LOGIN〚KATERINE〛
Lo primero que siento al salir, es el aire frío de la noche que me golpea el rostro. Mis ojos se posan sobre el auto que está esperándonos. Un estremecimiento recorre mi cuerpo, mezcla de adrenalina y miedo. Todo ha pasado tan rápido que apenas puedo procesarlo.
Un pensamiento me atraviesa de golpe:
«¿Qué estoy haciendo? ¿Quién es este hombre?».
Mi corazón se acelera, no solo por la velocidad de los acontecimientos, sino por la claridad de la realidad: alguien ha logrado burlar a mis escoltas y ha creado el momento perfecto para sacarme de un lugar que supuestamente estaba muy bien custodiado.
¿Cómo rayos ha hecho todo eso?
¿Cómo ha conseguido que mis propias medidas de seguridad sean inútiles frente a él?
Me detengo en seco, la respiración se entrecorta, y lo miro. El miedo en mis ojos no es ficticio; es real. Me siento vulnerable, expuesta. Y sin embargo… hay algo en él, algo que me atrae, que me envuelve, que me hace temblar.
—¿Qué pasa, bonita? —pregunta con una calma provocadora—. ¿No me digas que me tienes miedo?
La tensión en mi pecho aumenta. No puedo mentirle, no puedo ocultarlo. Mi voz sale temblorosa:
—¿Quién eres tú?
Él me mira directamente, sin perder un ápice de esa seguridad que lo envuelve, y su respuesta me estremece:
—Ya te lo dije, soy un hombre muy peligroso —dice, con esa sonrisa ladeada que me hace perder el aliento—, pero hoy no se trata de mí. Se trata de ti. Sé que tú también quieres lo mismo que yo.
Y tiene razón. Cada fibra de mi ser grita que lo deseo. Sus ojos, su presencia, la fuerza con la que ha movido cada pieza a su favor… todo me nubla los sentidos. Por primera vez, siento que puedo ser salvaje, libre, que puedo deshacerme de las cadenas que me atan a la corona, al deber, a la perfección que se espera de mí.
Miro alrededor un segundo, y luego de nuevo a él. Mi respiración es rápida, el pulso me late con fuerza. Todo mi miedo, mis dudas, los riesgos, el peso de la responsabilidad… de pronto, no importa. Algo dentro de mí se sacude, una chispa que me dice: “esta es tu oportunidad. Hazlo. Por una vez, haz algo solo para ti”.
Respiro hondo, y mi decisión se siente como un salto al vacío. Subo al auto, mis manos temblorosas pero decididas, mi corazón latiendo desbocado.
La puerta del auto se cierra detrás de nosotros, y de inmediato siento el peso de la realidad mezclado con la adrenalina que todavía me corre por las venas. Él se acerca lentamente, y mi corazón se acelera como si supiera lo que viene antes de que ocurra.
No sé por qué, pero todo en él me atrapa: la seguridad con la que camina, la firmeza de sus movimientos, el aura de misterio y peligro que lo envuelve. Todo lo que él es, es lo contrario de lo que yo represento, y esa distancia entre nosotros, ese contraste absoluto, me atrae de manera magnética. Siento un cosquilleo de deseo y miedo que me atraviesa, como si mi cuerpo reconociera algo salvaje que nunca antes había sentido.
Se acerca más, y de repente lo noto: su hombro casi rozando el mío, su presencia abrumadora, y ese aroma masculino que lo envuelve: sándalo, tabaco, calor… huele a hombre, y de pronto todo lo demás desaparece.
—No sé quién eres —susurra, su rostro tan cerca que puedo sentir el calor de su aliento en mi mejilla—, pero me gustaría saberlo. Sin embargo, esta noche quiero que seamos dos completos desconocidos.
Mi respiración se vuelve más rápida, y un hilo de tensión se tensa entre nosotros. Mi cuerpo reacciona sin que yo quiera: el corazón golpea con fuerza, mis piernas sienten un hormigueo y, sin poder contenerlo, dejo escapar un débil gemido, apenas audible, mientras abro un poco la boca, como esperando que algo inevitable suceda.
Él lo percibe de inmediato. Sus ojos se clavan en los míos, profundos, intensos, y un instante después su boca se encuentra con la mía. El beso es inmediato, voraz, hambriento, apasionado. Todo su cuerpo, toda su fuerza, se derrama sobre mí en ese instante. Mis manos suben casi por instinto, atrapando su cuello, respondiendo a la intensidad de su boca, a la urgencia de su abrazo.
Cada toque, cada movimiento de sus labios contra los míos, me hace perder la noción del mundo exterior. Mi miedo se mezcla con deseo, con curiosidad, con una necesidad que no sabía que existía. Todo lo que había sentido hasta ahora, todo el control que había mantenido sobre mi vida, desaparece en segundos, consumido por el fuego de este hombre que no conozco, pero que me arrastra con cada respiración, con cada roce.
El beso se vuelve un juego de poder y entrega simultáneo: no hay suavidad calculada, sino fuerza, pasión y urgencia. Yo correspondo con la misma intensidad, empujando, tirando de él, queriendo explorar, sentir, confirmar que lo que sucede es real. Siento su lengua, su calor, su aroma, su fuerza; todo me invade, me sacude, me obliga a perderme en él.
Cuando nos separamos por un instante, jadeando, lo miro y veo en sus ojos la misma mezcla de deseo y control que siento yo. La adrenalina todavía nos envuelve, y por un momento, estoy totalmente consciente de que esta noche será diferente a cualquier otra. Esta noche, me permito ser salvaje.
Regresaron a Tokio. A la ciudad que nunca dormía, que no concedía pausas ni indulgencias, que exigía presencia absoluta y sangre fría. El regreso no fue brusco, pero sí contundente, como si el mundo les recordara, sin necesidad de palabras, a donde realmente pertenecían.Calabria quedó atrás como un paréntesis luminoso.Durante el vuelo, Erika observó las luces extinguirse bajo las nubes y pensó que aquel viaje no había sido una huida, sino una confirmación. Había ido a encontrarse con sus raíces… y regresaba con algo más profundo aún: la certeza de que ese ya no era su mundo, sino el que tendría al lado de su esposo.Al pisar suelo japonés, la calma italiana se disolvió, pero no desapareció del todo. Se replegó dentro de ella, como una fuerza silenciosa que ahora sabía que podía llevar consigo incluso en medio del caos.El coche negro los aguardaba. El trayecto hasta el complejo del clan transcurrió envuelto en una quietud cargada de significado. Takeshi conducía con la atención abso
Calabria los recibió con un cielo amplio y un sol tibio que no hería, que acariciaba.Desde la ventanilla del coche, Erika reconoció el paisaje antes incluso de que el conductor anunciara la llegada. Las colinas onduladas, el verde intenso que no pedía permiso para existir, el aire salino que venía del mar mezclado con tierra antigua. Todo estaba allí, intacto y vivo, como si el tiempo hubiese decidido respetar ese rincón del mundo.Respiró hondo.No era solo un regreso físico. Era un retorno a la sangre.Takeshi observaba en silencio. No hablaba. No preguntaba. Se limitaba a mirar cómo el cuerpo de Erika reaccionaba antes que su mente: la forma en que sus hombros se relajaban, el brillo distinto en sus ojos, la manera en que sus dedos se aferraban a la tela de su vestido como si temiera que aquel paisaje fuera un espejismo.Allí no era la esposa del oyabún.Era hija y hermana.La villa Bellandi se alzaba sólida, de piedra clara y líneas sobrias.Los hombres apostados en los accesos i
Las puertas correderas se abrieron con un sonido grave, contenido, y el murmullo que flotaba en el aire murió de inmediato. No fue una orden. Fue instinto. Fue reconocimiento. Takeshi había regresado en toda regla.Caminaba despacio, sin necesidad de apurar el paso. Un dolor muy tenue seguía allí, latente en el costado, recordándole cada movimiento, pero su postura era impecable: la espalda recta, los hombros firmes, la mirada afilada de quien no ha perdido ni un centímetro de control. El traje oscuro caía sobre él como una armadura silenciosa, sobria, sin ostentación. No necesitaba símbolos exagerados para demostrar poder. Él era el símbolo.A su lado, no un paso atrás, no medio cuerpo relegado, caminaba Erika.El impacto fue inmediato.Algunos hombres levantaron apenas el mentón. Otros tensaron la mandíbula. Hubo miradas rápidas, evaluadoras. No de desprecio. De cálculo. De reconocimiento forzado. Erika avanzaba con la cabeza en alto, vestida también de negro, con un porte limpio y
La casa estaba silenciosa, pero Takeshi no lo notó. Entró sin mirar a nadie, ignorando murmullos del personal, ignorando protocolos, ignorando todo excepto un único pensamiento: Erika. Cada paso suyo resonaba como un golpe contenido, un huracán que avanzaba directo al dormitorio donde ella debía esperarlo, tal como él le había pedido: desnuda, solo para él.—¡Erika! —rugió, con voz grave y cargada de necesidad, atravesando el pasillo con pasos largos, precisos, decididos.Abrió la puerta del dormitorio de un empujón. La habitación estaba intacta. Las sábanas lisas, el aire frío, el silencio absoluto. Ella no estaba.El golpe le atravesó el pecho. Era un hueco primitivo, un instinto de poseerla, de encontrarla, de asegurarse de que estaba allí y que nadie ni nada podría arrebatársela.Dejó las llaves sobre la mesa del recibidor con un golpe seco y salió disparado, recorriendo pasillo tras pasillo, inspeccionando habitaciones, entrando y saliendo, frenético. Cada puerta cerrada, cada es
El amanecer llegó sin prisa.No irrumpió.No reclamó.Simplemente se filtró entre las cortinas gruesas del dormitorio, derramando una luz tibia y pálida sobre las sábanas desordenadas, sobre dos cuerpos que aún no tenían intención de separarse del todo.Erika despertó primero.No porque el sueño la hubiera abandonado, sino porque su cuerpo ya no estaba en alerta. Porque por primera vez en mucho tiempo, abrir los ojos no significaba calcular riesgos ni anticipar el siguiente golpe del mundo. Abrió los ojos y lo encontró allí.Takeshi dormía boca arriba, una mano sobre el abdomen, la otra extendida hacia ella como si incluso dormido necesitara comprobar que seguía ahí. Su respiración era profunda, lenta, distinta a la del hombre que ella había conocido meses atrás. Ya no era la respiración contenida del depredador siempre alerta. Era la de alguien que, al menos por unas horas, se había permitido descansar.Erika se giró apenas, apoyándose en un codo, y lo observó sin pudor.Había visto
No era una llegada cualquiera. No era el regreso de un hombre cansado después de un día largo. Era el retorno de un líder que acababa de cerrar, para siempre, uno de los capítulos más oscuros de su vida.El portón se abrió con suavidad y Takeshi avanzó por el camino de piedra acompañado por Erika. A ambos lados, hombres del clan se mantenían firmes, respetuosos, en silencio. No había palabras de pésame. No había gestos exagerados. Solo miradas que se inclinaban levemente a su paso. Respeto puro. Lealtad indiscutible.Takeshi caminaba con la espalda recta, el rostro impasible, el porte intacto.Era el jefe.Era el hombre por el que todos los hombres que estaban allí, estarían dispuestos a morir si fuera necesario.Y, sin embargo, mientras avanzaba, algo se agitó en su interior.«¿Era esto lo que querías, abuelo?», pensó.¿El poder? ¿La obediencia? ¿Los hombres dispuestos a seguirlo sin cuestionar? ¿Una esposa hermosa, fuerte, inteligente, caminando a su lado, sin miedo, sin dudas?Dura







