FAZER LOGINMarcel llegó al restaurante de lujo en Las Mercedes con los nervios a flor de piel. Se dirigió directamente a la zona VIP, el lugar donde se llevaría a cabo la reunión clave para la expansión europea.
En su mente, solo había un deseo: que Giselle no apareciera. Después de todo, ella había estado desaparecida de la empresa durante todo el día, algo que nunca antes había ocurrido en los dos años que llevaban casados.
"Seguro se quedó llorando en su habitación por lo de las maletas", pensó con desdén mientras se ajustaba el saco.
Al llegar a la entrada del salón privado, se detuvo en seco. El aire pareció abandonar sus pulmones de golpe.
—Buenas noches… —balbuceó Marcel, quedándose en el umbral, sin palabras.
Frente a él, sentada a la mesa con una postura impecable, estaba Giselle. Pero no era la Giselle que él conocía. Estaba renovada, con el cabello cayendo en ondas perfectas y una sonrisa de seguridad que nunca antes había visto.
—Buenas noches, Marcel —respondió Harry Brown, el empresario inglés, cautivado por la belleza de la mujer que lo acompañaba—. Disculpe que empezáramos sin usted, pero siéntese. Aún no hemos terminado, aunque para ser honesto, no quisiera que esta reunión termine pronto.
Marcel se sentó, era inevitable no percibir el deseo en la mirada de Harry.
Cada halago del inglés era como un dardo en el orgullo de Marcel, quien veía con furia cómo su "esposa invisible" se convertía en el centro de atención.
Por otro lado, Giselle se sentía poderosa. Ningún hombre la había tratado con la admiración que Harry mostraba, y ver a Marcel molesto, apretando los cubiertos con fuerza, era todo lo que necesitaba para confirmar que su plan funcionaba.
—Esta reunión resultó ser mejor de lo que esperaba —comentó Harry al final de la velada, poniéndose de pie un tanto renuente—. Tenía mis expectativas, pero usted, señora Carter, las ha superado cada una de ellas. Espero que antes de regresar a Inglaterra podamos quedar una noche; solo será una cena —aclaró, aunque su mirada decía algo mucho más íntimo.
—Yo encantada, Harry —se apresuró a responder Giselle, sintiendo como sus mejillas se tornaban calientes por la osadía—. Tienes mi número personal, solo debes llamarme y buscaré un espacio en mi agenda para ti.
Marcel apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolió. El descaro de ella frente a sus ojos era inaudito.
—Mañana paso por la empresa a llevar los documentos firmados, nos vemos hasta entonces —se despidió el inglés de Marcel con un formal y rápido apretón de manos, para luego dedicarle a Giselle una inclinación casi galante.
En cuanto el empresario cruzó la puerta de salida, Marcel se giró hacia Giselle con los ojos inyectados en rabia.
—No creí que fueras capaz de caer tan bajo —escupió él—. Vestirte de esa forma para seducir a nuestro socio... —movió su mano frente a ella, señalando su ropa con un gesto de profundo desagrado—. Veo que después de todo no eres tan diferente a las demás mujeres que buscan atención.
—No soy peor que tus amantes, Marcel —respondió ella con una calma que lo descolocó—. Y no tengo necesidad de abrir mis piernas para lograr mis objetivos profesionales. Con respecto al divorcio, he tomado una decisión: no iniciaré el proceso. Haré algo mucho mejor.
Giselle comenzó a recoger sus cosas con una parsimonia elegante, reconociendo el efecto de confusión y deseo reprimido que estaba causando en él.
—Nos vemos mañana en la oficina —añadió ella con una sonrisa gélida—. O... ¿estarás demasiado ocupado con tu amante?
—No sé qué tramas, Giselle —le advirtió él, dando un paso hacia ella—, pero lo único que conseguirás es salir lastimada y sin nada en las manos. Estás jugando con fuego.
—Tienes mucho más que perder que yo, recuérdalo —esta vez le mantuvo la mirada sin pestañear—. No voy a ceder. Quiero la empresa que por derecho me pertenece y no me detendré ante nada.
—Eres mujer, Giselle. Nunca podrás estar a la altura de esta responsabilidad —le escupió las palabras, aunque por dentro se sentía extraño, como si su mundo se estuviera volcando—. Acepta la derrota y vete con el inglés, que ya lograste meterlo en tu trampa.
—¿Celoso, Marcel? —Giselle arqueó una ceja, burlona—. No estoy dispuesta a ceder ni un milímetro. Voy a demostrarte de lo que soy capaz.
Giselle salió del restaurante con la frente en alto, sintiendo el peso de las miradas masculinas del salón sobre ella. Estaba orgullosa; había ganado el primer round.
Para Marcel, no pasó desapercibido cómo los hombres la seguían con la vista. Se sentía molesto, contrariado y extrañamente inquieto.
En ese momento, su teléfono vibró. Era Antonia. Sin siquiera escuchar lo que ella tenía que decir al contestar, Marcel ordenó:
—Nos vemos en 15 minutos donde siempre. No llegues tarde.
Cortó la llamada y se dirigió a su auto con pasos pesados. La sonrisa de Giselle, su forma de desafiarlo y esa mirada cargada de un odio elegante habían removido algo en lo más profundo de su ser.
Sin embargo, antes de poder arrancar, se encontró con la figura imponente de su padre, Víctor Roch, a poca distancia en el estacionamiento.
Víctor se acercó con las manos en los bolsillos y una expresión de severidad.
—He visto todo el espectáculo que has dado en el restaurante —le reprochó decepcionado—. Al menos tuviste la decencia de ser cauteloso y no montar una escena de celos delante del socio.
—Pensé que todavía estabas en Panamá —se limitó a responder Marcel, evadiendo el tema.
—He llegado justo a tiempo para recordarte algo —Víctor se inclinó hacia la ventanilla—. Tu esposa es Giselle y tienes unas cláusulas que cumplir si quieres heredar este imperio. Ya han transcurrido dos años y la más importante, la del heredero, no la he visto cumplida. Estás perdiendo el tiempo con distracciones.
—No presiones, papá. No eres tú el que está casado con esa cosa —respondió Marcel, tratando de ocultar cuánto le había afectado el cambio de Giselle.
—Esa "cosa", como tú la llamas, te mantuvo durante toda la cena bastante agitado —se burló Víctor abiertamente—. Deja ya la estupidez de la amante y cumple con tu parte del contrato antes de que ella decida que tú ya no le eres útil.
Víctor se alejó caminando con calma, dejando a su hijo sumido en sus pensamientos.
Marcel apretó el volante, esperando que el latido furioso de su corazón se detuviera, sin darse cuenta de que el juego acababa de cambiar para siempre.
Las semanas en la mansión de los Brown transcurrieron como un bálsamo para el alma herida de Giselle. Lo que más la había conmovido, sin embargo, no era la seguridad del lugar, sino la calidez de quienes lo habitaban. La familia de Harry la había acogido no como a una refugiada o una huésped temporal, sino como a una hermana más.—A ver, Giselle, soltá ese libro ahora mismo o te quito los anteojos —bromeó Elena, la madre de Harry, entrando a la habitación con una bandeja repleta de frutas frescas y té de manzanilla.Giselle dejó escapar una risa suave, acomodándose mejor entre los cojines de la sala de estar.—Estaba revisando solo unos apuntes legales con Julian, Elena. Te juro que ya casi termino.—Los juicios de Julian pueden esperar. Lo único importante en esta casa es que tú y ese bebé descansen —dijo Elena con una sonrisa maternal, sentándose a su lado y tomando sus manos—. Sabes que desde el momento en que pisaste este país, eres parte de nuestra familia. Nadie va a volver a h
El zumbido constante de los monitores en la unidad de cuidados intensivos privados era el único sonido que competía con el latido acelerado del corazón de Giselle. La puerta se deslizó con suavidad y el médico principal entró, seguido de cerca por Harry y Rebeca, quienes la observaban con una mezcla de ansiedad y esperanza contenida.—Los últimos análisis de sangre y la ecografía de control muestran una ligera mejoría —anunció el doctor, apoyando la tableta portapapeles en la mesa auxiliar—. La inflamación en la zona placentaria se ha estabilizado lo suficiente. Si seguimos un protocolo estricto de traslado en camilla medicalizada, podemos asegurar el vuelo sanitario hacia Londres esta misma noche.Giselle exhaló un suspiro largo, sintiendo que una minúscula fracción de aire volvía a sus pulmones.—¿El bebé está bien? —preguntó con voz débil, llevando instintivamente una mano temblorosa hacia su vientre.—El ritmo cardíaco fetal es estable, señora Roch... disculpe, señorita Ramírez —
Las palabras de Giselle resonaban en su cabeza como martillazos incansables, destruyendo el último ápice de cordura que le quedaba.—¿Es esto lo que quieres? ¿Que firme mi propia condena? —preguntó Marcel, con la voz rota, levantando la vista hacia ella con los ojos anegados en lágrimas—. ¿Crees de verdad que no me duele?—Lo único que quiero de ti, Marcel, es que desaparezcas de mi vida —respondió Giselle, con una frialdad ensayada que le desgarraba las entrañas—. Ya me quitaste todo lo demás. No me niegues al menos la paz de no volver a verte la cara.Marcel tragó saliva con dificultad, sintiendo un nudo inmenso en la garganta.—Antes de que me vaya... tienes que saber una cosa sobre ese vídeo. Lo que viste... lo que dije allí, fue grabado meses atrás, mucho antes de que empezáramos a sentir algo real, antes de que este matrimonio dejara de ser una farsa para convertirse en mi única verdad. No justifico lo que fui, pero ya no soy ese hombre.—Las palabras no borran las acciones, Mar
El pasillo del ala privada del hospital olía a desinfectante y a una tensa quietud. Rebeca estaba sentada en la silla de vinilo junto a la puerta de la habitación, hojeando unos pasaportes y formularios de traslado médico internacional con manos temblorosas. Unos pasos acelerados resonaron con fuerza contra el piso de baldosas.Al levantar la vista, el alma se le encogió de rabia. Era Marcel. Venía directo de la gala, aún con el esmoquin negro de la noche anterior arrugado, la pajarita desatada y una expresión de puro pánico en el rostro demacrado.—¡Rebeca! —jadeó Marcel, deteniéndose en seco frente a ella, con el pecho agitado—. ¿Dónde está Giselle? Me costó horas averiguar en qué clínica estaba. ¿Está bien? ¿El bebé...?Rebeca saltó de la silla como un resorte, escondiendo de inmediato los documentos de viaje tras su espalda y arrojándolos sobre el asiento. Sus ojos echaban chispas.—¡No te acerques ni un paso más, imbécil! —escupió Rebeca, plantándose frente a él con los puños cer
El teléfono de Rebeca la hizo saltar de la cama. Al ver el nombre de Harry en la pantalla y escuchar la frase «Giselle tuvo un accidente, estamos camino a urgencias», el mundo se le vino abajo.No parpadeó. Se puso los primeros vaqueros que encontró, una sudadera y salió corriendo de su apartamento. Diez minutos más tarde, conducía su coche pisando el acelerador a fondo, ignorando las luces rojas y los límites de velocidad. Una sirena estridente estalló a sus espaldas: una patrulla de policía la interceptó, obligándola a orillarse.—¡Señora, baje del vehículo! ¿Sabe a qué velocidad iba? —escupió el oficial con gesto severo, extendiendo la libreta de multas.—¡Escúcheme bien, oficial! ¡Mi mejor amiga está embarazada, acaba de sufrir un accidente automovilístico y la estoy buscando en urgencias! ¡Póngame la maldita multa que quiera, pero no me detenga! —le gritó Rebeca con los ojos anegados en lágrimas y una furia tal que el policía, anonadado, terminó por firmar el papel de prisa—. ¡To
El motor del auto de Harry rugía exigiendo el máximo esfuerzo mientras surcaba la avenida con los neumáticos chirriando en cada curva. A unos pocos metros adelante, la luz roja del vehículo donde viajaba Giselle parpadeaba frenéticamente en medio del tráfico nocturno.—Vamos, no te apartes... por favor, no te apartes —mascullaba Harry, aferrado al volante con los nudillos blancos de tanto apretarlo.Estaba a solo dos coches de distancia. Pudo ver la silueta de Giselle a través de la ventanilla trasera, encogida en el asiento, con las manos aferradas al vientre. Pisó el acelerador con la intención de rebasar al último camión que los separaba, cuando un sonido seco, metálico y ensordecedor estalló en el aire.







