La Esposa Indomable del Don

La Esposa Indomable del Don

last updateHuling Na-update : 2026-10-28
By:  RhaelIn-update ngayon lang
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Todos esperaban una novia gorda, ingenua y sumisa. Pero la mujer que apareció en el altar dejó a todos sin palabras. Durante años, Valentina De Luca soportó las humillaciones de su madrastra, quien la consideraba demasiado estúpida para reclamar la inmensa fortuna de su difunto padre. Cuando Caterina la obligó a casarse con Dante Moretti, el Don más temido de Italia, creyó haberse deshecho de ella para siempre. Lo que ignoraba era que Valentina llevaba años preparando su venganza. Dante, un viudo traicionado y padre de dos hijos, solo aceptó aquel matrimonio por conveniencia. —No esperes que me enamore de ti. Valentina sonrió. —Tranquilo, Don Moretti. Tengo cosas mucho más importantes que conquistar tu corazón. Pero al llegar a su nueva mansión, descubrió que los hijos de Dante sufrían crueles abusos a manos de su propia familia. Y Valentina no pensaba quedarse de brazos cruzados. Mientras protegía a los pequeños y recuperaba en secreto el imperio que le pertenecía, el despiadado Don comenzó a obsesionarse con aquella esposa que nadie podía controlar. Sin embargo, justo cuando el amor empezaba a florecer, una revelación sacudió su matrimonio: La primera esposa de Dante nunca lo había traicionado. Ahora, entre secretos, enemigos y una guerra por el poder, Dante deberá enfrentarse a una elección imposible. Pero Valentina tiene algo muy claro: Ella no nació para suplicar el amor de un Don. Nació para convertirse en reina.

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Kabanata 1

Capítulo 1 — La novia que nadie quería

—Si no firmas, nadie va a querer casarse contigo.

Valentina De Luca mantuvo la mirada fija en el vestido de novia que colgaba frente al espejo.

Era hermoso. Seda marfil, mangas delicadas y una larga cola que rozaba el suelo. Su madre habría dicho que parecía sacado de un cuento.

Lástima que aquella boda no tuviera nada de romántica.

—¿Me has escuchado? —insistió Caterina.

Valentina se volvió lentamente.

Su madrastra sostenía una carpeta negra. La misma que había intentado entregarle durante las últimas tres semanas.

—Te he escuchado.

—Entonces firma.

Caterina dejó los documentos sobre el tocador.

—Dante Moretti no va a esperar eternamente. Deberías agradecer que un hombre como él haya aceptado casarse contigo.

Valentina contempló la pluma junto a la carpeta.

Durante años había escuchado aquella frase con diferentes palabras.

Deberías agradecer que te permitan sentarte con nosotros.

Deberías agradecer que alguien soporte tu presencia.

Deberías agradecer cualquier cosa que recibas.

A los diecisiete años, aquellas palabras la hacían llorar.

A los veintiocho, había aprendido a no regalarle sus lágrimas a Caterina.

—¿Qué estoy firmando exactamente?

Su madrastra suspiró.

—Otra vez con lo mismo. Es una formalidad relacionada con la herencia de tu padre.

—Una renuncia.

—Una autorización para que pueda seguir administrando lo que tú no sabes manejar.

Valentina abrió la carpeta.

Reconoció las palabras cesión irrevocable antes de cerrar el documento.

—No voy a firmar.

El silencio fue inmediato.

Caterina soltó una carcajada incrédula.

—¿Perdona?

—He dicho que no.

—¿Te has vuelto loca?

Valentina sintió el impulso de retroceder cuando su madrastra se acercó.

Era una reacción antigua. Su cuerpo todavía recordaba lo que ocurría cuando aquella mujer levantaba la voz.

Pero permaneció inmóvil.

—Escúchame bien —susurró Caterina—. Si arruinas este acuerdo, te quedarás sola. Sin marido, sin familia y sin nada.

Valentina apretó las manos detrás de la espalda.

—Entonces supongo que tendré que acostumbrarme.

La expresión de Caterina cambió.

—Siempre has sido una desagradecida. Tu padre se avergonzaría de ti.

Aquello sí dolió.

Por un instante, Valentina volvió a ser la adolescente que esperaba escuchar pasos frente a su dormitorio. La niña que creía que algún día su padre descubriría cuánto sufría cuando él no estaba.

Alessandro De Luca había muerto sin conocer toda la verdad.

Y ella ya no podía cambiarlo.

—No vuelvas a hablar por él —respondió.

Caterina la observó, sorprendida por la firmeza de su voz.

Después tomó la carpeta.

—Puedes fingir que eres fuerte, Valentina. Pero cuando Dante descubra cómo eres realmente, también querrá deshacerse de ti.

La puerta se cerró con violencia.

Valentina permaneció quieta hasta dejar de escuchar sus pasos.

Entonces apoyó ambas manos sobre el tocador.

Estaban temblando.

Odiaba aquello.

Odiaba que Caterina todavía pudiera hacerla sentir pequeña.

Su teléfono vibró.

Un mensaje de Luca Serra apareció en la pantalla.

No firmes nada. Conservamos las copias. Hablaremos cuando estés a salvo.

Valentina lo leyó dos veces.

Después bloqueó el teléfono.

Había pasado años preparándose para aquel día. No permitiría que el miedo la hiciera retroceder.

Aunque, mientras contemplaba su vestido, una pregunta incómoda apareció en su mente.

¿Y si simplemente estaba cambiando una prisión por otra?

 

Dante Moretti no acostumbraba esperar.

Mucho menos en su propia boda.

Consultó el reloj por tercera vez y observó las puertas cerradas de la capilla.

—La novia lleva veinte minutos de retraso —comentó Lorenzo a su lado.

—Sé leer la hora.

Su primo sonrió.

—Podrías intentar parecer menos interesado en organizar un funeral.

—Un funeral sería más sencillo.

Lorenzo dejó escapar una risa, pero Dante no lo acompañó.

Aquel matrimonio era necesario. Nada más.

Después de su divorcio, había decidido que ninguna mujer volvería a tener suficiente poder sobre él para destruir su tranquilidad.

Su primera esposa le había enseñado cuánto podía costar confiar en alguien.

No pensaba repetir el error.

—Caterina asegura que Valentina es una muchacha obediente —dijo Lorenzo.

—Excelente.

—También dice que es tímida.

—Mejor todavía.

—¿Y si quiere que la quieras?

Dante lo miró fríamente.

—Entonces se ha equivocado de hombre.

En aquel instante, las puertas se abrieron.

Y todas las conversaciones cesaron.

Una mujer apareció bajo el arco de entrada.

Dante tardó unos segundos en comprender que era su prometida.

No parecía la persona insegura descrita por Caterina.

Caminaba sola.

No llevaba una sonrisa radiante, pero tampoco parecía dispuesta a pedir permiso para ocupar aquel lugar.

Su mirada encontró la de Dante.

Y no se apartó.

Por primera vez aquella mañana, él sintió curiosidad.

Valentina llegó hasta el altar.

—Señorita De Luca.

—Don Moretti.

Dante observó sus ojos grises.

—Pensé que había decidido escapar.

—Todavía estoy considerando mis opciones.

Lorenzo tosió para disimular una carcajada.

Dante arqueó una ceja.

—Espero que sepa dónde se está metiendo.

Valentina sostuvo su mirada.

—Eso espero yo también.

La ceremonia comenzó.

Mientras escuchaba los votos, Valentina sintió la presencia de Caterina entre los invitados.

No necesitaba mirarla para imaginar su expresión.

Su madrastra creía haber ganado.

Pero Valentina no estaba allí para complacerla.

Cuando llegó el momento de pronunciar su consentimiento, miró al hombre que tenía enfrente.

Dante Moretti era atractivo de una manera intimidante. Tenía una expresión impenetrable y una voz que no necesitaba elevar para imponer silencio.

También era prácticamente un desconocido.

—Sí, acepto —respondió.

Dante pronunció las mismas palabras.

Minutos después, eran marido y mujer.

Él se inclinó para besarla.

Valentina contuvo instintivamente la respiración.

El beso fue breve. Apenas un roce sobre sus labios.

Sin embargo, cuando Dante se apartó, ella descubrió que había sujetado con demasiada fuerza su ramo de flores.

Contrólate.

No había sobrevivido a Caterina para perder la cabeza por un hombre al que acababa de conocer.

 

La recepción apenas había comenzado cuando Dante la condujo hacia una terraza privada.

—Tenemos que hablar.

Valentina observó la mano que él mantenía cerca de su espalda sin llegar a tocarla.

—Qué romántico.

—Prefiero evitar malentendidos.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Durante unos segundos, únicamente se escuchó la música distante.

Dante se volvió hacia ella.

—Nuestro matrimonio responde a intereses familiares. Espero discreción, respeto y que no interfieras en mis asuntos.

Valentina sintió una punzada de irritación.

—¿Algo más?

—Sí. No esperes amor de mí.

La frase cayó entre ambos con una facilidad cruel.

Valentina había imaginado aquella conversación. Incluso había preparado una respuesta.

Pero no esperaba sentir aquel dolor absurdo en el pecho.

Tal vez porque, durante toda su vida, demasiadas personas se habían encargado de recordarle que no merecía ser querida.

Enderezó los hombros.

—No te preocupes, Don Moretti. Hace mucho que dejé de esperar amor de nadie.

Dante guardó silencio.

Había esperado lágrimas, protestas o alguna petición.

No aquella sonrisa.

Una sonrisa demasiado tranquila.

—Me alegra que nos entendamos.

Valentina asintió.

—Perfectamente. Tú necesitas una esposa que no te moleste. Yo necesito una vida que nadie controle.

—Mientras respetes nuestras condiciones, no tendrás problemas conmigo.

—Entonces empieza por comprender algo.

Dante entrecerró los ojos.

—Te escucho.

—Soy tu esposa, no tu propiedad.

Por primera vez, la expresión del hombre cambió.

No parecía enfadado.

Parecía intrigado.

—Tienes una opinión bastante firme para alguien que acaba de aceptar este matrimonio.

—Precisamente porque lo he aceptado, no porque haya dejado de tener voluntad.

Dante dio un paso hacia ella.

Valentina no retrocedió.

Pero él notó algo.

Sus manos.

Las mantenía entrelazadas frente al vestido, apretadas con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color.

Estaban temblando.

Dante bajó la mirada un instante antes de volver a sus ojos.

Aquella mujer acababa de desafiarlo sin vacilar.

Entonces, ¿por qué parecía estar luchando contra el miedo?

—Valentina...

Ella retiró las manos inmediatamente.

—Si hemos terminado, nuestros invitados nos esperan.

Pasó junto a él sin aguardar respuesta.

Dante permaneció en la terraza.

Había conocido mujeres que fingían fragilidad para conseguir algo de él.

También mujeres que utilizaban la arrogancia como un arma.

Pero nunca había visto a alguien sonreír mientras hacía semejante esfuerzo por no derrumbarse.

Miró la puerta por la que su esposa acababa de desaparecer.

Por primera vez desde que había aceptado aquella boda, se preguntó qué había vivido Valentina De Luca para tenerle tanto miedo a necesitar a alguien.

Y, sobre todo, por qué deseaba averiguarlo.

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