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CAPÍTULO 07

Penulis: Merfevi
last update Tanggal publikasi: 2025-12-02 05:58:51

Decido acercarme a la piscina para ver a los niños jugar.

Al menos eso me recuerda mis raíces, mi vida anterior, cuando aún creía que el mundo tenía algo de bueno.

Las risas de los niños me calman. Me devuelven, por un instante, la ilusión de que estoy a salvo.

Hasta que sucede.

Un niño pequeño, más delgado que los demás, se acerca demasiado al borde. Puedo verlo claramente desde mi posición: sus pasos inseguros, su mirada distraída, su pie resbalando sobre la piedra húmeda.

Y luego… cae.

No hace ruido.

No grita.

Solo cae.

Y nadie lo ve.

Pero yo sí.

Lo veo hundirse sin siquiera intentarlo. Sus brazos se agitan en pánico, pero no sabe qué hacer. Está tragando agua. Se va a ahogar.

—Oh, no… —susurro.

Podría gritar.

Podría llamar a los guardias.

Podría esperar a que alguien reaccione.

Pero mi cuerpo decide por mí.

Salgo corriendo.

No sé cómo llego tan rápido al borde de la piscina. Mis piernas apenas sienten el suelo. El corazón me late tan fuerte que siento que va a romper mis costillas.

—¡Oigan! —grito—. ¡Se está ahogando!

Los niños se giran.

Confundidos.

Lentos.

Demasiado lentos.

No espero.

Me lanzo.

El agua está helada, pero no importa. Abro los ojos bajo la superficie y veo su silueta hundiéndose, hundiéndose, hundiéndose…

Pataleo con fuerza y lo alcanzo justo cuando desaparece. Mis manos rodean su torso, lo jalo hacia mí y nado hacia arriba, rompiendo la superficie con un jadeo ahogado.

—Estoy aquí… estoy aquí… —murmuro, aunque él no escucha.

Lo llevo hasta la orilla. Mis brazos tiemblan, pero no lo suelto. Lo subo al borde como puedo, apoyándolo boca arriba.

Me impulso y salgo del agua de un salto torpe. Mi bata pesa el triple mojada. Me arrodillo a su lado.

No se mueve.

No respira.

Está inconsciente.

—No, no, no… —susurro, con el corazón en la garganta.

Coloco mis manos en su pecho, recuerdo mi entrenamiento en el hospital, empujo con fuerza y ritmo.

—Vamos… respira…

Nada.

—¡Respira! —repito, más fuerte, sintiendo que el miedo me parte en dos.

Presiono otra vez.

Una, dos, tres veces.

Entonces lo veo.

Un pequeño espasmo.

Un movimiento mínimo.

Una tos ahogada.

Y de pronto…

El niño escupe agua, abre los ojos y llora con un gemido tan débil que me rompe el alma.

Solo entonces me doy cuenta de la realidad:

Mi bata está empapada.

Mi cabello gotea sobre su rostro.

Mis rodillas están raspadas contra la piedra caliente.

Y todos me están mirando.

Los niños.

Las sirvientas.

Dos guerreros que corren hacia mí, con incredulidad en los ojos.

—¿Luna…? —pregunta uno, sin entender lo que ve.

El niño, aún temblando, se aferra a mí como si yo fuera la única cosa segura en el mundo.

—Lo siento… —balbucea—. Yo… yo no sabía nadar…

Mi corazón se estruja dentro de mi pecho.

—Estás bien —le digo, acariciando su cabello mojado—. Eso es lo único que importa.

—Finn —llama una de las mujeres—. Finn, cariño, levántate. Le estás mojando el vestido a la Luna…

Finn.

Selara me contó sobre él. 

Huérfano.

Reclutado por el Alfa después de una guerra.

Un niño que no tiene a nadie.

Me sostiene con más fuerza, como si tuviera miedo de que lo soltara.

—¿Me vas a regañar? —pregunta, con la voz rota.

—No —digo, firme pero suave—. Claro que no.

Un silencio se expande a nuestro alrededor.

Pesado.

Denso.

Todos lo sienten:

Selara jamás habría hecho esto.

Ella no se habría arrodillado.

No se habría lanzado al agua.

No habría salvado a un niño.

Yo no soy ella.

Y esto…

esto podría delatarme.

—¿Qué demonios…? —dice una voz helada a mi espalda.

Mi cuerpo se congela.

No necesito girarme.

Sé quién es.

Eryon.

Me giro lentamente, aún sosteniendo al niño.

Ahí está:

Erguido.

Imponente.

Con el cabello aún húmedo, una camiseta negra pegada al torso, los brazos cruzados… y una mirada que me atraviesa como una flecha.

Ve mi bata empapada.

Ve al niño todavía aferrado a mí.

Ve mis manos temblorosas.

Y por un momento…

vemos algo parecido a humanidad en esos ojos de hielo.

—Se estaba ahogando —digo antes de que pregunte. Mi voz sale más firme de lo que siento dentro—. No había nadie cerca.

Nuestros ojos se conectan.

Un instante.

Un instante muy largo.

Algo pasa en su mirada.

No es enojo.

No es frialdad.

No es indiferencia.

Es algo que no entiendo…

y que no debería importar.

—Llévenlo adentro —ordena, sin apartar los ojos de mí—. Que lo revisen. Que no vuelva a acercarse solo al agua.

Finn se separa de mí con pesar. Lo acaricio una última vez antes de que se lo lleven. Él me mira como si quisiera quedarse conmigo.

Cuando me enderezo…

ya no estoy sola.

Una mujer avanza.

Segura.

Elegante.

Perfecta.

Cabello rubio plateado en una coleta alta.

Ojos azules fríos, casi crueles.

Ropa de combate impecable.

Aria.

Una beta del ejercito Alfa y la amiga del Alfa.

La estratega.

La mujer que Selara odiaba.

Y que claramente me odia a mí.

Era hermosa.

Demasiado hermosa.

Su mirada baja a mi bata mojada.

A mis rodillas raspadas.

A mi respiración aún agitada.

Una ceja se eleva.

—Esto sí que es nuevo —dice con una sonrisa venenosa—. Selara Gray, saltando a una piscina por un cachorro.

Pensé que preferías verlos aprender a respirar solos.

Sus palabras son afiladas.

—Las cosas cambian —respondo, devolviéndole la mirada.

Aria sonríe sin humor.

—No tanto —susurra—. No creas que por volver, todo es tuyo otra vez. Algunos aquí creemos que nunca debiste regresar.

Lo dice mirándome…

pero también mirando a Eryon.

Como si le estuviera recordando algo que yo no sé.

Eryon no responde.

Solo me mira.

Y otra vez ese pinchazo en mi lunar.

Ese tirón interno.

Ese vínculo imposible.

Por un segundo, los ojos de Eryon se suavizan.

Apenas.

Casi imperceptible.

Pero suficiente.

Suficiente para que mi corazón se acelere.

Suficiente para que me aterre lo que estoy empezando a sentir.

¡Prohibido enamorarse, Myra!

Me repito mentalmente.

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