéndose ofendida.
—Mi hijo no necesita la lastima de nadie; lástima deberías sentir de tus propios hijos que tienen de padre a un patán como tú.
Ignacio se rió con cinismo.
—Mis hijos tienen una buena familia, un buen apellido; en cambio tú ¿qué tienes aparte de ser la perrita de un narco?
—Eres un estúpido, y pensar que llegue a creer que eras una gran hombre, pero solo eres un idiota que se cree la gran cosa porque heredó la fortuna de su familia. Sabes qué, me alegra todo lo que te ha tocado sufrir por culpa de tu esposa, estoy empezando a creer que te lo mereces, y como lo dice en esos diarios, Alejandro es mucho más hombre que tú.
Ignacio la miró como a la más insignificante de las mujeres, de pronto le dio una bofetada a Silvia.
Amelia se agarró la mejilla sintiendo que se le quemaba del ardor.
—¡Desgraciado!
—¿No y que Alejandro era más hombre que yo? ¿O ya olvidaste que golpeaba a su prometida, después a su esposa? Bueno, a la mujer que obligó a ser su esposa, porque la tenía secuestrada. Tal vez eso es lo que me hace falta, ser como Alejandro, secuestrarte y pegarte para que aprendas a respetarme.
Amelia no conocía toda la historia de Alejandro, tampoco sabía que había secuestrado a una mujer y la había obligado a ser su esposa.
Ignacio continuó:
—Sabes, no está mala la idea, me voy a convertir en Alejandro de ahora en adelante, excepto claro, que no voy a involucrarme en el narcotráfico, pero voy a tratarte igual como él lo hacía con sus mujeres y veré qué sale de todo esto.
—Si te atreves a pegarme o a maltratarme vas a conocerme de verdad.
—Ya no me hace falta conocerte más, no me sorprendería si descubro otras cosas de ti. No olvides que tengo en mis manos esos diarios, si te escapas de esta casa te denuncio con la policía.
—No te tengo miedo, te lo voy a demostrar, y si quieres hacerme la vida imposible, yo también te la haré a ti.
Ignacio puso una mirada aplastante.
—Perfecto, me gusta que al fin hayas dejado de fingir esa candidez que has mantenido durante meses, de verdad llegué a creer que habías cambiado, pero no, sigues siendo la misma arpía de siempre.
—Lárgate que no soporto tu presencia.
—Vas a tener que soportarme, y no te imaginas el infierno que haré de tu vida.
Ignacio la dejó sola, Amelia corrió y cerró la puerta con seguro.
La mejilla aún le ardía, se miró en el espejo de la cómoda y vio que la tenía roja.
"Se atrevió a pegarme."
Una lágrima de amargura recorrió esa misma mejilla.
“Me volví a equivocar, antes lo hice con Mario, y me traicionó después que le dediqué seis años de mi vida; después creí en Ignacio, me enamoré de él como una tonta sin conocerlo, y resultó ser un patán. Pero no voy a permitir que me vuelva a humillar, le haré la vida tan miserable como él intenta hacerlo conmigo.
Llegaron a un lindo restaurant. Esa noche Amelia se sintió como una reina, Ignacio se encargó de que todo fuera perfecto. Pidió una copa de vino para él, y para Amelia desde antes había ordenado un cóctel de copa sin alcohol. El mozo sirvió ambas copas, primero le acercó a Amelia la suya, ella la recibió y le dio las gracias con una gran sonrisa, después le entregó a Ignacio la otra. Cuando el mozo se retiró, Ignacio le dijo: —Quiero brindar porque ya soy un hombre libre y porque pronto serás mi esposa. —Con una sonrisa ambos brindaron y bebieron el primer sorbo; luego Amelia le agarró la mano y le dijo: —Yo quiero brindar por ti y por nuestra felicidad. Ahora me siento segura, sin miedos, y sin ninguna duda. Te amo y le doy gracias al cielo porque te pude recuperar —Sus ojos se llenaron de lágrimas —. Creí que nunca estaríamos juntos de nuevo, pero estás aquí, conmigo. —Nunca nos volveremos a separar. —Brindemos. Brindaron y bebieron de sus copas; de pronto Amelia sintió que un
Amelia quiso visitar a Rosalía al hospital ese mismo día. Cuando llegó donde ella estaba, Rosalía tenía yesos en sus brazos y en una pierna. En ese momento se encontraba sola, su madre y dos tías que estaban pendientes de ella bajaron a la cafetería. Rosalía estaba cabizbaja, y se sorprendió un poco al ver a Amelia. Se miraron a los ojos.—No esperaba verte llegar.—¿Cómo estás? —Fatal.—Siento mucho lo de tu embarazo. Rosalía volteó levemente su cara hacia otro lado y no respondió nada al respecto. Estaba triste, a la vez avergonzada. Amelia agregó:—Mi tía me contó que Mario era su padre.—Supongo que debes estar muy enojada por eso.—No.—Es tu esposo al fin y al cabo.—Él no me importa, pero tampoco me gustaría que siguieras con él después de lo que te hizo, casi te mata, y mató a su propio hijo antes que naciera… Mario es una mala persona.—Siempre les dije a ti y a Pedro quién era Mario en realidad, y no me creyeron; claro, delante de ti y de tu papá mostraba una cara, y delan
Amelia levantó el rostro y miró a Ignacio a los ojos, besó sus labios con ternura.—Te amo con toda mi alma. —Él la sujetó fuerte de la cintura e hizo el intento de cargarla.—No quiero que volvamos a separarnos jamás.—Quiero estar contigo el resto de mi vida. —Quiero que seas mi esposa, y que todos lo sepan; ya no más mentiras ni engaños, y no dejaremos que el pasado nos vuelva a hacer daño. Te amo Amelia Duarte. Como en toda reconciliación, los besos apasionados y las caricias no se hicieron esperar, sus corazones estaban palpitantes de amor y la emoción de estar juntos de nuevo; aunque ahora estaban aún más unidos, porque no había mentiras o verdades ocultas de por medio; ahora eran un par de seres que se amaban a pesar de los problemas que habían atravesado, y se habían perdonado sus errores, porque su amor era aún más grande que la duda y la desconfianza que reinó por un tiempo. Descubrieron que no podían ser felices el uno sin el otro.***Ignacio expuso el caso de Amelia y Pe
Ignacio suspendió la agenda del día y viajó a Houston lo antes que le fue posible. Cuando el avión aterrizó y pasó todos los controles del aeropuerto, salió a buscar un taxi que lo condujera al apartamento. Observó el cielo y pensó:"¿De dónde le salió tanta valentía para venir sola a está ciudad tan inmensa; yo jamás lo habría hecho estando en su lugar. Pero Amelia es así, tan frágil y anal vez tan fuerte coló un roble; tal vez por eso jamás podré dejar de amarla. Solo espero que me perdone y me dé otra oportunidad."Tomó un taxi y le dio la dirección al chofer, para que lo llevara al edificio donde sabía que iba a encontrarla.Cuando llegó sacó la llave para abrir la puerta. Iba a introducirla pero se detuvo."No puedo invadirla así de repente, mejor tocó el timbre."Tocó el timbre y esperó un momento, como no hubo respuesta volvió a tocar, pero nadie salió. Se preguntó si tal vez ella no estaba o si no quería abrirle la puerta a nadie; entonces introdujo la llave y abrió la puerta,
Ignacio regresó a la oficina, no había pasado mucho tiempo cuando Diego llegó a preguntarle qué quería la policía.—¿Para qué te citó el detective?—Amelia escapó de su casa en San Pedro hace cuatro días y nadie sabe dónde está.—¿Por qué escapó?—No quería estar con Mario, pero él la amenazó con quitarle al niño si lo dejaba. Amelia escapó a media noche de esa casa, ¿te imaginas? sola con Pedrito por ese camino de noche y con frío… después no sé qué habrá hecho para salir de ese pueblo tan tarde, para conseguir un auto —Se consternó —. Ese mismo día me buscó y yo la eché de aquí, no pensé que estuviera tan mal con Mario al punto que deseara huir.—Seguramente estará en casa de algún familiar escondida.—Según el detective todos están muy preocupados por ella.—Por qué no vas y hablas con ellos, tal vez te digan algo. —Ignacio se puso de pie.—Tienes razón, voy a la residencia ahora mismo.***Desde que llegó a Houston, Amelia comenzó a buscar un apartamento para alquilar, y consiguió
Amelia buscó un hotel en dónde hospedarse durante el resto de la noche.Ya era de madrugada cuando Mario despertó, vio en su reloj de muñeca que habían pasado varias horas. Por alguna razón sintió curiosidad por saber de Amelia y su hijo durmiendo, entonces fue a la otra habitación, cuando entró se percató que ella y el niño no estaban. Puso una expresión de consternación y asombro, sintió rabia y a la vez se rehusó a creer que ella se había marchado. Buscó el bolso de Amelia en el perchero pero este no estaba allí.—¡Amelia! Gritó y salió al pasillo, continuó gritando su nombre y abrió todas las puertas de las demás habitaciones esperanzado con encontrarla en alguna de estas, pero ella no estaba. Bajó las escaleras, la buscó hasta en la cocina, como no la encontró, salió al patio trasero y comenzó a gritar como loco:—¡Maldita seas Amelia! ¿Dónde te metiste? A donde sea que hayas ido te voy a encontrar.***Ignacio despertó de forma repentina en la madrugada, estaba profundamente d







