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Capítulo 5. Amber… libre

last update Fecha de publicación: 2026-04-28 06:53:52

Amber

Cruzar las puertas de hierro del recinto carcelario fue como despertar de una pesadilla que duró mil años. El sol de la mañana me golpeó con una fuerza inusitada, obligándome a entrecerrar mis ojos, pero no me detuve. No podía permitirme ni un segundo de debilidad.

Caminé con paso firme, sintiendo el peso de mi pequeña maleta en una mano y el título de abogada en la otra. No miré hacia atrás; el pasado no tenía nada que ofrecerme, salvo cicatrices que ahora pensaba usar como medallas.

A pocos metros, vi las siluetas de mi madre, Génesis y Dylan. El reencuentro fue una explosión de sollozos y susurros rotos. Me hundí en el abrazo de mi madre, aspirando ese aroma a hogar que casi había olvidado entre las paredes de cemento y desinfectante.

—¡POR FIN, LIBRE! —grité al viento, soltando toda la tensión que acumulé durante dieciocho meses.

Dylan me recibió con un abrazo protector. Su camioneta de lujo esperaba allí, como un símbolo del mundo al que yo pertenecía por derecho y que me habían arrebatado.

—Bienvenida, mi reina bella —me saludó con una admiración que no intentaba ocultar.

Fuimos a un restaurante exclusivo. Dylan descorchó una botella de vino para brindar por mi retorno, pero, aunque yo sonreía y agradecía, mantenía una parte de mí en guardia. La cárcel me enseñó que la libertad es un privilegio frágil. Tras la comida, mientras nos dejaba en casa de Génesis, Dylan intentó invitarme a cenar esa misma noche.

—Sé que deseas organizarte —me dijo antes de marcharse—. Pero recuerda que en mi empresa siempre habrá un puesto para ti. Mis abogados están ansiosos por tenerte en el equipo.

—Dylan, no sé cómo pagarte tanta bondad —le respondí, y sentí cómo mi determinación se volvía de acero—. Estoy lista para empezar. Pero necesito un favor: mi libertad debe ser un secreto absoluto por ahora. No hagamos ruido hasta que sea el momento de rugir.

—Entiendo —asintió él—. En dos meses celebro el aniversario de la empresa. Soñaba con que fueras mi anfitriona. ¿Cuánto tiempo necesitas para estar lista?

Entorné los ojos, calculando cada movimiento de mi tablero de ajedrez personal.

—Dos meses —sentencié con una media sonrisa—. Necesito dos meses para borrar cada rastro del penal de mi piel.

(***)

Amber

El tiempo voló entre expedientes legales y una transformación física radical. No solo estudié las leyes de Santiago de León para mi nuevo puesto; me entregué a una metamorfosis. Corté mi melena y la teñí de un castaño claro con reflejos dorados. Mi piel recuperó el brillo y mi mirada, antes apagada por el encierro, ahora vibraba con una intensidad magnética.

El día del aniversario de la Corporación Lugo, me preparé como quien se viste para una batalla final. Elegí un vestido de corte sirena en color verde olivo, el tono exacto de mis ojos. La prenda se adhería a mi figura como una segunda piel, con una abertura lateral que nacía en la cadera y revelaba mis piernas. Cuando entré al salón de la recepción, el silencio se extendió como una onda expansiva.

—¡Guau! —logró articular Dylan, quedándose mudo por un instante—. Estás... divina. Eres una diosa, Amber.

—Gracias, Dylan. Estoy lista para ser tu mano derecha. Dime, ¿por dónde empezamos?

Durante la noche, asumí mi rol con una sofisticación impecable. Recibía a los invitados con una calidez calculada, capturando la atención de cada empresario. La culminación llegó cuando abrimos la pista de baile.

Sentía la química eléctrica; cada giro que daba y cada mirada que le lanzaba a Dylan eran proyectiles dirigidos a las redes sociales. Sabía que los teléfonos de los invitados ardían. Fotos y videos de "la mujer del vestido verde" se volvieron virales en cuestión de minutos. Sé que, en algún lugar, esas imágenes llegarían a los ojos de Christopher Morillo. Esa era mi primera estocada.

Sin embargo, al final de la noche, Dylan se dejó llevar por la euforia y me levantó en vilo. Sentí que mi cuerpo se tensaba como una cuerda a punto de romperse. El contacto físico no solicitado me devolvió por un segundo a la celda, al dolor, a la vulnerabilidad.

—¡Dylan! ¡Bájame, por favor! Me mareo —grité, con una nota de pánico que él no supo interpretar. Me dejó en el suelo, pidiendo disculpas. Antes de despedirse, hizo un último intento por protegerme.

—¿Aceptarías que te ayude con un apartamento? Para que tú y tu mamá tengan comodidad. No te preocupes por el costo. Lo miré con una seriedad que helaba la sangre.

—Ese error, el de depender de la generosidad de un hombre, no lo vuelvo a cometer en mi vida, Dylan. Te lo agradezco, pero de aquí en adelante, la única responsable de mi vida soy yo.

—Amber, sé que ese rechazo tiene nombre y apellido —dijo él, refiriéndose a Christopher—. Pero no todos somos así.

Le dediqué una sonrisa triste. —Tal vez no. Pero la Amber que creía en promesas murió en una celda. La abogada que ves hoy solo cree en lo que puede construir con sus propias manos.

Entré a la casa y me miré al espejo. Me quité los aretes de esmeralda y observé mi reflejo. El primer paso estaba dado: el mundo sabía que había vuelto, pero nadie sospechaba que aquella mujer deslumbrante era la misma a la que habían intentado destruir. La cacería acababa de comenzar.

(***)

Christopher

El ambiente en mi penthouse era fúnebre. Michelle estaba allí, después de una cena tensa, intentando llenar un silencio que yo no quería romper. Cometí el error de revisar mis redes sociales y el algoritmo, implacable, me lanzó de frente los videos virales del aniversario de la Corporación Lugo.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. En la pantalla, una mujer de figura exuberante, envuelta en un vestido verde olivo, bailaba con Dylan. Aunque la cámara nunca la captaba de frente de forma clara, el perfil, la caída de los hombros y la forma en que movía las manos eran inconfundibles.

—No puede ser... —susurré, con las manos temblorosas sobre el teléfono.

Si no supiera que Amber estaba tras las rejas cumpliendo su condena, juraría que era ella. Pero esa mujer irradiaba un aura de poder y gloria que no encajaba con la imagen de la prisionera que yo había creado en mi mente. Esa simetría perfecta, esa elegancia... me desafiaba.

Michelle notó mi distracción e intentó seducirme, buscando recuperar mi atención, pero la rechacé con una excusa torpe sobre el cansancio. No podía pensar en nada que no fuera esa mujer del vestido verde.

—¡Eres increíble, Christopher! —gritó Michelle, enfurecida por mi rechazo. Salió dando un portazo que retumbó en todo el edificio.

Me quedé solo, mirando fijamente la imagen congelada en mi celular. El corazón me latía con una mezcla de terror y una fascinación que odiaba. ¿Había salido ya? ¿Cómo era posible? Si era ella, si realmente era Amber... entonces la tormenta que yo mismo había desatado estaba a punto de regresar para golpearme con el doble de fuerza.

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