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¿Esta loco?

Author: Al Vergara
last update publish date: 2025-09-12 11:02:05

Lorenzo Barbieri recordaba con nitidez aquel día, como si las imágenes se hubieran tatuado en su mente, imposibles de borrar aunque pasaran los años. Había amanecido temprano, el aire olía a humedad y a tierra mojada, los caballos relinchaban en los establos, impacientes por salir a cabalgar. Él era uno de los capataces de confianza, siempre atento a las órdenes, siempre al pendiente de Martina, la joven ama, que aquel día tenía una sonrisa tímida y un brillo extraño en los ojos, como si supier
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  • La prometida del Don   El final de todo

    La madrugada estaba en silencio, solo interrumpida por el sonido de los pasos apresurados de Adriáno recorriendo el pasillo de la hacienda. El aire olía a tierra mojada, pues una ligera lluvia había caído durante la noche, como si el cielo mismo quisiera purificarse para recibir la llegada de una nueva vida.En el interior de la habitación, Chiara gemía con fuerza. Sus manos temblaban mientras se aferraban a las sábanas, y el sudor perlaba su frente. Las parteras corrían de un lado a otro, preparando agua caliente, paños y los utensilios necesarios. El corazón de Adriáno latía tan rápido que parecía querer escapar de su pecho; jamás en su vida había sentido tanto miedo y esperanza al mismo tiempo.—Respira, Chiara… respira —murmuraba él, arrodillado junto a la cama, sujetando su mano con delicadeza.Ella lo miró entre jadeos, con los ojos llenos de dolor, pero también de una determinación inmensa. En esa mirada estaba todo: la promesa de vida, el recuerdo de lo que habían sufrido junt

  • La prometida del Don   Nueva Vida

    La tarde caía lentamente sobre la villa, bañando las paredes antiguas con un resplandor dorado que parecía acariciar cada piedra como si el tiempo se detuviera en ese rincón del mundo. El aire olía a tierra húmeda y a flores frescas del jardín que Chiara había cuidado con tanto esmero desde su llegada. Los cipreses se erguían en silencio, custodiando un secreto que estaba a punto de cambiarlo todo.Chiara estaba sentada en el pequeño banco de mármol, ese donde tantas veces había reflexionado sobre el pasado, sobre las sombras que la habían perseguido y los recuerdos que la atormentaban. Sin embargo, aquella tarde, sus manos reposaban sobre su vientre con una ternura nueva, una calidez que le llenaba de esperanza y temor al mismo tiempo. Sabía que había llegado el momento de hablar con Adriáno, pero la emoción hacía que sus palabras se quedaran atrapadas en su garganta.Adriáno apareció poco después, caminando con paso firme por el sendero de piedras. Llevaba en su rostro la serenidad

  • La prometida del Don   Un nuevo amanecer

    La brisa del amanecer entraba por los balcones de la villa, cargada de un frescor que parecía anunciar un tiempo distinto. Chiara se incorporó lentamente, el cabello cayéndole en ondas sobre los hombros, aún con el rostro adormilado, pero con una serenidad nueva en sus ojos. El peso de los recuerdos se había aligerado, como si en la madrugada se hubieran deshecho los últimos nudos de un pasado que, hasta hacía poco, parecía insalvable.Adriáno estaba de pie, frente a la ventana, con la camisa abierta y el torso marcado por los años de fuerza y de lucha. Observaba los jardines con una calma inusual, la misma que siempre había anhelado y que rara vez encontraba en su propio corazón. La guerra, las traiciones, las sombras de Adalberto y el recuerdo de Martina se habían interpuesto tantas veces entre él y la felicidad, que apenas podía creer que por fin el horizonte se presentaba despejado.Chiara lo contempló en silencio, con una sonrisa suave. No era el Don poderoso, ni el hombre temido

  • La prometida del Don   la muerte del Siciliano

    La noche había caído sobre la hacienda como un manto pesado, cargado de un silencio extraño, expectante. Adriáno, firme frente a sus hombres, sabía que aquel día no podía terminar de otra forma: Adalberto debía pagar. No había más huidas, más mentiras ni más disfraces. El juego del Siciliano había llegado a su último acto.Adalberto, acorralado, se escabullía entre sombras con la desesperación de un animal herido. Había dejado atrás el sótano donde mantenía a Chiara cautiva, huyendo cuando la resistencia se le hizo insoportable. El Don había llegado antes de lo esperado, con una fuerza de voluntad implacable, dispuesto a arrancar de raíz la sombra que había envenenado su vida durante tantos años.Chiara, liberada por Lorenzo y otros hombres de confianza, apenas podía mantenerse en pie, pero su corazón latía con la fuerza de la esperanza: Adriáno aún respiraba, aún estaba allí, y lo enfrentaba.---Adalberto corría por los pasillos, tropezando, con el rostro desfigurado por la rabia y

  • La prometida del Don   ya casi

    La noche había caído sobre la villa con un silencio extraño, casi sofocante. Las sombras parecían más densas, y el aire cargaba un presagio oscuro que se aferraba a cada rincón. Adriáno, aún en su despacho, revisaba documentos y notas, repasando en su mente cada movimiento de Adalberto. Sabía que las piezas se estaban acomodando y que la verdad, tarde o temprano, saldría a la luz.No tardó en sentir que algo andaba mal. El reloj marcaba casi la medianoche cuando notó que la casa estaba demasiado quieta. Ni un solo murmullo provenía de los pasillos, ni un paso de los guardias en ronda. Se levantó de golpe, con el corazón apretado, y llamó a Chiara por su nombre.—¡Chiara! —su voz resonó en las paredes como un eco desesperado.No hubo respuesta. El silencio fue su única contestación. Caminó apresurado hacia la habitación que compartían, pero lo que encontró le heló la sangre: la puerta estaba entreabierta, y sobre la cama, cuidadosamente colocada, había una rosa roja y un sobre.Adriáno

  • La prometida del Don   a la luz

    La noche caía sobre la villa como un manto pesado, cubriendo con sombras los jardines y los muros de piedra que alguna vez habían visto fiestas, risas y juramentos de amor eterno. Adriáno permanecía sentado en el salón principal, rodeado por el silencio solemne de los retratos que lo observaban desde las paredes. El fuego de la chimenea chisporroteaba con suavidad, iluminando su perfil endurecido por los años y las sospechas. Esperaba a Chiara.Ella había pedido hablar con él, pero no como esposa reciente ni como la mujer que había devuelto un poco de luz a su vida. Quería hablar como alguien que arrastraba una herida profunda, enterrada en un pasado al que apenas se atrevía a mirar.Chiara entró despacio, con los ojos rojos y húmedos. Su respiración era agitada, como si hubiese corrido contra una tormenta invisible. Llevaba un chal ligero que apretaba contra su pecho, como si ese simple trozo de tela pudiera protegerla de lo que estaba a punto de confesar.Adriáno se incorporó, preoc

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