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IV Compañía

ผู้เขียน: NatsZ
last update วันที่เผยแพร่: 2026-02-01 14:27:22

Agustín ya estaba dormido, Sonia se había ido junto con el sol y Alma seguía despierta. En la sala, ya iba por su segundo café. Un auto llegando la hizo mirar por la ventana. Era Amaro. Le abrió la puerta y lo vio ir directo al bar a servirse un trago.

—¿Todo está bien? —preguntó, preocupada por la llamada y su abrupta partida tras recibirla.

Amaro negó y se dejó caer en un sillón, suspirando. No tenía ganas de hablar, pero Alma fue a sentarse cerca de él, esperando que lo hiciera.

—Hub0 un accidente en la empresa, un empleado murió.

Ella se llevó las manos a la cara y él bebió un sorbo.

—Lo lamento tanto. ¿Llevaba mucho tiempo trabajando para usted?

—No, apenas unas semanas. Eso explica que muriera como lo hizo. Tardarán varios días en recoger todos sus pedazos de la máquina que lo aplastó.

Alma nada dijo, no pudo.

—La policía inició una investigación; habrá que hacer un sumario, revisar protocolos, retroalimentación sobre medidas de seguridad, charlas con psicólogos. Se vendrán las licencias médicas por estrés postraumático y muchos se ausentarán, sin mencionar los días de producción que perderemos mientras la policía investiga en el lugar.

—La familia debe estar destrozada —repuso Alma.

—No tanto como él —soltó Amaro, que ni en situaciones así era capaz de contener el ácido que le corría por las venas.

Sonrió fugazmente hasta que recordó todo lo que se le venía por delante porque un inepto apretó un botón cuando no debía hacerlo.

—En un pueblo pequeño, algo así es una verdadera tragedia. De seguro saldrá en los periódicos —reflexionó ella.

—¡Los periodistas! No había pensado en ellos. Estarán apostados en la empresa, como una manada de hienas hambrientas. Relaciones públicas tendrá que hacerse cargo, preparar un comunicado —se masajeó las sienes y volvió a beber.

—Sería un bonito gesto de su parte que su empresa corriera con los gastos del funeral, aunque tal vez estoy hablando de más.

—No, tienes razón. Es una buena idea. La imagen corporativa debe verse fortalecida ante el desastre. Me encargaré del funeral. Tal vez debería despedir a mi relacionador público y contratarte a ti.

Alma rio hasta que se acordó del muerto.

Amaro le pidió que le sirviera otro trago. Whisky. Le dijo que podía servirse ella también, pero rechazó el ofrecimiento.

—¿Mónica está?

—No, todavía no regresa de sus clases de yoga.

La tensa expresión de Amaro se tornó en risa.

—¿Yoga? Acostándose con su instructor, eso es lo que está haciendo ahora. Yo debería hacer lo mismo —murmuró detrás de su vaso, mirándola a ella con solapado interés.

Alma se removió, incómoda.

—¿Practicar yoga? —le preguntó ella, fingiendo inocencia, y él volvió a reír.

—Sí... Me ayudaría a relajarme.

Como ya sabía que todo estaba relativamente bien, Alma le dio las buenas noches y se fue a la cama. Amaro siguió bebiendo, con la soledad y el silencio como sus mejores compañeros, y luego se fue a la cama también, no sin antes pasar a la habitación de Agustín.

〜✿〜

Amaro corrió las cortinas con fuerza. La intensa luz que llenó la habitación hizo a Mónica retorcerse y ocultar la cabeza bajo las sábanas. Debía haber llegado de madrugada.

—Despierta, tenemos que hablar.

Ni sacudiéndola logró sacarle más que unos balbuceos. Olía a alcohol y se había metido a la cama hasta con zapatos, unos tacones que bien valían el sueldo completo de su empleado más modesto.

—Para lo único que sirves es para gastar mi dinero —reclamó él.

El portazo que dio al salir hizo chillar a Mónica, que siguió durmiendo como si no existiera un mundo más allá de su cama.

En la cocina, Alma preparaba el desayuno. El olor a panqueques se empezaba a sentir desde el comedor. Ella lo saludó muy animada.

—Hice panqueques. ¿Le gustan con sirope, miel, frutas?

—No tengo hambre. Desayuna rápido, necesito que me acompañes. Y trae a Agustín contigo.

Alma tragó todo deprisa. No porque fuera una orden de su jefe, sino porque tenía mucha curiosidad. La ilusionaba pensar que padre e hijo darían un paseo.

En el clóset de Agustín buscó un trajecito elegante. Escogió una jardinera con una camiseta que incluía una pajarita. Lo envolvió bien en una manta y estuvieron listos.

En el jardín, Amaro lidiaba con la silla de bebé. Alma fue en su ayuda y, con sus instrucciones, logró por fin ponerla.

—¿Iremos al parque? —preguntó ella mientras se abrochaba el cinturón.

El extenso jardín de la propiedad lo volvía innecesario y Agustín era muy pequeño para interactuar con otros niños. Visitarían a alguien, quizás.

Amaro negó.

—Haremos una visita a la empresa. Fue idea de mi relacionador público.

Con el fin de mostrar responsabilidad corporativa y evitar rumores malintencionados, el relacionador citó a una conferencia de prensa para informar a la comunidad lo sucedido.

Alma siguió a Amaro al interior de la empresa, sintiéndose perdida como un oso polar en la selva. Entraron a una oficina llena de gente, hombres y mujeres en traje ejecutivo.

—No nos habías dicho lo linda que es tu esposa —comentó un hombre, estrechando la mano de Alma.

—Es la niñera —dijo Amaro, y fue la única presentación que hizo.

Se sentó tras el escritorio, mientras una mujer le servía un café y otro hombre le entregaba unas hojas.

—Este es el discurso que debes leer. Los puntos clave están destacados.

Amaro sacó un lápiz de los varios que tenía junto al computador y empezó a revisarlo.

Parada en medio del caos, Alma no supo qué hacer. Fue a ubicarse en un rincón, donde no estorbara.

—Estás muy pálida, no te maquillaste —le reprochó una mujer con un gafete que decía: «Cynthia».

—Yo no creí que fuera necesario. ¿Tengo que hacer algo? —le preguntó en un susurro. No quería dejar mal a su jefe por no haberle explicado nada.

—Solo acompañar a Amaro, ya que su esposa no está disponible —respondió sin disimular su tirria—. Veré si puedo hacer algo con ese pelo y esa cara tan pálida. Acompáñame.

Alma la siguió hasta su oficina, donde la mujer tenía todo un arsenal de maquillaje. No le hacía falta porque era muy bella, pero de seguro le gustaba asegurarse.

Le hizo algunas ondas con una plancha, halagando su hermoso cabello rubio, que Alma solía llevar siempre recogido. Luego cogió unas brochas y empezó a aplicarle todo tipo de productos en la cara, como si se la estuviera haciendo de nuevo. Alma no vio el resultado hasta el final, cuando ella le pasó un espejo.

No solo vio a una mujer hermosa, sino a una que gritaba: «Hey, mírame. Quiero ligar contigo».

—Los labios están un poco rojos, ¿no? No voy a una fiesta, alguien murió.

—Pues se ve que has ido a muy pocos funerales. Te ves bien, el jefe no puede aparecer con una mujer que no se vea bien, aunque seas la niñera.

Cuando Cynthia no la veía, Alma sacó un pañuelito del bolso de Agustín y se limpió los labios. Para su sorpresa, el blanco se mantuvo inmaculado; el labial debía ser de esos que usaba Mónica, que se mantenían intactos por mucho que fumara y bebiera toda la noche.

Sin más remedio, regresó a la oficina de Amaro, donde él ya estaba listo. Se la quedó mirando más de la cuenta; ella sintió el peso de sus ojos en los labios y esperó a que la regañara por inoportuna.

—No tienes que decir nada, solo quedarte junto a mí. Intenta que Agustín no llore. Si lo hace, puedes llevártelo a un lado y calmarlo.

Agustín dormía sobre el pecho de Alma y no tenía intenciones de despertarse.

En compañía de varios ejecutivos más, Amaro y Alma caminaron hasta la entrada de la empresa, donde habían instalado un podio. De inmediato, les cayó encima una lluvia de flashes de los periodistas que allí se agolpaban. Las cámaras, como ojos hambrientos, los devoraban, buscando desnudar hasta el más pequeño de sus secretos, la más mínima imperfección.

Amaro se ubicó tras el podio y ella, que se había quedado paralizada, avanzó cuando una mano en su espalda la obligó a hacerlo.

Cubrió bien a Agustín para proteger su identidad y aprovechó para ocultarse ella también tras la manta, o al menos evitar que se vieran sus labios rojos.

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