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2.

Autor: DiegoAlmary
last update Data de publicação: 2026-04-01 04:55:33

Corrieron sin mirar a donde, la mano de Axel se le enterraba en el brazo y el frio le entumecía el cuerpo. De repente y sin aviso, el joven se de tubo y ella chocó con su espalda, tan dura como una pared.

—¿Qué…? —él la cayó poniéndole la mano en la boca, era tan grande que le cubría casi toda la cara, y luego señaló al frente. Unos treinta metros a delante, un lobo de unos dos metros de altura olfateaba al ambiente. Axel la empujó y se recostaron en un enorme árbol.

—No es de nuestra manada—le dijo él, pero Myra estaba distraída mirando para otra parte. Desde allí se lograba ver la hoguera y a su padre tirado en el suelo, en medio de convulsiones violentas. Un hombre alto, de contextura delgada y viejo, caminó hacia él con aire de superioridad y se detuvo a su lado.

—¿Pensaste en serio que te esconderías por siempre? —Myra, con sus sentidos al máximo, logró escucharle la voz, era grácil como la de un cantante —Si me dices donde está tu hija haré que termine el dolor —una corriente eléctrica cruzó el cuerpo de Myra y si no hubiera estado recostada en el árbol se hubiera caído.

—No la vas a encontrar nunca —le dijo su padre con la poca fuerza que le quedaba. El hombre le apuntó con un arma extraña y le disparo otro dardo en el pecho. Myra trató de correr hacia él, pero Axel la tenía agarrada por la cintura —Atenlo y llévenselo —añadió antes de desparecer.

—Tenemos que irnos — le dijo el muchacho y ella obedeció —no podemos transformarnos —dijo —nuestro olor es más fuerte así y nos encontraran muy fácil —habían comenzado a correr.

—Así no llegaremos al otro lado del bosque ni al amanecer —se quejó Myra mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano —suéltame —forzó para liberarse del agarre de Axel , pero no lo logró.

—Hay que llegar hasta el rio, de ahí lo seguimos hasta la entrada del pueblo —seguía arrastrándola del brazo hasta que alguien gritó a sus espaldas.

—¡Aquí hay más! —Myra volteó la cabeza y vio como un hombre, acompañado de un lobo que casi le doblaba la estatura, corrían hacia ellos. No esperó que Axel le dijera algo, solo corrió sin mirar atrás y más pronto de lo que imaginaba estaba rebasándolo.

Las ramas le golpeaban los brazos y las piernas, pero la cara era la que más le costaba proteger. Los pies se le hundían en la nieve y le entorpecían la huida. Todo su instinto le gritaba que se transformara, incluso en un par de ocasiones sintió esa presión en la punta de los dedos antes de que ocurriera el cambio, pero los gritos de Axel la traían de nuevo.

—¡No te transformes! —le gritó tantas veces que memorizó el tono de alarma en su voz, y cuando ella lo miraba podía notar que él también luchaba contra el instinto, tal vez se lo gritaba a él mimo.

Más adelante, cuando lograron ver un pequeño claro en frente, aumentaron la velocidad pensando que podía ser el camino que conducía al rio, pero cuando lo alcanzaron tuvieron que frenar en seco. Se hallaron frente un acantilado de piedras filosas, y unos treinta metros más abajo el rio Rojo cruzaba imponente ante el frío.

—¡Y ahora? —le gritó al muchacho y él parecía desorientado y confundido. Miró hacia abajo y luego a ella. Myra comenzó a negar insistida mente con la cabeza —No voy a saltar —su voz, mesclada con grandes jadeos de cansancio formaba un vaho de niebla blanquecina.

—Yo creo que…—comenzó a decir el muchacho, y Myra no logró advertirle a tiempo. Un dardo, lleno de líquido morado se clavó en su cuello y él no pudo hacer más que lanzar un grito de dolor y caer por el precipicio.

—¡No! —gritó ella y miró hacia abajo a tiempo de ver como Axel desaparecía dentro del agua espumosa. La luna brillaba con tanta fuerza que Myra logró ver con claridad como el lobo que acompañaba al hombre se lanzaba sobre ella, y sin ningún miramiento se tiró por el acantilado. Las fauces del animal se cerraron justo sobre su cabeza y Myra comenzó a caer consumida por la gravedad. El vacío en el estómago la venció, sintió como todo su cuerpo se llenaba de una sensación cálida, como cada extremidad se alargaba y hasta como se re acomodaban todos sus órganos. Cuando cayó al agua estaba más alerta que nunca, y aunque estaba tremendamente fría su pelaje lograba protegerla. Sacó la cabeza y miró para todas partes, el rio turbulento no le permitía nadar y no lograba ver a Axel por ningún lado. Extendió su conciencia y logró percibir la suya, estaba cargada de un dolor ciego que no lo dejaba pensar con claridad.

Comenzó a nadar hacia abajo ayudándose por la corriente, con fuerza cada patada la hacía recorrer varios metros hasta que logró distinguir la figura pequeña del hombre que intentaba nadar con dificultad. Se acercó a él y cuando la vio no pareció reconocerla, y por un segundo trató de huir, pero luego lanzó otro grito de dolor fuerte que lo hizo hundir. Myra sumergió la cabeza y lo agarró del cuello de la camisa, sacándolo a la superficie. Él comenzó a trepar por su cuerpo, agarrándole el pelaje y casi arrancándolo, pero lo dejó hacer, y cuando estuvo posicionado sobre ella como un jinete en un caballo trató de entrar de nuevo en su conciencia, pero una pared firme de dolor le impedía el Axeso.

—Duele —le dijo él cerca de la oreja, tan bajo que casi no pudo escucharlo bajo el ruido del río. Myra comenzó a nadar, y aunque era una loba de dos metros de alto y más de tres de largo Axel debería de pesar más de ochenta kilogramos y tenía qué hacer acopio de todas sus fuerzas, y de su poca experiencia en el agua, para no hundirse y avanzar.

Después de una media hora tratando de llegar a la orilla, salió del agua, cansada y sin energías, se echó en la playa de arena morena procurando que el hombre no se le callera del lomo y descansó por unos minutos. Trató de entrar de nuevo en su consciencia, pero no encontró nada, como si estuviera muerto. Al menos el dolor ya había terminado, pero él estaba inconsciente. Myra pensó que era raro, incluso en los lobos, transformados o no, mientras dormían se podía sentir su conciencia. Se puso de pie, aún dormido Axel seguía agarrado de su pelaje, y ella volteó a lamerle la cabeza.

Después de un rato de vagar por el bosque, encontró una cueva que formaban dos enormes rocas que se metió en ella, ladeó el cuerpo hasta que el muchacho cayó sobre en el suelo que tenía un poco de césped, tenía el ceño fruncido y estaba tan pálido que parecía un fantasma, el cabello húmedo le cubría los ojos y Myra empujó los mechones con la punta de la nariz. Era muy guapo, de mandíbula fuerte y ojos grandes, labios carnosos y barba poblada, tenía un olor a húmedo y a madera, y también a algo fresco, como el pino. Se recostó junto a él para darle calor, enroscándose alrededor de su cuerpo, con la cola le cubrió los brazos que estaban cruzados sobre el torso en un intento por darse calor, y se quedó ahí, pensando en su padre, en su manada, y cuando se durmió tuvo sueños inquietantes de miedo y frio.

Cuando despertó, lo primero que sintió fue la cálida presencia del sol dándole en el cuerpo, y lo segundo fue el dolor que le golpeó en cada pequeño espacio de su ser. Abrió los ojos y se encontró sola, sobre el césped. Durante la noche se había trasformado de nuevo en humana, seguramente en medio de alguna pesadilla, y como única prenda tenía puesta una camisa de hombre que le bajaba apenas por debajo de la cadera. La imagen golpeó su mente, la camisa era de Axel , así que debió verla desnuda, y peor aún, él mismo se la había puesto. Pe estregó los ojos y bufó. Luego se dejaría llevar por la vergüenza. Salió de la pequeña cueva y lo primero que vio fue la espalda desnuda del joven que estaba sentado en una piedra dejando que el sol le calentara el cuerpo. Myra caminó hasta él, cubriéndose del frio con las manos y jalando la camisa haca abajo, y solo la recibió con una triste sonrisa cuando la vio, tenía la cara pálida y ojeras, sus ojos azules parecían más oscuros.

—¿Cómo estás? —le preguntó y él miró de nuevo al frente.

—Algo —la voz casi se le quebró —algo me hizo ese dardo —cuando la miró, tenía los ojos brillosos —no me puedo trasformar… es como si mi lobo hubiera desaparecido —Myra sintió como se le formaba un nudo en el estómago, e instintivamente proyectó su conciencia haca él, y sintió nada más que un pequeño atisbo de vida, como si algo muriera lentamente, él pareció no darse cuenta de la intromisión, como si no la sintiera. Tal vez así era. Caminó hasta él y se arrodilló en frente, poniendo las manos sobre sus hombros, que eran redondeados y tibios. No sabía qué decir para consolarlo, no tenía ni idea de lo que podía estar sintiendo.

—Voy a estar bien —dijo él sonriendo de medio lado —creo que el efecto desaparece, antes ni siquiera podía entrar en calor, ahora me siento más fuerte entre más pasa el tiempo —Myra sintió.

— A noche ni siquiera podía percibir tu conciencia, a hora hay algo —dijo y él asintió.

—Gracias, por cierto —le dijo y sus mejillas se pusieron rojas. A Myra le comenzaba a parecer bonito eso —Salvaste mi vida —ella se encogió de hombros y señaló la camisa.

—Y a ti gracias por la camisa —Axel se puso tan rojo como un pimiento y levantó las manos en el aire.

—Prometo que vi lo menos posible.

El medio día había llegado y ellos seguían sin saber dónde estaban, Myra andaba despacio por el suelo húmedo y frio, y Axel se abrazaba a si mismo con el torso desnudo. Myra había aprovechado un par de ocasiones para verlo, tenía unos pectorales bien formados, cubiertos por una fina capa de bellos que bajaban en una línea delgada y pasaba por el definido abdomen.

—Me dijiste que hacías ejercicio —le dijo y él la miró, levantó los brazo he hizo un par de poses de físico culturista mientras lucia todos los músculos del cuerpo. A Myra eso le gustó, poco a poco estaba recuperando el buen humor, y su conciencia se hacía más grande, y obvio que también aprovechó para darle una ojeada —tal vez puedas darme unas clases, si salimos vivos de todo esto.

—Lo haremos —dijo él muy seguro —si seguimos por aquí llegaremos a la entrada del pueblo, conozco a alguien que podrá ayudarnos solo hay que… — se quedó mirando algo por encima del hombro de Myra, y cuando ella volteó le temblaron las piernas. Unos veinte metros más allá, un lobo de aspecto enorme y con el pelaje grisáceo corría hacia ellos a toda velocidad, su conciencia se proyectó como un golpe fuerte de un martillo y ella sintió como la mano de Axel se aferraba a su brazo y la arrastraba.

—¡Corre! —le gritó —¡Corre! — y ella corrió, sin importar que los pies le ardieran bajo la tierra y las piedras.

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Último capítulo

  • La herencia de la Luna.   EPÍLOGO.

    Un grito que salía de la pequeña cabaña se mescló con el ulular de los búhos. El otoño había llegado y el bosque lucía un manto marrón, las hojas de los árboles caían mecidas por las brisas frías que llegaban de lo lejos y anunciando la inminente llegada del invierno. Otro grito agudo sonó dentro de la cabaña seguido por el llanto de un bebé que rompió el ambiente tenso que había fuera de la casa. La manada contuvo el aliento mientras los gritos del bebé resonaban más fuerte que el rumor cercano del río. La madre de Axel salió por la puerta, la mujer tenía la cara roja y sudada, y una expresión alegre en el rostro.—Está en perfecto estado —las decenas de personas que se amontonaban fuera de la cabaña explotaron en vítores y aplausos, había sido un parto de doce horas, y la preocupación sobre la salud del bebé y la madre aumentaba cada vez más, pero Lucía había traído a todos los bebes de la manada a este mundo desde que tenía la edad suficiente.—¿Qué es? —preguntó Claudio, estaba se

  • La herencia de la Luna.   33.

    Myra se puso de pie y corrió hacia él, las piernas las tenía débiles, pero se levantó como un resorte. Cuando lo tomó por el cuello de la bata algo explotó en sus manos y las chispas la lanzaron hacia atrás de golpe y cayó de costado.—Veras —le dijo — aún tengo un par de trucos bajo la manga. Luciana seguía retorciéndose del dolor unos metros más allá. Myra trató de comunicarse con Axel, pero su habilidad telepática estaba apagada. Miró hacia el furor de la batalla donde luces verdes y rojas creaban explosiones —parece que has complicado un poco mis planes —le dijo el hombre —tanto que voy a prescindir de ti, ya sé que las razas superiores son reales y me tomaré la libertad de cultivarlas yo mismo, es una lástima que el hijo que llevas en tu vientre no vaya a nacer —la mano de Myra apretó algo metálico que estaba tan caliente que le hirió la palma de la mano y se puso de pie nuevamente, corrió hasta el científico y trató de golpearlo con la varilla, pero el hombre se agachó y le golp

  • La herencia de la Luna.   32.

    Myra miró para todas partes, buscando a su padre en medio de la batalla que se libraba frente a la puerta, pero no reconoció su rostro entre la multitud que peleaba.—Despertó, era él, era consciente y me rogó que lo soltara —continuó Claudio —pero cuando estuvo libre sus pupilas se dilataron nuevamente y me atacó, lo siento Myra, intenté detenerlo, pero es muy fuerte —Myra deseó preguntarle si estaba herido, pero no podía.Una luz verde golpeó a Axel y lo lanzó con fuerza al suelo, y antes de que Myra pudiera correr en su ayuda algo la tomó de la armadura y la elevó en el aire. Myra intentó zafarse del agarre, pero no pudo, y cuando miró hacia atrás se encontró con una de las chicas con alas de libélula que la elevaba en el aire. Myra se sacudió ¿Cómo es que tenía tanta fuerza como para elevarla?La distancia del suelo se hacía cada vez más grande, y ya comenzaba a darle vértigo, si subía más y la dejaba caer no sobreviviría al impacto. Se sacudió con todas sus fuerzas, pero las pequ

  • La herencia de la Luna.   31.

    El bosque se abría ante ellos, el cuerpo de Claudio se resbalaba del lomo de Myra, pero él intentaba aferrarse con fuerza mientras las ramas lo golpeaban.Los demás corrían tras ellos, Axel era capaz de seguirle el ritmo a Myra, pero los vampiros y el lobo de la manada de Karina estaban rezagados. Cuando Myra llegó a la pradera frente a la montaña estaba exhausta, y cuando volvió a su forma humana cayó de rodillas sobre el césped. Claudio había caído de lado y se quedaron un rato recuperando el aliento, luego se puso de pie y la ayudó a levantar.—Vamos preciosa —le dijo —tenemos que llegar y encontrar ese detonador.—¿Estás seguro que destruirá todo? —le preguntó ella entre jadeos y el hombre asintió convencido.—Al menos la parte donde está la antena, sí —Myra asintió y le tomó la mano.Axel llegó, y tras él los vampiros. Claudio entró al jet y sacó una manta que puso sobre los hombros desnudos de Axel.Cuando el jet estaba en el aire, Myra se recostó en el asiento respirando profun

  • La herencia de la Luna.   30.

    El pasillo era estrecho y lleno de cables, del techo pendían apenas un par de bombillas de luz amarilla que le daban un aspecto lúgubre y claustrofóbico.Eran apenas las diez con doce de la mañana, y las instalaciones debían de estar completamente en funcionamiento. Cuando pasaban por una cámara de seguridad agachaban la cabeza y elevaban una plegaria, pero el parecer nadie los descubrió.Llegaron hasta la puerta que Claudio les había indicado y cuando Myra la abrió dejó escapar un jadeo. Estaban ante el hueco del ascensor, y el edificio parecía tener diez pisos de altura y al menos cuatro o cinco subterráneos. La escalera estaba justo en frente.—Esto tiene que ser una broma —le dijo uno de los transformistas que venía con ella.—Son solo dos metros —le dijo ella más bien consolándose a sí misma y saltó, sitió el vacío en el estómago y cayó aferrándose con fuerza a los barrotes —¿vez? —le dijo y le tembló la voz cuando miró hacia abajo. Los otros dos vampiros más el lobo de la manada

  • La herencia de la Luna.   29.

    La chica con alas se había retirado después de un par de golpes más, su intención era únicamente llamar la atención.—Era obvio que atacarían antes que nosotros —dijo Luciana y pateó un tarro de basura que voló varios metros —si no hubiéramos perdido tanto tiempo en convencernos los unos a los otros de pelear —estaban reunidos en una amplia sala todos los miembros más importantes de los respectivos grupos.—No es hora de buscar culpables —le dijo el anciano líder del aquelarre de la montaña, Franco, si mal no recordaba Myra —lo que necesitamos hacer ahora es organizarnos para saber qué hacer —Karina río en voz alta y se acomodó el rizado cabello rojo que le caía en la frente.—Lo que hay que hacer es pelear, y ganar —Myra negó.—Las cosas cambian ahora, antes pelearíamos contra el ejército de Jábico, pero ahora envió a nuestra propia gente, no podemos matarlos.—Si podemos —le dijo la pelirroja y Luciana golpeó la mesa.—Es fácil para ti decirlo, no hay lobos de tu manada ahí —Karina

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