LOGINAylén.
No debería haber vuelto. Eso fue lo primero que pensé al abrir los ojos aquella mañana. El dolor seguía ahí, instalado en mi pecho como una piedra antigua, recordándome quién era y cuáles eran mis límites. Cada respiración era un esfuerzo consciente. Cada movimiento, una negociación con un cuerpo que nunca había sido fuerte. Me quedé sentada en el borde de la cama durante varios minutos, esperando que el mareo pasara. La luz que entraba por la ventana era pálida, grisácea. Afuera, la casa ya estaba despierta. Escuché la voz de mi madre dando órdenes, el sonido seco de pasos, el murmullo complacido de Elara. Nadie me llamó. Eso significaba dos cosas: o no me necesitaban… o aún no habían decidido qué hacer conmigo ese día. Me levanté con cuidado. El simple gesto de ponerme de pie me arrancó un jadeo ahogado. Apoyé la mano en la pared hasta que el temblor en mis piernas se calmó. Estaba acostumbrada. Siempre había vivido así, midiendo cada paso, escondiendo cada debilidad para no darles más motivos para despreciarme. Pero aquella mañana había algo distinto. Una inquietud suave, persistente, latiéndome bajo la piel. El lobo. La imagen de sus ojos dorados me atravesó con una claridad que me sorprendió. Recordé el calor de su aliento, el peso de su mirada, la forma en que, al final, había apoyado la cabeza cerca de mí como si… como si confiara. Me vestí despacio, ignorando el hambre que me hacía doler el estómago. Tomé el pequeño frasco de ungüento —había quedado poco— y salí antes de que alguien reparara en mi ausencia. El bosque me recibió con su silencio habitual, pero esta vez no me sentí una intrusa. Avancé con pasos lentos, cuidando mi respiración, deteniéndome cada vez que el dolor se intensificaba. Varias veces tuve que apoyarme en los troncos, cerrando los ojos hasta que el mundo dejaba de girar. —No soy fuerte… —murmuré para mí misma—. Pero puedo llegar. No sabía por qué lo necesitaba tanto. Cuando alcancé el claro donde lo había dejado, el corazón me dio un vuelco. Estaba vacío. Las hojas estaban revueltas, la tierra marcada por huellas profundas, pero no había rastro del enorme cuerpo negro. El lugar donde había reposado estaba frío. Sentí un nudo apretarme la garganta. —Quizás… —susurré— quizás ya no me necesita. Me arrodillé con dificultad, revisando el suelo. Encontré manchas de sangre seca, menos de las que esperaba. Eso era buena señal. Quise creerlo. Me aferré a esa idea como si fuera un salvavidas. Me quedé allí un rato, sentada sobre una roca, escuchando el murmullo del viento entre los árboles. El bosque estaba vivo a mi alrededor: el crujir de las ramas, el canto lejano de algún ave, el roce de hojas. Entonces lo sentí. No un sonido. No un movimiento claro. Una presencia. La piel se me erizó en los brazos. No de miedo. De reconocimiento. —Sé que estás aquí —dije en voz baja, sin saber por qué estaba tan segura—. No tienes que esconderte. El silencio se estiró. Respiré hondo, ignorando el ardor en el pecho, y dejé el frasco de ungüento en el suelo, a la vista. Luego me aparté unos pasos y me senté de nuevo, bajando la mirada, ofreciéndole espacio. Pasaron largos minutos. Cuando por fin lo vi, fue apenas una sombra moviéndose entre los árboles. Grande. Oscura. Mi corazón empezó a latir con fuerza, pero no me levanté. No corrí. No levanté las manos. —Vine a verte —susurré—. Solo… eso. El lobo emergió un poco más, lo suficiente para que pudiera distinguir su silueta. Su andar era lento, medido. Aún estaba herido. Lo noté en la forma en que apoyaba una pata antes que la otra. Se detuvo a varios metros de distancia, observándome. —Traje más ungüento —añadí, señalando el frasco—. Si… si quieres. No se acercó. Pero tampoco se fue. Esa fue su respuesta. Me quedé allí, hablándole de cosas pequeñas. De cómo el bosque era el único lugar donde no me sentía rota. De cómo mi cuerpo siempre fallaba, pero aun así seguía caminando. No esperaba que entendiera las palabras. Quizás solo necesitaba que alguien escuchara. El lobo se tumbó finalmente entre las sombras, manteniendo la distancia, pero sin perderme de vista. Su presencia era firme, vigilante. Como un guardián silencioso. Fue entonces cuando escuché el crujido. Pasos. Me tensé al instante. —¿Aylén? —la voz de uno de los guerreros de la manada resonó entre los árboles—. ¿Dónde estás? El miedo me atravesó como un cuchillo. No debía estar allí. Si me encontraban sola en el bosque, habría castigo. Siempre lo había. Me puse de pie con dificultad, buscando una ruta para huir, pero el mareo me golpeó con fuerza. Tropecé, cayendo de rodillas. El lobo se movió. No hacia mí. Hacia el sonido. Todo ocurrió rápido. Un gruñido profundo, estremecedor, retumbó entre los árboles. No era un aviso. Era una amenaza pura. Sentí el suelo vibrar bajo mis manos cuando el enorme cuerpo negro se desplazó con una velocidad imposible para alguien herido. —¿Qué fue eso? —escuché al guerrero decir, alarmado. Otro gruñido, más cercano esta vez. —Vámonos —dijo otra voz—. No es seguro. Los pasos se alejaron, apresurados, perdiéndose entre la maleza. Me quedé inmóvil, el corazón desbocado. Cuando levanté la mirada, el lobo estaba de nuevo cerca, interponiéndose entre el lugar por donde habían venido y yo. Su postura era firme, protectora. No me miraba. Vigilaba. —Gracias… —susurré, con la voz temblorosa. El lobo giró lentamente la cabeza hacia mí. Sus ojos dorados se encontraron con los míos. No había violencia en ellos. Ni miedo. Solo una certeza profunda. Por primera vez en mi vida, alguien me había protegido sin pedirme nada a cambio. Y mientras el bosque nos envolvía en su silencio, comprendí algo que me hizo estremecer: tal vez yo no estaba tan sola como siempre había creído.Pasaron los años, y lo que una vez fue un reino dividido por el miedo y la sombra de una bruja, se convirtió en una leyenda de prosperidad y justicia. El castillo de las sombras ya no hacía honor a su nombre; la luz de las antorchas y las risas infantiles llenaban los pasillos que antes guardaban silencios gélidos. El pequeño Valerius creció como un cachorro fuerte, siempre bajo la mirada vigilante de su padre, Kael, y la dulzura inagotable de su madre, Aylén.Una tarde de verano, el reino entero se reunió en el gran claro del bosque sagrado para celebrar el solsticio. Kael, sentado en su trono de piedra junto a Aylén —quien lucía más hermosa que nunca, con su cabello ondeando al viento—, observaba con orgullo cómo su hijo corría entre los hijos de los guerreros y los aldeanos. No había rangos esa tarde, solo manada.Cerca de ellos, bajo la sombra de un roble milenario, Rhevan y Elara observaban la escena. Rhevan, aunque el tiempo había trazado algunas líneas de sabiduría en su rostr
El tiempo en el reino de las sombras parecía haber sanado a la par de la naturaleza. Los campos que rodeaban el castillo estaban en pleno apogeo, pero dentro de los muros de piedra, la tensión era palpable, una mezcla de alegría y ansiedad contenida. Habían pasado nueve meses desde que la Luna y el Alfa unieron sus destinos, y el momento esperado por toda la manada finalmente había llegado.Era una noche de luna llena, una "Luna de Sangre" que teñía el cielo de un carmesí profundo, el color de la fuerza y el linaje de Ares. En los aposentos reales, el aire era pesado y cálido. Aylén estaba reclinada entre montañas de cojines, con el sudor perlado en su frente y las manos apretando con fuerza las sábanas de seda. Una contracción tras otra la sacudía, haciéndola jadear.—¡Kael! —llamó ella con la voz quebrada.Kael no se había movido de su lado en diez horas. El Alfa Supremo, el hombre que no temblaba ante ejércitos, estaba pálido, con los ojos brillando en un dorado eléctrico. Ares es
Aylén llevó a Elara hacia el diván, obligándola a sentarse mientras pedía a una de las doncellas que trajera agua tibia y paños limpios. Kael, aunque su mente estaba en la cacería que se desarrollaba afuera, permaneció en la habitación como una muralla de protección. No podía dejar que Aylén se sintiera desprotegida ni un segundo más.—Limpia esas heridas, Elara —dijo Aylén con suavidad, pasando el paño por las marcas de uñas en las mejillas de su hermana—. No dejes que el rastro de su maldad permanezca en tu piel.Elara se dejó cuidar, aunque su mirada seguía perdida en la puerta. El silencio del castillo era sepulcral, solo interrumpido por el sonido lejano de los caballos galopando hacia los límites del bosque. Cada minuto que pasaba sin noticias de Rhevan era una tortura para ella.—¿Y si ellos le hacen algo? —susurró Elara, con la voz quebrada—. Mi padre es capaz de cualquier bajeza cuando se siente acorralado.Kael se acercó entonces, colocándose detrás de Aylén. Sus manos grand
Al amanecer, una densa bruma cubría los terrenos del castillo, ocultando los movimientos de aquellos que preferían la sombra. Enos, envuelto en una capa andrajosa, se deslizó por el camino que los sirvientes usaban para traer la leche fresca y las provisiones de las granjas cercanas. Su conocimiento de los pasadizos del castillo, de cuando aún ostentaba un título noble, le permitió evadir la patrulla principal que Rhevan comandaba.En las cocinas, el ajetreo matutino comenzaba. Elara ya estaba allí, supervisando la preparación de la infusión de hojas de frambuesa que Aylén tomaba cada mañana para fortalecer el útero.—Ve a buscar un poco más de miel al almacén, Marta —le dijo Elara a una de las criadas—. Esta jarra está casi vacía.En el breve instante en que la cocina quedó en silencio, una figura se materializó en la puerta de servicio. Elara no tuvo tiempo de gritar; una mano callosa y con olor a tabaco rancio le tapó la boca mientras era arrastrada hacia el rincón oscuro de la des
La noche cayó sobre la cabaña como un manto espeso. Enos se levantó de la mesa y se dirigió a un viejo baúl de madera oculto bajo un montón de paja seca en la esquina del cuarto. Con manos temblorosas por la anticipación, extrajo un pequeño frasco de vidrio oscuro, sellado con cera roja. Al agitarlo, el líquido espeso de la raíz negra se adhirió a las paredes del cristal, como una sombra atrapada.—Esto será suficiente —murmuró Enos, mostrando el frasco a su esposa—. Una sola gota en el té de la mañana de Aylén y las contracciones comenzarán antes del mediodía. Ningún médico del castillo podrá detenerlo. Dirán que su cuerpo era demasiado débil para albergar al cachorro de un Alfa Supremo.—Y Elara será la primera sospechosa —añadió su esposa, frotándose las manos con una satisfacción macabra—. Kael sabe que ella prepara la comida de Aylén. Cuando el Alfa vea a su heredero perdido, su furia caerá directamente sobre ella. Rhevan no podrá defenderla, y nuestras dos hijas caerán juntas.M
La primavera avanzaba con paso firme, vistiendo los jardines del castillo con un manto de flores blancas y violetas. Era una tarde inusualmente cálida cuando Aylén decidió que ya no podía soportar estar encerrada entre cuatro paredes.—Por favor, Elara, solo un paseo corto —suplicó Aylén, sosteniendo su abultado vientre con ambas manos mientras miraba a su hermana con ojos de súplica.Elara, que estaba doblando unas sábanas de lino, suspiró con una sonrisa resignada.—Está bien, pero solo por el sendero principal del jardín. Si Kael se entera de que te dejé caminar demasiado, me enviará de vuelta a las cocinas —bromeó Elara, ayudando a su hermana a ponerse en pie.Caminaron despacio por el jardín privado de la Luna. Aylén avanzaba con paso pesado pero seguro, disfrutando del aire fresco y del sol sobre su piel. Mientras tanto, Elara se mantenía a su lado, atenta a cada paso por si Aylén perdía el equilibrio.—Siento que ya casi no tengo espacio en mi propio cuerpo —confesó Aylén, solt





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