Share

Episodio 2

Author: Dalex Hache
last update Petsa ng paglalathala: 2026-01-14 22:33:19

Aylén.

El primer paso fue el más difícil.

No porque el suelo estuviera cubierto de hojas húmedas o porque mis piernas temblaran por el frío, sino porque cada parte de mi cuerpo me gritaba que retrocediera. Que corriera. Que sobrevivir significaba huir.

El lobo negro era enorme incluso tendido en el suelo. Su pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas, irregulares. Cada exhalación parecía un gruñido contenido, una advertencia. Su pelaje oscuro estaba apelmazado por la sangre seca en algunos puntos y fresca en otros, y el olor metálico se mezclaba con el aroma húmedo del bosque.

Me observaba.

No como lo haría un animal común, sino con una atención profunda, casi consciente. Sus ojos dorados seguían cada uno de mis movimientos, atentos, calculadores. No había miedo en ellos. Había dolor… y furia.

—No te acerques —susurré para mí misma, aunque mis pies no obedecieron.

Di otro paso.

El lobo reaccionó al instante.

Un gruñido bajo, amenazante, vibró en su garganta. Sus colmillos se mostraron, largos, blancos, mortales. Intentó incorporarse de golpe, impulsándose con las patas delanteras, pero el movimiento fue demasiado brusco. Su cuerpo cedió con un sonido sordo y volvió a caer sobre el suelo, arrancándose a sí mismo un gemido ronco que me atravesó el pecho.

Retrocedí de inmediato, el corazón desbocado.

—Lo siento… —murmuré, con la voz quebrada—. No quería…

El lobo volvió a gruñir, esta vez más débil, pero igual de amenazante. Su cola se agitó con violencia, removiendo las hojas. Estaba asustado. Herido. Acorralado. Y yo era una intrusa.

Mis manos temblaban tanto que tuve que cerrarlas en puños. El dolor en mi costado se hizo más intenso, como si mi propio cuerpo protestara por mi insensatez. Una punzada me obligó a inclinarme ligeramente, apoyando una mano contra un árbol cercano para no caer.

Respiré hondo.

Siempre había sido así. Mi cuerpo fallando. Mi fuerza agotándose antes de tiempo. Mi Luna… inexistente.

—Si quieres morderme, hazlo —susurré de pronto, sorprendida incluso de mí misma—. No creo que pueda huir muy lejos.

El lobo inclinó ligeramente la cabeza.

Solo un poco.

Como si esa frase hubiera roto algo.

Aproveché ese instante. Lentamente, muy despacio, me agaché a una distancia prudente. No extendí la mano esta vez. No lo miré directamente a los ojos. Recordaba lo que decían los ancianos: no desafíes a un depredador cuando está herido.

—Puedo ayudarte —dije en voz baja—. Sé… sé cómo limpiar heridas.

Era mentira a medias. Lo poco que sabía lo había aprendido curándome sola, a escondidas, con hierbas y vendas improvisadas. Nadie en mi casa se preocupaba por sanar mis golpes.

El lobo volvió a gruñir cuando saqué el pequeño cuchillo que siempre llevaba conmigo. El sonido fue inmediato, agresivo. Su cuerpo se tensó de nuevo, dispuesto a atacar aunque eso significara desgarrarse por dentro.

—No —me apresuré a decir—. No es para ti.

Con manos torpes, corté un trozo de tela de mi vestido. El frío mordió mi piel expuesta, pero no me detuve. Luego saqué el pequeño frasco de ungüento que guardaba como un tesoro. Hierbas molidas, grasa animal, nada más. Nada mágico. Nada fuerte.

Solo cuidado.

Avancé un poco más. El lobo lanzó un zarpazo al aire, rápido, violento. El movimiento fue tan cercano que sentí el viento de sus garras rozarme el rostro. Grité, cayendo hacia atrás, el corazón casi saliéndoseme del pecho.

El dolor explotó en mi costado. Un aliento ahogado escapó de mis labios. Me quedé en el suelo, encogida, esperando el ataque final.

Pero no llegó.

Cuando abrí los ojos, el lobo estaba inmóvil otra vez, respirando con dificultad. Su fuerza se agotaba. Lo sabía. Yo también sabía lo que era quedarse sin energía, depender de un cuerpo que no respondía.

—No voy a tocarte sin tu permiso —dije, con la voz rota—. Pero si no limpio esa herida… no vas a sobrevivir.

No sabía por qué me importaba tanto.

Me arrastré un poco más cerca, ignorando el ardor en mis músculos. El lobo no atacó esta vez. Solo me observó, tenso, desconfiado, pero quieto.

Vi la herida con claridad entonces. Un corte profundo en su costado, mal cerrado, inflamado. Probablemente una pelea. O una trampa. La sangre oscura manaba lentamente, como si su cuerpo ya no tuviera fuerzas para cerrarla.

Tragué saliva.

—Va a doler —le advertí.

Comencé a limpiar con cuidado, primero alrededor, sin tocar directamente. Cada vez que el ungüento rozaba su piel, el lobo gruñía, su cuerpo estremeciéndose. En un momento, giró el hocico hacia mí, los colmillos a centímetros de mi brazo.

Me quedé inmóvil.

—Lo sé —susurré, conteniendo el llanto—. Lo siento. Pero aguanta… por favor.

Algo cambió entonces.

No fue inmediato. No fue mágico. Fue lento.

El lobo dejó de gruñir poco a poco. Sus músculos, aunque aún tensos, comenzaron a relajarse. Su respiración se volvió un poco más regular. No apartó la mirada de mí, pero ya no había solo amenaza en ella.

Había atención.

Terminé de limpiar la herida con manos entumecidas. Luego, con extremo cuidado, presioné la tela improvisada contra el corte. El lobo soltó un sonido bajo, un quejido que me partió el alma.

—Ya casi… —murmuré.

Cuando terminé, me dejé caer hacia atrás, exhausta. El mundo me dio vueltas. El dolor en el pecho se intensificó, una presión conocida, asfixiante. Respirar se volvió difícil.

Cerré los ojos por un instante.

No supe cuánto tiempo pasó.

Cuando los abrí de nuevo, el lobo estaba más cerca.

Mucho más cerca.

Su enorme cabeza reposaba a pocos centímetros de mis pies. Ya no mostraba los colmillos. Sus ojos me observaban con algo que no supe nombrar.

Cansancio. Reconocimiento. Calma.

—No te acerques tanto… —susurré, sin fuerza real para apartarme.

Pero no se movió.

Al contrario, apoyó lentamente la cabeza sobre el suelo… y luego, con una suavidad imposible para alguien tan grande, rozó mi pierna con el hocico.

El contacto fue leve.

Casi respetuoso.

Y en ese instante, algo profundo se removió dentro de mí. Un calor extraño, desconocido, se expandió en mi pecho, disipando por un momento el dolor habitual. Como si una parte dormida de mí hubiera despertado al fin.

El lobo cerró los ojos.

Por primera vez desde que lo vi, parecía en paz.

Y yo, sentada allí, débil, rota, despreciada por todos… comprendí que, aunque no lo supiera aún, acababa de cambiar mi destino para siempre.

Patuloy na basahin ang aklat na ito nang libre
I-scan ang code upang i-download ang App

Pinakabagong kabanata

  • La luna rechazada del alfa ciego.    Episodio Final

    Pasaron los años, y lo que una vez fue un reino dividido por el miedo y la sombra de una bruja, se convirtió en una leyenda de prosperidad y justicia. El castillo de las sombras ya no hacía honor a su nombre; la luz de las antorchas y las risas infantiles llenaban los pasillos que antes guardaban silencios gélidos. El pequeño Valerius creció como un cachorro fuerte, siempre bajo la mirada vigilante de su padre, Kael, y la dulzura inagotable de su madre, Aylén.Una tarde de verano, el reino entero se reunió en el gran claro del bosque sagrado para celebrar el solsticio. Kael, sentado en su trono de piedra junto a Aylén —quien lucía más hermosa que nunca, con su cabello ondeando al viento—, observaba con orgullo cómo su hijo corría entre los hijos de los guerreros y los aldeanos. No había rangos esa tarde, solo manada.Cerca de ellos, bajo la sombra de un roble milenario, Rhevan y Elara observaban la escena. Rhevan, aunque el tiempo había trazado algunas líneas de sabiduría en su rostr

  • La luna rechazada del alfa ciego.    Episodio 87

    El tiempo en el reino de las sombras parecía haber sanado a la par de la naturaleza. Los campos que rodeaban el castillo estaban en pleno apogeo, pero dentro de los muros de piedra, la tensión era palpable, una mezcla de alegría y ansiedad contenida. Habían pasado nueve meses desde que la Luna y el Alfa unieron sus destinos, y el momento esperado por toda la manada finalmente había llegado.Era una noche de luna llena, una "Luna de Sangre" que teñía el cielo de un carmesí profundo, el color de la fuerza y el linaje de Ares. En los aposentos reales, el aire era pesado y cálido. Aylén estaba reclinada entre montañas de cojines, con el sudor perlado en su frente y las manos apretando con fuerza las sábanas de seda. Una contracción tras otra la sacudía, haciéndola jadear.—¡Kael! —llamó ella con la voz quebrada.Kael no se había movido de su lado en diez horas. El Alfa Supremo, el hombre que no temblaba ante ejércitos, estaba pálido, con los ojos brillando en un dorado eléctrico. Ares es

  • La luna rechazada del alfa ciego.    Episodio 86

    Aylén llevó a Elara hacia el diván, obligándola a sentarse mientras pedía a una de las doncellas que trajera agua tibia y paños limpios. Kael, aunque su mente estaba en la cacería que se desarrollaba afuera, permaneció en la habitación como una muralla de protección. No podía dejar que Aylén se sintiera desprotegida ni un segundo más.—Limpia esas heridas, Elara —dijo Aylén con suavidad, pasando el paño por las marcas de uñas en las mejillas de su hermana—. No dejes que el rastro de su maldad permanezca en tu piel.Elara se dejó cuidar, aunque su mirada seguía perdida en la puerta. El silencio del castillo era sepulcral, solo interrumpido por el sonido lejano de los caballos galopando hacia los límites del bosque. Cada minuto que pasaba sin noticias de Rhevan era una tortura para ella.—¿Y si ellos le hacen algo? —susurró Elara, con la voz quebrada—. Mi padre es capaz de cualquier bajeza cuando se siente acorralado.Kael se acercó entonces, colocándose detrás de Aylén. Sus manos grand

  • La luna rechazada del alfa ciego.    Episodio 85

    Al amanecer, una densa bruma cubría los terrenos del castillo, ocultando los movimientos de aquellos que preferían la sombra. Enos, envuelto en una capa andrajosa, se deslizó por el camino que los sirvientes usaban para traer la leche fresca y las provisiones de las granjas cercanas. Su conocimiento de los pasadizos del castillo, de cuando aún ostentaba un título noble, le permitió evadir la patrulla principal que Rhevan comandaba.En las cocinas, el ajetreo matutino comenzaba. Elara ya estaba allí, supervisando la preparación de la infusión de hojas de frambuesa que Aylén tomaba cada mañana para fortalecer el útero.—Ve a buscar un poco más de miel al almacén, Marta —le dijo Elara a una de las criadas—. Esta jarra está casi vacía.En el breve instante en que la cocina quedó en silencio, una figura se materializó en la puerta de servicio. Elara no tuvo tiempo de gritar; una mano callosa y con olor a tabaco rancio le tapó la boca mientras era arrastrada hacia el rincón oscuro de la des

  • La luna rechazada del alfa ciego.    Episodio 84

    La noche cayó sobre la cabaña como un manto espeso. Enos se levantó de la mesa y se dirigió a un viejo baúl de madera oculto bajo un montón de paja seca en la esquina del cuarto. Con manos temblorosas por la anticipación, extrajo un pequeño frasco de vidrio oscuro, sellado con cera roja. Al agitarlo, el líquido espeso de la raíz negra se adhirió a las paredes del cristal, como una sombra atrapada.—Esto será suficiente —murmuró Enos, mostrando el frasco a su esposa—. Una sola gota en el té de la mañana de Aylén y las contracciones comenzarán antes del mediodía. Ningún médico del castillo podrá detenerlo. Dirán que su cuerpo era demasiado débil para albergar al cachorro de un Alfa Supremo.—Y Elara será la primera sospechosa —añadió su esposa, frotándose las manos con una satisfacción macabra—. Kael sabe que ella prepara la comida de Aylén. Cuando el Alfa vea a su heredero perdido, su furia caerá directamente sobre ella. Rhevan no podrá defenderla, y nuestras dos hijas caerán juntas.M

  • La luna rechazada del alfa ciego.    Episodio 83

    La primavera avanzaba con paso firme, vistiendo los jardines del castillo con un manto de flores blancas y violetas. Era una tarde inusualmente cálida cuando Aylén decidió que ya no podía soportar estar encerrada entre cuatro paredes.—Por favor, Elara, solo un paseo corto —suplicó Aylén, sosteniendo su abultado vientre con ambas manos mientras miraba a su hermana con ojos de súplica.Elara, que estaba doblando unas sábanas de lino, suspiró con una sonrisa resignada.—Está bien, pero solo por el sendero principal del jardín. Si Kael se entera de que te dejé caminar demasiado, me enviará de vuelta a las cocinas —bromeó Elara, ayudando a su hermana a ponerse en pie.Caminaron despacio por el jardín privado de la Luna. Aylén avanzaba con paso pesado pero seguro, disfrutando del aire fresco y del sol sobre su piel. Mientras tanto, Elara se mantenía a su lado, atenta a cada paso por si Aylén perdía el equilibrio.—Siento que ya casi no tengo espacio en mi propio cuerpo —confesó Aylén, solt

Higit pang Kabanata
Galugarin at basahin ang magagandang nobela
Libreng basahin ang magagandang nobela sa GoodNovel app. I-download ang mga librong gusto mo at basahin kahit saan at anumang oras.
Libreng basahin ang mga aklat sa app
I-scan ang code para mabasa sa App
DMCA.com Protection Status