FAZER LOGINMi cuerpo sanaba, pero las heridas seguían ahí.
Algunas ya no dolían al tacto, otras solo ardían cuando me movía de cierta manera. Sin embargo, las más profundas no estaban en la piel. Vivían en mi cabeza, en los silencios largos, en la forma en que me sobresaltaba con ruidos fuertes. Y, sobre todo, en la preocupación constante por mis hermanos. Pensar en Thomas y en Suzie era como llevar una piedra en el pecho. No sabía cómo estaban. Si él seguía descargando su furia con ellos. Si mi madre seguía mirando hacia otro lado. Ellos siempre habían sido mi motivación. Por ellos había decidido estudiar trabajo social. Porque ningún niño merecía crecer con miedo. Ninguno merecía aprender tan pronto que el hogar podía ser el lugar más peligroso del mundo. Yo lo sabía demasiado bien. Por eso me había esforzado el doble en el colegio, estudiando hasta que los ojos me ardían, aferrándome a las buenas notas como si fueran una tabla de salvación. Era mi única salida. Nuestra única salida. Cuando me gradué, la tía Betty movió cielo y tierra por mí. Consiguió una carta de recomendación de su jefe y, gracias a eso, logré entrar al programa de becas por mérito en Hunter College. Aún me costaba creerlo. Yo, sentada en aulas universitarias, rodeada de libros y posibilidades. Era un sueño que no me permitía dar por sentado ni un solo día. Pero estudiar no era suficiente. Necesitaba dinero. Como si darme un techo, comida y la oportunidad de seguir estudiando no fuera ya demasiado, Betty también consiguió que me dieran trabajo en casa de su jefe, en el área de limpieza. No lo dudé ni un segundo. Acepté sin pensar en el cansancio, sin pensar en nada más que en lo agradecida que estaba. Ese día era mi primer día de trabajo. Y no podía llegar tarde. Apenas salí de mi última clase en la universidad, guardé mis cuadernos a toda prisa y me dirigí directo a la parada del transporte. El pequeño teléfono que Betty me había regalado comenzó a vibrar dentro de mi mochila. Me senté en uno de los asientos del autobús y lo saqué con manos nerviosas. Era ella. —Amelia —la urgencia se filtró en su voz en cuanto atendí—. Vamos con el tiempo justo. Si no nos apuramos, no vamos a llegar. El estómago se me encogió. —Lo siento, tía —respondí de inmediato—. La clase de ética se alargó más de lo normal. El profesor no quería dejarnos ir. Hubo un breve silencio al otro lado. —Está bien —dijo luego—. Escúchame bien. Espérame en la parada. En cuanto llegues, nos vamos de inmediato. Para mi jefe, la puntualidad de su personal es muy importante. —De acuerdo —asentí, aunque ella no pudiera verme. —No te entretengas. —No voy a alcanzar a alistarme —admití, bajando la mirada hacia mis jeans, la camiseta sencilla y las zapatillas gastadas que llevaba puestas. —Yo me encargo de tu uniforme —replicó sin titubear—. Te cambias allá. Lo único que importa ahora es que lleguemos a tiempo. Tragué saliva. —Está bien… nos vemos en unos minutos. Colgué y dejé caer la cabeza contra el respaldo del asiento. No podía negarlo: estaba nerviosa. Mucho. Era mi primer día, y no podía fallar. No podía hacerla quedar mal con su jefe. Haría todo lo que me pidiera. Más que eso. Trabajaría duro, aprendería rápido. Haría mi trabajo tan bien que no tendría motivos para arrepentirse de haberme recomendado. Apreté la mochila contra mi pecho como si así pudiera darme valor. Todo iba a salir bien. Porque no lo hacía solo por mí. Lucharía por mis hermanos. Por darles algún día un hogar donde no existiera el miedo, donde nadie levantara la voz para hacer daño. Un lugar donde solo hubiera amor. Aunque me costara cada gota de energía que tenía. Era una promesa silenciosa que les hacía todos los días. El autobús empezó a disminuir la velocidad y se acercó a la parada. A través de la ventana, la vi. Betty estaba allí, dentro de su auto, mirando el reloj con el ceño ligeramente fruncido. El autobús se detuvo y bajé casi corriendo. Ella me vio y abrió la puerta del copiloto. —Vamos, vamos —susurró apenas al verme entrar. Me acomodé con rapidez y cerré la puerta detrás de mí. —Perdón por la demora —le dije, ajustándome el cinturón. Betty arrancó el auto y exhaló con un suspiro. —Creo que todavía llegamos —comentó—. Crucemos los dedos para que hoy haya decidido ser un poco más humano… y no el señor perfecto del tiempo. Sonreí apenas, dejando escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Sí. Ojalá hoy fuera uno de esos días. El camino hacia la casa del jefe de la tía Betty se me hizo un poco interminable. Cada minuto sentía como mi corazón se aceleraba más, como si supiera lo que me esperaba. Las calles del Upper East Side pasaban rápidas por la ventana del auto, edificios altos de ladrillo y vidrio que brillaban bajo el sol, y yo no podía dejar de mirar todo con una mezcla de asombro y ansiedad. Había escuchado historias sobre el lujo de este barrio, pero verlo con mis propios ojos era otra cosa. Todo parecía perfecto, impecable, frío y distante, y aun así, increíblemente atractivo. Cuando nos acercamos a la mansión, Amelia se quedó sin aliento. La casa era enorme, con ventanales que parecían llegar hasta el cielo, reflejando la luz del atardecer. Cada detalle estaba calculado: la fachada de piedra clara, las columnas que enmarcaban la entrada, los arbustos perfectamente podados. Me sentí pequeña de repente, una intrusa en un mundo que parecía no tener lugar para alguien como yo. Mi corazón dio un brinco, entre la emoción y el miedo de lo desconocido. —¡Maldita sea! —susurró mi tía, con un dejo de frustración. Su voz, apenas más áspera de lo habitual, me hizo sorprenderme; nunca la había oído maldecir así, aunque fuera suavemente. —¿Qué pasa? —pregunté, desconcertada. —Ya está en la casa —respondió con rapidez, y al instante me apuró a salir del auto. Abrí la puerta, pero mi mirada se detuvo, petrificada. Frente a la casa, estacionado en la entrada, estaba un BMW M3. Igual que el de Adrian Volkov. Mi pecho se encogió y por un instante sentí que el mundo se me caía encima. Intenté calmarme, racionalizarlo. No puede ser el mismo… hay demasiados BMW en el Upper East Side, me repetí, tratando de convencerse a mí misma. Mi tía notó que seguía en shock. Bajó los escalones rápidamente, me agarró del brazo y me sacudió ligeramente. —¡Amelia! —me regañó—. No es tiempo para admirar la vista. Si nos tardamos, podrías ser despedida antes de comenzar. Vamos. Me obligó a cruzar el umbral, y apenas entramos, me entregó una bolsa con el uniforme. —Ve a cambiarte al área de empleados. No demores. Yo estaré en la cocina —dijo—. Rápido. Me quedé sola, sintiendo la ansiedad mezclarse con la fascinación. Mi tía me indicó dónde estaba el vestidor, y con manos temblorosas me dirigí hacia él. Me cambié, guardé mi ropa y la mochila tal como me había indicado Betty, y respiré hondo antes de salir. Mi estómago estaba hecho un nudo; la idea de encontrarme con alguien desconocido me mantenía alerta, pero debía concentrarme en hacer bien mi trabajo. Cuando entré en la cocina, Betty estaba terminando de preparar un té frío de durazno, colocándolo cuidadosamente en una bandeja. Al girarse hacia mí, me sonrió. —Las primeras impresiones son muy importantes para el señor Volkov —dijo—. Quiero que le des una buena. Sonríe y llévale su té frío —me indicó—. Está en la sala, a la derecha. Mi estómago se contrajo al escuchar el apellido Volkov. ¿Cuántos Volkov con un BMW M3 podría haber en el Upper East Side? Recé para que fuera solo una coincidencia. No podía ser él. No podía ser. Ya lo había enfrentado una vez, y no me creía capaz de hacerlo una segunda vez. No después de haberle roseado gas pimienta, y meterme a su auto. Si el destino me llevaba directamente a su casa, sería demasiado cruel. —¿Puedes hacerlo, Amelia? —me preguntó Betty, con los ojos fijos en los míos. Asentí rápidamente, intentando dejar de lado mi miedo y preocupación. —Lo haré. Le daré una buena impresión, te lo prometo —dije, esforzándome por sonreír, sin saber si lo hacía para convencerla a ella o para convencerme a mí misma. Tomé la bandeja y salí de la cocina en dirección a la sala. Cada paso hacía que los latidos de mi corazón retumbaran en mis oídos. —Las coincidencias no existen, Amelia. Respira. No será él —me dije, intentando calmarme antes de entrar. Y entonces entré. El mundo pareció detenerse a mi alrededor. Allí estaba él. Adrian Volkov. Justo frente a mí. Concentrado en un iPad que sostenía en sus manos, con ese porte imponente que me hacía temblar sin que pudiera evitarlo. El traje negro impecable, la camisa blanca perfectamente planchada, sin corbata, como si la elegancia se le hubiera pegado a la piel. Su cabello estaba perfectamente peinado, la barba ordenada, la expresión serena, casi distante, pero poderosa. Cada detalle de él emanaba control y autoridad. —¡Joder! —exclamé, incapaz de contener el asombro mientras mis ojos se abrían de par en par. Solté un suspiro antes de que mis manos se volvieran resbaladizas y la bandeja cayera al suelo con un ruido estrepitoso. Miré el desastre que había causado y, cuando levanté la mirada, él había alzado la suya del iPad. Toda su atención estaba concentrada en mí, con un reconocimiento claro y punzante en su rostro. Cuando Betty hablaba de dar una buena impresión, estaba segura de que no se refería a esta. Adrian dejó el iPad sobre la mesa y, en dos pasos largos, estuvo frente a mí. Me acorraló contra un rincón, y sentí el peso de su presencia como si fuera un sabueso olfateando su presa. Estábamos solo él y yo, y su mirada que decía más que cualquier palabra. No podía escapar. Nuestros ojos se encontraron y, por un instante, todo lo demás dejó de existir. El silencio parecía eterno… hasta que su voz lo rompió, profunda y cargada. —Te estaba buscando —susurró, y el calor de su voz recorrió mi piel, dejándome sin aliento y con el corazón acelerado. Mientras sus palabras se desvanecían en el aire, noté cómo se acercaba más a mí, de una manera peligrosa.POV. AmeliaEl aire estaba impregnado de algo cálido y especiado, una mezcla invernal que se sentía casi tangible, como si la casa respirara diciembre. Afuera, el invierno de Nueva York caía sobre nuestra casa con esa luz pálida y dorada que solo aparece entre días fríos, reflejándose en las ventanas y suavizando por un instante la dureza de la ciudad. Dentro, el caos era organizado y hermoso, un torbellino de preparativos para la primera gran fiesta de Navidad en nuestra nueva vida.—¿Kat está dormida? —preguntó mi madre, Ana, entrando en la cocina con una bandeja de galletas recién horneadas que olían a cielo y a hogar.Llevaba un jersey rojo brillante y una sonrisa que parecía haberse instalado permanentemente en su rostro desde hacía tres meses. Tres meses desde que Kat nació, y seis desde que ella y Dominic habían hecho oficial su relación. Verlos juntos era como presenciar un amanecer lento y constante; cada día su amor parecía más brillante, más seguro.—Sí, acaba de quedarse
POV. AmeliaEl coche avanzaba entre el tráfico y yo trataba de respirar sin pensar demasiado en ello. A estas alturas, mi cuerpo ya no se sentía mío: pesado, tirante, incómodo… y con los nervios a flor de piel. Podía reírme por nada y, un segundo después, sentir un nudo en la garganta sin saber por qué.Adrian conducía a mi lado con su calma de siempre. A veces me irritaba, otras me sostenía. Su mano se apoyaba en mi rodilla de vez en cuando, firme, sin decir nada, como si eso bastara para mantenerme en equilibrio. Y, la verdad, bastaba.—¿Estás segura de que estás bien para este viaje? —me preguntó por décima vez esa mañana—. Podríamos cancelar. La villa no se va a ir a ninguna parte.—Adrian, si me dices eso una vez más, voy a dar a vuelta este coche y volveré a casa para encerrarte en el sótano —dije, aunque mi tono era más juguetón que amenazador—. Laura es mi mejor amiga. No me perdería el nacimiento de su hijo por nada del mundo. Y menos una cita tan importante como esta.Él son
POV. Ana (Madre de Amelia)El coche de Dominic era silencioso y lujoso, un contraste radical con el mundo caótico y ruidoso en el que había vivido durante tantos años. El olor a cuero nuevo y a su colonia sutil me envolvía, y cada giro del volante me recordaba que esto era real. No era un sueño. Estaba en mi primera cita en… Dios, en décadas. Y el hombre al otro lado del asiento no era un desconocido. Era Dominic. El tío del hombre que mi hija amaba. Un hombre bueno, amable y, confesémoslo, increíblemente apuesto.Nervios. Sentía nervios en cada fibra de mi ser. Mis manos sudaban en el regazo, y el corazón me latía con una fuerza que temía que él pudiera oír. ¿Y si decía algo estúpido? ¿Y si mi vestido azul marino parecía ridículo? ¿Y si…?—¿Estás bien, Ana? —preguntó su voz suave, rompiendo el silencio—. Pareces un poco… perdida en tus pensamientos.Me giré hacia él, forzando una sonrisa.—Sí, sí, estoy bien. Solo… es un poco abrumador, ¿sabes? Salir. Después de tanto tiempo.Él sonr
POV. AmeliaLa casa estaba en ese estado de calma caótica propio de las mañanas con niños pequeños. Arlo y Erik, ahora dos pequeños torbellinos de un año y siete meses, jugaban en la sala, llenándola de risas, pasos desordenados y juguetes esparcidos por todas partes. Yo, en cambio, estaba en una misión distinta. Buscaba a mi marido.No estaba en el salón, ni en la oficina.Lo encontré donde casi siempre se perdía cuando tenía la mente en otra parte: en la cocina, de pie frente a la gran ventana que daba al jardín, con una taza de café entre las manos. Miraba hacia afuera sin prisa, como si el mundo entero acabara de despertar y él lo estuviera observando antes de decidir entrar en él.Me quedé en el umbral, observándolo. La luz de la mañana se filtraba por la ventana y le caía sobre el pelo oscuro, dibujándole un brillo suave, casi dorado. Llevaba una camiseta gris vieja y unos vaqueros, y parecía más relajado, más en paz de lo que lo había visto en años. La carga que siempre había l
POV. AdrianMás tarde, mientras el sol empezaba a ponerse, pintando el cielo de naranja y rosa, mi padre me encontró solo, mirando el océano.—Está guapa, ¿verdad? —dijo él, a mi lado, siguiendo mi mirada hacia mi madre, que reía con Amelia y Dominic.—Es la mujer más hermosa del mundo —murmuré, sin apartar la mirada de ella—. Hoy… y siempre.Mi padre guardó silencio un momento, con las manos en los bolsillos, observándola a lo lejos como si aún no pudiera creerlo del todo.—Sabe que te quiero, ¿verdad? —dijo al fin, mirándome de reojo—. No solo por lo que acabas de decir. Por todo. Por el hombre que eres.Me encogí ligeramente de hombros, con una sonrisa leve.—Creo que sí. Pero no está de más recordárselo de vez en cuando.Él asintió y me dio una palmada firme en la espalda.—Bien dicho. Ahora ve a bailar con tu esposa. Esto es una fiesta, no un funeral. Y yo tengo una luna de miel pendiente.Solté una risa.—¿Y a dónde van? ¿Al fin del mundo?Su sonrisa se ensanchó, misteriosa.—Al
POV. AdrianLa claridad del día ya llenaba la casa de la costa, colándose sin pedir permiso y envolviendo cada rincón con una calidez tranquila que hacía pensar que todo encajaba. Desde el piso de abajo subía el ruido de siempre: la risa escandalosa de Arlo, el balbuceo concentrado de Erik y la voz firme, paciente, de mi padre intentando imponer algo de orden. Era el sonido constante de mi vida, desordenado y perfecto a su manera, una mezcla de caos y afecto que nunca dejaba de resultarme familiar.Aun así, mi mirada permanecía fija en la puerta cerrada frente a mí: el dormitorio principal de mis padres. Dudé apenas un segundo antes de alzar la mano y tocar con suavidad, con un respeto que me nacía de forma casi instintiva.—¿Mamá? ¿Están listas?—¡Adrian, cariño, pasa! —respondió la voz de mi madre, clara y alegre desde el interior—. Ya estamos listas, puedes entrar.Abrí la puerta y entré sin hacer ruido. La luz se derramaba por toda la habitación, suave, envolvente, mezclándose con







