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III

Autor: Daimé
last update Fecha de publicación: 2026-01-07 03:55:34

Un manto de sudor frío cubría su cuerpo por completo al despertar. No podía recordar sus sueños, aunque tenía la certeza de que no habían sido benignos. En su blanca piel permanecía la sensación de una respiración ajena, escalofriante, como si alguien hubiese estado demasiado cerca durante la noche. El miedo, extraño y silencioso, se mezclaba con el sabor de una bebida tibia y espesa que parecía haber recorrido su garganta lentamente. No recordaba qué era, aun así sabía que lo había soñado, y aquella certeza permanecía adherida a su conciencia como una sombra persistente.

Aún era de noche. La luna descendía justo sobre su cuerpo, envolviéndola con una luz pálida que la abrazaba y le otorgaba una falsa sensación de plenitud. En un suave pestañear, un eclipse tomó posesión del cielo, y la claridad fue reemplazada por un rojo profundo e inquietante. Aquel firmamento la observaba con detenimiento, absorbiendo cada parte de su ser, hasta envolverla nuevamente en el refugio incierto de los sueños.

El tintinear de unas campanillas descolocadas anunció la llegada de la mañana. Doncellas sonrientes sostenían los diminutos artefactos mientras se acercaban con pasos medidos y sincronizados. La ayudaron a asearse en una tina de porcelana ornamentada con oro fino y puro. El agua estaba perfumada con pétalos de rosas y aceites persas; posteriormente, el baño de crema que toda mujer de la realeza debía realizar una vez a la semana fue aplicado con precisión ritual. Como si limpiar la carne pudiera purificar también el alma; un acto de vanidad que pretendía elevar el espíritu, pero que no hacía más que alimentar el corazón con silenciosa resignación.

Unas niñas limaron sus uñas, otorgándoles un aspecto noble, digno de tomar la mano del príncipe o de ser alzada ante el pueblo como símbolo de sanidad y virtud. La preparación se extendió durante dos horas completas. A las ocho, ya estaba lista. Levantarse temprano era algo que disfrutaba, pero la espera, esa pausa obligatoria antes de sentirse libre, jamás le resultaba grata ni amable.

Al salir de su habitación, Edward la aguardaba firme, como un luchador dispuesto a marchar a la guerra sin temor. Percibió el aroma dulce de su piel y la sonrisa magnífica que despertó sus sentidos, aunque él mantenía la compostura con disciplina férrea.

—Buenos días, Edward —sonrió—. ¿Quién será el que me acompañe hoy?

—Buenos días, su alteza —respondió inclinándose, con la mirada al suelo—. Yo seré su sombra en todo momento.

Ambos se dirigieron al carruaje, aunque solo ella lo ocupó. Edward la acompañó montado en un corcel gris, atento a cada movimiento, a cada respiración. Las polvorientas calles se hallaban repletas de personas que iban y venían, inmersas en sus actividades y tiempos dispares. Los niños ayudaban a sus padres o jugaban entre ellos sin preocupación alguna. Los observaba con detenimiento y cierta melancolía. Ojalá pudiera ser libre, como en los cuentos que alguna vez escuchó de labios de su nana, donde las sirenas recorrían sin ataduras cada rincón del mar profundo. Ella deseaba ser como aquellas criaturas: libertad absoluta. Aunque el pensamiento de Thomas la detenía. Con poco tiempo, había ido ganando su corazón. Entre ellos existía comprensión y un apoyo mutuo que crecía en silencio.

Sus pensamientos la distrajeron del paisaje verde que se desplegaba a su alrededor. Al desviar el camino, llegaron a un sendero opuesto al del reino: ramas secas, raíces sobresalientes, un cielo oscurecido y una neblina espesa capaz de alterar los nervios del más firme. El castillo emergía grisáceo; truenos resonaban a lo lejos, soltando un eco ambiguo que parecía advertir peligro.

Edward ayudó a Catherine a descender de la carroza. Sus manos temblaban al contacto, aunque intentó disimularlo. Entre risas escandalosas, las mujeres bajaban de manera extraña, como si sus pies apenas rozaran el suelo húmedo.

—Sea bienvenida a este humilde hogar —anunciaron, señalando el vasto territorio con gestos amplios.

Las medidas superaban las cincuenta hectáreas, una extensión que demandaba autoridad y superioridad. Los nobles rara vez poseían más de veintiocho; solo el rey tenía la potestad de obtener mayor volumen territorial. Las paredes verdes de humedad y el firmamento oscuro contrastaban con el azul visible desde el castillo principal. No había soldados custodiando el condado, hecho que despertó su curiosidad. Aunque el conde era un espléndido espadachín, carecía de la fortaleza física necesaria para enfrentar enemigos, más aún estando acompañado solo por damas bajo su cuidado permanente.

Como si fuese el más noble de los reyes, el conde descendió con túnicas rojas y blancas que contrastaban con lo sanguinario de su presencia imponente. Su cabello sedoso flameaba mientras depositaba un beso delicado en la mano derecha de la princesa.

—Damas, sean consideradas con la princesa —ordenó con suavidad—. Caballero Edward, junto al príncipe, hemos sido testigos de su esgrima. Debo admitir que el poder de su espada supera al de muchos soldados experimentados. Será una pieza importante en el reino.

—Me halaga demasiado —respondió Edward con serenidad—. Mis esfuerzos se centran en el bienestar del imperio, y ahora también en el de la princesa consorte.

Ambos observaron a la doncella mientras tomaba un dulce té tibio de aquellas tierras oscuras. Se admiraba su tranquilidad entre mujeres carentes de modales refinados. Aun así, dentro de aquel enredo aristocrático y clasista, ella se sentía extrañamente confortable y protegida.

Las galletas rojas con miel y nuez cautivaron su estómago hambriento. No eran excesivamente dulces ni desagradables, pero su cuerpo rogaba por aquel manjar simple.

—Coma las que guste, el conde las preparó con cariño para usted —ofreció Larisa.

—Le diremos que le prepare algunas para enviar a su castillo —añadió Iona—. Por cierto, mañana es su gran día. ¿Está preparada?

—Siento un gran respeto por el príncipe Thomas, y creo que seremos felices juntos por mucho tiempo —respondió Catherine, sonrojándose levemente.

Los consejos iban y venían. La situación de la princesa era lamentable, pero todas sabían que estaba sola. Sin su alteza a su lado, sería alimento para lobos hambrientos. La amabilidad y el silencio eran indicios de su cordura, la pureza que emanaba a simple vista sin esfuerzo.

En el palacio, los servidores leales al heredero del trono desplegaban sus fuerzas en perfecta sinergia y disciplina. El bienestar de su amo era su mayor propósito. La muerte del rey había sido un golpe devastador para el reino entero. La emperatriz se había beneficiado del suceso; el poder que ahora manejaba superaba todo límite previo. El duque, hermano del rey, había sido perseguido sin causa justificable y su parcela destruida sin piedad. El príncipe, aún joven, cargaba con la culpa silenciosa. Amaba a sus padres, pero no podía justificar la desgracia que los envolvía. Ahora que podía amar a Catherine con libertad, sospechaba de su madre, aunque su bondad le impedía actuar contra ella.

Un vestido puro, con perlas marfil y joyas doradas, colgaba de un biombo rojo. Al otro lado, un traje rojo con botones negros reposaba envuelto en seda dorada. Las mujeres preparaban el lecho nupcial con rosas blancas y rojas cuidadosamente dispuestas. Aceites finos y perfumes de lavanda rodeaban el catre. Las comidas, el alcohol y los postres sobreabundaban en la cocina real. El gran salón deslumbraba en oro y plata, reflejando la opulencia del imperio.

—Príncipe Thomas, los últimos detalles han sido finalizados —anunció su asistente—. La princesa ha llegado hace dos horas y lo espera en el jardín.

Sin esperar más, tomó rumbo hacia ella. No era la primera vez que la veía. En su país de origen, la había encontrado humillada, encerrada entre anfibios y serpientes. Sus lágrimas caían sobre mejillas rosadas manchadas de sangre. La imposibilidad de actuar lo había marcado profundamente.

Ahora, en su jardín, estaba ella. Cabellos sueltos, aroma único, ojos marrones contrastando con el verde intenso de los árboles. Thomas sintió unas inmensas ganas de llorar, incapaz de comprender su propia fortuna.

—Bienvenido, su alteza —dijo Catherine al levantarse con rapidez.

—Te he dicho que no es necesario —respondió—. Escuchar mi nombre basta para sentirte cerca.

—Querida, hay una gran dicha en mi corazón.

—¿Puedo saber la razón, Thomas?

—Te lo diré mañana —sonrió para sí mismo.

Pese al silencio compartido, algo distinto flotaba en el aire, latente y expectante. A partir del mañana, uno y otro compartirían sus vidas para siempre, o eso se dice.

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Último capítulo

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