INICIAR SESIÓNCuatro años habían pasado desde la boda en la hacienda de Flora, pero para Isabella y Lorenzo el tiempo no había borrado nada. Al contrario: los sentimientos se habían vuelto más profundos, más maduros, más intensos. Lo que un día fue deseo y descubrimiento, hoy era raíz, hogar y puerto seguro.
Era el final de la tarde, y el cielo, pintado
Habían pasado nueve meses desde aquella tarde en que Isabella le contó a Lorenzo que estaban esperando otro bebé. Desde entonces, la hacienda había adquirido un brillo distinto, un ritmo nuevo, como si incluso el viento sopla suave. El amor que ya desbordaba parecía multiplicarse cada día.Era el inicio del otoño, y el cielo se teñía de suaves tonos de durazno y dorado. Las hojas comenzaban a caer lentamente, cubriendo los caminos de la hacienda como una alfombra rústica, y el aire fresco traía consigo un aroma dulce a tierra húmeda y flores. La naturaleza parecía celebrar junto a ellos la llegada de un nuevo capítulo.En la veranda principal, Lorenzo estaba de pie, con las manos firmes apoyadas en la baranda de madera, contemplando el horizonte con u
Cuatro años habían pasado desde la boda en la hacienda de Flora, pero para Isabella y Lorenzo el tiempo no había borrado nada. Al contrario: los sentimientos se habían vuelto más profundos, más maduros, más intensos. Lo que un día fue deseo y descubrimiento, hoy era raíz, hogar y puerto seguro.Era el final de la tarde, y el cielo, pintado en tonos dorados, carmín y lila, servía de marco para la escena que se desplegaba en los vastos jardines de la nueva hacienda, aquella que Lorenzo había comprado poco después del bautizo de Benjamin. Allí, cada rincón había sido pensado para ser un hogar, un refugio que mantuviera a todos cerca, donde las risas de los niños se mezclaban con el canto de los pájaros y la brisa suave que cruzaba los campos.
El cielo se oscurecía lentamente y la brisa fresca de la noche comenzaba a recorrer la hacienda. El sol ya se había escondido detrás de las colinas cuando Lorenzo e Isabella regresaron del paseo a caballo, todavía envueltos por la emoción del descubrimiento. En el camino de vuelta, ella permanecía abrazada a su cintura, en silencio, intentando asimilar todo lo que había escuchado. Cada latido de su corazón aún repetía la promesa hecha minutos antes: “Aquí es donde viviremos el resto de nuestras vidas.”Al llegar a la hacienda, el aroma irresistible de la comida recién hecha invadió el aire. Maria, Dona Flora y Antonella se habían esmerado con la cena de esa noche, preparando platos típicos del interior: costilla asada lentamente e
La tarde caía lentamente sobre la granja, coloreando el cielo con un espectáculo de tonos dorados, anaranjados y lilas que se reflejaban en los campos. El balcón principal estaba envuelto por una luz suave que hacía todo mágico, casi intocable. Isabella estaba apoyada en la barandilla de madera, con la mirada perdida en el horizonte, pero el corazón latía acelerado, como si sintiera que ese día guardaba algo especial.Ante él, una escena que parecía salida de un sueño: Lorenzo, montado en su caballo, sostenía a Benjamín con cuidado. El bebé vestía un traje de vaquero, pantalones vaqueros, camisa a cuadros y un pequeño sombrero que insistía en caer sobre los ojitos verdes. Junto a ellos, Aurora cabalgaba orgullosa sobre Pingo, con sus botines de cuero, los pantalones bordados con delicadas flores y una camisa floreada que traducía su alegría natural.El viento soplaba suave, llevando el olor de hierba recién cortada, madera húmeda y flores silvestres. Isabella cerró los ojos por un ins
El sol de la tarde doraba los campos de la hacienda, tiñendo el horizonte con tonos de cobre y miel. El viento soplaba suave, levantando pequeñas nubes de polvo que se perdían a lo lejos, acompañando el sonido rítmico de los cascos sobre la tierra batida. Lorenzo Velardi, imponente sobre el caballo de pelaje castaño, llevaba en brazos un pequeño tesoro: su hijo Benjamim, vestido como un auténtico vaquero en miniatura.El niño, de mejillas sonrosadas y ojos curiosos, llevaba unos diminutos jeans que apenas lograban cubrir sus inquietos piecitos, una camisa a cuadros azul y blanca que le daba un aire encantadoramente adulto y, sobre la cabeza, un sombrero de vaquero que insistía en deslizarse hacia adelante, casi cubriéndose los ojos. Lorenzo reía bajo cada vez que el hijo, con sus manitas regordetas, intentaba acomodar el sombrero, como si tuviera plena conciencia de que aquello formaba parte de su “misión” de vaquero.Sosteniendo al pequeño con firmeza, Lorenzo transmitía seguridad. S
La habitación estaba sumida en silencio, iluminada apenas por los suaves haces de luz que se filtraban por las rendijas de las cortinas de lino blanco. El aire era tibio y estaba impregnado de un delicado perfume de lavanda proveniente del difusor en la esquina. Isabella aún permanecía recostada sobre el pecho de Lorenzo, el cuerpo completamente relajado, con la respiración lenta y profunda, intentando controlar un corazón que por fin había encontrado un ritmo sereno.Lorenzo, por su parte, deslizaba los dedos con ternura entre los mechones sedosos de su cabello, dibujando pequeños círculos perezosos sobre la piel de su nuca. Su sonrisa era serena y satisfecha, una de esas sonrisas silenciosas que solo Lorenzo tenía, el tipo de sonrisa que delataba paz, placer y un amor que no necesitaba palabras.Por un instante, parecía que el mundo entero cabía allí: el sonido suave de la respiración de ambos, la brisa entrando por la ventana y el pulso tranquilo de dos corazones que se habían enco







