MasukEstimadas lectoras y lectores La falta de decisión o el amor ciego de Rigoberto solo vino a causarle mucho dolor a su propia hija.
Luego de escuchar las palabras de Sebastián, Paulina negó con la cabeza, pero una pequeña sonrisa amenazó con aparecer. Sebastián la vio y, naturalmente, no tuvo la decencia de ignorarla.—Ahí está.—¿Qué cosa?—Ya te relajaste.—No estaba nerviosa. —dijo ella desapareciendo su sonrisa.—No, claro.—No lo estaba.—Bueno.—¡Sebastián!Él soltó una carcajada; Paulina tomó aire.—Lo que me preocupa es que descubran que vivo contigo.Esta vez Sebastián no se rio, la miró unos segundos antes de preguntar:—¿Por qué?—¡Ya hablamos de esto!—De que es una locura, sí. Bastantes veces, pero no te estoy preguntando eso. ¿Qué crees que va a pasar cuando lo sepan?Paulina guardó silencio; aquella respuesta no era tan sencilla.—Lina se va a burlar de mí durante el resto de mi vida.—Eso ya lo hace.—No así.—Entonces tendrás variedad.Paulina le lanzó una mirada asesina.—¿Quieres que te conteste o no?Sebastián levantó ambas manos y dijo:—Continúa.—Marina va a sorprenderse.—Probablemente.—Au
Sebastián continuó sonriendo mientras Paulina lo observaba con aquella expresión que pretendía ser de absoluto fastidio, pero no lo conseguía y eso la irritaba todavía más.—Algún día esa seguridad tuya va a meterte en problemas.—Ya lo hizo.—¿Ah, sí?—Sí.Sebastián la señaló y levantó solo una ceja. Él debía admitir que esa mujer era un problema andante y eso, eso le encantaba y, aunque nunca lo admitiría, le aterraba.—Vivo con una mujer que reorganiza mis libros, mueve mis cosas, critica mis sábanas y compra plantas para hacer de mi casa, su casa, nuestro hogar.—¡La casa necesitaba plantas!—¿Según quién?—Según cualquier persona con un mínimo sentido estético.—Yo estaba perfectamente bien sin ellas.—Tu casa parecía un departamento muestra.—Era funcional.—Era triste.—Era mío.Paulina abrió la boca, Sebastián sonrió y ella lo señaló inmediatamente.—No.—¿No qué?—No vas a hacerlo.—No sé de qué hablas.—Vas a utilizar otra vez lo de nuestra casa para provocarme.Sebastián se
Paulina cerró la puerta detrás de ella y apenas había avanzado unos pasos cuando volvió a escucharla abrirse.—¡Paulina!Ella cerró los ojos, pero siguió caminando hacia su automóvil.—¡Paulina!—¡Adiós, Lina!—¡Solamente quiero saber una cosa!Paulina abrió el automóvil.—¡No!—¡Ni siquiera sabes qué voy a preguntar!—¡Precisamente por eso!—¡¿DESDE CUÁNDO?! —preguntó Lina sabiendo que no podía quedarse con la duda.Paulina se detuvo, giró lentamente; Lina estaba en la entrada de la casa con una mano apoyada en el marco y Marina se encontraba detrás de ella.—¡Métete a la casa! —ordenó Paulina.—¡Eso no es una respuesta!—¡No tengo que darte ninguna!—¡Soy tu hermana!—¡Desde hace aproximadamente media hora, según tú!Marina soltó una carcajada; Lina la ignoró.—¡¿Desde cuándo estás con Sebastián?!—¡Adiós, Adelina!—¡Paulina!—¡Adiós! —dijo Paulina, subió a su auto y cerró la puerta.A través del cristal alcanzó a ver a Lina protestando mientras Marina intentaba hacerla entrar. Paul
—Reunión mensual de hermanas —propuso Lina después de todo lo que acababan de decir.Paulina levantó una ceja.—¿Mensual?—¿Mucho?—No dije que fuera mucho.Lina la observó con suspicacia.—Entonces no pongas esa cara.—¿Qué cara?—Esa cara de Paulina que está calculando agendas, distancias, horarios y probablemente haciendo una tabla mental.—No hago tablas mentales.—Claro que sí.—Las hace. —dijo Marina sonriendo.Paulina las miró a ambas.—Qué bonito, cinco minutos siendo hermanas y ya se aliaron en mi contra.—Esto es exactamente lo que querías —le recordó Lina. —Participar.—Retiro mi solicitud.—Demasiado tarde.—Podemos hacerlo. —dijo Marina riendo.—Podemos —aceptó Paulina.Lina la miró un momento.—Además, ahora que ya no estás en Vancouver…Paulina levantó la mirada inmediatamente.—¿Qué?—Dijiste que regresabas.—Sí.—Entonces se acabaron tus excusas.Paulina hizo una pequeña mueca.—Nunca dije que fueran excusas.—Vivías en otro país, Paulina, era una buena excusa, ya no
Paulina soltó aire; había esperado años para hablar con sus hermanas y ahora que finalmente tenía la oportunidad, quería escapar; eso era absurdo.—Porque ustedes siempre se tuvieron.Lina y Marina se quedaron viendo luego…—No entiendo —dijo Marina.—Yo sí —expresó Lina. —Siempre estuvimos más juntas.—Exactamente. —dijo Paulina.—Pero tú eras mayor, tenías tu vida, estudiabas, salías…—Lo sé, Marina.El tono no fue duro, pero consiguió detenerla; Paulina respiró profundamente.—Ese era precisamente el problema, todos pensaban que yo tenía mi vida.Marina guardó silencio.—Mamá esperaba cosas de mí —dijo Paulina. —Yo era la mayor, tenía que comportarme de cierta manera, tenía que hacer las cosas bien, tenía que ser… —Hizo una pausa buscando la palabra correcta.—La que no daba problemas. —dijo Lina.—Yo nunca tuve ese inconveniente. —dijo Paulina sonriendo levemente.—No, tú te aseguraste de que nadie pudiera confundirse.—Me gusta dejar las cosas claras.Marina no sonrió mientras mi
—¿Y tú qué haces aquí?Paulina se detuvo en la entrada de la cocina y miró a Lina como si hubiese encontrado un animal salvaje sentado tranquilamente a la mesa. Lina levantó la mirada de la taza que sostenía entre las manos.—Buenos días para ti también.—Pensé que estabas en tu casa.—Estaba.—¿Y Patrik?—En la casa.—¿Y por qué tú no estás con él?—Porque todavía no hemos sido unidos quirúrgicamente. —dijo Lina bebiendo un sorbo.—Solamente pregunté. —dijo Paulina dejando salir un suspiro.—No, tú interrogaste, hay una diferencia.—Son las ocho de la mañana.—¿Y?—Normalmente no apareces a las ocho de la mañana en ninguna parte.—Estoy embarazada, no muerta.—Precisamente por eso deberías estar descansando. —dijo Paulina dejando su bolso en una de las mesitas decorativas.—No empieces. —dijo Lina alzando lentamente la ceja.—¿Qué?—A decirme lo que debo hacer porque estoy embarazada.—No estaba…—Patrik ya intentó discutir conmigo lo de las montañas.—¿Qué montañas? —preguntó Paulin







