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Vendida

Penulis: Afrodita
last update Tanggal publikasi: 2026-07-23 13:14:45

Capítulo 1: Vendida

Florencia, Italia 

El sonido de una calculadora era el único capaz de tranquilizar los días de Antonella Bianchi, mientras que el resto de las personas veía columnas interminables de números, impuestos y facturas imposibles de entender, ella encontraba orden. Cada cifra tenía un lugar específico, cada error podía corregirse y toda cuenta, por complicada que pareciera, siempre terminaba teniendo una solución.

Ojalá la vida funcionara igual para todas las cosas, pero en realidad, todo estaba muy lejos de ser tan fácil.

— ¿Ya terminaste el balance mensual? — preguntó el señor Ricci desde el otro extremo del pequeño almacén.

Al escucharlo Antonella levantó la vista de la computadora y sonrió con la dulzura que siempre la caracterizaba para tratar a las personas.

— Hace diez minutos todo está listo — dijo y el hombre abrió los ojos con sorpresa.

— ¿Diez minutos? ¿Has terminado en diez minutos? — pregunto sorprendido — A mí me habría tomado toda la tarde hacer solo la mitad.

Ella giró la pantalla hacia él.

— Solo había un error en las compras de febrero. Estaban duplicadas y también encontré dos facturas que nunca fueron registradas. Si las declara hoy, pagará menos impuestos este trimestre y todo quedará en orden.

El hombre observó la pantalla y negó con la cabeza.

— No entiendo cómo lo haces. Desde que llegaste a trabajar aquí has salvado mi vida.

Antonella se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa.

— Solo hago lo que me gusta y los números nunca mienten.

— Tienes un talento extraordinario, muchacha. Si hubieras podido ir a la universidad... — él dejó la frase inconclusa.

Los dos sabían por qué Antonella jamás había pisado una facultad o siquiera una universidad. Su padre había impedido su crecimiento y ya no había nada que hacer al respecto.

— Gracias por todo, señor Ricci. Si usted no me hubiera dado trabajo, seguro que todo sería más difícil.

— No. Gracias a ti. Si algún día decides marcharte de este pueblo, te aseguro que encontrarás trabajo en cualquier empresa de Italia. Ya que ese talento tuyo es único.

Aquellas palabras quedaron resonando en la mente de Antonella. Marcharte... Eso era exactamente lo que deseaba. Deseaba salir de aquel lugar empezar de nuevo. Vivir sin miedo y sin un hombre esperándola cada noche para quitarle hasta la última moneda. Su padre siempre le quitaba todo su dinero y ni siquiera lo usaba para algo productivo.

...

Cuando el reloj marcó las siete de la tarde, Antonella salió del pequeño negocio con su bolso colgado del hombro. El aire fresco de la primavera italiana acariciaba su rostro mientras caminaba por las calles adoquinadas.

Las parejas reían, los niños corrían y las familias cenaban juntas. Ella observaba aquella felicidad desde lejos. Como si perteneciera a otro mundo hasta que finalmente llegó frente a la vieja casa donde había crecido.

La pintura estaba descascarada, las ventanas rotas. El jardín lleno de maleza, pero en realidad aquel lugar jamás había sido un hogar. Así que respiró aliviada al comprobar que el automóvil de su padre no estaba y entró con rapidez sin perder el tiempo. Sabía que en ese lugar los segundos contaban, por lo que subió las escaleras rápidamente y cerró la puerta de su habitación.

Solo entonces pudo respirar con tranquilidad y se arrodilló junto a la cama levantando cuidadosamente una tabla suelta del suelo. Debajo apareció una pequeña caja metálica, su mayor tesoro. Esa que abría con manos temblorosas, dejando ver los billetes doblados junto a algunas monedas y una fotografía de su madre.

Antonella sonrió con tristeza.

— Cada vez falta menos... Te lo prometo — dijo mirando la foto y comenzó a contar el dinero una vez, dos veces, tres veces.

Siempre hacía lo mismo. Le gustaba asegurarse de que ninguna moneda hubiera desaparecido. Después anotó el precio del pasaje de tren hasta Roma y, desde allí, el vuelo que tanto había investigado hasta Milán.

Suspiró. Todavía le faltaba dinero. No mucho, pero sí lo suficiente para retrasar su libertad, pero aun así sonrió.

— Un mes más... — cerró los ojos — Solo un mes más.

Estaba guardando nuevamente la caja en su lugar secreto cuando escuchó el ruido de un automóvil deteniéndose frente a la casa y frunció el ceño. El sonido era diferente, pero su padre nunca regresaba tan temprano. Luego escuchó la puerta cerrarse y tuvo la sensación de que no venía solo.

En ese momento su corazón comenzó a latir con fuerza y voces masculinas inundaron la planta baja. Graves, desconocidas y amenazantes. Antonella reaccionó por instinto guardando rápidamente la caja bajo el piso y volviendo a colocar la tabla. Después, corrió hacia la puerta y giró el seguro, apagó la luz para dejar el dormitorio completamente oscuro. Las voces comenzaron a acercarse escalón, tras escalón, dejando sentir como la madera de las escaleras crujía bajo el peso de varios hombres.

Antonella retrocedió lentamente hasta esconderse detrás del viejo armario, para luego cubrir su boca con ambas manos. No podía hacer ruido ni respirar tampoco hasta que escuchó pasos detenerse frente a su puerta y el picaporte giró con fuerza.

La puerta tembló, pero el seguro resistió.

— Está cerrada — dijo un desconocido y Antonella sintió que las lágrimas comenzaban a escapar de sus ojos.

Luego golpearon la puerta una vez, dos y hasta tres veces 

— ¿Estás seguro de que está ahí dentro? — solo hubo silencio.

Antonella ni siquiera pestañeó, no sabía quiénes eran esas personas hasta que finalmente escuchó la voz de su padre. Fría y desprovista de cualquier afecto.

— No se preocupen — hubo una pausa — Si no está aquí mañana les prometo que será de ustedes y su jefe lo agradecerá.

El mundo dejó de girar luego de esas palabras, pero Antonella creyó haber escuchado mal ¿Será de ustedes? ¿Qué significaba aquello? ¿Acaso su padre sabía que guardaba dinero? 

Los hombres soltaron una breve carcajada seguida del desconcierto y después los pasos comenzaron a alejarse de la puerta. La escalera volvió a crujir y la puerta principal se cerró, dejando consigo un silencio maldito. Antonella permaneció inmóvil por cinco minutos, luego diez, hasta que finalmente pasó una hora sin que supiera qué hacer. Ella no se atrevía a salir de su habitación, pero tampoco esa noche durmió. Cada ruido la hacía sobresaltarse y cada sombra parecía esconder a alguien dispuesto a entrar por la ventana.

Cuando los primeros rayos del sol iluminaron su habitación, comprendió que todo había terminado, al menos por esa noche. Si padre ya no siquiera estaría en casa, por lo que se duchó rápidamente, luego se colocó unos pantalones de mezclilla y una blusa blanca sin nada de especial. Después recogió su largo cabello castaño en una coleta y tomó su bolso para marcharse. Pensó que lo de anoche solo había sido una confusión, que quizá aquellos hombres solo habían ido a cobrar una deuda de dinero.

Así que bajó las escaleras con aquella ilusión, pero la ilusión murió al llegar a la cocina. Su padre estaba sentado frente a la mesa con una botella de whisky medio vacía a su lado y sus ojos enrojecidos la observaron fijamente. Fue entonces cuando él hombre sonrió, dejando ver una sonrisa que Antonella jamás había visto.

Era una sonrisa llena de satisfacción y ella permaneció inmóvil.

— Buenos días, hija ¿A dónde vas tan temprano?

— Tengo que ir al trabajo.

— ¿Al trabajo? — pregunto con ironía — Pues se me hace que tú no irás a ninguna parte el día de hoy.

— Lo siento pero llegaré tarde. Si quieres que hablemos puede ser en otro momento cuando vuelva — dijo con temor tratando de llegar a la salida.

El fuerte golpe sobre la mesa hizo que el vaso de cristal junto a su padre llegar al suelo, haciéndose pedazos en cuestión de segundos. Aquella reacción hizo que Antonella temblara y se aferrara más a su bolso.

— ¡He dicho que no vas a ningún lugar! — exclamó con fuerza y Antonella dio un paso hacia atrás.

Ya conocía ese tono. Era el mismo que precedía a cada golpe de todos los que había recibido en su vida.

— ¿Qué sucede? ¿De qué quieres hablar?

— Sucede que eres una desagradecida y un completo estorbo — él se levantó tambaleándose — Te he alimentado durante veintidós años y ya me he cansado de eso.

Antonella sintió una punzada de rabia al escucharlo ¿Alimentarla? ¿Él hacía eso? Era ella quien trabajaba desde los quince y pagaba su propia comida. Ella pagaba la luz y ella pagaba hasta las botellas de alcohol que él consumía, pero permaneció callada debido a que sabía que discutir solo empeoraría las cosas.

— Todo lo que tienes es gracias a mí — continuó él.

— Papá...

— ¡Cállate! — dijo rápidamente y la bofetada llegó sin previo aviso.

Su rostro giró hacia un lado y el labio comenzó a sangrar de inmediato.

— No me obligues a repetirlo.

Antonella sintió las lágrimas acumularse.

— ¿Qué hice ahora? — pregunto cómo siempre sin saber el motivo de tanto odio.

— Nacer — dijo y aquella palabra dolió más que el golpe — Desde que viniste al mundo solo has sido una carga para mí.

— Y si soy una carga, entonces por qué jamás te has deshecho de mí.

Él soltó una carcajada.

— Eso ya está resuelto.

Antonella frunció el ceño.

— ¿Qué significa eso?

El hombre tomó un largo trago de whisky y Luego la miró directamente a los ojos.

— Te vendí — dijo sin más y el silencio cayó como una losa al romper.

— ¿Qué... qué dijiste? — pregunto sin poder decir más.

— Escuchaste perfectamente. Te vendí, ya me deshice de ti

— No...

— Sí.

— Eso no tiene gracia. No puedes decir esas cosas.

— ¿Y quién ha dicho que estoy bromeando?

— No puedes hacer eso, soy una persona, no un objeto.

— Pues ya lo hice y me dieron mucho dinero por ti.

Antonella negó una y otra vez.

— ¡Pero soy tu hija!

— No, no eres mi hija. Eres solo la forma de pagar mis deudas, un estorbo que no necesito.

— Estás enfermo ¿A quién me vendiste? — preguntó con desesperación y él sonrío

— Te vendí a un hombre muy importante. Uno al que no le importa nada.

— ¿Quién? ¿Quién es el maldito?

— No necesitas saberlo.

— ¿Qué no necesito saber? — pregunto enojada — ¡Dímelo!

— Aunque grites solo debes saber una cosa — dijo lentamente y se acercó hacia ella — Dicen que nadie en Italia se atreve a desafiarlo.

Antonella rompió en llanto sin saber qué más hacer y se arrodilló frente a él con la esperanza de que aquellos solamente fueron mal sueño.

— Papá... por favor... — dijo — Trabajaré más, buscaré otro empleo de ser necesario y te daré cada centavo, pero no me vendas.

— Es demasiado tarde.

— ¡Por favor! Te lo estoy suplicando. Si en algún momento de tu vida me has querido te pido que no hagas esto y me entregues a alguien más.

— Lo siento, pero el trato ya está hecho y para que no sepas, jamás en mi vida te he querido.

Sin esperar otra acción de su parte, Antonella sintió como su padre la sujetaba del cabello con violencia y de nada servía que gritara. Ella intentó soltarse una y otra vez, pero fue totalmente inútil cada intento. Su padre había comenzado a arrastrarla por toda la casa, como si aquel acto no le causara dolor 

— ¡Suéltame! — grito desesperado una vez más hasta que su espalda golpeó el suelo y las lágrimas le impedían ver — ¡Papá, por favor!

Suplicó, pero aquel hombre había dejado de ser su padre hacía muchos años. Ese mismo tirano abrió la puerta del viejo cobertizo y la lanzó al interior con desprecio, viendo como Antonella caía sobre el piso de tierra. Antes de que pudiera levantarse, la puerta volvió a cerrarse y escuchó el sonido del candado ser colocado.

— ¡No! — exclamó y corrió hasta la puerta.

Con desesperación comenzó a golpearla con todas sus fuerzas, pero para su desgracia cada intento era inútil.

— ¡Ábreme! ¡Papá abre la puerta! ¡Sácame de aquí!

— No lo haré — afirmó — Al fin me libraré de ti y ni siquiera me importa lo que hagan contigo.

— No me hagas esto... — golpeó una y otra vez la madera hasta que sus nudillos comenzaron a sangrar — ¡Por favor! Si no me quieres contigo solo déjame ir, pero no me vendas. 

— Nada de lo que digas podrá hacerme cambiar de opinión. Yo en tu lugar me iría preparando porque vendrán por ti y no hay marcha atrás.

Antonella se dejó caer lentamente sobre el suelo del cobertizo al sentir los pasos de su padre alejándose de la puerta. Ella abrazó sus piernas mientras las lágrimas corrían sin control por su rostro, ya que por primera vez en su vida estaba sintiendo que ya no había esperanza. No sabía quién era el hombre que había comprado su destino, pero tampoco imaginaba que, antes de caer en sus manos, el destino tenía preparado un encuentro con otro hombre aún más temido. Cuya aparición cambiaría su vida para siempre.

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