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Capítulo 3

Author: Stars
Una voz grave resonó:

—Lograr sobrevivir en manos de Mía… esta lobita es ciertamente interesante.

La niña, Mía, respondió con un tono lúgubre:

—Te aconsejo que no te metas con ella. Quiero jugar un rato con quien haya logrado vivir hasta ahora en el piso 30.

La mirada carmesí del conde se ensombreció, helando al instante la ya fría habitación.

El conde agitó su mano con desdén y la niña, como si una mano gigante la levantara, salió disparada contra el vidrio del balcón, produciendo un estruendo.

Él soltó una risa fría:

—Últimamente te estás pasando de la raya. ¿Quién te permite hablarme así? ¿Acaso te crees ya mi hija?

Al ver que maltrataba a la niña adorable, no podía quedarme de brazos cruzados. Salté de la cama, lista para abofetear a ese tipo.

—¡Ajá! ¡Así que tú eres el malvado que maltrata a la niña! ¡Verás cómo te castigo!

Mi intención era darle una bofetada en el rostro al conde, pero cuando logré ver claramente sus facciones, mi brazo frenó en seco, haciendo que yo me estrellara contra el suelo.

Esa… esa cara… era demasiado hermosa.

No sabía si era por la caída o por la emoción ante la belleza del conde, pero de mi nariz empezó a salir sangre.

Me miró con una expresión complicada. Incluso yo podía adivinar su pensamiento a través de esa mirada llena de desdén: “Esta tonta. Si me la como, ¿afectará mi inteligencia?”

Me levanté, con una mirada llena de admiración, y exclamé:

—¡Cariño, qué guapo eres!

Los comentarios en directo enloquecieron:

“Ya está confirmado. Esta loba está ciega. ¿A este conde con el rostro podrido y sin un centímetro de piel sana en el cuerpo… lo encuentra guapo?”

“Él es el jefe final del ‘Castillo Oscuro’. Hasta ahora, ningún jugador ha logrado salir con vida de sus manos.”

Todos en los comentarios esperaban que el gran señor oscuro me retorciera el cuello.

Ese había sido el destino de todos los jugadores anteriores.

Pero para su sorpresa, en el rostro ensangrentado del conde apareció… un rubor.

“… No, ¿a qué viene ese sonrojo? ¡Da mucho miedo, sabes!”

“Pero, ¿por qué siento que entre estos dos hay cierta… química?”

“Tú también estás ciega, la de arriba.”

El conde dio un paso hacia mí. Su tono tenía ahora un dejo de amenaza:

—Abre bien los ojos y mira. ¿De verdad… soy guapo?

Me froté la barbilla y bajé la mirada de su rostro, dirigiéndola hacia abajo.

Cuando vi los pectorales bien definidos y la piel pálida como la nieve, la sangre de mi nariz brotó de nuevo a chorros.

—No eres guapo…

La mirada del conde se oscureció aún más, y sus colmillos afilados asomaron en su boca.

—¡Eres alto y guapo, con una piel blanca, y reúnes todas las virtudes! ¡Eres un superguapo todopoderoso!

No escatimé en halagos, dejándolo completamente desconcertado.

Aprovechando su confusión, agarré el cuello de su capa, lo empujé sobre la cama y, tomando su rostro entre mis manos, dije:

—¿Dudas de mi palabra? Si no hubiera visto tu rostro tan bello, ya te habría abofeteado.

Él se quedó mirándome con los ojos como platos. Verlo tan inocente fue una delicia por dentro.

Menos mal que este juego solo medía el grado de terror, y no un nivel de palpitaciones. ¿Quién podría resistirse a una cara tan bella?

Mientras admiraba detenidamente el rostro del conde, la niña Mía —a quien él había lanzado— recomponía sus huesos y, de una patada, envió su cabeza a estrellarse contra el techo.

La niña se lanzó a mis brazos y me miró con lágrimas en los ojos.

—Mamá, tengo hambre. Quiero comer.

Mi corazón se ablandó. Abrazándola cariñosamente, respondí:

—¡Bueno, te prepararé algo ahora mismo!

Si de algo puedo presumir, es de mis dotes culinarias.

Tanto el "padre" como la "hija" dejaron los platos limpios.

Y tras la cena, hasta les mandé a fregar los platos. Y lo hicieron, sin chistar.

Mientras yo, en la sala, comía fruta y veía una película de terror en la tele, escuché la conversación de los dos desde la cocina.

—Aparte de ser un poco habladora, esta lobita no está tan mal. Podríamos dejarla vivir. Al menos nos cocina.

—Pero… si mañana regresan esos dos y se enteran de que no comimos su comida, se enojarán.

—¿A eso le llaman ‘comida’? Hasta sospecho que nos daban veneno. Si se atreven a quejarse, los mato.
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