LOGIN—¿Cómo que ya lo conseguiste? —preguntó, y su voz había perdido toda calidez—. ¿De dónde sacaste esa cantidad de dinero, Natalia?Ella desvió la mirada, sintiendo que las mejillas le ardían.—No puedo decírtelo.—¿No puedes o no quieres? —Dio un paso hacia ella, acortando la distancia—. Porque una cosa es no querer, y otra muy diferente es no poder. Así que te pregunto de nuevo: ¿de dónde sacaste el dinero?Natalia apretó la mandíbula, negándose a responder. Pero su silencio era más elocuente que cualquier palabra.Dante sintió que la sangre le hervía. Sin mediar palabra, cruzó la distancia que los separaba y la tomó del brazo con una fuerza que no había usado antes. Sus dedos se cerraron alrededor de su antebrazo como un tornillo de banco, apretando, doliendo.—¡Me vas a decir ahora mismo quién te dio ese dinero! —exigió, su voz elevándose, perdiendo todo el control que había mantenido hasta ahora.Natalia agachó la mirada, negándose a encontrar sus ojos. No podía decirle. No podía.
El resto de la tarde transcurrió en una niebla de pensamientos. Natalia ordenó el salón, revisó la música para la próxima clase, respondió mensajes de los chicos. Pero su mente estaba en otra parte, en la historia de Doña Ester, en ese Gabo que bailaba y amaba y reía, en el hombre que había sido antes de que el dolor lo transformara en piedra. Y también en sus palabras finales: Ese mundo quema.El atardecer comenzó a pintar el cielo de tonos naranjas y rosados cuando Natalia decidió que ya era hora de irse. Estaba recogiendo sus cosas cuando escuchó una voz conocida a sus espaldas.—Ana.Se volvió, y allí estaba Gabo. De pie en la puerta del centro comunitario, con su chaqueta de cuero y esa expresión seria que tan bien conocía. Pero en sus ojos había algo diferente, algo más suave. La luz del atardecer lo envolvía en tonos cálidos, haciendo que por un momento pareciera menos el hombre duro y más el muchacho que bailaba del que había hablado Doña Ester.El corazón de Natalia dio un vu
Ana se levantó con determinación, se duchó rápido, se vistió con su ropa de siempre y salió antes de que pudiera cambiar de opinión. El camino a La Esquina Negra fue un ejercicio de respiración profunda y pensamientos ordenados. Tenía que concentrarse. Tenía que ser Ana María, la profesora de baile. Nada más.Cuando llegó al centro comunitario, el bullicio habitual la envolvió como un abrigo conocido. Los chicos ya estaban allí, calentando, riendo, esa energía contagiosa que siempre lograba sacarla de sus propios laberintos mentales.—¡Profe! —Lena corrió hacia ella, abrazándola con la efusividad de siempre—. ¡Llegó tarde!—Perdón, perdón —sonrió Natalia, devolviendo el abrazo—. ¿Listos para ensayar?—¡Siempre!La clase transcurrió en esa burbuja de normalidad. Los chicos se movían al ritmo de la música, sus cuerpos expresando lo que las palabras no podían. Natalia los corregía, los animaba, se reía con sus ocurrencias. Pero una parte de ella estaba en otra parte, preguntándose si en
La luz del amanecer se filtraba suavemente por las cortinas, pintando rayos dorados sobre las sábanas revueltas. Natalia despertó lentamente, arrastrada desde las profundidades del sueño por una sensación de calidez que no recordaba haber sentido en años. Estaba envuelta en algo, rodeada, protegida.Abrió los ojos con cuidado y descubrió que era él. Gabo. Su brazo rodeaba su cintura, su pecho presionaba suavemente contra su espalda, su respiración acompasada acariciaba su nuca. Estaba profundamente dormido, su rostro relajado de una manera que nunca había visto, sin las líneas de tensión que siempre lo marcaban. Parecía más joven, más vulnerable, más... humano.El abrazo era tan rico, tan cálido, tan perfecto, que por un momento Natalia se permitió quedarse quieta, sintiendo cada punto de contacto entre sus cuerpos, el latido lento de su corazón contra su espalda, la paz absoluta de este momento robado.Pero entonces la realidad se coló como un ladrón en su burbuja de felicidad.¿Qué
El silencio que siguió a la mirada de Gabo era denso, cargado de todo lo no dicho. Natalia sentía el corazón galopando, el calor de sus labios aún fresco en la frente, la necesidad de romper ese silencio antes de que la consumiera.—¿Por qué haces esto por mí? —preguntó, su voz apenas un susurro—. No tienes por qué. No me debes nada.Gabo la miró largamente, como si buscara las palabras exactas en un diccionario que nunca había usado.—Porque me nace —respondió simplemente, con esa honestidad brutal que lo caracterizaba—. Porque verte así me parte el alma. Porque no soporto la idea de que sufras y yo no pueda hacer nada.Las palabras cayeron sobre Natalia como un bálsamo y un incendio al mismo tiempo. Sin pensarlo, sin medir las consecuencias, sus manos encontraron el rostro de él, enmarcándolo con una urgencia temblorosa. Sus dedos acariciaron la curva de su mandíbula, la aspereza de su piel, la línea de sus cejas fruncidas.Y lo besó.Fue un beso suave al principio, casi una caricia
Gabo cerró la puerta tras de sí y se acercó a ella con pasos lentos, como quien se acerca a un animal herido. Cuando estuvo frente a ella, no dudó. La envolvió en un abrazo tan fuerte que parecía querer sostenerla para que no se rompiera en mil pedazos. Una de sus manos sostuvo su nuca, la otra apretó su espalda contra él, y se quedó así, inmóvil, dejando que ella llorara contra su pecho.—Ya pasó —susurró, aunque no sabía qué había pasado—. Ya pasó. Estoy aquí.Natalia se aferró a él como un náufrago a una tabla. Su chaqueta de cuero olía a motor y a él, a la noche y a algo indefinible que era solo suyo. Sus brazos fuertes la rodeaban con una firmeza que no era violenta, sino protectora. Su voz grave murmuraba palabras que apenas registraba, pero que la sostenían. Por un momento, solo un momento, dejó de sentirse sola.Pasaron varios minutos así, hasta que los sollozos de Natalia se calmaron lo suficiente como para que Gabo se atreviera a separarse ligeramente y mirarla a los ojos. C







