LOGIN3 El hombre misterioso.
— ¡No soy tu marioneta, Santiago! — El dolor en mi muñeca y la humillación me hacían temblar.
Al ver cómo había guardado los papeles del divorcio en el cajón como si no significaran nada, como si mi voluntad no significara nada.
— Tengo que irme — intenté soltarme — . ¡Tengo una cita con un paciente, una muy importante!
En lugar de soltarme, me agarró la barbilla con la otra mano, obligándome a mirarlo.
— Escucha — dijo en voz baja, innegablemente controlador — . Te recogeré en tu clínica antes de cenar. No me hagas esperar y no pongas a prueba mi paciencia.
Me mordí el labio y guardé silencio.
Me solté de su agarre y corrí de vuelta al dormitorio a buscar mi maleta y mi maletín, ya preparados.
En las escaleras, me encontré con Valeria.
Estaba indicando a los sirvientes que quitaran las cortinas que había elegido con tanto cuidado para la sala.
— ¿Qué estás haciendo? — le dije con un poco de rabia. Eran mis cortinas preferidas, le daban a la casa un aire elegante y también fresco.
— Estas cortinas están horribles. No voy a permitir que se queden ahí para la cena de la familia de Santiago — dijo suavemente, con una mirada victoriosa en sus ojos — . Santiago también estuvo de acuerdo.
Y justo en ese momento Santiago entró por la puerta.
Cuando vio de qué iba la discusión y mis ojos abiertos, simplemente se encogió de hombros.
— Isabel, son unas cortinas, deja de hacer drama.
En ese momento, la humillación me invadió como una marea. Mi casa, mi marido, todo lo que tenía estaba siendo legítimamente arrebatado por otra mujer.
…
Al llegar a la clínica, el ajetreo del trabajo me paralizó temporalmente.
Trabajé durante horas hasta que mi secretaria llamó.
— Señorita Isabel, ya llegó el señor Máximo.
Respiré hondo, intentando aislarme del caos en casa.
Este paciente, Máximo, había aceptado el tratamiento radical para el insomnio que yo dirigía y era crucial para mi investigación.
Sin embargo, en cuanto se abrió la puerta, todas mis suposiciones se desvanecieron por completo.
El hombre que entró no se parecía en nada al insomne que había imaginado.
Era altísimo, con el cabello más oscuro que yo hubiese visto en mi vida, la barba perfectamente arreglada, con unas cejas largas y rectas, unos ojos azules claros como el hielo que se clavaron en los míos y me hicieron sentir un escalofrío en la columna.
No podía tener más de 30 años, con los antebrazos completamente tatuados y una cadena de oro macizo colgando de su grueso y largo cuello.
Con toda su aura de superioridad, se sentó frente a mi escritorio y me miró con una expresión indecible.
Era el hombre más atractivo que había visto, con una aura misteriosa y salvaje, pero debajo de sus increíbles ojos azules noté dos enormes bolsas de ojeras, evidencia del inmenso dolor que había soportado.
— Buenas tardes, señor Máximo.
Me tranquilicé y mantuve una actitud profesional.
Él sonrió como si ya estuviera acostumbrado a tener ese tipo de reacciones de los demás cuando lo veían por primera vez.
— Veo que le sorprende mi apariencia — dijo él.
— De hecho, un poco. Usualmente trabajo con ancianos mayores de 80 años. Mi programa para combatir el insomnio es un poco agresivo, así que se usa para casos extremos nada más. Según veo en su formulario, no puso su edad.
— Sabía que si ponía mi edad no me aceptaría — admitió con franqueza, acercándose a mi escritorio con una especie de presión tácita — . Pero yo la necesito, Isabel — dijo inclinándose hacia mí. Cuando pronunció mi nombre en su boca sentí que se estremecía algo en mi vientre — . Yo la necesito ahora, es la única que puede ayudarme. Y créame, si logra hacerlo, voy a deberle la vida. Y mi vida vale mucho más de lo que usted podría llegar a imaginar.
— Entiendo — Le indiqué que se acostara en la camilla — . Dígame, ¿cuándo fue la última vez que durmió?
— Hace una semana, me desmayé de agotamiento. Dormí unas horas y no pude volver a dormirme.
Se acostó cooperando, con movimientos que revelaban un control preciso.
— ¿Cómo ha sobrevivido tanto tiempo sin dormir? — dije poniéndome de pie.
Lo llevé hacia la camilla y revisé sus signos vitales. Sus latidos eran lentos.
Di un paso adelante para conectarle los electrodos de monitorización.
Mis dedos tocaron la piel bajo su camisa, y la sentí extrañamente caliente.
Su latido, que se escuchaba a través del receptor, era lento y fuerte, diferente al de alguien que no había dormido en mucho tiempo.
— Mira — dije, intentando mantener la profesionalidad — . El insomnio prolongado puede causar una frecuencia cardíaca distorsionada, y tus síntomas físicos son muy particulares.
— He hecho cosas malas en esta vida, cosas de las que no me siento muy orgulloso — Sus gélidos ojos azules se clavaron en mí a través del espejo, como un cazador observando a su presa — . Cuando cierro los ojos, me convierto en una pesadilla sin fin. De verdad necesito esta oportunidad. ¿Puedes ayudarme?
— Haré todo lo posible — Necesitaba aplicarle los electrodos en el pecho — . Siéntese aquí, quítese la camisa.
El hombre obedeció de inmediato y pude ver en su espalda la obra de arte de tatuajes combinados con cicatrices que se dibujaban por toda la superficie de su piel.
Era tanta la tinta y las cicatrices que tuve que palpar con las palmas de las manos los puntos en los que tenía que poner los electrodos.
Tenía una piel tan cálida y podía palparse los enormes músculos debajo de mis manos.
Pude ver cómo sus ojos azules se clavaron en los míos a través del espejo que teníamos enfrente.
— Tú eres mi única salvación, Isabel Valdez — susurró de nuevo mi nombre completo con una extraña seguridad.
Se me secó la garganta y, mientras me concentraba en el procedimiento.
Comencé a poner los electrodos, apreté con fuerza su hombro. La tensión en ellos era abrumadora.
Estaba a punto de decirle que estar sometido a tanto estrés podía conllevarle aún más insomnio, de repente, ¡la puerta de la clínica se abrió de golpe!
Santiago estaba en la puerta con una expresión siniestra en el rostro.
Obviamente había venido porque me había negado a contestar el teléfono, con la intención de obligarme a asistir a esa ridícula "cena familiar".
Sin embargo, cuando me vio presionando mi mano contra el pecho de un desconocido semidesnudo y amenazante, su rostro se tornó sombrío al instante.
— ¡¿Quién es esto?! — La voz de Santiago estaba distorsionada por la ira — . ¡¿Cómo pudo mi esposa ponerle las manos encima a un hombre así?!
Lo más difícil de lo que vino después no fue sintetizar el antídoto que sobrevivió, el que había enviado Arturo por correo, porque en el monasterio fue completamente incendiado todo el hogar, seguramente el abuelo intentando cubrir sus desgracias antes de que aquel lanzacohetes lo lanzara de vuelta al Inframundo. Lo más difícil era haber convencido al gobierno de que era algo que las personas tenían que tomar definitivo y absolutamente.Valdés Pharma, en todo su poder, había logrado exterminar por completo el medicamento contra el insomnio que contenía el L3, y el incendio del monasterio había erradicado por completo las fórmulas para convertir aquel veneno de los inocentes pulpitos en un arma tan poderosa. Al final logramos convencer al gobierno de que cada persona que había tomado el medicamento contra el insomnio debía sí o sí someterse al tratamiento con el antídoto.Pero había funcionado. Habíamos logrado limpiar el nombre de Valdés Pharma y ahora todo estaba bien. Las acciones h
Lo había conseguido; había conseguido burlar al destino cuando le había quitado las balas a mi arma con esa intención. Nunca había llegado a imaginar que sí iba a funcionar. Arturo seguramente había hecho lo mismo, porque el arma que Máximo había recogido del suelo, que mi abuelo le había quitado, tampoco tenía balas.Santiago se puso de pie y me abrazó con fuerza. — Sé que podrás salvar a Samuel — dijo — . El destino no está escrito. Acabo de comprobarlo. Esto no nos muestra más que un grupo de posibilidades, y somos nosotros los que las hacemos realidad o no.Justo en ese instante apareció Samuel, como en mi primera visión. — Tenemos que irnos — nos dijo a todos — . Un grupo de hombres viene para acá para matarnos. Tu hermano te está esperando — dijo mientras señalaba las escaleras que ascendían hacia la azotea — . Tenemos que ir allá ahora. El helicóptero va a llegar enseguida. Vamos a poder secuestrarlo y salir de aquí, ¿entiendes?Entrelacé mis dedos con los de Santiago, per
Sabía que, a pesar de todo, habíamos terminado cediendo en el mismo camino que el futuro había puesto para nosotros. Cuando vi que Máximo arrastró a Isabel hacia afuera, me sentí un poco aliviado de que la sacara de aquí, de esta trayectoria de muerte, pero sabía que era en vano. El destino estaba impuesto; ya nada nos salvaría de él.El campo tirador hizo que todos salieran corriendo de la habitación. El anciano se puso de pie, corrió hacia donde yo estaba y, con un cuchillo que tenía escondido en el pantalón, cortó mis correas, que se liberaron de inmediato. — Toma esa arma — me dijo.Yo intenté controlar mi cuerpo, pero no podía hacerlo, y tomé el arma que había caído de la mano de Isabel. — Estos estúpidos creen que van a poder jugar conmigo. Creen que esas malditas visiones del futuro en la que pierdo van a hacerse realidad. Claro que no — decía el anciano.Entonces tuve un extraño sentimiento. ¿Acaso era eso? ¿Acaso era que las visiones del futuro a todos les mostraban su pr
Claro que yo no tenía las fuerzas para pelear con el abuelo, a pesar de que era un anciano enclenque, pero el impulso y la conmoción que se formó en el momento permitió que mi cuerpo, prácticamente paralizado, se pusiera de pie y chocara contra el abuelo, que perdió el equilibrio, tropezándose contra una repisa y volteándola.Arturo se puso de pie. Ellos llevaban más tiempo sin consumir el medicamento contra el insomnio; su cuerpo estaba un poco más desintoxicado de aquella sustancia. Por eso, seguramente, las órdenes del abuelo no habían hecho un efecto tan severo como en mí, que no hacía ni 24 horas que había tenido nuevamente las visiones… las visiones.Apreté con fuerza el arma. Quisiera decir que pude haber hecho algo con eso, pero no: le había quitado las balas, el cargador estaba completamente vacío. — Lanza eso, la vida de Dios y la ley — me dijo el abuelo, ordenándomelo.Y yo no pude evitar obedecerlo. Tomé el arma y la lancé, que cayó a los pies de Santiago. — Tú también,
— Santiago — dije, acumulando todas las fuerzas de las que podía ser media en ese momento — , porque no podía moverme, no podía hablar más allá que el par de palabras. Era como si algo me tuviera fuertemente atada, pero no había nada: estaba completamente inmovilizada solamente por la orden de aquel hombre, por la orden que me había dado a través de una grabación. El control que él podría llegar a tener sobre todo el mundo era absurdamente impresionante.Al ver que nadie dijo nada, o que al menos nadie podía decirlo, el abuelo prefirió sentarse nuevamente en su asiento. — Es una tristeza que esta sea la primera y última reunión familiar — dijo — , pero lamentablemente ustedes se han interpuesto demasiado en mi camino.Cuando comprobó que, en efecto, iba a terminar hablando solo porque nadie más podía hacerlo, se aclaró la garganta y dijo en un tono de voz extrañamente diferente: — Pueden hablar.Y aquella orden fue un golpe completamente profundo en mi organismo. Era un extraño to
No pude hacer o decir nada. Estaba demasiado lejos de Samuel y también demasiado lejos de Gabriel como para intentar algo, así que no pude más que ver con impotencia cómo levantaba el arma y le disparaba a Samuel. Pero mi hermano, diestro en sus habilidades, saltó sobre el científico, dándolo de la trayectoria de la bala.El sonido del disparo retumbó por el bosque. Trataría de abalanzarme hacia mi hermano con la mano en alto; si lograba clavarle la ampolleta del antídoto, tal vez, solo tal vez, podría quitar la influencia que el abuelo estaba teniendo en él. Pero él fue mucho más hábil y rápido, y, en un movimiento ágil, me dio una patada en el costado, lanzándome al suelo con violencia, arrancándome el aire.Arturo se puso de pie, intentó levantar su arma y dispararle, pero Gabriel lanzó algo que tenía guardado en su muñeca, y cuando golpeó el pecho del policía, lanzó una descarga eléctrica que lo dejó entumecido en el suelo. Y justo antes de que mi hermano pudiera ponerse nuevament







