INICIAR SESIÓNLa cocina de la mansión siempre ha sido el corazón del caos. El olor a café recién hecho y a pan tostado se mezclaba con la energía eléctrica que solo tres adolescentes lobos pueden generar.—¡Mamá, dile a Kaelen que si vuelve a tocar mi plato con sus dedos llenos de grasa, no voy a responder de mis actos! —protestó Yara, golpeando la mesa con la palma de la mano.A sus quince años, Yara era el vivo retrato de la calma antes de la tormenta. Tenía mi determinación y los ojos plateados de su padre, pero su paciencia se agotaba rápido cuando se trataba de sus hermanos.—Yo no he tocado nada, eres una exagerada —respondió Kaelen con una sonrisa socarrona, robándole un trozo de fruta del plato con una velocidad que rozaba lo sobrenatural—. Además, necesitas proteína si quieres llegar a clase sin desmayarte.—Zaleia, ayúdame —suplicó Yara, mirando a su hermana mayor.Zaleia, que estaba concentrada en su teléfono mientras terminaba su jugo, ni siquiera levantó la vista. A sus casi dieciocho
EMELY.Pasaron cuatro meses exactos. Mi vientre ya era una carga pesada que me impedía encontrar una posición cómoda en la cama. El embarazo, como prometió Elena, fue tranquilo pero rápido. A mitad de la noche, un tirón agudo en la base de la espalda me sacó del sueño. Me quedé quieta, esperando. A los pocos minutos, la presión regresó, descendiendo hacia el vientre con una fuerza rítmica que no dejaba lugar a dudas.Me giré con esfuerzo y puse la mano sobre el hombro de Olivar.—Olivar —susurré, moviéndolo—. Despierta. El niño ya viene.Él saltó de la cama como si le hubieran dado una descarga eléctrica. No hubo confusión en su mirada; solo una alerta absoluta. Se puso los pantalones en segundos y se acercó a mi lado de la cama, tomándome de la mano mientras otra contracción me obligaba a apretar los dientes.—¿Estás segura? —preguntó, aunque su instinto ya le estaba dando la respuesta.—Casi me rompe la cadera, Olivar. Estoy segura.Él tomó el teléfono y llamó a Elena mientras me ay
EMELY.Habían pasado tres meses. El invierno comenzaba a ceder terreno a una primavera tímida que teñía de verde los bosques de la manada de Garino. Tres meses desde que el quirófano de Elena se convirtió en el escenario de un milagro y una pesadilla a la vez. Mi cuerpo, ahora más fuerte y vibrante bajo el linaje de la Gama, ya mostraba una curva incipiente en el vientre; un recordatorio constante de que la vida no se detiene ante las ruinas.Caminé por el sendero de tierra hacia el límite del territorio de Garino, con Olivar siempre a un paso de distancia, vigilante, como si el aire mismo pudiera ser una amenaza para el nuevo cachorro que crecía en mi interior. Al final del camino, dos camionetas cargadas esperaban. Mara estaba de pie junto a la puerta, sosteniendo a su hijo.El niño, al que habían llamado Elias, era una presencia magnética. Con tres meses, ya tenía el tamaño de un bebé de seis. Sus ojos, oscuros y profundos, recorrían el bosque con una inteligencia que no pertenecía
EMELY.Me quedé helada. El aire se escapó de mis pulmones como si me hubieran golpeado en el estómago.—¿De qué estás hablando? —mi voz fue apenas un susurro.—Estás embarazada, Emely —sentenció Elena.El monitor cardíaco empezó a pitar con una frecuencia errática, reflejando el estallido de mi pulso. Olivar se quedó petrificado, con la mano aún extendida hacia Elena, procesando la información como si fuera un código indescifrable. Magnus, al fondo, dejó escapar un suspiro que pareció un rugido contenido.—Es imposible —dije, incorporándome de golpe a pesar del mareo—. Los gemelos apenas tienen cinco meses. Mi cuerpo ni siquiera se ha recuperado del todo. ¡Soy una Gama, Elena! Mi ciclo no debería estar activo tan pronto.—Lo sé —asintió la doctora, acercándose a la cama para mostrarme los gráficos—. Pero no eres una loba común. Tu metabolismo regenerativo es cinco veces más rápido.Olivar finalmente reaccionó. Se giró hacia mí. Se sentó en el borde de la camilla y me tomó la cara entr
EMELY.Intenté aferrarme a su chaqueta, pero mis manos no respondieron. Kia se había hundido en un sueño profundo y oscuro, dejándome sola con un cuerpo humano que ya no recordaba cómo cargar con tanto peso. El llanto del bebé de Mara se convirtió en un eco distorsionado y luego, el silencio absoluto.Desperté con el olor punzante del alcohol y el sonido rítmico de un monitor. No estaba en casa. La luz blanca del techo me obligó a cerrar los ojos de nuevo.—No intentes levantarte —la voz de Elena era una orden seca a mi derecha—. Tienes una vía puesta y estás deshidratada.—Olivar... —logré articular. Mi garganta se sentía como si hubiera tragado brasas.—Aquí estoy, Luna —sentí su mano, grande y cálida, envolviendo la mía. Estaba sentado al borde de la camilla. Su rostro, usualmente imperturbable, tenía marcas de cansancio que no estaban allí hace unas horas—. Nos diste un susto de muerte. Te desplomaste en mis brazos.Elena terminó de calibrar la máquina y se cruzó de brazos, claván
EMELY.Me quedé allí, apoyada contra el frío cristal de la sala de neonatología, observando el pequeño bulto envuelto en sábanas blancas. Era hipnótico. El niño dormía con una serenidad que parecía una burla a la tormenta de sangre que lo había engendrado. No podía creer que algo tan impecable, tan aparentemente puro, hubiera brotado de la podredumbre de Vargo. Sus facciones eran delicadas, pero había una fuerza latente en su quietud que me erizaba el vello de los brazos. Kia, mi loba, permanecía en un silencio inusual, observando con una fijeza que me ponía los nervios de punta.Sentí una presencia a mi lado. No necesité girarme para saber que era Aarón. El olor a miedo rancio y arrepentimiento lo precedía. El hombre que hace apenas una hora había levantado un cuchillo contra su propia sangre ahora parecía un anciano quebrado.—Luna —susurró, con la voz rota—. Perdóneme. Por lo de hace un rato... por la locura.Me giré despacio, clavando mis ojos en los suyos. Aarón no sostenía la mi







