LOGIN—Toda mi familia... murió ante mis propios ojos aquella noche, Alessandro —la voz de Elena tembló ligeramente, escapando como un susurro quebrado en medio del silencio opresivo del comedor.El cuchillo y el tenedor que Elena sostenía quedaron inmóviles. Sus ojos de color marrón oscuro, que normalmente irradiaban una serenidad extraordinaria, comenzaron a llenarse lentamente de lágrimas. La luz de las velas plateadas en el centro de la mesa reflejaba el brillo agudo e inconfundible de la tristeza en las comisuras de sus ojos, creando la imagen de una mujer frágil, herida y completamente destrozada por los recuerdos del pasado.Alessandro no apartó la mirada ni por un instante. Sus fríos ojos grises permanecieron fijos en cada rasgo del rostro de su esposa, buscando el menor indicio de una mentira, un rastro de ansiedad contenida o un tic nervioso que delatara su manipulación.—¿Lo viste con tus propios ojos? —susurró Alessandro con voz siseante, inclinando ligeramente la cabeza. Su voz
—Marco... ¿qué estás mirando? —susurró Elena con una voz tan tranquila, clara y gélida que rompió el tenso silencio entre ambos, mientras sus ojos se clavaban en el guardaespaldas de confianza de su marido.Marco se quedó paralizado. Su vista, fijada en la pequeña bolsa metálica que contenía el sello del transmisor de señales cifradas sobre el suelo de mármol, se alzó lentamente hacia el rostro de Elena. El aire en la habitación se volvió de repente pesado, denso por las columnas de humo que provenían del ala sur y el tenue olor a sangre.—Señora... —la voz de Marco era ronca, atascada en una garganta que sentía seca—. Eso... eso que está cerca de sus pies...Elena no se apresuró. Con un movimiento sumamente elegante y cargado de confianza, se inclinó con parsimonia, recogió la bolsa metálica del suelo con la punta de sus dedos delicados y se enderezó. Hizo girar el objeto ante sus ojos como si estuviera examinando una joya cualquiera.—¿Esto? —Elena esbozó una sonrisa sutil, una sonr
"¿Desaparecieron sin dejar rastro...?" la voz de Alessandro vibró, baja y cargada de una tensión que enfrió repentinamente el aire en la habitación principal.Marco bajó la cabeza profundamente, con sus manos apretando con fuerza la empuñadura de su arma en el cinturón. "Así es, Don. No hay manchas de sangre, ni casquillos, ni rastro de vehículos. La señal de nuestros cinco mejores agentes fue cortada simultáneamente en cuestión de segundos. El lugar estaba tan limpio como si el Equipo Alfa nunca hubiera estado allí"."La sangre fría de un asesino profesional...", siseó Alessandro; sus ojos grises se entrecerraron con la intensidad de un halcón herido. Las venas de su cuello se tensaron mientras apretaba el puño derecho sobre las sábanas. "Esto no es obra de unos revoltosos callejeros. ¡Es la eficiencia militar del clan Vance! ¡Saben que los estamos rastreando, Marco! ¡Alguien filtró los movimientos del Equipo Alfa o el enemigo ha estado vigilando cada uno de nuestros pasos!"Elena, d
—¿Estás seguro de que ni un solo guardia del consejo o espía externo ha olfateado esta orden, Marco? —la voz de Alessandro retumbó, grave y cargada de una tensión letal mientras observaba a su guardaespaldas de confianza bajo la luz tenue de la habitación.Marco irguió el pecho, con los puños apretados a los costados. —Elegí a los cinco mejores agentes de inteligencia del primer círculo, Don. Son hombres entrenados que se mueven como sombras. Ningún anciano ni extraño sabe que estamos rastreando los restos del clan Vance.—Bien —gruñó Alessandro, mientras sus dedos arrugaban con fuerza la sábana de terciopelo—. No quiero ni la más mínima filtración. Envíalos esta misma noche a las coordenadas del viejo almacén en la frontera suroeste. Si realmente existe una base en la sombra que esconde el rastro de los descendientes de Vance, quiero pruebas y la cabeza de su líder sobre mi escritorio antes del amanecer.—Orden cumplida, Don. El Equipo Alpha ya se dirige al lugar —respondió Marco con
—Marco... trae la caja fuerte portátil del despacho subterráneo aquí —la voz de Alessandro sonó ronca y grave, rompiendo el silencio de la habitación principal, apenas iluminada por el tenue resplandor de la lámpara de noche.Marco, que permanecía cerca del umbral con el rostro pálido y la ropa aún manchada de sangre tras la batalla en la puerta norte, se quedó paralizado un instante. —Pero, Don... su estado es aún muy débil. Su fiebre acaba de bajar hace apenas dos horas. El médico sugirió que...—Solo hazlo, Marco —lo cortó Alessandro con frialdad. Sus ojos grisáceos y afilados se clavaron en el techo de la habitación, ocultando el dolor agónico que le atravesaba el hombro izquierdo con cada respiración. —Hay algo que debo verificar personalmente antes de que los ancianos vuelvan a susurrar veneno en el consejo.Marco inclinó profundamente la cabeza. —Como ordene, Don. Voy a buscarla ahora mismo.Elena, que permanecía junto al gran ventanal sosteniendo una bandeja con una taza de té
—¿Estás seguro de que Marco no quemará estos documentos antes de que lleguen a su escritorio, hermano? —susurró Elena con voz apenas audible, mientras sus dedos aferraban un fajo de sobres gruesos de color marrón, sellados con cera negra, en el rincón oscuro del estudio privado.Matteo —un hombre de facciones marcadas que había heredado la mirada penetrante de los Vance— esbozó una sonrisa tenue; una sonrisa llena de un rencor acumulado durante más de una década. Estaba de pie tras la penumbra de las cortinas, observando el patio interior de la fortaleza Moretti, cubierto por una ligera bruma.—Marco es un perro guardián leal, Elena —respondió Matteo con tono frío; su voz era calmada, pero intimidante—. Pero no es un guardaespaldas meticuloso cuando su amo se está muriendo. Estos documentos, la genealogía del clan Vance y las escrituras de nuestras tierras ancestrales que los Moretti nos arrebataron, no estarán sobre el escritorio principal. He infiltrado copias entre las páginas del







