LOGINPOV Leona
Esbozo una sonrisa cordial, como si él fuera un cliente más. Por dentro me estoy desmoronando; mi corazón late tan fuerte que golpea mi pecho, mi sien explota y mis manos sudan, pero no le daré el gusto de verme mal.
—Por supuesto, señor Della Rovere —respondo sin que un solo músculo de mi rostro traicione el vacío helado que me recorre el pecho—. Enseguida nos encargamos.
Le hago una seña discreta a Valeria para que me ayude a retirar los tres vestidos de alta costura que Clara había seleccionado previamente. Apuro las manos con absoluta precisión, envolviendo cada prenda en fino papel de seda y colocándolas dentro de las fundas de la boutique, selladas con el monograma dorado de Maison Valette.
—Acompañe a la señorita a la caja, por favor —le pido a mi compañera, mientras yo tomo las fundas para llevarlas hacia el auto.
—No te preocupes, mi amor, el chofer las puede llevar. La señorita ya hizo su trabajo —interviene Clara, sujetando a Ignacio del brazo con posesividad mientras caminan hacia la salida.
—No hay problema, señorita Lombardo. Es parte del servicio exclusivo de la tienda —contesto, con la mirada baja, sin dejar que se note nada más que cortesía.
Salgo detrás de ellos a la acera. El aire fresco de la tarde me devuelve un poco el aliento. El chofer de Ignacio abre el maletero del auto negro y toma las fundas de mis manos. Al erguirme, me encuentro cara a cara con Ignacio, que se ha quedado a un lado mientras Clara revisa su teléfono a unos metros de distancia.
Por una fracción de segundo, la máscara del impecable magnate se rompe. Sus ojos oscuros brillan con un matiz de rabia y desconcierto que no logra disimular.
—¿Qué estás haciendo aquí, Leona? —murmura en un susurro áspero y bajo, aprovechando que Clara está de espaldas.
Le sostengo la mirada con una distancia tan absoluta que veo cómo su mandíbula se vuelve a tensar.
—Haciendo mi trabajo, señor Della Rovere. Hace dos meses que me cambiaron de sucursal, se lo conté, ¿recuerda? —respondo al mismo volumen, neutra, lejana—. Que tengan un excelente día.
Doy media vuelta sin esperar su respuesta y camino con paso firme de regreso a la tienda. Al cruzar el umbral, escucho el motor del auto arrancar y alejarse.
—Estuviste increíble —susurra Valeria apenas cierro la puerta trasera del vestidor—. Yo me hubiera desmayado ahí mismo.
—Cúbreme este par de horas que me quedan, no me siento bien —le digo, apretándole la mano—. Tengo que irme ya.
—Vete tranquila. Gracias por salvarme.
Me quito el uniforme con manos temblorosas y me pongo mi ropa de calle. Tomo mi bolso y me aseguro de no dejar nada personal en el casillero. Salgo por la puerta de servicio directamente al callejón. Saco mi teléfono, elimino el número de Ignacio, borro el chat entero sin releer una sola línea y desecho la tarjeta SIM antes de tirarla en el primer contenedor de basura que encuentro.
Camino a paso rápido hacia la avenida principal, donde Ivanna ya me espera en su auto con el motor encendido. Al subirme y cerrar la puerta, dejo salir todo el aire que estuve reteniendo durante horas.
—¿Todo listo? —me pregunta, mirándome con preocupación y firmeza.
—Todo listo —respondo, mirando hacia el frente sin volver la vista atrás—. Sácame de aquí.
Ella suspira hondo.
—No entiendo porque debes huir como una fugitiva —replica furiosa—. ¡Tú no has hecho nada malo! Abandonar tu vida así, tu trabajo, tus estudios. Todo por ese cretino mal nacido. Leona, él ya te dejó por esa tonta, ¿Para qué irte?
Esbozo una sonrisa amarga.
—Tú no conoces a Ignacio. En estos tres años, mi vida pasaba por su supervisión. Donde iba, con quien estaba y que hacía. Él me decía que era por seguridad..., pero... —le tomo la mano y se la aprieto con fuerza—. ¡Oh, Ivanna! Entiéndelo, lo hago por él, pero más que nada por mí. Porque si lo sigo viendo, si él me busca, no tendré fuerzas para abandonarlo jamás. Y yo, yo necesito olvidarlo. Lo he amado tanto... aun lo amo, no lo puedo evitar. Pero si puedo evitar encontrármelo.
Mi mejor amiga asiente, resignada.
—Entonces, si es así, es mejor que tires ese teléfono. Porque seguramente tiene un rastreador. Vamos, te compraré uno. Si vas a empezar de cero, lo harás como corresponde.
—Gracias, Ivanna —susurro, dejando caer por fin la cabeza contra el respaldo del asiento—. No sé qué haría sin ti.
—Sobrevivir, porque eres una leona, tal como te llamas —dice ella, acelerando para incorporarse al tráfico de la avenida—. Pero mientras yo esté aquí, no vas a tener que hacerlo sola. Nos detendremos en el centro comercial a la salida de la ciudad, compramos el equipo nuevo y nos vamos directo a la casa de campo de mi abuelo. Ahí nadie te va a encontrar. Después veremos.
Miro por la ventanilla cómo los edificios del centro van quedando atrás. Por primera vez en tres años, el peso en mi pecho empieza a ceder. Ignacio Della Rovere podrá tener el dinero, el apellido y a la prometida perfecta, pero a partir de hoy, jamás volverá a tener el control sobre mí.
POV LeonaLuciano me hace una seña desde el otro lado de la cama, con la mascarilla todavía colgando del cuello y el cardiólogo inclinado sobre el monitor.—Sal un momento —murmura—. Van a terminar de revisarlo y después entra su madre. Yo salgo en un minuto.Asiento. Le echo una última mirada a Ignacio, a ese perfil quieto con la cabeza apenas girada hacia mí, y salgo de la habitación con las piernas todavía tan flojas que llego a pensar que me desplomaré en el suelo.El pasillo me recibe con un silencio denso. Anna está sentada con la cara escondida en el pecho de Mateo. Clara, apoyada contra la pared del fondo, finge revisar su teléfono sin quitarme los ojos de encima. Y justo frente a la puerta, con la espalda recta y las manos entrelazadas a la altura de la cintura, está Elena Della Rovere.Después de la cena familiar no creí que volviera a verla tan pronto; ella tiene un aura tan oscura que me intimida. A pesar de la situación que está atravesando no abandona su postura soberbia
NarradorEl estruendo sordo de las alarmas médicas atravesó la puerta de vidrio de la sala de terapia intensiva como una descarga eléctrica.En el pasillo, el sonido congeló el aire en una fracción de segundo.Anna se llevó las manos a la boca, soltando un ahogado grito de pavor. El rosario se le resbaló de los dedos y cayó al suelo con un tintineo seco. Mateo la sostuvo por los hombros justo a tiempo, evitando que sus piernas se doblaran por el impacto del susto.—¡Ignacio! —chilló Anna, desprendiéndose del agarre de Mateo para lanzarse con desesperación hacia la puerta.Pero Elena, quien recién llegaba, ya se había puesto en movimiento. Su compostura rígida se agrietó por primera vez en todo ese tiempo. Con el rostro desencajado y los ojos fijos en la silueta de los médicos que comenzaban a correr dentro de la unidad, avanzó a pasos agigantados, dejando atrás el taconeo perfecto de sus zapatos.Clara, a unos metros de distancia, soltó el vaso de café. El plástico impactó contra el s
POV LeonaLa puerta se abre sin hacer ruido.Luciano se queda atrás, apoyado contra el marco, y yo entiendo sin que lo diga que no va a entrar. Me suelta la mano despacio, con un último apretón que significa «aquí estoy, tómate el tiempo que necesites», y me deja cruzar sola el umbral.El aire de la habitación es distinto al del pasillo. Más quieto, más frío, y cargado de ese pitido constante que marca cada segundo como si fuera una cuenta regresiva. Avanzo despacio, con los pasos silenciados por el suelo de goma, hasta que me detengo junto a la cama.Y entonces lo veo de verdad.Desde el vidrio era una silueta. Desde acá es Ignacio, con todos sus detalles: la barba de varios días que jamás se habría permitido crecer, los labios resecos alrededor del tubo, un moretón violáceo en el pliegue del brazo donde le clavaron la vía. Las manos —esas manos que tantas veces me tomaron del brazo con urgencia— descansan inertes sobre la sábana blanca. Parece más joven y viejo a la vez. Parece un h
POV LeonaEl pasillo de terapia intensiva me da escalofríos; todos los malos recuerdos vuelven una y otra vez.Podría decir que todos son malos recuerdos, pero hay algo que me impide afirmar eso. Luciano camina a mi lado, con mi mano atrapada en la suya, y su pulgar traza círculos lentos sobre mi piel. No sé si lo hace para tranquilizarme a mí o para tranquilizarse a él. Como sea, tenerlo a mi lado me dice que, dentro de las tragedias vividas, pude conocer algo tan profundo y verdadero como el amor de este hombre.—Si en algún momento quieres irte, solo tienes que decirlo —murmura sin mirarme—. No tienes que demostrarle nada a nadie.—Lo sé —respondo.Pero ambos sabemos que no es del todo cierto.Doblamos la esquina y la veo antes de que ella me vea a mí. Anna está sentada en una de las sillas de plástico pegadas a la pared, con los codos sobre las rodillas y la frente apoyada en las manos entrelazadas, el rosario enredado entre los dedos. A su lado, Mateo le habla en voz muy baja y l
POV LeonaAbro los ojos antes de que salga el sol.No fue una pesadilla lo que me despertó, ni un sobresalto. Fue algo mucho más tranquilo y, al mismo tiempo, mucho más pesado: la certeza, clara y ordenada, de que necesito ver a Ignacio.Se dice que hay un tiempo para todo; yo creo que ahora que recuperé la memoria ha llegado mi tiempo de cerrar este ciclo de la mejor manera posible.Me quedo un rato mirando el techo, dejando que la luz gris del amanecer se filtre despacio por la cortina, mientras repaso una y otra vez las piezas que anoche terminaron de encajar en mi cabeza. Los primeros días juntos. El apartamento que nunca quise aceptar, pero en el que él insistió que teníamos que compartir. El bebé que perdí en ese accidente, en medio de la lluvia, sin saber bien qué ocurrió en realidad. Y después, en medio de todo ese dolor, Ignacio investigando. Preguntando. Tratando de encontrar al responsable con una obstinación que, en su momento, interpreté como culpa y hoy, con la cabeza má
POV LucianoMe quedo quieto, todavía con los dedos enredados en el mechón de pelo que le acabo de apartar de la frente, mientras las palabras de Leona terminan de asentarse en el aire de la habitación.He recordado todo. Ya sé quién soy en realidad.Debería alegrarme. Y en parte lo hago —claro que lo hago—, porque verla así, perdida dentro de su propia cabeza, sin un solo recuerdo que la sostuviera en realidad, fue una de las cosas más difíciles que me tocó presenciar en mi vida, y eso que llevo años viendo gente debatirse entre la vida y la muerte en cada guardia. Pero hay algo más, algo que se me retuerce en el pecho con una textura que no logro nombrar del todo.Porque la mujer que tengo delante ya no es la misma con la que me enamoré.O sí lo es. Es exactamente la misma. Ese es justamente el problema.Pero para ella ¿yo seguiré siendo el mismo? O peor aún, la imagen que ella tiene de Ignacio ¿cambiará ahora?—Me alegra que hayas recuperado la memoria —digo, y mi voz sale pareja, c







