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last update Fecha de publicación: 2026-05-18 19:28:04

Luna

Ya pasaban de las diez cuando cerré el portón con llave. El candado rechinó como siempre, oxidado, pidiendo cambio desde hacía meses. Hacía calor, ese calor sofocante de noche de verano que oprime el pecho antes de la tormenta. Y ese silencio extraño no me engañaba. Cuando el barrio se queda demasiado callado, es porque algo se avecina. Los perros no ladran. Los niños no gritan en la calle. Hasta el equipo de música al fondo de la calle parece más bajo, como si todos supieran que algo está por suceder.

Tatiana me esperaba apoyada en el poste de la esquina, con shorts de jean azul claro que marcaba cada curva, top ajustado color vino y cara de quien ya estaba lista para el trabajo. Su cabello estaba recogido en un moño alto, los aretes de aro brillaban con la débil luz del poste. Encendí un cigarro y bajé los tres escalones con calma, sintiendo el viento tibio golpear mi rostro, desordenar los cabellos sueltos de mi cabeza.

—Te estabas demorando, carajo —dijo Tatiana, tirando el resto de su cigarro al suelo y pisándolo. El humo subió como un fantasma entre nosotras.

—Estaba acomodando a mi abuela. No se sentía muy bien —respondí, aspirando el humo despacio, sintiéndolo arder en la garganta.

—Siempre tu abuela, ¿no? —dijo ella, con ese tono burlón que solo ella tiene, pero yo sabía que no era crítica. Era su manera. Su forma de decir sé que cargas con el mundo a cuestas, pero no te olvides de mí en medio de todo esto.

—Y siempre será así —respondí, soltando el humo por la nariz, los ojos fijos en la calle oscura.

Ella sonrió y me dio un caramelo de menta, como hacía cada vez. Lo sacó del bolsillo del short, ese mismo paquetito arrugado que siempre llevaba. Manía de ella. Manía nuestra. Desde los quince años, cuando empezamos en esta vida juntas —dos niñas que se hicieron mujeres a la fuerza—, ella nunca salía de casa sin caramelo de menta. "Ningún cliente merece olor a cigarro y café", decía. "El aliento es la tarjeta de presentación". Yo solo lo aceptaba. Era parte de nuestro ritual. De nuestro pacto silencioso.

Bajamos lado a lado, calladas. Nuestras sombras se alargaban en el suelo mojado por la última lluvia. La calle vacía daba hasta nervios, solo el sonido de nuestras sandalias golpeando el asfalto caliente y algún que otro ladrido perdido al fondo del callejón. Un claxon resonó allá lejos, viniendo de la avenida. Después, silencio de nuevo. El tipo de silencio que pesa, que oprime el pecho, que hace mirar a los lados más veces de las que deberías.

Cuando la entrada de la calle principal apareció en la curva, la escena ya estaba montada. Heloísa conversando con Fiera. Los dos parados cerca del portón de hierro que da acceso a la plaza. Ella con ese aire ligero de quien nunca necesitó ensuciarse las manos, pero eligió estar ahí. Los brazos cruzados, el cabello suelto cayendo sobre los hombros. Él con su postura de siempre —hombros anchos, manos en los bolsillos, mirada atenta a todo alrededor. Ellos dejaron de hablar en cuanto aparecimos. No fue disimulado. Fue inmediato. Como si el tema fuera nosotras. Y tal vez lo era.

Heloísa caminó hacia nosotras, con ese aire ligero que tiene ella, pero la mirada más atenta de lo normal. Su shortcito era de marca, de esa tienda que nosotras solo podemos mirar por el escaparate. El cabello arreglado, con brillo de quien acaba de salir del salón. La piel perfumada, aroma dulce que se esparcía en el aire. Ella siempre fue diferente a nosotras. Nunca necesitó trabajar como nosotras. Su familia siempre tuvo dinero, contactos, privilegios. Pero ella nunca se preocupó por separarse. Siempre bajaba al barrio, se sentaba en el bar, compartía el cigarro, la cerveza, la vida. Tal vez por eso nos gustaba tanto.

—¿Van a salir? —preguntó Heloísa, sus ojos pasando de mí a Tatiana y luego a Fiera, que todavía estaba allí, apoyado en el portón, observando.

—Vamos —dijo Tatiana, seca, sin dar detalles. El tono de quien no quiere que le pregunten.

—Tengan cuidado hoy. El ambiente está algo extraño —dijo Heloísa, la voz más baja de lo normal.

—Siempre lo está. ¿Cuál es el asunto? —pregunté, dando otra calada al cigarro.

Ella dudó un segundo, se mordió el borde del labio, miró a Fiera como pidiendo permiso. Él hizo una leve seña con la cabeza. Solo entonces ella habló.

—Mi tío llegó a Río hoy. Está en la ciudad ahora. Fiera solo está esperando la señal —dijo Heloísa.

Mi pecho se oprimió. Yo sabía quién era su tío. Todo el mundo lo sabía.

—El Diablo volvió… qué bonito —dijo Tatiana, con esa sonrisa traviesa que solo ella sabía dar. Pero había algo en su tono. No era alegría. Era ironía. Tal vez curiosidad. Tal vez un aviso disfrazado de burla.

—Él vino por unos asuntos de la empresa, pero también quiere ver a su hijo. Vanessa llamó diciendo que Benicio está enfermo —dijo Heloísa.

—¿Y él se lo creyó? —pregunté, soltando una risa seca, sin humor.

Heloísa se encogió de hombros. Nosotras sabíamos cómo funcionaba. Ninguna mujer engañaba al Diablo fácilmente, eso era un hecho. Él tenía inteligencia, estrategia, una red de información que atravesaba la ciudad entera. Pero cuando se trataba de su hijo… se volvía ciego. Perdía la frialdad, perdía el cálculo, perdía la razón. Y cuando él se volvía ciego, todo a su alrededor temblaba. La empresa, los negocios, las personas cercanas. Era capaz de mover montañas por ese niño.

Heloísa se acercó un poco más, la voz ahora casi un susurro.

—Él preguntó si ustedes todavía vivían aquí —dijo Heloísa, los ojos fijos en los míos.

—"Ustedes" o "Luna"? —preguntó Tatiana, levantando una ceja.

—Yo dije "ustedes". Pero él no respondió nada —respondió Heloísa, desviando la mirada.

Tatiana me miró, con esa sonrisa de quien adora ver el circo arder.

—Te dije que llamaste la atención del diablo —dijo ella, dando un leve codazo en mi brazo.

—Que le jodan al diablo. Yo tengo cliente concertado —respondí, tirando el resto del cigarro al suelo y pisándolo con fuerza. La brasa murió bajo mi suela como un aviso.

—Les estoy avisando. Si ven un coche negro pasar, quítense del medio. Y no anden dando vueltas mucho por ahí hoy. Fiera ya dio la señal: él no quiere a nadie cerca —dijo Heloísa, seria.

—Entonces hoy va a haber problemas —dije yo, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda.

—Tal vez —respondió Heloísa, dándonos la espalda.

Ella volvió con Fiera, que no quitaba los ojos de nosotras. Esa mirada pesada, escrutadora, como si estuviera evaluando cada movimiento, cada respiración. Nunca me gustó la forma en que él mira. No es deseo. Es evaluación. Es control. A él le gusta mostrar que lo sabe todo. Que nada sucede sin que él se entere. En esa mirada, siempre hay un mensaje silencioso: "Estoy viendo. No hagas tonterías".

Seguimos caminando, Tatiana adelante, yo atrás. El ruido de nuestros pasos resonaba en el asfalto vacío.

La sensación de que algo iba a estallar esa noche se quedó pegada a mí como el humo del cigarro en la ropa. El viento cambió de dirección, trajo olor a lluvia que no llegaba. El cielo se oscureció del todo allá en el horizonte. Y en el fondo, yo lo sabía: la tormenta no era solo en la atmósfera.

Iba a caer dentro de mí también.

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